Los nuevos amigos de Samuel

Samuel era un niño nuevo en el barrio. Sus padres habían muerto en un accidente y se había mudado allí para vivir con sus tíos, dejando atrás todos sus amigos.

¡Qué difícil era acostumbrarse al nuevo ambiente! Echaba de menos a sus amigos; pero más que nada le hacían falta sus padres. ¡Cómo los extrañaba!

Era sábado. Su hermana Rosa ya había conseguido amigas y estaba jugando con ellas. Samuel no tenía nada que hacer así que decidió salir a caminar. Al menos podía aprender los nombres de las calles.

Iba caminando con las manos en los bolsillos, silbando para no mostrar lo triste que estaba. Miraba con ansias a los niños que jugaban felices.

Llegó al parque y allí unos muchachos jugaban un partido de fútbol. Se recostó contra un árbol para mirar. Tenía que pestañear constantemente para no dejar caer las lágrimas. Le hacían mucha falta sus amigos.

«¿QUIERES JUGAR?»

Cerró los ojos para olvidarse del partido que jugaban los muchachos. Al rato, se asustó un poco cuando sintió que alguien le dio unas palmadas en el hombro.

Era Alberto, el niño que todos conocían como Sal.

–Eh, muchacho, ¿eres nuevo por aquí? –le preguntó Sal.

–Sí, recién me he mudado –respondió Samuel.

Sal le preguntó si quería jugar con ellos.

–Sí, ¡me encantaría! –dijo Samuel.

Entonces Sal le ofreció que jugara en vez de él. Samuel inmediatamente dejó de pestañear. Se olvidó de las lágrimas y se metió con todo ánimo a patear la pelota.

Después del partido Sal le preguntó dónde vivía.

–Allá en esa casa verde –contestó Samuel, indicando con el dedo–. Es el número 246.

–Si quieres te acompaño a tu casa –le dijo Sal.

UN AMIGO DIFERENTE

Samuel quedó admirado. Sal no solamente ofreció ir a su casa sino que le dio la pelota.

–Puedes llevar la pelota –le dijo Sal–. Te la presto hasta el lunes porque no juego fútbol los domingos.

Muy alegre Samuel aceptó la oferta. ¡Qué bueno era tener otra vez un amigo! En realidad, dos amigos, porque Sal le presentó a Félix, el niño a quien le decían Pimienta. Ambos acompañaron a Samuel a su casa.

Al acostarse, esa noche, Samuel pensó en sus nuevos amigos. Sal era diferente a los amigos que había tenido. ¡Prestar a alguien desconocido su pelota! Samuel no lo comprendía.

Desde ese día llegaron a ser buenos amigos. Sal siempre era muy amable y considerado.

–¿Por qué te hiciste mi amigo? –le preguntó Samuel.

–No te había visto antes y se notaba que estabas triste. Además, era cosa natural. Yo trato de portarme como lo haría Jesús si estuviera en mi lugar.

Entonces Sal le contó acerca del Club Tesoros y la buena vecina Beatriz que les ensañaba acerca de Jesús. Sal invitó a Samuel a que lo acompañe al Club.

–Lo voy a pensar –dijo Samuel.

UN PACTO DE AMISTAD

Esa noche, antes de dormir, Samuel nuevamente estuvo pensativo. Nunca había asistido a un club donde hablaban de Jesús; pero decidió que valía la pena ir si allí los niños eran tan amables como Sal y su amigo Pimienta.

En la próxima reunión del Club doña Beatriz dio la bienvenida a Samuel. Él ya conocía a los niños porque Sal se los había presentado. Ya sabía los nombres de varios de ellos. Así que Samuel se sintió en casa.

Doña Beatriz les habló de David y el pacto de amistad que hizo con su amigo Jonatán. David prometió que si algo le pasaba a Jonatán, él cuidaría de la familia de su amigo. Jonatán prometió lo mismo a David.

En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia, aprendieron los niños.

Es verdad –pensó Samuel–. Cuando yo estaba triste, Sal se hizo mi amigo. ¡Y qué buen amigo!

–Jonatán murió en la guerra. ¿Creen que David se acordó de la promesa que le hizo? –preguntó doña Beatriz–. Vengan la próxima semana y les contaré lo que pasó.

Samuel tenía curiosidad por saber la respuesta. Así que decidió volver al Club la siguiente semana. Y la siguiente…

MIS PERLITAS

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La ofrenda generosa de Sara

Una tarde cuando los niños se reunieron en casa de doña Beatriz para el Club Tesoros, se sorprendieron al ver unas muletas junto a la mesa donde la buena vecina tenía su Biblia.

–¡Muletas! –gritó Pimienta–. Quiero andar con muletas.

–Nadie toca mis muletas hasta después de la clase –dijo doña Beatriz–. Después de la historia saldremos al jardín y uno por uno probarán a andar con las muletas.

Pepita le dio un abrazo a su amiga Estrella, emocionada al pensar que las dos andarían con muletas.

Doña Beatriz les contó acerca de Sara, una niña inválida que no podía salir a jugar con otros niños. Todos los días se arrodillaba junto a la ventana y miraba a los niños que jugaban frente a su casa. Muchas veces Sara lloraba porque no podía jugar con ellos.

Muletas para Sara

Sara vivía con su mamá y sus dos hermanitos. Ellos eran pobres; sin embargo, su mamá empezó a ahorrar dinero para comprarle muletas a su hija. Le daba mucha tristeza verla llorar.

Después de ahorrar por mucho tiempo pudo comprarle un par de muletas. ¡Imagina lo feliz que se sintió Sara al recibirlas! Ahora podía salir de la casa para estar con los niños cuando jugaban.

Sara tuvo que practicar para aprender a usar las muletas. Al poco tiempo las manejaba como una experta.

Sara recibe a Jesús

Ahora que tenía muletas, Sara podía acompañar a sus amigas a la escuela dominical. Sara llevó a sus hermanitos, y su mamá también fue con ellos.

Un inolvidable domingo, Sara recibió en su corazón al Señor Jesús. Le pidió perdón por sus pecados y lo aceptó como su Salvador. ¡Cómo cambiaron las cosas! Ya no tuvo que sentirse sola. Ahora tenía un Amigo que siempre estaba con ella.

La visita de un misionero

Poco tiempo después un misionero llegó de visita a la iglesia. Había venido para contar sus experiencias acerca de otras tierras, donde los niños también querían oír acerca de Jesucristo.

Cuando el misionero terminó de hablar, el pastor anunció que recogerían una ofrenda para que niños en otros países oyeran acerca de Jesús.

¿Qué daría Sara?

Sara no tenía ni un solo billete para dar como ofrenda, ni siquiera una moneda. Ella tenía muchas ganas de dar algo y pidió al Señor Jesús que le diera una idea.

«Mi amado Salvador Jesús –oró Sara–, quisiera dar algo para que otros niños escuchen de ti. No tengo nada para dar como ofrenda. ¡Ayúdame, Señor!»

Cuando el plato de las ofrendas llegó adonde estaba Sara, rápidamente una idea cruzó por su mente. ¡Eso es lo que daría! Tomó sus muletas y las puso atravesadas sobre el plato.

Luego oró otra vez: «Amado Jesús, me siento feliz por darte las muletas. Te pido que las uses para que niños de otras tierras puedan ser salvos.»

La mejor ofrenda

Jesucristo contestó de forma maravillosa la oración de Sara. Un buen hombre, que amaba al Señor, «compró» las muletas de Sara. Luego se las devolvió. Todo el dinero lo puso en el plato de las ofrendas.

Los hermanos adultos se avergonzaron al ver la ofrenda que dio la niña inválida. Sacaron nuevamente sus billeteras y dieron más ofrendas. ¡El plato se llenó hasta rebosar!

¡Ese día hubo gran alegría en la iglesia! Las piernas de Sara no podían saltar, pero su corazón saltaba de alegría. Ahora muchos niños podrían oír el mensaje del amor de Dios.

Cuando le tocó a Pimienta andar con las muletas, había una pregunta en su corazón: ¿qué daría a Jesús? Tal vez te preguntas lo mismo. Cada uno tiene algo. Lo más valiosos es que entregues tu corazón a Jesús.

MIS PERLITAS

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Fiesta de luz en el Club Tesoros

Sal y Pimienta son dos amigos inseparables. Sal tiene piel blanca y Pimienta es más oscuro. Sal y Pimienta son sobrenombres y nadie recuerda quién se los puso. Algunos ni siquiera saben que Sal es Alberto y Pimienta es Félix.

Deberían haberles puesto Leche y Chocolate, o ¿por qué no Café con Leche? La piel de Pimienta es de un hermoso color café. Pero no hablemos de los sobrenombres de estos niños, porque hay algo más importante que tratar.

Club Tesoros del Rey

Sal y Pimienta tienen una amiga llamada Pepita. Una de sus vecinas es doña Beatriz. Todos los sábados los niños del vecindario se reúnen en casa de la buena vecina para la reunión del Club Tesoros del Rey. Allí aprenden hermosas historias de la Biblia. Doña Beatriz les habla del amor de Dios y les enseña cómo ser buenos ciudadanos.

Ahora la buena amiga de los niños los había llamado a una reunión especial para hablar con ellos de algo importante.

–¿Qué será tan importante que doña Beatriz nos haya llamado a una reunión especial? –le dijo Pimienta a su amigo Sal mientras iban de brazo a casa de la buena vecina.

–Quizá sea por el halloween –dijo Sal.

–¿Por qué piensas que sea por el halloween? –respondió Pimienta, sorprendido. Él es un muchachito que siempre tiene muchas dudas y preguntas.

Conversando, estos amiguitos llegaron a la casa de doña Beatriz. Varios niños del Club ya estaban reunidos. Sal saludó a todos con un fuerte «Hola», moviendo la mano. Pimienta siguió su ejemplo, aunque su saludo no fue tan fuerte.

–Gracias por venir –dijo doña Beatriz, con una sonrisa alegre, a la vez que movía la mirada de un niño a otro–. Quiero explicarles acerca del halloween y hacerles una invitación.

–Ya ves –le susurró Sal a su amigo–. ¡Lo sabía!

No era la primera vez que Sal adivinaba cosas.

–¡Shhh! ¡No conversen! –les amonestó su amiga Pepita.

¿Qué es el halloween?

Doña Beatriz había puesto un cartel en la pared, que decía «no» al halloween y «sí» a Jesús. Ella quería explicar a los niños el significado de esta celebración, que no tiene nada que ver con el amor de Jesucristo, que es la luz del mundo.

–¿Les gusta el halloween? –preguntó.

–¡Sííí! –gritaron todos levantando las manos.

Entonces doña Beatriz les habló de su preocupación, de que el halloween no honra al Señor Jesucristo.

Jesús es la luz del mundo. Todo lo hermoso y puro viene de Él. Así también, los que creemos en Él somos luz.

El halloween es una noche de brujas y de muerte, que de ninguna forma honra a Dios. Muchos piensan que solamente es un juego inocente de disfrazarse e ir de casa en casa pidiendo caramelos; pero en realidad es una fiesta al diablo.

Su origen es muy antiguo, desde antes del nacimiento de Jesús. Comenzó como un «festival de la muerte». Se celebra la oscuridad, y no debemos participar porque somos luz.

–Quisiera que estén aquí conmigo en halloween –dijo doña Beatriz–. Haremos una fiesta de luz. Traigan a sus amigos e invitaremos a la fiesta a los que vienen a la puerta.

–¡Una fiesta de luz! –gritó Pepita, que recordó el día que doña Beatriz le hizo una fiesta de cumpleaños–. ¡Me encantan las fiestas!

Todos comenzaron a hablar a la vez, cada uno con ideas de cómo sería la fiesta.

–Pidan permiso a sus padres –les dijo la buena vecina–. Y avísenme si vendrán.

Una fiesta de luz

En la noche de halloween Pepita llegó a la fiesta con su amiga Estrella, la niña con síndrome de Down. A Estrella nunca antes la habían invitado a una fiesta tan bonita, con globos, golosinas, juegos y premios.

–Doña Beatriz me quiere –le dijo Estrella a Pepita.

–Ella nos quiere a todos –respondió Pepita–. Es la vecina más buena de todas. Siempre te hace sentir importante.

Para que doña Beatriz no tuviera que interrumpir la fiesta cuando alguien tocara la puerta, Sal se ofreció a saludar a los que llegaran. Él los invitaba a entrar. Los que no se quedaban recibían una bolsita con golosinas y una tarjeta dibujada por doña Beatriz, con un mensaje de luz y amor.

Al terminar la fiesta, cuando los padres venían a recoger a sus hijos, para que no volvieran a casa solos en la oscuridad, los niños no querían irse. Entonces doña Beatriz les prometió que pronto harían otra fiesta.

–¡La fiesta de luz ha sido mejor que cualquier halloween! –dijo Pimienta–. Gracias doña Beatriz.

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El gato solitario hecho héroe

Crespo es un gato negro consentido y feliz; pero no siempre fue así. Desde un principio Crespo fue rechazado. Sus hermanos no lo querían porque era negro y feo.

La gente del pueblo donde vive Crespo es supersticiosa. Casi todos creen que los gatos negros traen mala suerte. Cuando ven a un gato negro en el camino escupen tres veces para que no les pase nada malo. Muchas veces han escupido al ver a Crespo.

UN GATO SOLITARIO

Los hermanos de Crespo fueron adoptados en buenas familias, pero nadie adoptó a Crespo. Él llegó a ser un gato solitario, despreciado por su color y por ser feo; un gato que vagaba sin rumbo por las calles.

Crespo veía que los niños jugaban con otros gatos; pero nunca con él. ¿Por qué me desprecian? se preguntaba.

Como Crespo nunca se había mirado en el espejo, no sabía que era feo. Pero nadie es feo. La Biblia dice que Dios todo lo ha hecho hermoso. Para Dios toda su creación es hermosa. A los ojos de Dios nadie es feo.

UN NIÑO BUENO

Un día cuando Crespo andaba por la calle, solo y triste, su vida cambió. Crespo se encontró con Omar, un niño bueno.

Omar siempre había soñado con tener un gato negro. Le encantan los ojos de los gatos negros porque parecen caramelitos.

Sus amigos le dicen que los gatos negros traen mala suerte; pero su papá le ha dicho que no crea en eso, porque es superstición creer en la mala suerte.

¿Qué es superstición? Es cuando uno piensa que la suerte rige lo que nos pasa. Se le da a las cosas un carácter mágico. Pero los que creemos en Dios sabemos que Él controla las cosas. Un gato negro no trae mala suerte; como tampoco un gato blanco puede traer buena suerte.

Cuando Omar vio a Crespo, corrió para acariciarlo.

–¡Ven, gatito lindo! –le dijo–. ¡Qué bellos ojos tienes! Nunca he visto a un gato con ojos tan verdes. ¡Y eres negro! Siempre quise tener un gato negro.

UN HOGAR Y UN NOMBRE

Como nadie se había interesado por Crespo y como vivía solo, decidió ser el gato de Omar. Desde ese día Crespo ya no andaba cabizbajo, con la vista en el suelo en lugar de mirar al sol. Se estiró, levantó la cabeza, y contempló las maravillas del cielo. Hasta daba aires de ser importante.

Crespo ahora come las mejores comidas, se pasea por el vecindario con la cola en alto, ¡y nadie lo hace intimidar!

Cuando alguien escupe tres veces al verlo pasar, Crespo lo mira con una sonrisa. ¡Ya no le importa! Omar le ha enseñado que tiene valor y que es un gato refinado. ¡Crespo no cree en la superstición!

Si Crespo se mirara en el espejo vería que no es feo. Ha crecido y se ha vuelto elegante. Y tiene el nombre de un jugador de fútbol que fue famoso. El papá de Omar no deja de hablar del futbolista Crespo, aunque hace tiempo que éste dejó de jugar en el equipo de su país. A Omar le gusta ese nombre, por eso le puso Crespo al gato negro de ojos verdes y brillantes.

En una de sus andanzas Crespo se encontró con sus hermanos, que lo habían despreciado. Ellos se sorprendieron al verlo tan elegante y feliz. «Miau, miau –maulló Crespo–. Tengo un dueño que me aprecia. Me quiere mucho.»

CRESPO SALVA A SU AMO

Un día Crespo y Omar fueron al bosque a pasear. Iban saltando alegres por el sendero cuando Omar se tropezó con un tronco y cayó al suelo. Se golpeó la cabeza contra una piedra grande. Omar perdió el conocimiento.

Crespo se asustó al ver lo que le pasó a su dueño. Inmediatamente corrió de regreso a casa y empezó a maullar fuerte. Se restregaba contra las piernas de la mamá de Omar. Ella comprendió que Crespo quería mostrarle algo. Preocupada por su hijo Omar siguió a Crespo. Él la llevó al bosque, donde Omar estaba tirado en el suelo sin poder levantarse.

Si no fuera por Crespo, quién sabe cuándo hubieran encontrado a Omar. Esa noche Crespo recibió doble porción de comida y muchas caricias. Crespo comprendió que había hecho algo bueno. Su querido dueño le dio muchos abrazos. ¡El gato feo y despreciado se había convertido en héroe!

A los ojos de Dios nadie es feo. ¡Él todo lo hizo hermoso!

MIS PERLITAS

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La mosca que cayó en la trampa

Paco era amigo de las arañas. Su araña preferida vivía en un rincón del techo en el dormitorio. Allí también vivía una mosca.

La mosca solo había visto a la araña de lejos. Siempre que la veía se escapaba volando porque le habían advertido que las arañas eran peligrosas. Por eso trataba de no acercarse a ella.

LA ARAÑA Y LA MOSCA

Un día la araña y la mosca se encontraron junto a la ventana. Entonces la araña le preguntó a la mosca si podrían ser amigas.

–Yo soy amiga de Paco y sería lindo ser también tu amiga –le dijo la araña–. ¡Qué divertido lo pasaríamos!

La mosca se acordó de las advertencias y, sin contestar palabra, se alejó zumbando. Después de un rato volvió a la ventana. La araña todavía estaba allí.

–Ven, te voy a mostrar la casa bonita que tengo –la tentó la araña–. Es mucho mejor que la tuya.

–Puede ser –le contestó la mosca–, pero estoy conforme con mi casita.

LA TRAMPA DE LA ARAÑA

La mosca se fue volando porque se acordó del consejo que había recibido: «¡Cuídate de la araña!»

Cada vez que la mosca se acercaba a la ventana, la araña procuraba convencerla; pero nada parecía interesar a la mosca. Seguía zumbando en su vuelo.

Entonces la araña empezó a tejer una telita en el rincón de la ventana. La próxima vez que vino la mosca, no pudo disimular su curiosidad. Se acercó tanto a la telita que una de sus alas la rozó y llegó a romper algunos hilos. La araña no se enojó.

Simplemente le dijo:

–Ya ves que no es peligroso. Ven más cerca.

EL DESCUIDO DE LA MOSCA

La mosca se acercó más a la tela que tejía la araña. Esta vez casi se le quedó pegada el ala, pero con un poco de esfuerzo se libró.

A la mosca ya se le había olvidado el consejo de que se cuidara de la araña. Se puso cada vez más valiente, sin pensar en el peligro en que se estaba metiendo.

Yo soy fuerte –pensaba la mosca–. La araña no me va a atrapar.

Apenas hubo pensado eso, voló con fuerza contra la tela para mostrarle a la araña lo fuerte que era.

Esta vez no tuvo la misma suerte que antes. Ahora se le quedaron atrapadas las dos alitas en la tela de la araña.

Por más que aumentó el zumbido no pudo librarse. Pobre mosquita, ¡estaba atrapada!

ALMUERZO DE LA ARAÑA

La araña se acercó a la mosca y rápidamente la envolvió con unos cuantos hilos, para asegurarse de que no escapara. Para la mosca, ¡el juego había terminado!

La mosca comprendió que su propio atrevimiento la había traicionado. Ya era tarde para arrepentirse. Lo único que le esperaba era ser el almuerzo de la araña.

¡Así fue! Muy feliz, la araña se comió a la mosca. Estaba muy satisfecha por el buen trabajo que había hecho de engañar a la mosca.

¡La mosca había caído en la trampa que le tendió!

LAS TRAMPAS DEL DIABLO

Cuando Paco descubrió a la mosca atrapada en la tela de una de sus arañas, dijo:

–Eso te pasó por no escuchar las advertencias. Tenías que cuidarte de las arañas.

Muchas veces su papá le había explicado que el diablo tienta a grandes y a chicos para que hagamos lo malo; pero no tenemos que caer en sus trampas.

Así como la araña hizo caer a la mosca en su tela, nuestro enemigo el diablo nos engaña para que caigamos en pecado. Pero el Señor Jesús quiere ayudarnos a vencer las tentaciones.

Salomón, el rey más sabio, le habló a su hijo del peligro del pecado, diciendo: «Hijo mío, si los pecadores quieren engañarte, no vayas con ellos.»

MIS PERLITAS

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Kallpa, el cuy fuerte

Kallpa es un cuy, un animalito roedor como el conejo, que vive en la selva del Perú. La selva es un inmenso bosque con distintas clases de árboles, plantas con hojas grandes, toda clase de insectos, y ríos con variedad de peces. Es un lugar donde hace calor y hay mucha lluvia.

Pero no toda la selva es bosque. Hay ciudades y pueblos, rodeados de los bosques. Los ríos son los caminos; se viaja en botes o canoas. A muchos lugares de la selva llegan aviones, que aterrizan en pistas de aterrizaje o en los ríos.

Una familia de cuyes

En una casita de la selva vive Kallpa con su mamá, su hermanita y sus tías. Los cuyes no son de la selva sino de la sierra; pero son fuertes y pueden vivir en cualquier lugar.

La sierra es el lugar montañoso llamado Cordillera de los Andes. Allí los pueblos y las ciudades están en valles entre las grandes montañas. En la sierra hace frío y en las alturas cae nevada. Los abuelos de Kallpa vivían en la sierra antes de que sus dueños los llevaran a la selva.

Algo pasó cuando la familia de Kallpa llegó a la selva. El cuy Kallpa y sus tres hermanitos nacieron muy pequeños. Solamente dos de ellos lograron vivir.

Las tías de Kallpa también perdieron algunos de sus bebes. En su casita no entendían lo que pasaba. Todos comían plantas y su alimento para cuyes, y bebían mucha agua; pero aun así estaban débiles.

Para Kallpa esto era muy contradictorio. Su nombre significa «fuerza»; sin embargo, él era débil.

¿Por qué me han puesto ese nombre? –pensaba Kallpa–. ¡De fuerte no tengo nada!

Un día, Kallpa se despertó tarde. Vio que solo quedaba una hoja para comer. Corrió rápidamente para alcanzarla; pero su tía le ganó, y se la comió.

Kallpa se enojó y le dijo a su mamá:

–¿Por qué me pusiste el nombre de Kallpa? Mejor me hubieras puesto «Pikichaki».

Kallpa se hace fuerte

Uno de los idiomas que se habla en el Perú es el quechua. Kallpa es un nombre quechua; Pikichaki también. Quiere decir «pata de pulga».

La mamá de Kallpa sonrió y le dijo:

–Jamás te quejes de tu nombre. Yo te lo puse con mucho amor y sé que serás muy fuerte.

Esa noche Kallpa se quedó despierto hasta tarde. Estaba pensando en lo que le había dicho su mamá. Ella estaba segura de que él sería fuerte. Se sintió mal de haberse enojado por el nombre que le pusieron y porque no era fuerte.

De pronto escuchó a sus dueños. Ellos habían estado preocupados por sus cuyes. Uno de ellos dijo:

«¡Eso haremos! Mañana traeremos el alimento especial.»

¿Alimento especial? –se preguntó Kallpa–. ¿Cómo será? Pensando en eso se quedó dormido.

Kallpa despertó como flotando; había un aroma agradable.

–Ven, hijo, prueba este nuevo alimento –le dijo su mamá.

Kallpa fue corriendo para probarlo. Era diferente; y dulce.

–Mamá, ¡qué rico! –dijo Kallpa.

Comió más de lo normal. De verdad era delicioso. Todos los días esperaba con ansias la hora de la comida.

Al poco tiempo, el pequeño cuy comenzó a sentirse un Kallpa completo. Estaba fuerte y había crecido mucho.

Su casita se llenó de pequeñines. Ahora tenía muchísimos primos y hermanitos; todos fuertes y sanos.

Kallpa le agradeció a su mamá por su nombre perfecto. Ya no quería ser «pata de pulga», algo tan pequeño que apenas se puede ver.

Kallpa y su familia habían estado comiendo el alimento equivocado. Nunca más nuestro amiguito cuy quería comer eso. Por el resto de su vida Kallpa quería comer el nuevo alimento especial que trajeron sus dueños.

Con el nuevo alimento Kallpa creció fuerte como su nombre. Ahora es papá y abuelo; tiene muchos hijos y nietos cuyes. Todo gracias a un buen alimento.

Tú puedes ser fuerte

¿Sabes que Dios quiere que seas fuerte? En la naturaleza ha provisto mucho buen alimento para tu cuerpo. ¿Qué cosas te gusta comer? Evita alimentos con mucho azúcar.

Para tu alma Dios ha provisto el alimento de su Palabra, la Santa Biblia. Lee la Biblia como alimento espiritual para ser fuerte en tu vida con Dios. Memoriza versículos bíblicos. Agradece al Señor por su Palabra y porque Él es tu fuerza.

MIS PERLITAS

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