Los panaderos y el pan de Pascua

Cierta vez tres amigos panaderos se desafiaron mutuamente a elaborar el mejor pan que pudieran y compartirlo con la gente del pueblo para que ellos califiquen cuál era el mejor.

El primero pensó: Seré el ganador. Haré que mi pan sea el más vistoso. Cuando lo vean no dudarán en premiarme.

Inmediatamente juntó los ingredientes y comenzó la preparación. «Pondré el doble de levadura, así lograré hacer el pan más grande para que la gente lo admire», dijo.

El segundo panadero decidió hacer el pan que siempre hacía porque prefirió dormir antes que planificar. Juntó todos los ingredientes y comenzó a elaborarlo.

Este pan ya lo conocen todos –pensó–. Tendré que sobornar a algunos del pueblo para que me favorezcan.

La masa sin levadura

El tercer panadero demoró mucho en comenzar la preparación de su masa. Ayudó a unos ancianos a llevar sus bolsas de compra; luego prepararó comida para una joven viuda que tenía cuatro hijos, y que acababa de llegar al pueblo.

Cuando por fin llegó a su panadería, hizo una masa rápida, con harina, agua y un poco de sal. Al mezclar los ingredientes pensó: Sólo tengo unos minutos, ya que debo ir donde Juana, la joven viuda. Ella necesita que cuide a sus hijos para que vaya a su trabajo.

El panadero puso su pan al horno rápidamente y oró: «Dios mío, tú sabes que no tuve mucho tiempo para elaborar este pan, pero lo hice con todo cariño para mis paisanos. Te pido que les haga mucho bien, que los fortifique y que todos lo compartan con amor.»

Cuando sacó el pan del horno vio que le quedó plano y algo duro. ¡Se había olvidado de ponerle levadura!

Ya no había tiempo para hacer otro pan. Lo guardó en una caja y corrió a la casa de la viuda Juana, para ayudarle.

Presentación de los panes

Más tarde, los tres panaderos presentaron su pan a la gente del pueblo. Todos se habían juntado en la plaza principal. El pan del primer panadero se vio grande y fofo. Los primeros en probarlo dijeron que les estaba haciendo doler el estómago, así que el resto ya no quiso probarlo.

Al ver los panes del segundo panadero la gente comentó que era el mismo pan de siempre, que no tenía nada de novedoso, así que muy pocos comieron. Aquellos a quienes el panadero había sobornado para que convenzan a la gente de su «excelente producto», no lograron convencer a nadie.

El pan de Pascua

Finalmente, al ver el pan del tercer panadero, la gente del pueblo observó que estaba plano, y algo duro; pero al probarlo les pareció delicioso.

–Este pan está hecho por el hombre más generoso del pueblo –comentó una señora.

–Tiene sabor a bondad y amor –dijo otra.

–Me hace pensar en el pan que los judíos comieron antes de salir de Egipto –comentó un señor.

–¡Es el pan de Pascua! –exclamó una niña.

–Sí, es el pan sin levadura que representa la justicia de Jesucristo, el verdadero pan de vida –explicó un anciano.

Fue así que, ese día, el panadero que se olvidó de ponerle levadura al pan, porque estaba ocupado en ayudar a su prójimo, elaboró el mejor pan, el pan de Pascua.

¿Por qué sin levadura?

La levadura se usa en el pan para que no salga duro. Cuando la masa se prepara con levadura, y se deja reposar, después de una o dos horas crece al doble o triple de su tamaño. El efecto de la levadura hace que la masa se contamine y crezca y que el pan salga suave.

Durante la Pascua el pueblo de Dios debía comer pan sin levadura. Era una fiesta de siete días llamada de los «Panes sin levadura». Dios quería que se recuerde cuán duro había sido para los israelitas cuando huyeron de Egipto.

Hace más de dos mil años, cuando se celebraba esta fiesta, Jesús fue crucificado. Murió en la cruz por nuestros pecados, para ser nuestro Salvador. Fue sepultado; pero no quedó en la tumba sino que resucitó. ¡Jesús vive!

Ahora Jesús está en el cielo; pero volverá. Prometió a sus discípulos que iría para preparar lugar en las mansiones de Dios. Un día vendrá para llevar allá a todos los que le aman.

¿Has entregado tu vida a Jesús? ¿Estás listo para ir con Él?

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas están todos los componentes de esta historia.

 

Anuncios

La levadura de bondad

Historia escrita por Ximena Soliz de Piérola, La Paz, Bolivia

 

Alina y Ever eran hijos ejemplares de la familia Gómez. Sus padres no tenían que andar regañándolos, porque ellos cumplían sus deberes con agrado.

Una tarde, los dos hermanos fueron al cumpleaños de un primo, a quien le gustaba invitar a mucha gente para ser homenajeado.

Alina y Ever se divertían jugando una y otra cosa con los otros niños; pero Alan, un niño cojo, no quería jugar. Uno de los muchachos le grito:
­

–Alan, ven a jugar. ¿Qué te parece si jugamos a remedar cómo caminas?

Y comenzó a remedar la forma en que Alan cojeaba. Todos los niños soltaron una gran carcajada, mientras Alan, avergonzado, agachaba la cabeza. Casi todos los niños comenzaron a caminar cojeando por el patio.

–Mira cómo cojeo –decía una niña.

–Yo cojeo mucho más –decía otra, mientras otros reían y se burlaban.

Burlarse no es un juego

Alina y Ever se habían quedado callados observando la escena, mientras sus amigos los llamaban para que jugaran.

–Vamos –le dijo Alina a su hermano Ever.

–¡No! –exclamó Ever–. Burlarse de otros no es un juego.

–No pretendo burlarme, sólo divertirme –contestó Alina.

Ever se dio la vuelta para dirigirse a donde estaba Alan, que trataba de disimular las lágrimas que le caían. Se acercó suavemente, y poco a poco logró entablar una conversación con él.

Después de unos minutos, ambos estaban conversando amigablemente, y luego se pusieron a jugar lanzando una pelota.

Por la noche, cuando ya Ever y Alina habían vuelto a casa, Alina casi no quería hablar.

–¿Por qué estás así hija? ¿Qué pasó en el cumpleaños? –le preguntó la mamá.

Alina no pudo aguantar más y se echó a llorar.

–Hoy hice algo muy feo, mamá –dijo Alina–. Los niños comenzaron a burlarse de la forma en que cojea Alan.
Remedaban su forma de caminar, y yo también lo hice.

Alina lloraba desconsolada, y entre suspiros dijo:

–No entiendo qué pasó. ¿Por qué me porté tan feo?

Su mamá le alcanzó un pañuelo y luego le explicó:

–Nuestro corazón es engañoso, Alina, por eso debemos tener mucho cuidado. La maldad crece, así como la masa de pan cuando la preparo con levadura.

Efectos de la levadura

La levadura es un hongo de una sola célula, que se junta a muchos otros hongos iguales, y se reproduce rápidamente. Sólo un grano contiene cerca de 25 mil millones de células. Por eso, cuando el pan se prepara con levadura, y la masa se deja reposar, crece al doble o triple de su tamaño.

Hay levadura de malicia y de maldad. El apóstol Pablo nos exhorta a que no dejemos que obren en nosotros. La malicia es como un mal pensamiento que te dice: «no harás nada malo jugando al cojito; sólo te divertirás un poco con tus amigos». Pero a los malos pensamientos no les gusta obrar solos. Se reproducen rápidamente si les damos el medio apropiado para eso, así como la levadura.

Practica la bondad

La mamá les siguió explicando a Alina y Ever los efectos negativos de la levadura de malicia y de maldad.

–Es verdad, mamá –dijo Ever–. Yo también tuve la idea de seguir a mis amigos en su burla; pero luego me pregunté: ¿qué haría Jesús en mi lugar? Y decidí no hacerlo.

Al alejarse del engañoso pensamiento de malicia, Ever no dejó que se reproduzca. Prefirió pensar en lo que haría Jesús.

–Mamá, ¿qué puedo hacer para reparar el mal que hice? –preguntó Alina.

–Primero, hija, debes pedirle perdón al Señor Jesús. Luego debes pedirle un sincero perdón a Alan. Él debe estar sufriendo mucho por lo que pasó en la fiesta de cumpleaños.

Alina se puso de rodillas y oró pidiendo perdón a Dios. Después le pidió a su mamá que la llevara a casa de Alan para que le pidiera perdón por haberse burlado de él.

Esa noche Alina durmió feliz. Dios le había perdonado por su mal comportamiento y Alan se había alegrado cuando le pidió perdón, y le aseguró que la perdonaba.

En vez de levadura de malicia, Alina practicaría la bondad.

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas hay muchas ayudas para esta historia.

El día más triste de Pedro

Sal, el niño llamado Alberto, llegó muy emocionado al Club. Había hecho un escudo con tres letras. Sus amigos tendrían que adivinar el significado.

Q H J, ¿qué quiere decir? –preguntó Sal.

–Quiero Hacer Juegos –gritó Pimienta.

–Sabemos que te gusta jugar –dijo Sal–. Pero estas palabras significan algo más importante.

–Jugar es importante –dijo Pimienta–. El que no juega se muere de tristeza.

–¿Quién trae más alegría? ¡Es Jesús! –gritó Pepita.

–¿Qué Hace Jesús? –sugirió Samuel–. Él me hace feliz. Siempre soy feliz con Jesús.

 

¿Qué haría Jesús?

–He estado pensando en el tema de la Fragancia y en las palabras que hemos aprendido –dijo Sal.

–Amor, Bondad, Compasión, Dadivosidad, Entusiasmo… –repitieron los niños del Club.

–Me pregunté cómo puedo tener esa fragancia –dijo Sal–. Entonces pensé: ¿Qué haría Jesús?
Cuando no sé lo que debo hacer, me pregunto lo que haría Jesús.

A doña Beatriz le gustó tanto el escudo y la idea de Sal que sugirió que todos hagan un escudo. Y les dio los materiales para hacerlo.

Mientras los niños trabajaban, ella les enseñó un versículo que habla de hacer todo en el nombre de Jesús. Es como preguntar: ¿qué haría Jesús?

Y todo lo que hagan o digan, háganlo
en el nombre del Señor Jesús, dando gracias
a Dios el Padre por medio de él.

 

El día más feliz de Pedro

–¿Cuál fue el día más feliz de Pedro? –preguntó doña Beatriz, como repaso de la historia del entusiasmo de Pedro.

–Cuando encontró la moneda en el pez –gritó Pimienta.

–Cuando pescó tanto que su barco se hundía –gritó otro.

Los niños se divirtieron gritando sus respuestas.

Fue un día feliz cuando Pedro conoció a Jesús

–Creo que el día más feliz y emocionante fue cuando Pedro conoció a Jesús –dijo doña Beatriz–. ¿Y cuál fue el día más triste?

–Cuando perdió la moneda que había encontrado –dijo Pimienta, bromeando.

Luego doña Beatriz les habló del día más triste de Pedro.

 

Pedro niega a Jesús

El día que Pedro conoció a Jesús fue el más feliz. Pedro decidió que sería fiel al Señor todos los días de su vida. Dijo que aunque todos abandonaran a Jesús, él nunca lo haría.

Llegó el día en que los enemigos de Jesús lo arrestaron. Lo odiaban por los milagros que hacía; pero más que nada porque Jesús decía que Dios era su Padre.

Pedro niega a Jesús tres veces

Cuando llevaron a Jesús para juzgarlo, Pedro siguió de lejos. Era de noche y hacía frío; en medio del patio había un fuego. Allí se sentó Pedro para calentarse. Cuando le preguntaron si conocía a Jesús, lo negó tres veces.

Pedro, que amaba tanto a su Maestro, y que había prometido ser fiel aunque todos dejaran a Jesús, lo negó. Desde donde Jesús estaba ante el tribunal, miró a Pedro.

 

Una mirada de amor

Pedro no soportó esa mirada. Era una mirada de profundo amor. ¿Qué había hecho? Salió de allí y lloró amargamente. Pedro, que con tanto entusiasmo había prometido ser fiel a Jesús, le había fallado. Ese fue su día más triste.

Pedro llora amargamente por haber negado a Jesús

Esa noche Jesús fue condenado a muerte por sus enemigos. Murió en la cruz llevando el castigo del pecado por toda la humanidad. Aunque Pedro fue infiel a la promesa que hizo a Jesús, Cristo Jesús lo amó y lo perdonó.

La mirada de amor no fue solamente para Pedro; es para todos. La Biblia dice que aunque nosotros seamos infieles, Dios permanece fiel. Él siempre cumple sus promesas.

 

Q H J

Las letras en el escudo que hizo Sal son una forma excelente de recordar que debemos hacer y decir solamente las cosas que son agradables a Dios. Llévalas siempre en tu corazón, y en todas las cosas pregunta: ¿qué haría Jesús?

 

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas está todo lo que corresponde a esta historia.

La moneda en el pez

Samuel había encontrado algo; pero no quería contarles a sus amigos lo que era. ¿Qué había encontrado? Una moneda; la más grande que jamás había tenido.

Nuestro amiguito no sabía si quedarse con la moneda o ponerla en el «frasco de amor», donde reunían dinero para alegrar a alguien.

«Mas bienaventurado es dar que recibir» era un versículo de la Biblia que había aprendido.

«¿Doy o no doy?» se preguntaba Samuel.

Sus amigos estaban esperando que les cuente lo que había encontrado.

–¿Qué ha encontrado Samuel? –dijo doña Beatriz–. No lo sabemos. Ahora les voy a contar de algo que encontró Simón Pedro, uno de los discípulos más cercanos de Jesús.

Pedro el pescador

Pedro era pescador. Un día Jesús usó la barca de Pedro para enseñar a la gente que se había reunido junto al mar. Era más fácil para Jesús enseñar desde la barca.

Después de enseñar, Jesús hizo un gran milagro. Le dio a Pedro una pesca tan grande quea él tuvo que llamar a sus compañeros para que le ayuden, porque su barca se hundía.

Ese día, Pedro dejó su trabajo de pescador para seguir a Jesús y ser pescador de hombres.

Pedro era entusiasta. Lo que otros no se atrevían a hacer, él lo hacía. ¿Quién ha andado sobre el agua? ¡Pedro!

Una noche, cuando los discípulos cruzaban el mar en una tormenta, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Los discípulos se asustaron porque pensaban que era un fantasma; pero Jesús les dijo que era Él y que no tuvieran miedo.

Cuando Pedro se dio cuenta de que era Jesús, le pidió que lo dejara ir hacia Él sobre las aguas. Cuando Jesús le dijo «¡Ven!», Pedro se aventuró y salió de la barca. ¡Qué emoción!

¡Pedro anduvo sobre el agua! Pero al ver el viento y las olas tuvo miedo y empezó a hundirse. «¡Jesús, ayúdame!» gritó. Jesús le extendió la mano, y juntos subieron a la barca.

La moneda para el impuesto

¿Cuántas veces crees que Pedro les contó a sus nietos acerca de la noche cuando anduvo con Jesús sobre el mar?

Otra experiencia extraordinaria de Pedro fue cuando encontró una moneda en la boca de un pez.

Un día, cuando Jesús y sus discípulos llegaron a Capernaúm, los cobradores le preguntaron a Pedro si Jesús pagaba el impuesto del templo. Entonces Jesús lo mandó a pescar.

Para Pedro el pescador eso era fácil; pero ¿cuánto tendría que pescar para conseguir el dinero del impuesto? Necesitaba cuatro dracmas; dos para él y dos para Jesús.

Esta pesca fue diferente. El primer pez que Pedro sacó con el anzuelo tenía una moneda en la boca. ¿No necesitaba cuatro monedas? Sí; pero este era un estatero. El estatero era una moneda que equivalía a cuatro dracmas.

Imagínate el entusiasmo de Pedro cuando fue a pagar el impuesto. ¡Llevaba cuatro dracmas en una moneda! Esta era otra historia emocionante para contarle a su familia. La moneda del pez era exactamente lo que él y Jesús necesitaban.

La moneda de Samuel

Cuando Samuel escuchó esta historia no pudo callarse.

–¡Yo también encontré una moneda! –gritó Samuel–. ¡Aquí está! Ese es mi secreto. Es una moneda grande.

Samuel fue a mostrarle a doña Beatriz la moneda que había encontrado. Estaba decidido a que pondría en el «frasco de amor» su moneda, la más grande que jamás había tenido.

–Es una moneda grande y valiosa –dijo la buena vecina–. ¡Qué bendición! ¿Dónde la encontraste?

–La encontré en la calle. Ahora va a ser mi regalo de amor. La moneda que Pedro encontró fue para el templo. Yo quiero que mi moneda sirva para alegrar a alguien.

Al poner su moneda en el «frasco de amor» Samuel sintió tanto entusiasmo como Pedro. Una vez, cuando muchos de los discípulos se fueron y ya no siguieron a Jesús, el Señor les preguntó a Pedro y sus amigos si ellos también se irían.

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna», respondió Pedro.

¡Así tan fiel como Pedro quería ser Samuel!

¿Y tú? ¿Seguirás a Jesús con entusiasmo?

MIS PERLITAS

EN MIS PERLITAS ENCUENTRA LAS AYUDAS PARA ESTA HISTORIA.

La hospitalidad de Lidia

 

Samuel iba saltando por la calle, y gritaba: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!» Entró a la reunión del Club riendo mientras repetía: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!»

–¿Qué encontraste? –le preguntó Pimienta.

–Algo que no buscaba –respondió–. Pero es un secreto.

No sabemos lo que Samuel había encontrado, porque no quería decirlo. A Estrella le pareció injusto que les despertara la curiosidad sin decir lo que había encontrado.

–Otro día les voy a decir lo que encontré –dijo Samuel.

Con eso tuvieron que contentarse. Entonces doña Beatriz escribió en la pizarra la palabra de la semana. Era larga y un poco difícil de pronunciar.

–HOS-PI-TA-LI-DAD –leyó Estrella–. ¿Qué es eso?

–¿Significa estar en el hospital? –preguntó Pimienta.

–Sí, allí te dan hospitalidad –dijo Sal, que ya había aprendido el significado de la palabra–. Quiere decir ofrecer alojamiento, recibir a un viajero y darle cama y comida.

–Tienes razón, Sal –dijo doña Beatriz–. Vamos a hablar de una mujer hospitalaria. Así como Samuel ha encontrado algo, aunque no quiere decirnos qué es, ella descubrió algo que la hizo muy, pero muy feliz. No solamente a ella, sino también a toda su familia. Esta mujer se llamaba Lidia.

La vendedora de púrpura

Lidia era comerciante. Durante la semana trabajaba ven-diendo púrpura, un tinte especial para telas de color rojo oscuro. Pero cuando llegaba el día de reposo, ella cerraba su negocio e iba a orar y adorar a Dios.

¡Qué bueno! Lidia sabía que debemos dedicar al Señor un día a la semana.

Lidia solía reunirse con otras mujeres. Ellas iban a la orilla del río y allí oraban a Dios. ¡Era bueno descansar así después de una semana de trabajo!

Lidia cree en Jesús

Un día, en el lugar de oración, había unos hombres desconocidos. Se sentaron a conversar con las mujeres reunidas.

Uno de los hombres era el apóstol Pablo. Con mucha paciencia les explicó acerca del Señor Jesús.

Ninguna de las mujeres había oído hablar de Jesús. Pablo les contó de todos los milagros que Jesús hizo cuando iba por las ciudades y los pueblos de Israel predicando el evangelio.

¿Qué más crees que les contó Pablo? Sin duda les contó cómo había conocido al Señor.

Lidia escuchaba con mucha atención. No quería perder ni una palabra. En su corazón, una voz le decía: «Debes creer lo que Pablo dice. Es la pura verdad.»

¡Lidia creyó! No solamente ella, sino también su familia creyó en Jesús. ¡Qué cosa más buena había encontrado!

¿Qué hacía Samuel? Saltaba por la calle, gritando: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!» Pero no sabemos qué es lo que había encontrado. Otro día nos va a decir qué es.

Cuando Lidia gritó: «¡Lo encontré!» Ella sabía qué era lo que había encontrado. Era lo mejor de todo: la salvación.

Lidia ofrece hospedaje

Lidia era una buena mujer. Al haber creído en Jesús quiso hacer algo para ayudar a Pablo y sus compañeros.

–¿Dónde están alojados? –les preguntó.

–No tenemos un lugar especial –contestaron.

–Por favor, ¡vengan a mi casa! Si les parece bien, y consideran que soy fiel al Señor, vengan a mi casa.

Pablo, Silas, Timoteo y Lucas fueron a la casa de Lidia. Ellos eran los viajeros desconocidos que habían ido al lugar de oración. Silas y Timoteo viajaban con Pablo en su segundo viaje misionero. Lucas, que escribió el libro de Hechos, estuvo con ellos en parte del viaje.

Casa chica, corazón grande

Es una gran alegría compartir nuestro hogar con los demás –dijo doña Beatriz–. Tal vez tengamos que dormir en el piso para ofrecerle nuestra cama a un siervo de Dios o a cualquier persona que necesite hospedaje. ¡Qué importa!

–Mi casa es chica –dijo Pepita–. Pero yo estoy dispuesta a dormir en el piso para darle mi cama a una visita.

–Algunos al practicar la hospitalidad, sin saberlo, han hospedado ángeles –dijo la buena vecina–. No importa que la casa sea chica si el corazón es grande.

Casa chica, corazón grande. Lidia tenía un gran corazón.

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas encuentra todo lo que acompaña a esta historia.

La dadivosidad de Dorcas

Dorcas era un mujer buena y trabajadora. Era muy querida, casi como doña Beatriz por los niños de su vecindario. Algunos le decían Tabita otros le decían Dorcas.

Tabita creía en el Señor Jesús. Ella había escuchado decir que Él ayudaba a los que tenían necesidades. Por eso, ella quería hacer lo mismo.

Tabita vivía en Jope. Se esmeraba en hacer buenas obras y en ayudar a los pobres. Ella era costurera; cosía vestidos y túnicas, especialmente para las viudas.

¿Crees que Tabita tenía muchas amigas? Eso no sería raro, tan buena que era.

Muerte de Dorcas

Un día sucedió algo muy triste. Tabita enfermó gravemente, y murió. Todos los que la conocían se pusieron tristes.

–Tenemos que avisarle a Pedro que Tabita ha muerto –dijeron sus amigas.

Algunas mujeres lavaron el cuerpo de Tabita y lo pusieron en una sala. Dos hombres fueron a traer a Pedro, uno de los apóstoles que había estado con Jesús. Él estaba en Lida, una ciudad cercana, y vino rápidamente a Jope.

Al llegar Pedro, las mujeres le mostraron los vestidos y las túnicas que Tabita hacía cuando estaba con ellas.

–Mira, hermano Pedro –decían, llorando–. Tabita era muy buena. Mira las túnicas que cosía. Mira estos vestidos.

Dorcas resucita

Pedro mandó que todos salgan de la sala. Al quedar solo, se arrodilló junto al cuerpo de Tabita y oró al Señor. Luego, mirando al cuerpo muerto, dijo: «Tabita, levántate.»

¡Y Tabita abrió los ojos!

–¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? –preguntó ella.

–No te preocupes –le dijo Pedro–. Dame la mano y te voy a ayudar. Has estado un poco enferma, pero ya estás bien.

Cuando Tabita se levantó, Pedro abrió la puerta y llamó a todos para que entraran.

–¡Tabita, Tabita! –gritaron las mujeres, abrazando a su querida amiga–.¡Qué alegría es tenerte viva otra vez!

Las noticias de la resurrección de Tabita corrieron por toda la ciudad. «¡Tabita ha vuelto a vivir! ¡Dorcas está viva!»

Y la gente comenzaba a creer en Jesús.

«¿Has oído la última noticia? –se preguntaban unos a otros–. Tabita estaba muerta, ¡pero está viva!»

Dios había hecho un lindo milagro para una buena mujer.

Invitada de honor

Los niños del Club habían estado ocupados haciendo trabajos y mandados para llenar otro «frasco de amor». Pepita sugirió que lo den a la abuelita Damaris, una anciana que vivía sola. Pepita sentía amor y compasión por ella.

Cuando doña Beatriz lo puso a votación todos estuvieron de acuerdo. Decidieron que Pepita fuera a buscarla y la trajera al Club. Y eso es lo que hizo.

Ahora la abuela Damaris estaba con ellos, sentada en un sillón de honor, sintiéndose como una reina.

Al terminar de contar la historia, doña Beatriz se volvió hacia la invitada de honor, y dijo:

–Amada Damaris, le tenemos una sorpresa. En un «frasco de amor» los niños reúnen dinero para alegrar a alguien. Pepita ha sugerido que esta vez el frasco sea para usted.

–¿Para mí? ¿Por qué para mí? –preguntó la anciana.

–Porque usted es la abuelita más linda de nuestro vecindario –dijo Pepita, y se acercó para entregarle el frasco.

–La quiero mucho –dijo la niña, y le dio un fuerte abrazo.

Seamos dadivosos

–En mi juventud yo era como Dorcas –dijo la abuelita Damaris–. Yo cosía ropa para los niños pobres. Ahora tengo mala vista y no puedo coser. Pero me gusta ayudar.

Los niños se emocionaron y empezaron a hacerle preguntas. La vecina Damaris les contó acerca de los niños que habían recibido los vestidos y las camisas que ella cosía.

–Ahora Dios me está premiando con un regalo –dijo ella–. Gracias, niños. Su gesto de amor me llena de alegría.

Doña Beatriz pidió a Sal que leyera Proverbios 19:17, y Sal leyó:.

Servir al pobre es hacerle un préstamo al Señor;
Dios pagará esas buenas acciones.

 

Era cierto, ¡Dios estaba premiando a la abuela Damaris!

 

Dadivosidad = Generosidad

La próxima semana hablaremos de una prueba de dadivosidad
que es la HOSPITALIDAD
.

MIS PERLITAS

Encuentra en Mis Perlitas muchas ayudas para esta historia.

Recibe los milagros que Dios quiere hacer en tu vida.

El sobrenombre de José

Pimienta llegó con cara sonriente al Club. Venía con zapatos nuevos y monedas en la mano. ¡Quería poner algo en el «frasco de amor» para mostrar que él también era compasivo! Estaba listo para escuchar la historia que les había prometido doña Beatriz. Sería acerca de alguien que era tan bueno que sus amigos le cambiaron de nombre.

¿Habrá sido tan bueno como doña Beatriz? –se preguntaba Pimienta–. Yo le pondría a ella el nombre Buenísima.

Para que todos vieran sus nuevos zapatos, Pimienta movía los pies de un lado a otro, causando desorden. Doña Beatriz tuvo que decirle que estuviera quieto.

–¡Mis zapatos! –dijo Pimienta–. ¡Quiero que todos vean mis zapatos!

Doña Beatriz invitó a Pimienta a que pasara al frente para mostrar a sus compañeros sus nuevos zapatos.

–Doña Beatriz es buenísima –dijo Pimienta–. Ella me ha comprado los zapatos.

¡Qué sorpresa para los niños! Samuel recordó los ojos tristes de Pimienta del otro día. Ahora su rostro brillaba.

–Gracias doña Beatriz por comprarle zapatos a Pimienta –dijo Samuel–. Ahora todos venimos al Club con zapatos.

Doña Beatriz sonrió. ¡Qué compasivo era Samuel! Seguramente le iba a gustar la historia del sobrenombre de un hombre compasivo de la Biblia.

Bernabé, el que consuela

José era un buen hermano y amigo. Era tan bueno y compasivo que los apóstoles le pusieron un sobrenombre. Lo llamaron Bernabé, que significa «el que consuela».

Saulo, que después llegó a ser el apóstol Pablo, era un furioso perseguidor de los cristianos. Un día Jesús le habló, y le hizo entender que perseguir a los cristianos era perseguirlo a Él. Ese día Saulo cambió de rumbo, y en vez de perseguir a los cristianos llegó a ser un gran siervo de Dios.

Pero muchos de los hermanos de la iglesia no creían en Saulo. Pensaban que los estaba engañando. Cuando fue a Jerusalén, los hermanos le tenían miedo.

¿Sabes qué hizo Bernabé? Tomó a Saulo y lo trajo a los apóstoles. Les dijo que podían confiar en él, porque Saulo se había entregado al Señor, y ya no los iba a perseguir. Entonces los apóstoles aceptaron como hermano a Saulo.

De Tarso a Antioquía

Saulo viajó a Tarso, la ciudad donde había nacido. Sin duda, fue para contar a su familia lo que Dios había hecho en su vida. Es importante hablar a nuestros familiares de Cristo.

Bernabé fue a la iglesia en Antioquía. Los hermanos necesitaban un pastor y los apóstoles lo enviaron allá.

Antioquía era una ciudad hermosa, rodeada de bellas montañas. La calle principal estaba pavimentada con mármol. Ninguna ciudad se comparaba con Antioquía.

La iglesia era grande y había mucho trabajo. A Bernabé no le alcanzaba el tiempo para todo lo que tenía que hacer.

Necesito alguien que me ayude –pensaba Bernabé–. ¿Quién me ayudará? ¡Ah, ya sé! Saulo, por supuesto.

Entonces Bernabé fue a Tarso para buscar a Saulo.

–¡Vamos! –dijo Saulo–. Dios me ha llamado a predicar.

No era fácil ser un seguidor de Jesús en Antioquía. La gente se dedicaba a fiestas pecaminosas y se portaba mal ante Dios.

Cuando veían a los seguidores de Jesús se burlaban, diciendo: «Miren, son los que tanto hablan de Cristo. Allá van los que pertenecen a Jesucristo. ¡Son cristianos!»

Así, por primera vez, se les llamó cristianos a los seguidores de Jesús. Ellos se parecían tanto a Cristo, que les pusieron el nombre de «cristianos».

Todo un año estuvieron trabajando allí Bernabé y Saulo.

Primer viaje misionero

Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Dios lo escogió para que sea el compañero de Saulo en su primer viaje misionero. Juan Marcos, el sobrino de Bernabé, los acompañó en parte del viaje. Saulo ahora empezó a usar su nombre Pablo.

Estos misioneros viajaron por mar y por tierra. Fueron a Chipre, Perge, Iconio, Listra, Derbe… y a otros lugares. Dondequiera que iban predicaban la Palabra de Dios. ¡Qué felicidad para Pablo tener tan buen compañero como Bernabé!

A Pimienta le impresionó la historia. Así como José, a quien sus amigos llamaron Bernabé, también quería ser compasivo.

¿Y tú? ¿Quisieras tener un corazón lleno de compasión?

 

Los misioneros Pablo y Bernabé

 

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas están todos los materiales para esta historia.