Bety y la muñeca de Navidad

Era el mes de la Navidad. Los niños del Club Tesoros hablaban de regalos y lo que esperaban recibir. Doña Beatriz decidió contarles la historia de una niña que aprendió que hay más gozo en dar que en recibir, y que el bien que hacemos a otros, vuelve a nuestra vida.

Bety tenía una muñeca que sus padres le habían comprado con mucho esfuerzo. Ella les había rogado tanto, tanto que decidieron prescindir de algunas cosas que necesitaban en el hogar para que ella tuviera la muñeca. La recibió en Navidad.

¡Qué alegría sintió Bety al tener la muñeca de sus sueños! Los primeros días la llevaba a todas partes; comía con la muñeca y dormía con la muñeca. Al poco tiempo, pasó la novedad y la muñeca quedó tirada en un rincón del dormitorio.

Bety volvió a los juegos que le encantaban. Trepaba árboles con sus hermanos, jugaba a las escondidas con los niños vecinos, saltaba a la soga con sus amigas, y jugaba con su rubics.

UNA COLECTA DE JUGUETES

Un día la mamá de Bety le dijo que en la iglesia estaban haciendo una colecta de víveres y juguetes para alegrar a algunas familias en Navidad. Le sugirió que regalara su muñeca.

¿Su muñeca? ¡Nunca! No quería regalar su muñeca.

–Hijita, no juegas con la muñeca –le dijo su mamá–. Otra niña se puede alegrar muchísimo si se la regalas.

Bety se puso muy terca y por poco hace pataletas.

–¡No, no! ¡Es mí muñeca! ¿Por qué tengo que regalarla?

La mamá no insistió; solo le dijo:

–Hijita, el bien que haces a otros, vuelve a tu vida.

El pastor había animado a todos en la iglesia a dar algo para alegrar la Navidad de algunas familias. Bety reconoció que su muñeca había pasado casi todo el año tirada en un rincón; pero era su muñeca y no quería regalarla.

Abrazó a su muñeca querida y le susurró al oído: «¿Por qué tengo que regalarte? ¡Eres mía! ¡Siempre serás mía!»

Esa noche fue difícil para Bety dormir. Solo podía pensar en la muñeca y en alguna niñita que podría alegrarse al recibirla. Sus padres habían ahorrado dinero para comprarle la muñeca y ella no la había apreciado. ¡No merecía tener esa muñeca!

Al fin decidió que la regalaría. ¡Sorpresa, sorpresa! Al decidir ser generosa, se durmió tranquila.

TODOS DIERON ALGO

Cada uno en la familia regaló algo que le era precioso. Pepe regaló su auto de juguete, Yolanda regaló su chompa favorita, Andrés regaló su avioncito, y Olga regaló su pelota. ¿Y Bety? Aunque un poco de mala gana, regaló su muñeca.

–Dios te bendiga, hijita –dijo su mamá–. No olvides que el bien que haces a otros, vuelve a tu vida.

–Dios bendiga a cada uno de mis hijos por su generosidad –dijo el papá–. La Biblia dice que Dios ama al que da con alegría. Me siento contento de tener hijos generosos.

Al día siguiente la mamá llevó la caja a la iglesia. Bety se preguntaba quién tendría la suerte de recibir su muñeca.

SORPRESA EN NOCHEBUENA

Pasaron los días y llegó la Navidad. Bety casi se había olvidado de la muñeca que había regalado.

En Nochebuena toda la familia se reunió para celebrar el nacimiento del Salvador. El papá abrió su Biblia y leyó la historia de la primera Navidad. Fue interrumpido por alguien que tocó la puerta.

La mamá fue a ver quién era y regresó con una caja grande.

¡Qué emoción! Bety y sus hermanos se reunieron alrededor de la caja. Era la primera vez que recibían una caja con regalos en Nochebuena. Había un regalo para cada uno de los niños. Cuando Bety abrió su regalo, ¡era su muñeca!

–¡Mi muñeca! –gritó Bety con todas sus fuerzas, y la abrazó.

La mamá de Bety tenía razón: el bien que hacemos a otros, vuelve a nuestra vida.

SEAMOS GENEROSOS

Bety nunca ha olvidado la lección que aprendió esa Navidad acerca de la generosidad.

Cuando damos con generosidad, cosechamos con abundancia. Era verdad lo que había dicho la mamá de Bety, que una niña se alegraría mucho al recibir la muñeca. Bety no se había imaginado que ella sería esa niña.

–Sean generosos –dijo doña Beatriz–­. Nunca se sabe cómo el bien que hacemos volverá a nuestra vida.
­

–Yo quiero ser un dador como panal de miel –dijo Sal.

–A veces soy como esponja –dijo Pimienta–. Tienen que exprimirme para que dé. Pero quiero aprender a ser generoso.

–Tengo una muñeca que puedo regalar ­–dijo Pepita–. Quiero dársela a una niña que no tenga muñeca.

Así, ese día, los niños del Club hicieron planes para ser generosos y alegrar con sencillos regalos a muchos niños.

¿Quisieras tú ser un dador como panal de miel?

LOS DADORES

En MIS PERLITAS hay lindo material que acompaña a esta historia.

 

Mira el video de la historia: https://www.youtube.com/watch?v=H1VkqgePKJ8

 

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La generosidad de Abram

Cuando Dios llamó a Abram y le prometió que haría de él una nación grande, Abram salió de su tierra y fue a una tierra que Dios le mostraría. Abram salió sin saber adónde iba. Pero estaba seguro de que Dios lo iba a guiar.

En el largo viaje hacia una tierra desconocida, Abram y su esposa Sarai, recorrieron como 1.650 kilómetros (mil millas). Demoraron días, semanas, y meses. En el viaje los acompañó su sobrino Lot con su familia.

Abram era un hombre rico. Tenía mucho ganado y muchos siervos. Una vez llevó a 318 de sus siervos para defender a su sobrino contra reyes que le hicieron guerra. Eso fue porque Abram y Lot se habían separado. ¿Por qué se separaron?

ABRAM Y LOT SE SEPARAN

Lot también era un hombre rico en ganado. Hubo peleas entre los pastores de Lot y los pastores de Abram. La tierra de Canaán, adonde Dios había llevado a Abram era hermosa, con lindos prados para el ganado. Aun así no era suficiente para que viviesen ambos juntos.

Abram y Lot eran buenos amigos; pero era un problema que había peleas entre los pastores de ellos, porque no había pasto suficiente para todo el ganado. A veces los pastores se confundían entre las ovejas de Lot y las de Abram.

–Querido sobrino –le dijo Abram a Lot–, no quiero que haya peleas. Es mejor que nos separemos. La tierra es grande y espaciosa; no hay porqué pelear. Si tú vas a la izquierda, yo voy a la derecha. Si tú vas a la derecha, yo voy a la izquierda. Escoge, sobrino.

Lot miró la tierra que estaba delante de él. Vio un valle hermoso y fértil, con lindos pastos para el ganado. Lot escogió la mejor tierra. Así fue como las dos familias se separaron.

Lot, con todo lo que le pertenecía, fue a vivir en la tierra que había escogido. Abram, a quien Dios le dio todas esas tierras, se quedó a vivir en las colinas.

UN HOMBRE GENEROSO

Abram era bueno. No le importó que Lot haya escogido lo mejor. Él sabía que Dios estaba con él y que lo seguiría ayudando en todo. Dios habló nuevamente a su amigo Abram:

«Levanta la vista y mira desde el lugar donde estás; mira hacia el norte y el sur, hacia el este y el oeste. Todo lo que ves será para ti y tu descendencia para siempre. ¡Recorre todo el país, porque a ti te lo daré!»

Dios vio el corazón generoso de Abram y le confirmó la promesa de hacerlo una nación grande. Para que todos supieran esto, Dios le cambió el nombre de Abram a Abraham, que significa padre de muchos.

A Sarai, la esposa de Abram, Dios le puso el nombre de Sara, que significa princesa.

Abraham y Sara eran ancianos y no tenían hijos. ¿Cómo podría Abraham ser padre de muchos? A los cien años de edad Dios le dio un hijo, Isaac. Con ese hijo se cumplió la promesa. Nuestro buen Dios siempre cumple lo que promete.

DIFERENTES DADORES

Al contar esta historia a los niños del Club Tesoros, doña Beatriz les habló de tres clases de dadores:

1. Dadores como piedra.

Para conseguir algo hay que darles duro con el martillo, y sólo salen chispas y polvo. A duras penas dan una limosna.

2. Dadores como esponja.

Para obtener agua hay que exprimir la esponja; mientras más se exprime, más agua da. A muchas personas hay que empujarlas para que den.

3. Dadores como panal.

El panal de miel se desborda con su propia dulzura. Hay dadores que sienten alegría al dar, sin que nadie les pida favores. La Biblia dice que Dios ama a quienes dan con alegría.

Ser generoso es como sembrar semilla. Más semilla, mayor cosecha. No demos lo que nos sobra, sino algo de valor para nosotros.

Si Roberto está comiendo unas ricas uvas, y viene su hermanito, y Roberto le dice: «Toma las que quieras», esa es una actitud generosa. Pero si Roberto de mala gana le invita con las más feas de sus uvas, eso no es generosidad.

UN REGALO GENEROSO

–Esta semana, cada uno haga un regalo generoso –les dijo doña Beatiz a los niños del Club–. Obsequien algo que tengan, no que compren. Denlo a un niño o a una niña que lo necesite más que ustedes. No regalen algo que no les sirve, o que les sobra, y háganlo con alegría.

Digamos que tienes una caja de galletas. No te las comas tú solo, sino compártelas. Sentirás la alegría de ver a todos felices comiendo las ricas galletas.

Sal, Pimienta, Pepita, Estrella, y los demás niños del Club decidieron ser generosos para alegrar a un niño o a una niña.

¿Y tú? ¿Qué puedes hacer para alegrar a alguien?

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Instrucciones: Arbolito navideño

 

Cada estrella tiene nombre

A Estrella le encanta ver el cielo estrellado. Cuando ella nació sus padres le pusieron el nombre de Estrella, porque era una niña muy especial. Dios le ha dado un cromosoma extra, que para Estrella es un cromosoma de amor. Cada vez que sus padres miran las estrellas, dan gracias a Dios por haberles dado una Estrella muy especial, su amada hijita.

¿Has visto un cielo estrellado? Millares de lucecitas iluminan la noche y cuentan la gloria de Dios. Son prueba del infinito poder de nuestro Creador. Cada estrella tiene un nombre, que Dios mismo le ha dado. ¿Verdad que es maravilloso?

CUENTA LAS ESTRELLAS

En el Club Tesoros nuestra amiguita Estrella aprendió acerca de la promesa que Dios dio a Abraham. Hace miles de años, el Señor lo llamó para que sea el padre de una nación escogida. De su familia un día iba a nacer el Salvador. Esa nación es Israel.

Una noche de cielo estrellado, Dios le dijo a Abraham que saliera afuera y que mirara las estrellas, a ver si las podía contar. Le prometió que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas de los cielos y la arena del mar.

¿Has tratado alguna vez de contar las estrellas? Los astró-nomos, científicos que estudian los astros, dicen que hay más estrellas en el universo que la arena del mar. Solo Dios sabe cuántos conjuntos de estrellas y planetas hay, llamados galaxias.

En cada galaxia hay cientos de miles de millones de estrellas. 2.000.000.000 es un estimado del número de galaxias. La cantidad es tanta que demorarías semanas y meses en contar las estrellas. ¡Tan grande y admirable es nuestro Dios!

Estrella, la nueva amiga de Pepita, admira las estrellas. En las noches las mira por la ventana; a veces sale afuera a mirar. No solo mira las estrellas sino también la luna, esa hermosa bola blanca.

Estrella también admira cuando el sol se pone en las tardes, con hermosos colores de amarillo, naranja, violeta, rosado y rojo. Es como que Dios toma un pincel gigante y pinta el firmamento.

UNA ORQUESTA DE ESTRELLAS

Estrella y los niños del Club aprendieron que el sol es 400 veces más grande que la luna y que está 400 veces más lejos. La luz del sol viaja con mucha rapidez; tan rápido que puede rodear la Tierra siete veces en un segundo. ¡Imagínate! Un segundo es como un pestañeo. El sol viaja con la increíble velocidad de 299.792 kilómetros por segundo.

Comparada con el sol, la tierra es tan pequeña como una pelota de ping-pong. En el universo, los humanos somos como hormigas. Tan inmenso es el mundo de Dios.

Cuando doña Beatriz dijo que las estrellas cantan, Pimienta no lo podía creer. ¿Cómo una estrella puede cantar? La buena vecina le dijo que leyera el Salmo 148, versículo 3.

–El libro de Salmos está en el centro de la Biblia –dijo Sal, y le ayudó a encontrar el versículo.

Pimienta leyó:

–Alábenlo, sol y luna, alábenlo, estrellas luminosas.

TELESCOPIOS GIGANTES

Doña Beatriz habló a los niños de los telescopios que se usan para mirar las estrellas. Les explicó que hay telescopios gigantes que captan los sonidos que emiten las estrellas. Algunos sonidos se oyen rítmicos; otros suenan como violines.

–¡Así que Dios tiene una orquesta! –exclamó Estrella.

–¡Y a cada estrella en la orquesta Dios le ha dado nombre! En Isaías 40:26 dice que Dios ordena la multitud de estrellas una por una, y que llama a cada una por su nombre.

–¿Las estrellas tienen nombre? –preguntó Estrella, asombrada.

–¿Verdad que es maravilloso? –dijo doña Beatriz–. ¡Dios tiene un nombre para cada estrella! Y con los telescopios gigantes se han descubierto los sonidos de las estrellan que alaban a Dios.

Para que todos escucharan la música de las estrellas, doña Beatriz hizo tocar un video que había encontrado en YouTube. ¡Qué novedad para contar a los amigos en la escuela!

–Voy a preguntar a mi maestra si ella ha escuchado la música de las estrellas –dijo Pimienta, muy decidido.

MÁS IMPORTANTE QUE LAS ESTRELLAS

Así como hay muchísimas estrellas, hay también mucha gente; más de siete mil millones de personas en el mundo. Si entre todos nos tomáramos de la mano, ¡rodearíamos el mundo casi trescientas veces!

¡Tantas personas hay! Lo maravilloso e importante es que Dios conoce a cada una. Nos parece emocionante que Dios conoce las estrellas y les da nombre; pero más grandioso es que te conoce a ti. Dios sabe tu nombre y se preocupa por cada detalle de tu vida. Tanto le interesa todo acerca de ti que hasta tiene contados los cabellos en tu cabeza.

El grande y poderoso Dios, que tiene galaxias de estrellas, te ama tanto que vino al mundo en la persona de Jesús, para ser tu Salvador. Te invita a que recibas en Jesús el perdón de tus pecados y la vida eterna. ¡Vales mucho más que las estrellas!

 

ESCUCHA EL VIDEO:  https://www.youtube.com/watch?v=OLDWKpAkRHs

 

EN mis perlitas HAY HOJA PARA COLOREAR Y ACTIVIDADES.

Invitación a la fiesta del cielo

Pepita no estaba acostumbrada a recibir correspondencia; pero un día llegó a su casa el cartero. ¡Y la carta que traía era para ella!

El sobre se veía muy bonito, con su nombre y su dirección, y una linda estampilla. Corrió adonde su mamá para pedirle que le ayudara a abrir el sobre con cuidado. Su mamá lo cortó por uno de los bordes con una tijera y con mucho cuidado.

En el sobre había una invitación. Era doña Beatriz que le invitaba a una fiesta. La última vez que habían hecho fiesta era para celebrar el cumpleaños de Pepita.

Ésta iba a ser una fiesta para celebrar que Pepita y sus amigos del Club Tesoros habían recibido a Jesús como su Salvador. «Vamos a hablar del cielo», decía la tarjeta de invitación.

Pepita no dejaba de saltar de alegría; iba con su sobre corriendo por todas partes, mostrándolo a todos. «Doña Beatriz me ha invitado a una fiesta –decía Pepita–. ¡Vamos a hablar del cielo!»

Cuando se encontró con Sal y Pimienta, ellos traían la misma noticia. También habían recibido una invitación, lo mismo que los otros amigos del Club.

LA FIESTA DE DOÑA BEATRIZ

El sábado, cuando llegaron al Club, encontraron que doña Beatriz había decorado su sala. Todo estaba tan bonito que parecía el cielo, por lo menos en los colores.

–Estamos de fiesta –dijo doña Beatriz al saludar a los niños–. ¿Recibieron la invitación?

–¡Sí! –gritaron todos–. ¡Muchas gracias!

Jesús dijo que cada vez que alguien se arrepiente de sus pecados y lo recibe como su Salvador, hay fiesta en el cielo. Dios y los ángeles se alegran. La buena vecina quería celebrar lo que había pasado en la reunión del Club la semana pasada. Los niños habían orado para recibir a Jesucristo como su Salvador, ¡habían nacido de nuevo!

–Cuando vi la felicidad que sintió Pimienta al entregar su corazón a Cristo, decidí que debíamos festejarlo –dijo la buena vecina–. Me alegro por todos ustedes. ¡Por eso hay fiesta!

–Me encantan las fiestas –dijo Pepita.

LA FIESTA MÁS GRANDE DE TODAS

–Hablemos ahora de la fiesta más grande de todos los tiempos –dijo doña Beatriz–. Habrá gente de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas. La multitud será tan grande que no se podrá contar.

–¿Qué significa eso de lenguas? –preguntó Pimienta.

–Quiere decir que habrá gente de todos los idiomas. Ruso, castellano, sueco, inglés, chino, ruso, japonés, quechua…

–¿Cómo nos vamos a entender? –preguntó Sal.

–Todos hablaremos el idioma del cielo –respondió doña Beatriz–. El cielo es un lugar de alegría. Allí no habrá más lágrimas; no habrá dolor, tristeza ni muerte.Todo será puro y perfecto. No habrá gente mala, ni siquiera habrá mentirosos.

Doña Beatriz les habló del hermoso hogar que espera a todos los que han nacido de nuevo, así como Nicodemo.

DESCRIPCIÓN DEL CIELO

Jaspe, zafiro, esmeralda, crisólito, berilo, topacio… Imagina una ciudad en que los cimientos están decorados con estas piedras preciosas, una ciudad de oro puro, como cristal pulido; una ciudad con murallas de jaspe.


Las puertas del cielo son de perlas; cada puerta es una perla. Del trono de Dios sale un río de agua cristalina. A cada lado del río está el árbol de vida, que produce un fruto cada mes.

Lo más maravilloso del cielo no son las calles de oro ni los ángeles. Jesús, que nos ha abierto la puerta al cielo, es lo más maravilloso. ¡Qué lindo será cuando nos dé la bienvenida!

Pimienta imagina que camina con Jesús
en calles de oro

La santa ciudad del cielo es la nueva Jerusalén. Es el lugar donde viviremos todos los que amamos al Señor Jesús.

LA INVITACIÓN DE DIOS

Así como Pepita y los niños del Club recibieron la invitación a una fiesta en casa de doña Beatriz, Dios nos ha invitado. La Biblia es la gran carta de invitación de Dios. Todo estamos invitados a la fiesta del cielo, a vivir con Dios para siempre.

«El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua
de la vida gratuitamente.»

Jesús le ofreció el agua de la vida a la samaritana, un manantial de alegría en su corazón. Los niños del Club aceptaron la invitación de recibir el perdón de sus pecados y la vida eterna. Para ti también es el agua de la vida. ¿Has aceptado la invitación de Dios de recibir a Jesús como tu Salvador?

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La alegría de la salvación

Pimienta, el amiguito Felix, tenía muchas preguntas, tal como Nicodemo que vino a Jesús de noche. Él quería creer en Jesús; quería nacer de nuevo y ser hijo de Dios. Pero ¿cómo? Pimienta pidió a doña Beatriz que le explicara cómo hacerlo.

Los otros amigos del club también querían oír esto. La buena vecina les contó de un joven que fue a Jesús con la misma pregunta que Nicodemo. Este joven quería saber cómo ser salvo, cómo tener la vida eterna.

Un día ese joven se arrodilló ante Jesús con la pregunta importante: «¿Qué puedo hacer para tener vida eterna?»

Jesús le dijo que cumpliera los mandamientos: no matar; no robar; no mentir; no engañar; honrar a su padre y a su madre. Eso no era nada nuevo para el joven; lo había cumplido desde pequeño.

El joven había sido un buen muchacho. Jesús lo miró con mucho amor. Él ama a todos; por eso vino al mundo. Jesús dio su vida en la cruz para que podamos ser salvos.

EL JOVEN SE FUE TRISTE

Para recibir la vida eterna no es suficiente cumplir los mandamientos. Ser bueno y portarnos bien no nos da la salvación.

¿Que le dijo Jesús al joven que lo buscó con la gran pregunta de cómo tener la vida eterna? El joven era rico y amaba mucho sus riquezas. Jesús le dijo dos cosas:

  •  vende todo lo que tienes y dalo a los pobres
  • ven, y sígueme

Pimienta y sus amigos del club escuchaban atentos. ¿Qué haría el joven? El joven se fue triste. Tenía muchas riquezas y no quería perderlas para seguir a Jesús. Se fue triste, porque amaba más sus riquezas que a Jesús.

¿QUÉ ES LO MÁS IMPORTANTE?

No son las riquezas que nos impiden seguir a Jesús, sino el amor a las riquezas. Hay muchas personas ricas que siguen a Jesucristo; aun era así en los tiempos de la Biblia. La pregunta es: ¿qué es lo más importante en tu vida?

Hay muchas cosas que podemos amar más que a Jesús. Pueden ser: dinero, nuestros amigos, algún deporte, los estudios, la televisión o alguna otra diversión, nuestra familia.

Todo en la vida tiene un precio; hasta un simple caramelo cuesta algo. Para seguir a Jesús el precio es ponerlo a Él primero en todo. Eso fue muy difícil para el joven rico. Por eso, se fue triste.

Cuando Zaqueo recibió a Jesús, su vida cambió. La mujer samaritana tuvo una fuente de agua viva en su corazón cuando recibió a Jesús. Su alegría fue tan grande que corrió a Sicar a contar a todos la maravilla de lo que Jesús había hecho por ella.

Nicodemo aprendió que necesitaba nacer de nuevo. Sabemos que él recibió a Jesús en su vida porque en una conversación con los fariseos, Nicodemo defendió a Jesús.

La respuesta de Jesús a la pregunta: ¿qué haré para tener la vida eterna? es: «Ven y sígueme.» El joven rico se fue triste, porque amó más sus riquezas que a Jesús.

PASOS PARA SER SALVO

Pimienta no quería irse triste. Él quería sentir la alegría que tuvo la mujer samaritana cuando corrió a dar la noticia acerca de Jesús. Él quería experimentar lo mismo que Nicodemo.

–Quiero creer en Jesús; quiero nacer de nuevo –dijo Pimienta.

Los otros niños también querían recibir a Jesús y ser salvos.

–Vamos a usar los dedos de la mano para entender cómo ser salvo, cómo nacer de nuevo –dijo doña Beatriz–. Comencemos con el pulgar. Luego seguiremos con los otros dedos.

Todos somos pecadores. El castigo del pecado es la muerte; pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.

Dios nos ama tanto que nos dio a Jesús, para que al creer en Él tengamos vida eterna.

Dios nos mostró su amor en que Jesucristo murió por nosotros para perdonar nuestros pecados.

Para nacer de nuevo debemos creer en el nombre de Jesús y recibirlo como nuestro Salvador.

La salvación es un regalo de Dios. No podemos comprar la entrada al cielo. Por más bien que nos portemos, eso no nos salva; sólo Jesucristo salva.

PIMIENTA NACE DE NUEVO

Doña Beatriz y los niños levantaron la mano con los dedos abiertos y repasaron los pasos. Cuando llegaron al cuarto paso: RECIBO A JESÚS, Pimienta gritó: «Yo quiero hacerlo.»

Sal y Pepita, y los otros amiguitos del club, también querían recibir a Jesús. Se arrodillaron con doña Beatriz y ella les ayudó a decir una oración en que entregaron su vida a Jesucristo.

Pimienta sintió como que una carga pesada había caído de su corazón; se sintió liviano. Tuvo ganas de saltar de alegría. Fue corriendo a su casa, con doble gozo: la alegría de la salvación y el gran gozo de que doña Beatriz le había regalado una Biblia.

El muchachito que siempre dudaba había dicho que sí al Señor Jesús. ¡Pimienta había nacido de nuevo!

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Nicodemo nace de nuevo

Hoy les voy a contar acerca del nuevo nacimiento de Nicodemo –dijo doña Beatriz cuando los niños se reunieron para el Club.

–Nuevo nacimiento, ¿qué es eso? –preguntó Pimienta–. No creo que alguien pueda nacer dos veces.

–Lo mismo pensaba Nicodemo –respondió la buena vecina–. Ahora verán que hay dos nacimientos.

–No lo creo –dijo Pimienta.

–No seas tan terco –le dijo Sal a su amigo–. ¿Por qué siempre dudas de las cosas que dice doña Beatriz?

–Es que ella habla de cosas imposibles.

–Doña Beatriz nos habla de Dios –dijo Pepita–. Dios hace cosas imposibles. Cada vez que vengo al club me siento emocionada por aprender algo nuevo.

Los niños siguieron discutiendo un rato, hasta que doña Beatriz les contó la historia. Todos escucharon atentos, especialmente Pimienta, porque él quería saber qué cosa rara era eso de nacer de nuevo.

UNA VISITA NOCTURNA

Nicodemo era fariseo y miembro de la corte suprema de los judíos. Para él era muy importante observar la ley. Muchas veces había escuchado hablar acerca de Jesús. Tal vez lo había visto hacer milagros y había escuchado alguna de sus enseñanzas. Ahora quería hablar con Jesús y hacerle preguntas.

Una noche Nicodemo fue a ver a Jesús. No sabemos por qué fue de noche. Quizá no quería que sus compañeros fariseos lo vieran. Los fariseos despreciaban a Jesús.

Jesús seguramente estaba cansado después de un día de mucho trabajo; pero recibió a Nicodemo, porque Jesús nunca rechazaba a nadie.

LA PREGUNTA DE NICODEMO

¿Qué quería Nicodemo preguntarle a Jesús? Él quería averiguar quién era Jesucristo realmente. Quería estar seguro de que Él era el Hijo de Dios.

Entre la gente de aquellos días habían muchas diferentes opiniones acerca de Jesús. Unos decían que Él era un profeta, otros decían que era un simple maestro que reunía alumnos alrededor suyo; pero nadie sabía exactamente quién era Jesús.

–Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro –le dijo Nicodemo–. Sin la ayuda de Dios nadie podría hacer los milagros que tú haces.

La respuesta de Jesús sorprendió Nicodemo.

–Te aseguro que si no naces de nuevo no puedes ver el reino de Dios.

¿Qué? ¿Hacerme pequeño y entrar otra vez en el vientre de mi madre y volver a nacer? pensó Nicodemo.

–¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? –preguntó.

Jesús hablaba de otra clase de nacimiento. Él quería enseñarle a Nicodemo cómo llegar a ser miembro de la familia de Dios.

–Nacer de nuevo significa llegar a ser hijo de Dios –dijo Jesús–. Cuando creas que yo soy el Hijo de Dios, el Salvador, puedes pertenecer a la familia de Dios.

LA SERPIENTE EN EL DESIERTO

Luego Jesús le puso un ejemplo de algo que pasó cuando Moisés guió al pueblo de Dios a la Tierra Prometida.

Cuando el pueblo murmuró contra Dios y Moisés, Dios mandó serpientes venenosas. Para que se salvaran de las mordeduras, Dios dijo a Moisés que hiciera una serpiente de metal y la pusiera en un palo. Cualquiera que miraba a la serpiente se sanaba de las mordeduras.

–La serpiente que Moisés levantó en el desierto era un ejemplo. Un día yo tengo que ser levantado –dijo Jesús–. Así como ellos miraron a la serpiente y se sanaron, todo el que cree en mí será salvo. Yo les doy vida eterna. Ese es el nuevo nacimiento.

Jesús hablaba del día en que Él iba a morir en la cruz.

JUAN 3:16

Para explicarle a Nicodemo sobre la salvación, Jesús dijo las palabras que son las más conocidas en todo el mundo.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»

–¡Yo lo sé! –dijo Pepita–. Es Juan 3:16. Lo he marcado en mi Biblia y lo he aprendiendo de memoria.

–Todos aprenderemos este versículo –dijo doña Beatriz.

A una voz, todos repitieron juntamente con Pepita Juan 3:16.

Pimienta estaba pensativo. Quería saber más sobre lo que Jesús dijo a Nicodemo. ¡Era cierto que hay dos nacimientos!

¿Por qué siempre tengo dudas? –se dijo nuestro amiguito–. Quiero creer en Jesús; quiero ser hijo de Dios; quiero nacer de nuevo. Es importante que nacer de nuevo. Pero, ¿cómo?

Pimienta decidió pedir a doña Beatriz que le explicara más…

¡No te pierdas el próximo número!

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Un manantial de agua viva

Ondas. Doña Beatriz preguntó a los niños si alguna vez habían formado ondas en el agua lanzando piedritas.

–A mí me encanta formar esas ondas –dijo Sal.

–Sal es experto –informó Pimienta–. Me está enseñando cómo lanzar las piedras para formar ondas. ¡No es fácil!

–Hay que lanzar las piedras de costado –dijo Sal.

–¿Sabían que dar una noticia es como formar ondas en el agua? –dijo doña Beatriz–. Así como se forman más y más ondas, una noticia se esparce. Pasa de nuestra familia a nuestros amigos, y de allí a nuestros vecinos y a otros conocidos. Al fin, ¡todos han oído la noticia!

JESÚS PASA POR SAMARIA

Hoy veremos a una mujer que dio una gran noticia.

Jesús y sus discípulos iban de Judea a Galilea. Jesús dijo que tenía que pasar por Samaria. Jesús era judío. Los judíos solían dar una gran vuelta para no pasar por Samaria, porque había enemistad entre judíos y samaritanos.

A los judíos no se les permitía hacer favores a los samaritanos y usaban la palabra «samaritano» para mostrar desprecio. Jesús no era como otros judíos. Él no hace distinción de raza ni color. Para Él todos tienen el mismo valor.

Jesús estaba cansado del viaje; tenía hambre y sed. Se sentó junto al pozo de Jacob a las afueras de la ciudad de Sicar. Los discípulos fueron a la ciudad en busca de algo para comer.

UNA MUJER DESPRECIADA

Era mediodía y el sol quemaba con fuerza. Llegó una mujer a sacar agua del pozo. Era costumbre que las mujeres iban al pozo; pero no al mediodía, cuando hacía mucho calor.

La mujer que llegó al pozo era despreciada por su mala vida. Para librarse de las burlas y las miradas de desprecio de las mujeres de su pueblo, iba a buscar agua a esas horas.

–Tengo sed –dijo Jesús–. ¿Puedes darme un poco de agua?

–¿Qué? –repondió la mujer, sorprendida–. Tú eres judío y me pides a mí, una samaritana, que te dé agua. No lo entiendo.

–¡Ah! Tú no sabes quién soy yo –dijo Jesús–. Si me conocieras, me pedirías que te dé agua viva.

–¿De dónde vas a sacar esa agua? Este pozo es hondo y no tienes con qué sacar agua.

UN MANANTIAL DE AGUA VIVA

–Yo soy el agua de vida –dijo Jesús, y le explicó a la mujer sobre sí mismo–. El agua que yo doy fluye como un manantial en tu corazón. Si crees en mí recibes la vida eterna.

Al hablar con Jesús la mujer sintió que Él sabía todo acerca de su mala vida, y que sin embargo la amaba. ¡Así es Jesús!

Tal como Jesús hace con cualquiera que cree en Él, perdonó los pecados de la mujer. En su corazón corría el manantial.

Tan feliz estaba la mujer que se olvidó de que había ido al pozo a sacar agua. Dejó su cántaro y volvió corriendo a Sicar. Calle arriba y calle abajo iba gritando:

–¡Vengan! Vean a un hombre que me ha dicho todo lo malo que he hecho. ¿No será el Hijo de Dios?

Ella corría y gritaba, y la gente la seguía. ¡Qué sensación!

Los samaritanos de Sicar conocían a esta mujer y querían ver al hombre que le había revelado todas sus maldades.

MUCHOS SAMARITANOS CREEN

Al ver a la gente Jesús se olvidó de que estaba cansado, y de que tenía hambre y sed. Para Él lo más importante era hablar a los samaritanos del camino de la salvación. Jesús no había venido a salvar sólo a los judíos, sino también a los samaritanos.

Cuando la mujer corrió con la noticia acerca de Jesús, se hicieron ondas cada vez más grandes, como cuando se lanza una piedra al agua. Muchos creyeron en Jesús por lo que ella anunciaba.

Los samaritanos estaban tan contentos que pidieron a Jesús que se quedara con ellos un tiempo. Él y sus discípulos se quedaron dos días en Sicar. ¡Y se formaron ondas! Muchos más supieron del camino al cielo. Llenos de gozo le decían a la mujer:

«Ya no creemos sólo por lo que tú has dicho, porque nosotros mismos hemos oído a Jesús, y sabemos que verdaderamente Él es el Salvador del mundo.»

–Jesús amaba a los samaritanos; por eso tenía que pasar por Samaria –dijo doña Beatriz–. ¿Creen que Jesús diría lo mismo si pasara por aquí?

–Yo quisiera que Jesús vaya a mi casa –dijo Pepita.

Jesús no viene hoy en persona a tu casa; pero puedes recibirlo en tu corazón por el Espíritu Santo. El gozo que Él te da es como si tuvieras en tu interior un manantial de agua viva.

–Sal, así como lanzas las piedritas al agua y se forman ondas, puedes anunciar la noticia de la salvación en Jesús –dijo doña Beatriz–. No sólo nuestro amigo Sal, sino todos. Podemos decir:

“¡Ven a conocer a alguien que te ama más que nadie! ¡Conoce a Jesús que pone en tu corazón un manantial de agua viva!”

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