La conquista de Jericó

El pueblo de Dios había cruzado el río Jordán. ¡Los israelitas estaban en la Tierra Prometida! Ahora tenían el gran trabajo de conquistar esa tierra. Como agradecimiento a Dios, celebraron la Pascua.

La primera Pascua en Egipto

–Nunca olvidaré la primera Pascua, cuando salimos apurados de Egipto –dijo el abuelo Eleazar–. Papá pintó con la sangre de un cordero los postes y el dintel de la puerta. Esa noche, en las casas donde no habían pintado con sangre la puerta, murió el hijo mayor.

Dios dijo que los israelitas cada año celebren la Pascua. El 14 del primer mes celebraron la Pascua al salir de Egipto. Al llegar a la Tierra Prometida celebraron la Pascua el día 14 del primer mes. ¿Verdad que es maravilloso?

Ya no hubo más maná

–No lo puedo creer –dijo Elizabet–. Mamá dice que hoy hemos recogido maná por última vez. Josué ha dicho que ya no habrá maná.

Así fue. Desde ese día ya no hubo semillitas blancas para recoger. El pueblo comió del fruto de la tierra. Al día siguiente comieron panes sin levadura y trigo tostado.

–Ahora nuestro trabajo es conquistar la tierra –dijo el abuelo–. Dios ha dicho a Josué que nos dará la ciudad de Jericó.

–Eso es imposible –dijo Eliab–. La ciudad está rodeada de muros. Dicen que los muros son anchos como casas, y tan altos como varias casas una sobre otra.

–Encima de los muros caminan guardias, con lanzas y flechas –observó Elizabet–. Papá, ¿qué pueden hacer nuestros soldados? ¿Cómo nos vamos a defender?

–No podemos defendernos; pero sí podemos confiar en Dios –respondió el papá–. Vamos a marchar alrededor de la ciudad. Josué ha dicho que nos alistemos para marchar.

–¡Marchar! ¡Yo quiero marchar! –gritó Eliab.

–¡Yo también quiero marchar! –gritó Elizabet, y dio saltos de emoción. Pero su papá no le dio permiso para que marchara.

La marcha alrededor de Jericó

Eliab y el abuelo marcharon juntos en el desfile alrededor del muro. El papá marchó con los soldados. Aunque Elizabet quería marchar tuvo que quedarse con su mamá a cuidar a sus hermanitos. Sólo pudo mirar desde lejos.

Los hombres de guerra, siete sacerdotes con trompetas, los sacerdotes que llevaban el arca (el cofre con las tablas de la ley), y mucha gente marcharon en silencio; solamente se escuchaba el sonido de las trompetas.

Seis días Eliab fue a marchar con su abuelo y los israelitas alrededor de la ciudad.

  • marcharon una vez…
  • marcharon dos veces…
  • marcharon tres veces
  • marcharon cuatro veces…
  • marcharon cinco veces…
  • marcharon seis veces…
  • ¡marcharon siete veces
    alrededor de la ciudad!

Caen las murallas

La gente de Jericó veía a los soldados, a los sacerdotes con trompetas, a los sacerdotes con el cofre de oro, y al pueblo. Seguramente la gente se ponía más nerviosa cada día. ¿Por qué los israelitas marchaban alrededor de la ciudad?

Al séptimo día, cuando empezaron a marchar varias veces alrededor de la ciudad, tal vez la gente de Jericó pensaba que los israelitas estaban locos.

A la séptima vez sucedió el milagro. Josué dio orden a la gente: «¡Griten! ¡El Señor les ha dado la ciudad!»

Sonaron las trompetas y la gente gritó. ¡Qué ruido se oía! Todos gritaban a voz en cuello. ¡Y cayeron las murallas!

Entonces los israelitas tomaron la ciudad.

La cuerda roja en la ventana salvó a Rahab y su familia

Salvación de una familia

Pero una casa en la muralla no cayó. De la ventana colgaba un cordón rojo. Era la casa de Rahab, la mujer que había escondido a los espías. Ellos le habían dicho que si ella y su familia se quedaban en la casa y ponían el cordón en la ventana, se salvarían. Por obedecerles, ¡se salvaron!

¿Qué nos enseña esta victoria que ganó Israel? Que Dios puede ayudarnos en las cosas que parecen imposibles. Aprende a confiar solamente en el Señor. Cuando obedeces su palabra, Dios te da la victoria.

LA PERLITA 419

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El cruce del río Jordán

Al fin el pueblo de Israel estaba cerca de la meta. Eliab y Elizabet, con sus padres y hermanos, y sus amados abuelos Eleazar y Raquel, habían llegado a orillas del río Jordán y estaban listos para cruzar al otro lado.

Eleazar y Raquel recordaban el milagro que Dios había hecho para que crucen el mar Rojo. Ahora se necesitaba otro milagro.

Era el tiempo de la cosecha y el río venía muy cargado de agua. ¿Cómo cruzarían los millones de israelitas el río Jordán?

El abuelo Eleazar recuerda cuando rescató a un corderito.

Una tarde, Eleazar reunió a su nietos para contarles cómo fue cuando él y la abuela cruzaron el mar Rojo.

Primero el abuelo encontró a Raquel llorando porque se había perdido. No encontraba a su padre entre la multitud de gente. Eleazar se puso valiente, aunque él mismo estaba perdido. Tampoco encontraba a sus padres. Los dos niños caminaron tomados de la mano entre la multitud de gente que empujaba para avanzar.

–Estábamos perdidos –dijo Eleazar–. Entonces encontramos un corderito que también estaba perdido. Lo rescatamos, y fue mi mascota por muchos años.

–¿No les dio miedo andar entre tanta gente? –preguntó Eliab.

–Yo temblaba –respondió el abuelo–. Pero tenía que ser valiente para consolar a la niña perdida que confiaba en mí.

–Dios cuidó de nosotros –dijo la abuela Raquel–. Al fin, después que cruzamos el mar, nuestros padres nos encontraron. Pero cruzamos solos. El agua se había separado como dos muros y caminamos en el fondo del mar por tierra seca. Lo más divertido era ver los peces dentro del muro.

–Ahora tenemos que cruzar el río para llegar a la tierra que Dios nos ha prometido –dijo el abuelo–. Seguro que Dios va a abrir camino. Me emociona pensar que cuando yo era niño cruzamos el mar y ahora voy a cruzar el río con mis hijos y nietos

El pueblo se purifica

–Abuelo, los espías que Josué mandó para reconocer la tierra dicen que la gente nos tiene miedo –dijo Eliab.

–Cuando yo era niño y Moisés mandó espías, ellos volvieron llenos de miedo –respondió el abuelo–. Por ellos, porque confiaron en Dios, hemos vagado cuarenta años en el desierto. ¡Ahora sí tenemos que confiar en el poder de Dios!

–Niños –dijo la abuela–, Josué ha mandado que nos purifiquemos, porque Dios va a hacer maravillas.

–¿Cómo vamos a purificarnos? –preguntó Elizabet.

–Necesitamos pedir perdón al Señor por nuestros pecados y así alistarnos para ver un milagro. También debemos bañarnos y lavar nuestra ropa.

–¡Ah! Es como estar limpios por dentro y por fuera –dijo Eliab.

Moisés y el pueblo que se purifica junto al monte Sinaí.

–Recuerdo cuando era niño y nos purificamos –dijo el abuelo–. Antes que Dios bajara al monte de Sinaí para dar la ley a Moisés, pedimos perdón al Señor y lavamos nuestra ropa.

–Ahora, ¡todos a purificarnos! –dijo la abuela Raquel.

Un cruce emocionante

Todo Israel estaba ocupado en purificarse. Los israelitas lavaron su ropa, se bañaron, y prepararon su corazón pidiendo perdón a Dios. Todos querían estar listos para cruzar el río. ¿Crees que también hicieron lanchas y botes para cruzar? No, nada de eso. Pero ¿cómo iban a cruzar el río?

Imagina que amaneció una linda mañana. Los pájaros cantaban como nunca; el sol brillaba con más esplendor. Los ángeles miraban con expectativa a la tierra. ¡Qué día emocionante sería!

Los sacerdotes se prepararon para la acción. Tomaron el arca del pacto, el cofre del tabernáculo donde guardaban las de la ley, y empezaron a caminar hacia el río. El pueblo los seguía a la distancia. El río corría con fuerza, cargado de agua.

Eliab y Elizabet miraban desde lejos para ver lo que iba a pasar. Al instante en que los sacerdotes pisaron el agua, el rió Jordán dejó de correr. Ellos nunca habían visto algo semejante. El agua se juntó en un gran montón, ¡como un inmenso muro!

–¡El río sigue corriendo hacia abajo! –gritó Elizabet.

Sí, el río siguió corriendo hasta que se terminó el agua. Así se dividió el río Jordán. Eliab y Elizabet, sus padres y sus hermanitos, sus abuelos Eleazar y Raquel, y todos los israelitas cruzaron en seco, frente a la ciudad de Jericó.

¡Qué alegría sentían los niños! Era muy emocionante caminar en el fondo del río. ¿Crees que recogieron piedritas para tener de recuerdo? Saltaban y brincaban junto a sus padres y sus abuelos. Para Eleazar y Raquel era doble la emoción. De niños habían cruzado el mar Rojo; ¡ahora cruzaban el río Jordán!

Cuando todos habían cruzado el río, Josué mandó que un hombre de cada una de las doce tribus de Israel sacara una piedra grande del fondo del río. Con las piedras edificaron un altar. El altar de piedras les recordaría el gran milagro de cruzar el río.

¡Qué rico durmieron todos esa noche! ¡Al fin habían llegado a la Tierra Prometida! Les esperaban nuevas y grandes aventuras.

LA PERLITA 418

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Josué, un guerrero valiente

Eliab y Elizabet eran los nietos mellizos de Eleazar y Raquel. Ellos habían nacido en el desierto, lo mismo que sus padres.

Cuarenta años el pueblo de Dios había vagado en el desierto. Era el castigo porque el pueblo no creyó que Dios podía ayudarles a conquistar la Tierra Prometida.

Ahora estaban nuevamente listos para conquistar la tierra. Tenían un nuevo líder. Dios lo había escogido. Era Josué, el siervo que había acompañado a Moisés todos los años en el desierto.

–Abuelito –dijo Eliab–, yo sé lo que Dios le ha dicho a Josué.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Elizabet–. ¿Por qué siempre tú te enteras de todas las cosas y yo no?

–Mis amigos lo oyeron cuando Josué se lo dijo a su amigo Caleb. Ellos me pasan las noticias.

–¿Qué le dijo Dios?

–Le dijo que sea valiente y obediente, que Dios estaría con él como había estado con Moisés.

Victoria sobre Amalec

–¡Cuéntanos, abuelo! ¡Cuéntanos cómo fue! –le pidió Elizabet.

A los niños les encantaba oír las historias que el abuelo les contaba. Y les contó…

Cuando los amalecitas vinieron a atacarnos, Moisés le ordenó a Josué que escogiera algunos de los hombres como soldados y saliera a combatir al enemigo. Le dijo que él estaría en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano.

Josué se puso valiente y obedeció a Moisés. Fue a la batalla contra los amalecitas. Moisés, con Aarón y Hur, subieron a cima de la colina. Moisés levantó los brazos en oración a Dios. Mientras mantenía los brazos levantados, nosotros ganábamos; pero cuando los bajaba, los amalecitas ganaban

Pero Moisés se cansó de tener los brazos levantados. Entonces su hermano Aarón y Hur tomaron una piedra grande para que se sentara. Luego ellos le sostuvieron los brazos, a ambos lados.

Todo el día Moisés siguió sentado en la piedra con los brazos en alto. A la puesta del sol, ¡Josué derrotó al ejército amalecita!

–Me hubiera gustado estar allí –dijo Eliab.

–Yo estuve allí –dijo el abuelo–. Mis amigos y yo éramos muy curiosos. Nos subimos a la colina para mirar. Mi papá no fue escogido para esa batalla; pero sí uno de mis tíos. Yo hubiera ido; pero no aceptaban a niños como soldados. Tenía que esperar hasta cumplir veinte años para entrar al ejército.

–Entonces te casaste con la abuela –dijo Elizabet–.Yo sé lo que pasó. Moisés dijo que te quedaras en casa un año para hacerla feliz.

–¡Y sigo haciéndola feliz! –dijo el abuelo con una gran sonrisa–. ¿Verdad que sí, Raquel?

–El abuelo me ha hecho feliz desde que yo era niña –contestó Raquel–. Eleazar es un muy buen hombre.

Valiente y obediente

–Estábamos hablando de nuestro nuevo líder –les recordó el abuelo–. Tenemos que orar por Josué para que Dios lo ayude en la conquista.

–Dios le dijo que no tenga miedo, que no se desanime.

–¿Qué pasó después que Josué y los soldados vencieron a los amalecitas? –preguntó Elizabet.

–Moisés escribió en un rollo de cuero toda la historia de cómo vencimos a Amalec, para que nunca lo olvidemos –respondió el abuelo–. Además, Moisés ha escrito todo lo que pasó en el desierto, y también todas las leyes. Moisés ha sido un gran líder.

–Yo me acuerdo que Moisés edificó un altar y lo llamó “El Señor es mi estandarte”. Todos hicimos fiesta porque Josué ganó la batalla –dijo la abuela Raquel.

–Josué ganó porque Moisés levantó las manos –dijo Eliab–. Seguramente estuvo orando a Dios.

–¿Quién va a levantar las manos ahora, para que nuestro nuevo líder siga ganando batallas? –preguntó Elizabet.

–Nosotros vamos a apoyar a Josué –dijo el abuelo–. Todos los días oraremos para que nuestro nuevo líder siga siendo valiente y obediente. Tenemos una gran conquista por delante.

–Yo también quiero ser valiente –dijo Eliab–. Ya verán cuando sea soldado. Los voy a defender con todas mis fuerzas.

–Pero cuando te cases te quedarás en casa un año –dijo Elizabet–. ¡Ja, ja, ja! Tendrás que hacer feliz a tu esposa.

–No te rías, nieta preciosa –dijo el abuelo–. Ese año que pasé con Raquel fue el mejor de mi vida.

–Eliab, espero que seas un hombre tan bueno como tu abuelo –dijo Raquel–. ¡Mi amado Eleazar es campeón!

–Vamos a ir a la conquista con nuestro nuevo líder –dijo el abuelo–. Con la ayuda de Dios Josué va a ser nuestro campeón.

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La bendición de Moisés

Eleazar y Raquel pasaron cuarenta años en el desierto. Se habían sentido muy emocionados de ir a conquistar la Tierra Prometida. Pero porque el pueblo no creyó que Dios podía ayudarles en la conquista, tuvieron que vagar por el desierto hasta que murieran todos los incrédulos.

Había pasado el tiempo y ahora estaban cerca de la conquista. Nada les había faltado. La ropa no se gastó y las sandalias seguían como nuevas. Eleazar tenía las sandalias de su papá y estaban en perfecto estado. ¡A nadie se les había hinchado los pies en el camino!

No había mucho que hacer en el desierto; pero los niños eran expertos en inventar juegos. La diversión de Eleazar y Raquel era ver quién salía primero en la mañana a recoger maná, esas semillitas que cubrían el suelo como rocío. El sabor era como de hojuelas con miel. ¡Riquísimo!

Se casan Eleazar y Raquel

Simón y Elizabet, los padres de Eleazar, y Joel, el papá de Raquel, eran buenos amigos. Un día se reunieron para hablar de algo muy importante. Eleazar ya era grande y estaba en el ejército de los israelitas. Raquel era una joven muy hermosa, con un buen corazón. Como no tenía mamá, ella se encargaba de atender a su padre.

–Nuestros hijos han sido amigos desde que Eleazar rescató a Raquel –dijo Simón–. Ellos se quieren mucho.

–Sí –dijo Joel–. Eleazar es el mejor amigo de Raquel.

–Pienso que deben casarse y formar una familia –dijo Simón–. No puedo imaginar una mejor esposa para mi hijo que la bella Raquel.

Después de ponerse de acuerdo decidieron hablar con Moisés para pedir que les diera la bendición. También dieron la noticia a Eleazar y Raquel. Para ellos era natural que sus padres escogieran la persona con quien se casarían.

–Raquel, me siento feliz de que serás mi esposa –dijo Eleazar y le dio un fuerte abrazo.

–No puedo imaginar un mejor esposo para mí –dijo Raquel, con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro.

Felices hicieron los preparativos para la boda. Fue un gran honor que Moisés aceptara darles la bendición.

Invitaron a sus parientes y amigos para que los acompañaran.

Eleazar firmó un documento, llamado ketubbah, en que prometía ser fiel a su esposa. Él lo tenía en su mano durante la ceremonia.

Después de la bendición, Moisés dijo:

–Ahora, hijo, te toca hacer feliz a tu linda esposa. Tal como Dios ha ordenado, no irás


al ejército por un año. Te quedarás en casa para alegrar a Raquel. Trátala con mucho cariño.

Un año para hacer feliz a Raquel

¡Qué alegría! Eleazar tendría todo un año para disfrutar con su amada esposa, la amiga de su niñez. Lo primero que hizo fue preparar una linda carpa donde armarían su hogar.

La vida seguía su curso. Cada mañana se levantaban para recoger maná; pero ahora en vez de volver a las carpas de sus padres iban a su propia carpa y Raquel preparaba ricas tortillas de maná para el desayuno, el almuerzo y la cena.

Todos los días comían la misma cosa. Era una comida monótona pero llena de vitaminas y de todos los nutrientes que necesitaban para estar sanos. En el campamento de los israelitas nadie se enfermaba.

Un día salió una orden a los soldados de que se reunieran, porque los atacaba el rey de Arad. Eleazar se alistó para ir a defender a Israel. Entonces recordó lo que Moisés le había dicho, de que se quedara en casa para hacer feliz a Raquel.

–No te preocupes mi linda Raquel –dijo Eleazar–. Te voy a defender aquí en nuestra carpa. Nadie te hará daño.

En los brazos de Dios

Pasaron los años. Moisés bendijo al pueblo antes de su muerte. Tenía 120 años; pero no parecía viejo. Era tan fuerte como cuando salió con el pueblo de la esclavitud de Egipto.

Para Raquel fue especial la parte de la bendición, que decía que Dios siempre nos sostiene entre sus brazos.

Raquel se sentía segura en los brazos de su amado Eleazar. Sus hijos y sus nietos se sentían seguros porque el papá y abuelo Eleazar los defendía contra cualquier peligro. Pero nada era como sentirse protegida en los brazos de Dios.

Dios también es tu refugio. Confía siempre en Él.

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Un santuario para Dios

En el campamento de los israelitas había gran movimiento. Chicos y grandes corrían de aquí para allá, todos felices entregando sus ofrendas. Eleazar y Raquel saltaban alegres mientras llevaban su ofrenda. Raquel llevaba sus aretes de oro, que le había dado una vecina en Egipto. También regalaría un pomo de perfume.

Eleazar está contento de ofrendar

Ofrendas, ¿para qué? Las ofrendas eran para edificar un santuario para que Dios viva en medio de su pueblo. ¡Un santuario!

¿Qué es un santuario? Es un templo, un lugar para adorar a Dios. El santuario que iban a construir los israelitas era diferente; se llamaba tabernáculo. Tenía que ser portátil, para que pudieran armarlo y desarmarlo en sus viajes.

¿Qué ofrendas traía la gente? Para la construcción del tabernáculo se necesitaba:

  • oro, plata y cobre
  • tintes azul, púrpura y rojo
  • lino fino
  • pelos de cabra
  • pieles de carnero
  • madera de acacia
  • aceite para lámparas
  • perfumes
  • piedras preciosas

¡Y mucho más!

Dios dio las instrucciones

¡Qué alegría sentían los israelitas! Iban a tener un lugar propio para adorar a Dios; un lugar que ellos mismos habían ayudado a preparar. Nunca habían tenido un santuario.

Eleazar recordaba el día cuando Moisés bajó del monte y su cara brillaba. Moisés tuvo que ponerse un velo porque el brillo les empañaba la vista. Dos veces Moisés pasó cuarenta días en el monte con Dios. Allí Dios le dio todas las leyes, y las instrucciones para hacer el santuario.

Moisés necesitaba gente que le ayudara a construir el santuario. Para dirigir el trabajo, Dios nombró a Bezaleel y Aholiab. A ellos les dio sabiduría por medio del Espíritu Santo, para que hicieran toda clase de diseños y trabajo artístico. El Señor también les dio sabiduría extraordinaria para que puedan enseñar a otros. Ellos dirigieron el trabajo.

Para Eleazar era muy emocionante porque Aholiab era su tío. Entre sus compañeros él se mostró un poco orgulloso; pero cuando su tío se dio cuenta de esto lo reprendió. No era cosa de jactarse sino de ser humilde y agradecer a Dios.

Bezaleel y Aholiab

Más de lo necesario

Eleazar ayudaba a su tío. Le alcanzaba las herramientas o hacía mandados. Él escuchaba las conversaciones de los trabajadores. Un día oyó que tenían una gran preocupación.

¿Qué será que los preocupa? pensaba Eleazar.

Bezaleel y Aholiab estaban preocupados porque el pueblo de Dios traía muchas ofrendas.

–No sé qué hacer con todo lo que trae la gente –dijo Aholiab–. Tengo que hablar con Moisés.

Moisés inmediatamente dio una orden para que ya no se dé más ofrendas. Por todo el campamento los mensajeros gritaban: «¡No más ofrendas! Hay suficiente material.»

¡Imagínate! Ya no tenían permiso de dar más ofrendas. Había todo lo necesario para hacer la obra, ¡y sobraba!

La gloria de Dios

Todos trabajaron felices en la construcción del tabernáculo. A los hombres les tocó hacer los muebles y los utensilios.

Las mujeres tejían e hilaban. Tenían que hacer muchas cortinas. También hicieron vestidos para los sacerdotes.

La mamá de Eleazar y sus amigas

Raquel acompañaba a la mamá de Eleazar. ¿Recuerdas que su mamá había muerto? Ahora la mamá de Eleazar era como su mamá y Eleazar era como su hermano.

Un día Aliohab llegó con una noticia emocionante a la carpa de la familia de Eleazar. El trabajo del santuario estaba listo.

–Mañana vamos a armar el tabernáculo –dijo–. Pienso que Eleazar y sus amigos querrán ir a mirar.

¡Cómo miraban! Una por una, con sumo cuidado, armaron cada parte de ese hermoso santuario en el desierto. Dios había dado instrucciones específicas de cómo armarlo y desarmarlo. Era importante que se cumpliera cada detalle.

Cuando todo estuvo armado, Dios mostró su gloria. ¡Una gran nube se posó sobre el santuario! Y allí quedó la nube hasta que era hora de seguir el viaje.

Durante cuarenta años Eleazar y Raquel vieron la gloria de Dios sobre el santuario, ese tabernáculo que todos habían ayudado a construir. Muchas fueron sus aventuras. En todas ellas, Dios nunca los abandonó. ¡Con sus hijos y sus nietos llegaron a la Tierra Prometida!

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Aquí terminan las Aventuras en el Desierto. Pero habrá una segunda parte.

Vendrá pronto:

LA CONQUISTA DE LA TIERRA PROMETIDA

La serpiente de bronce

Había serpientes venenosas en todo el campamento. ¿Qué había pasado? Otra vez el pueblo de Israel estaba descontento.

–Estamos cansados del maná –decía la gente.

El maná era el pan que Dios mandaba cada día.

–Tenemos sed. ¡No hay agua! –se quejaban otros–. ¡Queremos agua!

–Moisés, ¿por qué nos sacaste de Egipto? ¿Para hacernos morir en el desierto?

¿Te parece que los israelitas eran malagradecidos? Dios les mandaba todos los días comida del cielo, y ellos se cansaron de esa comida.

El pueblo de Israel se parece un poco a ti y a mí. ¡Cuántas veces nos quejamos! Si hace calor, decimos que hace calor; si hace frío, nos quejamos del frío. Cuando llueve, no nos gusta mojarnos, y el día que no llueve, nos fastidia el polvo.

Algo más… ¿Te gustaría comer todos los días la misma cosa? Eso es lo que hacían los israelitas.

Los israelitas se quejan del maná

Serpientes venenosas

Cuando Dios oyó las quejas del pueblo decidió castigarlos. Envió serpientes venenosas que los mordieron. Muchos de los israelitas murieron.

¿Cómo habrá sido vivir en el campamento de Israel? ¡Las serpientes venenosas se resbalaban y se retorcían sobre la gente! ¡Era horrible!

Las serpientes mordían a unos en el brazo, a otros en las piernas. Alguien tal vez fue mordido en el estómago. Las heridas eran dolorosas. «Ay, ay, ay», gritaba la gente por todo el campamento.

Eleazar y Raquel miraban asombrados lo que pasaba. A ellos no les atacaron las serpientes ni tampoco a sus padres. ¿Sería porque ellos no se habían quejado? Simón, el papá de Eleazar, desde el principio había apoyado a Moisés.

El pueblo se arrepiente

El pueblo que se había quejado fue a hablar con Moisés. Todos estaban arrepentidos.

–Moisés, hemos pecado al hablar contra el Señor y contra ti. No debíamos habernos quejado. ¿Puedes pedirle al Señor que quite las serpientes del campamento?

Moisés tenía mucha paciencia. Hizo lo que el pueblo desobediente y malagradecido le pidió. Oró al Señor; le pidió que perdonara al pueblo.

–Raquel, vamos a la colina que está en medio del campamento –le dijo Eleazar a su amiga–. Dicen que allí Moisés está levantando una serpiente en un palo.

–¡Vamos! –dijo Raquel–. ¿Qué hará él con la serpiente?

La serpiente de sanidad

Los niños vieron a Moisés subido en una escalera sobre un palo grande. Estaba colgando allí una serpiente.

Los que miraban la serpiente, se sanaban

Moisés mandó mensajeros por todo el campamento.

«¡Atención! –gritaban los mensajeros–. ¡Miren a la serpiente que Moisés ha puesto en el palo! Si les muerde una serpiente, ¡miren a esa serpiente de metal y serán sanados.»

Eleazar y Raquel vieron muchos milagros ese día. Cada persona que tenía una mordedura venenosa, tan pronto miraba a la serpiente que Moisés había puesto en un palo sobre la colina, se sanaba. Uno tras otro de los que se estaban muriendo por el veneno, se levantaban.

¡Qué fácil fue para los israelitas ser sanados! Sólo tenían que mirar a la serpiente. Los que decían que era ridículo, y no la miraron, murieron por las picaduras venenosas.

No fue la serpiente de bronce que sanó a los israelitas que tenían mordeduras venenosas. Ellos fueron sanados por el poder de Dios, al ser obedientes. Dios dijo que miraran a la serpiente de bronce, y cuando obedecieron, fueron sanados.

«Como levantó Moisés la serpiente en el desierto,
así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre.»

Como Moisés puso la serpiente sobre un palo grande y lo levantó en alto, Jesús fue levantado al morir en la cruz. Todo el que cree el Él recibe la salvación.

No es la cruz de Jesús que te salva, sino creer en Jesús que murió en la cruz, eso te da el perdón de pecados.

Todos los que miraron a la serpiente fueron sanados.

Todos los que creen en Jesús que murió en la cruz son salvos. Jesús murió y resucitó para ser tu Salvador. ¿Lo crees?

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MIS PERLITAS