David, valiente poeta y pastor

David, el pastor de ovejas que llegó a ser rey. Cuando sus amigos y vecinos se divertían en sus juegos, David estaba en el campo componiendo canciones y cuidando ovejas. Él era el menor de los hijos de Isaí; tenía siete hermanos mayores. Ellos estaban ocupados con otros trabajos y mandaron a David al campo.

David era poeta; escribía hermosas poesías acerca de Dios y su amor. También era músico y cantor. David tenía un instrumento llamado arpa. Sus ovejas escuchaban las canciones y la música. Les decimos «salmos».

David amaba a sus ovejas y las cuidaba lo mejor posible. Él pensaba en Dios como su gran pastor, que cuidaba de él así como él cuidaba de sus ovejas. Escribió la poesía más conocida, que habla de Dios como su pastor.

Tú, Dios mío, eres mi pastor;
contigo nada me falta.
Me haces descansar en pastos verdes,
y para calmar mi sed
me llevas a aguas tranquilas.
Me das nuevas fuerzas
y me guías por el mejor camino,
porque así eres tú.

David era valiente. Estaba dispuesto a dar su vida por sus ovejas. Cuando venía un león y se llevaba una oveja del rebaño, David se escondía en una cueva temblando de miedo.

¡No! David perseguía al león y lo golpeaba con un palo hasta que soltara a su presa. ¿Te atreverías a hacer eso? Cuando un oso atacaba la rebaño, David hacía lo mismo.

UNGIDO PARA SER REY

El rey era Saúl. Al principio había sido humilde y obediente a Dios; pero con el tiempo se puso orgulloso. Entonces Dios decidió poner otro rey en su lugar.

«He encontrado en David, un hombre conforme a mi corazón, que hará todo lo que yo quiero», dijo Dios.

Mandó al profeta Samuel para que ungiera a David como el próximo rey. La costumbre era derramar aceite sobre la cabeza de la persona escogida.

Cuando Samuel fue a la casa de Isaí para hacer esto, los hermanos de David pasaron frente a Samuel, uno por uno.

«No te dejes impresionar por su aspecto o por su estatura –le decía Dios por cada uno–. Yo no lo he escogido.»

¡Qué sorpresa fue para todos cuando el pastorcito David se presentó y Samuel dijo que Dios lo había escogido!

¿Crees que David se puso orgulloso porque sería rey? ¡No! Siguió atendiendo a sus amadas ovejas… hasta que… un día pasó algo extraordinario.

DAVID Y EL GIGANTE GOLIAT

Los hermanos de David estaban con el rey Saúl en guerra contra los filisteos. En el campo de batalla había un gigante de casi tres metros de altura. Tenía una coraza de bronce que pesaba 55 kilos.

Ese gigante, llamado Goliat, se burlaba del ejército de Saúl. Desafiaba a los soldados para que alguien saliera a pelear contra él. ¡Los soldados temblaban de miedo!

David fue al campo de batalla a llevar provisiones para sus hermanos. Cuando oyó las burlas del gigante se indignó. Co-mo nadie se atrevía a pelear contra Goliat, él decidió hacerlo.

–¿Cómo vas a pelear tú contra ese gigante? –le dijo el rey Saúl–. No eres más que un muchacho. Ese gigante ha sido guerrero toda su vida.

–Dios va a pelear conmigo –respondió David–. Así como me ayudó a defender a las ovejas de los leones y los osos, confío que me va a ayudar a defender al ejército de Israel contra ese gigante.

¿Sabes con qué David lo venció? Con una honda y una piedra. Pero más que nada en el nombre del Señor su Dios.

–Tú vienes a mí con espada y lanza –dijo David al gigante–. Pero yo vengo a ti en el nombre de mi Dios todopoderoso.

Con eso, lanzó la piedra, que se clavó en la frente del gigante. ¡Goliat cayó de bruces al suelo! ¿Te imaginas cómo tembló la tierra cuando ese inmenso hombre se desplomó?

Los soldados filisteos huyeron. Nadie se imaginaba que el muchacho que había vencido al gigante un día iba a ser rey.

David, como poeta y pastor, y después como rey, siempre siguió escribiendo canciones a Dios. Él atesoraba la palabra del Señor en su corazón para no pecar contra Dios.

¿Atesoras la palabra de Dios en tu corazón?

 

MIS PERLITAS

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El buen ejemplo del sacerdote Esdras

Imagina que estás en una cápsula del tiempo. Vas viajando por el espacio recorriendo cientos y miles de años hacia el pasado. Es emocionante porque no sabes dónde vas a aterrizar. Has apretado botones al azar. Lo único que sabes es que vas a llegar a Canaán, la tierra que Dios dio a su pueblo Israel.

De pronto empiezan a tocar bocinas y la nave hace unos movimientos bruscos. ¿Qué pasa? Ah, ya estás por aterrizar. ¿A qué edad del tiempo habrás llegado?

Miras por la ventanilla y ves a un hombre muy concentrado en el estudio de un rollo. Te preguntas por qué tiene un rollo y no un libro; pero luego recuerdas que en la antigüedad los libros eran rollos de cuero, llamados pergaminos.

LLEGADA A JERUSALÉN

Sales de la nave y el hombre se acerca. Con una gran sonrisa te saluda.

–Hola, amigo. Soy Esdras el sacerdote. Estoy en Jerusalén para enseñar al pueblo la ley de Dios y restablecer el templo.

¡Ah, estás en Jerusalén! Ahora recuerdas que Israel ha estado cautivo en Babilonia. El pueblo fue desobediente a Dios y por eso Él permitió que vinieran enemigos a llevarlos cautivos.

Saludas respetuosamente a Esdras. Miras alrededor y ves a gente muy ocupada. Están reconstruyendo los muros. Hay niños trabajando. Acarrean agua y alcanzan ladrillos a sus padres.

–Cuando terminemos de construir los muros, mi amigo Nehemías y yo reuniremos al pueblo para enseñarles la ley de Dios.

Luego Esdras te dice que el rey Artajerjes lo ha mandado para que enseñe la ley y para que nombre jueces. Nunca has oído hablar de Artajerjes así que le preguntas quién es.

–Artajerjes es el rey de Persia, el reino más poderoso de nuestra época. Me siento honrado de venir a enseñar la palabra de Dios a nombre del rey.

LA RECONSTRUCCIÓN DEL MURO

Esdras te invita a que te quedes allí un tiempo. Para ti es interesante vivir en una época antigua. Aprendes nuevas costumbres y pruebas nuevos alimentos, raros pero ricos.

Nehemías te invita a ayudar con la reconstrucción del muro.Te admiras porque todos trabajan decididos, aunque los enemigos hacen lo posible por detenerlos. No quieren ver restaurada la ciudad de Jerusalén.

Nehemías ha ordenado que nadie se quite la ropa de noche, solamente para bañarse. Y que se turnen para estar a la defensa, con su espada en la mano. No puedes entender por qué los enemigos tratan de detener la obra.

¡En 52 días terminan el muro! Hacen una gran fiesta de dedicación. Esdras se para sobre un púlpito de madera y lee el libro de la ley delante de todo el pueblo. Es la «biblia» de ellos.Además de leer, explica poco a poco el contenido.

Siete días, desde el amanecer hasta el mediodía, chicos y grandes escuchan la lectura de la palabra de Dios.

LO QUE APRENDES DE ESDRAS

Esdras conoce muy bien la ley de Dios porque la ha estudiado desde que era niño. De pie en la plaza, juntamente con todo pueblo que escucha la lectura, te das cuenta de lo privilegido que eres.

Ninguno de los niños que escucha a Esdras tiene una biblia propia; tampoco los adultos. Solamente Esdras el sacerdote tiene un pergamino, el rollo con la palabra de Dios.

Tú tienes biblia, tus padres tienen biblia. Cualquiera que desea puede comprar una biblia. Puedes tener 10 biblias si quieres.

Estás pensando en esto y no te das cuenta de que Esdras ha finalizado la lectura. Ahora él bendice al Señor por su grandeza, y el pueblo responde: «¡Amén! ¡Amén!»

Todos alzan las manos y adoran a Dios; después se humillan, inclinando su rostro hasta tocar la tierra con la frente.

Nunca has hecho eso; no te has arrodillado tan profundo. De esa forma muestran su reverencia a Dios. Decides que al volver de tu viaje en la cápsula espacial vas a mostrar más reverencia al orar; también vas a apreciar que tienes la Santa Biblia.

Los enemigos no querían saber nada de Dios; por eso trataron de impedir que se reconstruya la ciudad de Jerusalén, el centro de adoración a Dios. Y no querían que sean reparados los muros que ellos habían quemado.

Algunos de los israelitas lloraron al escuchar la lectura.

–No estén tristes –dijeron Esdras y Nehemías–. Este es día santo. ¡Alégrense! El gozo del Señor es nuestra fortaleza.

Ahora te toca regresar de tu viaje imaginario. ¿Qué has aprendido de Esdras? Él se dedica a estudiar la palabra de Dios; después pone en práctica lo estudiado. Finalmente, enseña al pueblo los mandatos de Dios. Léelo en Esdras 7:10.

De pronto oyes las bocinas de la cápsula. ¿Tan rápido ha pasado el tiempo? Te toca volver al siglo 21. Te despides de Esdras, Nehemías y tus nuevos amigos. ¿Será hasta pronto?

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El buen ejemplo de Josías, el rey niño

Cómo sería si el presidente de tu país fuera un niño? ¿Crees que eso sería posible? No, porque nadie elegiría a un niño para que gobierne el país. Pero en tiempos antiguos ha habido niños gobernantes. Un rey niño fue Josías.

En la Biblia, en 2 Reyes 22 y 23 o 2 Crónicas 34 y 35, puedes leer acerca de sus hazañas. O sigue leyendo aquí.

Amón, el papá de Josías, y su abuelo, Manasés, fueron reyes malos, que no honraron a Dios. Su abuelo también fue un rey niño; Manasés comenzó a reinar cuando tenía doce años. Su bisabuelo, Ezequías, fue un rey bueno, que amaba a Dios. En su vida pasó algo extraordinario.

LA ENFERMEDAD DE EZEQUÍAS

Ezequías se enfermó. Estuvo tan enfermo que iba a morir. Eso no es lo extraordinario. ¡Espérate y verás!
El profeta de Dios, Isaías, fue a decirle: «Dios dice que pongas en orden los asuntos de tu casa porque vas a morir.»

Ezequías se puso muy triste; no quería morir. Volvió su rostro hacia la pared y oró a Dios que lo sanara. La Biblia dice que el rey Ezequías lloró amargamente.

Entonces Dios dijo al profeta Isaías que regresara al palacio para decirle a Ezequías que Dios había oído  oración y visto sus lágrimas. Dios le daría quince años más de vida. Eso es extraordinario; pero no es todo. Seguramente Josías se admiraba cuando le contaban lo que pasó después.

EL RELOJ QUE RETROCEDIÓ

Dios le dio una señal para demostrar que iba a cumplir su promesa. En esos días tenían relojes solares. Leían la hora según la sombra del sol en el reloj.

«¡Haré retroceder diez grados la sombra del sol!», dijo Dios. Eso es como si la hora en tu reloj se moviera hacia atrás sin que lo toques. ¡Exactamente eso pasó! La sombra en el reloj solar se movió diez grados hacia atrás. ¡Qué extraordinario!

La enfermedad de Ezequías se debía a una llaga. El profeta Isaías dijo a los siervos del rey que le pongan una masa de higos en la llaga. Eso hicieron, y Dios sanó así al bisabuelo de Josías, y le dio quince años más de vida.

JOSÍAS OBEDECE A DIOS

Cuando Josías oía hablar de ese milagro y de todas las demás cosas maravillosas que Dios había hecho por su pueblo Israel, cosas de las que podemos leer en la Biblia, él sintió un deseo en su corazón de servir a Dios. En el relato bíblico acerca de Josías dice que él obedeció a Dios en todo, pues siguió el buen ejemplo de su antepasado, el rey David.

Uno de los mandamientos de Dios es que no hagamos ni adoremos imágenes. La gente no había obedecido a Dios en eso y por todo el país había altares e imágenes a dioses falsos. Josías ordenó que destruyeran todo esto hasta hacerlo polvo.

EL TEMPLO ESTABA EN RUINAS

Como la gente adoraba a imágenes y dioses falsos habían descuidado el templo de Dios. ¡El templo del Señor estaba en ruinas! Entonces Josías dio órdenes de que lo repararan.

Cuando estaban haciendo la reparación, el sacerdote Hilquías encontró el libro de la Ley, que Dios había dado por medio de Moisés.

«¡Encontré el libro de la Ley en el templo de Dios!» dijo Hilquías a Safán, el secretario del rey.

Pronto Josías recibió la noticia. Entonces su secretario le leyó el libro. Cuando el rey escuchó la lectura de la ley rompió su ropa en señal de tristeza. Esa era una costumbre en esos días.

«¡Dios debe estar furioso con nosotros! –dijo Josías–. ¡No hemos obedecido lo que está escrito aquí!»

JOSÍAS LEE EL LIBRO DE LA LEY

Josías, entonces, quiso que todos oyeran las palabras del libro de la Ley de Dios. Mandó a llamar a los líderes de Judá y de Jerusalén, para que se reunieran en el templo con él.

No solo a ellos llamó; toda la nación, desde el más joven hasta el más viejo, fue al templo. Allí, el rey mismo leyó a todos lo que decía el libro de la Ley de Dios que habían encontrado.

¿Qué más hizo Josías? Se comprometió a obedecer siempre los mandamientos de Dios, y mandó que todo el pueblo hiciera lo mismo. Chicos y grandes prometieron obedecer la palabra de Dios y cumplir sus mandamientos.

Desde muy niño Josías tuvo la responsabilidad de gobernar al pueblo de Dios. Fue un rey bueno que destruyó todos los odiosos ídolos que había en el país, y ordenó a los israelitas que adoraran solamente al Dios de Israel.

Así como Josías, presta atención a la palabra de Dios. La clave es ATIENDE: escucha y observa. ¿Lo harás?

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Para un material completo sobre la Biblia en la mano:

hermanamargarita.com

 

 

 

 

Por qué Amy no recibió ojos azules

Amy tenía un solo deseo: tener ojos azules. No porque sus ojos fueran feos, al contrario, eran de un hermoso color café; pero quería tener ojos azules como los de su mamá.

Dios escogió a Amy desde que era muy pequeña, aun antes de que naciera. Él tenía un plan muy emocionante para su vida, por eso le dio ojos de color café.

Cuando Amy pidió a Dios ojos azules, la respuesta fue «no»; pero no también es una respuesta.

Misionera en la India

De muy niña, Amy entregó su corazón al Señor Jesús y prometió servirle y hacer su voluntad. Cuando Amy creció, viajó como misionera a la India.

Desde un principio se esforzó en aprender el idioma que se hablaba allí, para contar a la gente del amor de Dios. Muchas veces deseaba disfrazarse como una mujer india para entrar en alguno de los enormes templos de piedra, donde muchos niños habían sido ofrecidos para servir a dioses falsos.

La India era un país con muchos secretos y Amy estaba decidida a descubrir algunos de ellos. ¿Cómo podría contar a la gente acerca del Dios vivo y verdadero, y de Jesucristo que murió en la cruz para perdonar sus pecados?

Un teñido perfecto

Amy era de Irlanda, y una mujer extranjera no podía andar libremente por las calles, ni podía entrar en los templos de ese país. ¿Qué podía hacer? Su Padre celestial le mostraría cómo hacerlo.

Amy hizo algunos experimentos, hasta que descubrió que con café en polvo podía teñirse los brazos y la cara para que aparecieran de un color como el que tenían las mujeres indias.

Después de pintarse los brazos y la cara, se puso ropa típica de la India: una túnica como usaban las mujeres, y un turbante sobre la cabeza, enrollado en un brazo.

«Te pareces a una mujer de aquí –le decían sus amigas–. ¡Qué suerte que tus ojos son de color café y no azules! Si no fuera por esos ojos castaños, no pudieras hacerte pasar por una mujer india.»

Ojos de color café

¿Ojos de color café y no azules? Amy recordó la gran tristeza que tuvo de niña cuando pidió ojos azules y Dios le dijo que no. Ahora comprendió por qué. Necesitaba ojos de color café. ¡Dios le dio la mejor respuesta!

Un día, vestida con su mejor disfraz, Amy entró por las puertas de un gran templo. En una enorme torre estaba sentado un ídolo negro, sucio y pegajoso. En la pared colgaban platillos con mechas ardientes y detrás del ídolo había un cuarto oscuro, con telarañas.

Amy tembló al ver que ese lugar tan feo era el único templo que la gente conocía y que ese pequeño monstruo gordo era el dios de la India. Era un dios muerto que no podía escuchar ni contestar las oraciones.

«Mamá» para muchos niños

Desde ese momento, Amy sabía por qué Dios no le había dado ojos azules. Él la necesitaba para salvar a muchos niños que no tenían mamá ni papá. Amy fue una mamá para ellos. Más de cincuenta años se quedó en la India, amando y cuidando a casi mil niños sin hogar.

Han pasado muchos años desde que los ángeles de Dios llevaron a «mamá» Amy al cielo. Está allí esperándonos para que nos cuente qué bueno fue que Dios le dijera que no cuando ella pidió ojos azules. Junto con Amy están muchos niños y niñas de la India, que por la bondad de ella conocieron a Jesús.

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La niña que pidió ojos azules

Una semana antes de la Navidad, el año 1867, nació en un pequeño pueblo de Irlanda una niña con lindos ojos de color café.

Sus padres le pusieron el nombre de Amy. Ella creció en un pueblo junto al mar, y desde muy pequeña llegó a amar los colores y los sonidos del océano. Su color favorito era azul, como el color de los ojos de su mamá.

Desde muy pequeña, su gran deseo era tener ojos azu­les. No estaba contenta con sus ojitos de color café: brillantes, traviesos y llenos de vida.

Amy siempre escuchó hablar del Hijo de Dios, el Señor Jesús. Sus padres le leían la Biblia todos los días.

Ella aprendió que Jesús la amaba y que había venido del cielo para morir por sus pecados en la Cruz y ser su Salvador. También sabía que Jesús no está muerto sino que vive y que escucha las oracio­nes.

Amy pide ojos azules

Amy tenía solamente tres años cuando le pidió al Señor que le diera ojos azules. Una noche, se arrodilló junto a su cama y oró a Dios, pidiendo que cambiara sus ojos de color café por un hermoso azul. Pidió con toda fe, y estaba convencida de que iba a contestar su oración.

«Dios siempre contesta las oraciones», le había dicho su mamá muchas veces.

Amy sabía que Jesús había prometido: «Pidan, y se les dará… Porque todo el que pide, recibe.» Confiada en que esas palabras eran verdad, se durmió.

A la mañana siguiente, se despertó feliz como un pajarito. Rápidamente fue a mirarse en el espejo. Es­taba emocionada pensado en que tendría ojos azules.

¿Ojos azules? ¡NO! Solamente unos trágicos ojos de color café se reflejaban en el espejo. Unos ojos muy tristes. ¡Dios no había contesta­do! Nada había ocurrido.

No también es una respuesta

Amy había orado, se había porta­do bien (aunque no es porque te portas bien que Dios responde a la oración), había creído en Dios; sin embargo, Él no había contestado a su oración.

Amy hizo un esfuerzo por no llorar. Entonces pasó algo muy importante. Tal vez lo oyó en el apagado cuchi­cheo de las olas, quizá su mamá al entrar al cuarto se lo dijo. Tal vez Dios mismo estaba ayudando a Amy a entender un secreto que ella iba a recordar por el resto de su vida: «No también es una respuesta.»

Las palabras llegaron tan claras a su mente, como si alguien las hubiera dicho en alta voz. Amy pensó que Dios no había prestado atención cuando oraba… pensó que Él sencillamente no había contestado; pero sí contestó la oración de Amy, aunque la respuesta fue «no».

Los planes de Dios

Muchos años más tarde, Amy en­tendió por qué Dios no le dio ojos de color azul. Él tenía un plan muy emocionante para su vida. Para cumplir ese plan, Amy necesitaba ojos de color café.

Dios tiene un plan también para tu vida, y por medio de las experiencias de cada día, Él quiere enseñarte lecciones muy importantes.

Si le pides algo, y la res­puesta es «no», recuerda que Dios sabe lo que es mejor para ti. ¡No también es una respuesta!

¿Tienes un deseo especial? ¡Cuéntaselo a Dios en oración! Cualquiera que sea la respuesta, ten la seguridad de que es la mejor para ti.

MIS PERLITAS 424

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Josué se despide

El abuelo Eleazar había visto todas las hazañas de sus líderes Moisés y Josué. Nunca olvidaría el día en que emprendieron la salida de Egipto. El recuerdo más impresionante era del mar que se abrió, cuando caminaron por el fondo del mar en tierra seca.

–Esa vez me saqué la suerte –dijo el abuelo–. Conocí a la niña más hermosa del mundo.

–Eleazar –le exhortó la abuela–. Eso no fue “suerte” sino la bendición de Dios.

–Nosotros tenemos la suerte de que ustedes son nuestros abuelos –dijo Eliab.

–Es bendición –le exhortó la abuela–. Nunca olviden eso. No creemos en la suerte sino en la bendición de Dios.

–¡Bendición! ¡Bendición! –cantó Elizabet–. Ella siempre ponía melodía a las palabras, porque le gustaba mucho cantar.

–Todo ha sido emocionante. Cruzar el mar en seco; recoger maná todos los días; ver cuando Moisés golpeó la roca y brotó agua; la serpiente de bronce que Moisés levantó cuando hubo una plaga de serpientes venenosas.

–Lo que no fue nada lindo es el castigo que recibimos por la falta de fe de los espías –dijo la abuela–. El abuelo y yo nos sentimos muy desilusionados. Porque ellos no creyeron que conquistaríamos la Tierra Prometida pasamos cuarenta años en el desierto.

–Quizá lo más emocionante fue cruzar el río Jordán –dijo el abuelo–. Porque entonces estuvimos en la tierra que Dios nos había prometido.

–Ahora tenemos una casa –dijo Eliab–. Me gusta que ya no vivimos en carpas. ¡Se acabó la vida del desierto!

Siguió la conversación. Eleazar y Raquel recordaban todas las maravillas que habían visto en el largo viaje por el desierto. Ahora sus nietos disfrutarían de la tierra que Dios les había dado.

La despedida

Así como Moisés antes de él, Josué también fue un buen líder, que enseñó al pueblo a seguir los caminos de Dios. Había pasado el tiempo y Josué ya era anciano.

Antes de morir, reunió a todo el pueblo de Israel en Siquem, al pie del monte Ebal. Vinieron todas las tribus con los líderes, los jueces y los oficiales. ¡Y allí estaba Eleazar con toda su familia!

¿Para qué los reunió Josué? Para hacerles recordar todas las maravillas que Dios había hecho con ellos. Paso por paso fueron recordando lo que Dios había hecho por su pueblo.

Como un anciano padre hablaría a sus hijos y nietos, así Josué habló al pueblo.

–Hijitos, no se olviden de las maravillas que Dios ha hecho. Ustedes han recibido una tierra hermosa. Viven en ciudades que no han edificado, y comen de viñas y olivares que no han plantado.

»Les digo lo mismo que Dios me dijo a mí. Esfuércense en cumplir todo lo que dice el libro de la ley de Moisés; cúmplanlo al pie de la letra. No adoren a otros dioses. Sirvan de todo corazón al Señor.

Una piedra de testigo

Luego de hacer recordar al pueblo todas estas cosas, Josué las registró en el libro de la Ley de Dios. Después levantó una enorme piedra y la colocó bajo un árbol que estaba junto al santuario del Señor.

–Esta piedra es testigo de todo lo que el Señor ha dicho, para que ustedes no mientan –dijo Josué.

¿Qué habían prometido ellos?

  • Sólo al Señor serviremos.
  • Sólo al Señor obedeceremos.

Sirve hoy al Señor

Tú y tus amigos son los futuros líderes. Dios tiene maravillosos planes para ti. Pero no tienes que esperar hasta «mañana» para servir al Señor. Hoy mismo puedes ser un siervo de Dios obediente. ¿Esa promesa que oyó la piedra? Haz tú también esa promesa a Dios:

«Sólo al Señor mi Dios serviré, y sólo a él obedeceré.»

MIS PERLITAS

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Aquí termina la historia de Eleazar y Raquel,

y de Eliab y Elizabet.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caleb conquista su monte

A los niños les encantaba escuchar al abuelo contar acerca de su vida en el desierto. Ellos sabían que había pasado cuarenta años criando ovejas. Los israelitas eran pastores de ovejas. Cuando salió de Egipto encontró a un corderito que fue su mascota, su Campeón. Ahora el abuelo tenía todo un rebaño de ovejas.

Una tarde el abuelo decidió contarles acerca de uno de sus grande héroes. Cuando Moisés mandó espías para explorar a Canaán, la Tierra Prometida, este héroe volvió con un informe positivo. Lo que más llamó la atención de Eleazar fue el racimo de uvas que trajeron entre dos, colgado de una vara. Nunca había visto uvas, ni mucho menos uvas tan grandes.

El héroe de Eleazar

–¿Quién es tu héroe, abuelo? –preguntó Eliab.

–Mi héroe es Caleb –dijo el abuelo–. Él y su amigo Josué animaron al pueblo a ser valientes para ir a conquistar la . Pero la gente no quiso escucharles. Toda la noche gritaron y lloraron.

–Algunos querían escoger un nuevo líder y volver a Egipto –dijo la abuela.

–¿Dónde está Caleb ahora? –preguntó Elizabet.

–¿Qué monte? –preguntó Eliab, muy interesado.

–Caleb se enamoró de un monte cuando fue a explorar la tierra. Al volver, le pidió a Moisés que cuando llegáramos a Canaán le diera ese monte para conquistar.

–¿No estará muy viejo para que vaya a conquistar un monte? –dijo la abuela, pensativa.

–Mi héroe dice que está tan joven hoy como cuando fue a explorar la tierra de Canaán hace cuarenta años. He escuchado que le va a pedir a Josué que lo deje ir a conquistar Hebrón. Así se llama el monte.

–Pero allí hay gigantes –dijo la abuela.

–¡Por algo es mi héroe! –exclamó el abuelo–. Caleb sabe que Dios le va a dar la victoria, aunque haya gigantes. ¡Cómo quisiera ir con Caleb a la conquista!

Así conversaban los niños y sus abuelos…

Caleb soñaba despierto

¿Has soñado alguna vez? Sí, sí, claro. Ya sé que cuando duermes tienes sueños. También yo. Pero ahora me refiero a otra clase de sueños. Cuando uno está despierto y sueña.

Tal vez has soñado viajar a la luna cuando seas grande. Algunas niñas sueñan con tener una muñeca de rizos dorados, que camina y habla. Muchos varoncitos sueñan con ser pilotos y volar por las nubes. Casi todos sueñan con algún día casarse y formar una familia.

¿Sabes qué? Caleb soñaba despierto. Como les contó el abuelo a sus nietos, cuando Caleb fue a reconocer la Tierra Prometida se «enamoró» de un monte, un monte donde vivían gigantes, que sería muy difícil conquistar.

Caleb era valiente. Le gustaba hacer las cosas difíciles. Año tras año… más de cuarenta años, soñaba con el monte que iba a conquistar. ¿Crees que cada mañana se despertaba temprano para hacer ejercicios? Tenía que fortalecer sus músculos para poder conquistar el monte.

La frente de Caleb se fue arrugando; sus cabellos se volvieron blancos. Ya no era joven. Pronto cumpliría 85 años. Te imaginas a Caleb como un anciano, medio doblado, con barba blanca y un bastón. No, no fue así.

Lee Josué 14:11,12 y verás.

Los ejercicios le habían hecho bien. El viejito Caleb estaba tan fuerte como cuando era joven. ¿Qué te parece? ¡Fantástico! ¡Estupendo!

Caleb le pidió a Josué permiso para conquistar el monte. Ese monte que había sido su «sueño» por largos años.

Josué le dio el monte, y Caleb se fue a conquistarlo. ¡Caleb arrojó del monte a los gigantes!

Dios le había dado el deseo de conquistar el monte de Hebrón. Todos los días soñó con hacerlo. ¡Y su sueño se cumplió!

¿Con qué sueñas tú? No hay cosa mejor que «soñar» con llegar a ser lo que Dios quiere que seas. Sé fiel al Señor en todo lo que hagas y, así como Caleb, ¡serás un conquistador!

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