El día más triste de Pedro

Sal, el niño llamado Alberto, llegó muy emocionado al Club. Había hecho un escudo con tres letras. Sus amigos tendrían que adivinar el significado.

Q H J, ¿qué quiere decir? –preguntó Sal.

–Quiero Hacer Juegos –gritó Pimienta.

–Sabemos que te gusta jugar –dijo Sal–. Pero estas palabras significan algo más importante.

–Jugar es importante –dijo Pimienta–. El que no juega se muere de tristeza.

–¿Quién trae más alegría? ¡Es Jesús! –gritó Pepita.

–¿Qué Hace Jesús? –sugirió Samuel–. Él me hace feliz. Siempre soy feliz con Jesús.

 

¿Qué haría Jesús?

–He estado pensando en el tema de la Fragancia y en las palabras que hemos aprendido –dijo Sal.

–Amor, Bondad, Compasión, Dadivosidad, Entusiasmo… –repitieron los niños del Club.

–Me pregunté cómo puedo tener esa fragancia –dijo Sal–. Entonces pensé: ¿Qué haría Jesús?
Cuando no sé lo que debo hacer, me pregunto lo que haría Jesús.

A doña Beatriz le gustó tanto el escudo y la idea de Sal que sugirió que todos hagan un escudo. Y les dio los materiales para hacerlo.

Mientras los niños trabajaban, ella les enseñó un versículo que habla de hacer todo en el nombre de Jesús. Es como preguntar: ¿qué haría Jesús?

Y todo lo que hagan o digan, háganlo
en el nombre del Señor Jesús, dando gracias
a Dios el Padre por medio de él.

 

El día más feliz de Pedro

–¿Cuál fue el día más feliz de Pedro? –preguntó doña Beatriz, como repaso de la historia del entusiasmo de Pedro.

–Cuando encontró la moneda en el pez –gritó Pimienta.

–Cuando pescó tanto que su barco se hundía –gritó otro.

Los niños se divirtieron gritando sus respuestas.

Fue un día feliz cuando Pedro conoció a Jesús

–Creo que el día más feliz y emocionante fue cuando Pedro conoció a Jesús –dijo doña Beatriz–. ¿Y cuál fue el día más triste?

–Cuando perdió la moneda que había encontrado –dijo Pimienta, bromeando.

Luego doña Beatriz les habló del día más triste de Pedro.

 

Pedro niega a Jesús

El día que Pedro conoció a Jesús fue el más feliz. Pedro decidió que sería fiel al Señor todos los días de su vida. Dijo que aunque todos abandonaran a Jesús, él nunca lo haría.

Llegó el día en que los enemigos de Jesús lo arrestaron. Lo odiaban por los milagros que hacía; pero más que nada porque Jesús decía que Dios era su Padre.

Pedro niega a Jesús tres veces

Cuando llevaron a Jesús para juzgarlo, Pedro siguió de lejos. Era de noche y hacía frío; en medio del patio había un fuego. Allí se sentó Pedro para calentarse. Cuando le preguntaron si conocía a Jesús, lo negó tres veces.

Pedro, que amaba tanto a su Maestro, y que había prometido ser fiel aunque todos dejaran a Jesús, lo negó. Desde donde Jesús estaba ante el tribunal, miró a Pedro.

 

Una mirada de amor

Pedro no soportó esa mirada. Era una mirada de profundo amor. ¿Qué había hecho? Salió de allí y lloró amargamente. Pedro, que con tanto entusiasmo había prometido ser fiel a Jesús, le había fallado. Ese fue su día más triste.

Pedro llora amargamente por haber negado a Jesús

Esa noche Jesús fue condenado a muerte por sus enemigos. Murió en la cruz llevando el castigo del pecado por toda la humanidad. Aunque Pedro fue infiel a la promesa que hizo a Jesús, Cristo Jesús lo amó y lo perdonó.

La mirada de amor no fue solamente para Pedro; es para todos. La Biblia dice que aunque nosotros seamos infieles, Dios permanece fiel. Él siempre cumple sus promesas.

 

Q H J

Las letras en el escudo que hizo Sal son una forma excelente de recordar que debemos hacer y decir solamente las cosas que son agradables a Dios. Llévalas siempre en tu corazón, y en todas las cosas pregunta: ¿qué haría Jesús?

 

MIS PERLITAS

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La moneda en el pez

Samuel había encontrado algo; pero no quería contarles a sus amigos lo que era. ¿Qué había encontrado? Una moneda; la más grande que jamás había tenido.

Nuestro amiguito no sabía si quedarse con la moneda o ponerla en el «frasco de amor», donde reunían dinero para alegrar a alguien.

«Mas bienaventurado es dar que recibir» era un versículo de la Biblia que había aprendido.

«¿Doy o no doy?» se preguntaba Samuel.

Sus amigos estaban esperando que les cuente lo que había encontrado.

–¿Qué ha encontrado Samuel? –dijo doña Beatriz–. No lo sabemos. Ahora les voy a contar de algo que encontró Simón Pedro, uno de los discípulos más cercanos de Jesús.

Pedro el pescador

Pedro era pescador. Un día Jesús usó la barca de Pedro para enseñar a la gente que se había reunido junto al mar. Era más fácil para Jesús enseñar desde la barca.

Después de enseñar, Jesús hizo un gran milagro. Le dio a Pedro una pesca tan grande quea él tuvo que llamar a sus compañeros para que le ayuden, porque su barca se hundía.

Ese día, Pedro dejó su trabajo de pescador para seguir a Jesús y ser pescador de hombres.

Pedro era entusiasta. Lo que otros no se atrevían a hacer, él lo hacía. ¿Quién ha andado sobre el agua? ¡Pedro!

Una noche, cuando los discípulos cruzaban el mar en una tormenta, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Los discípulos se asustaron porque pensaban que era un fantasma; pero Jesús les dijo que era Él y que no tuvieran miedo.

Cuando Pedro se dio cuenta de que era Jesús, le pidió que lo dejara ir hacia Él sobre las aguas. Cuando Jesús le dijo «¡Ven!», Pedro se aventuró y salió de la barca. ¡Qué emoción!

¡Pedro anduvo sobre el agua! Pero al ver el viento y las olas tuvo miedo y empezó a hundirse. «¡Jesús, ayúdame!» gritó. Jesús le extendió la mano, y juntos subieron a la barca.

La moneda para el impuesto

¿Cuántas veces crees que Pedro les contó a sus nietos acerca de la noche cuando anduvo con Jesús sobre el mar?

Otra experiencia extraordinaria de Pedro fue cuando encontró una moneda en la boca de un pez.

Un día, cuando Jesús y sus discípulos llegaron a Capernaúm, los cobradores le preguntaron a Pedro si Jesús pagaba el impuesto del templo. Entonces Jesús lo mandó a pescar.

Para Pedro el pescador eso era fácil; pero ¿cuánto tendría que pescar para conseguir el dinero del impuesto? Necesitaba cuatro dracmas; dos para él y dos para Jesús.

Esta pesca fue diferente. El primer pez que Pedro sacó con el anzuelo tenía una moneda en la boca. ¿No necesitaba cuatro monedas? Sí; pero este era un estatero. El estatero era una moneda que equivalía a cuatro dracmas.

Imagínate el entusiasmo de Pedro cuando fue a pagar el impuesto. ¡Llevaba cuatro dracmas en una moneda! Esta era otra historia emocionante para contarle a su familia. La moneda del pez era exactamente lo que él y Jesús necesitaban.

La moneda de Samuel

Cuando Samuel escuchó esta historia no pudo callarse.

–¡Yo también encontré una moneda! –gritó Samuel–. ¡Aquí está! Ese es mi secreto. Es una moneda grande.

Samuel fue a mostrarle a doña Beatriz la moneda que había encontrado. Estaba decidido a que pondría en el «frasco de amor» su moneda, la más grande que jamás había tenido.

–Es una moneda grande y valiosa –dijo la buena vecina–. ¡Qué bendición! ¿Dónde la encontraste?

–La encontré en la calle. Ahora va a ser mi regalo de amor. La moneda que Pedro encontró fue para el templo. Yo quiero que mi moneda sirva para alegrar a alguien.

Al poner su moneda en el «frasco de amor» Samuel sintió tanto entusiasmo como Pedro. Una vez, cuando muchos de los discípulos se fueron y ya no siguieron a Jesús, el Señor les preguntó a Pedro y sus amigos si ellos también se irían.

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna», respondió Pedro.

¡Así tan fiel como Pedro quería ser Samuel!

¿Y tú? ¿Seguirás a Jesús con entusiasmo?

MIS PERLITAS

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La hospitalidad de Lidia

 

Samuel iba saltando por la calle, y gritaba: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!» Entró a la reunión del Club riendo mientras repetía: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!»

–¿Qué encontraste? –le preguntó Pimienta.

–Algo que no buscaba –respondió–. Pero es un secreto.

No sabemos lo que Samuel había encontrado, porque no quería decirlo. A Estrella le pareció injusto que les despertara la curiosidad sin decir lo que había encontrado.

–Otro día les voy a decir lo que encontré –dijo Samuel.

Con eso tuvieron que contentarse. Entonces doña Beatriz escribió en la pizarra la palabra de la semana. Era larga y un poco difícil de pronunciar.

–HOS-PI-TA-LI-DAD –leyó Estrella–. ¿Qué es eso?

–¿Significa estar en el hospital? –preguntó Pimienta.

–Sí, allí te dan hospitalidad –dijo Sal, que ya había aprendido el significado de la palabra–. Quiere decir ofrecer alojamiento, recibir a un viajero y darle cama y comida.

–Tienes razón, Sal –dijo doña Beatriz–. Vamos a hablar de una mujer hospitalaria. Así como Samuel ha encontrado algo, aunque no quiere decirnos qué es, ella descubrió algo que la hizo muy, pero muy feliz. No solamente a ella, sino también a toda su familia. Esta mujer se llamaba Lidia.

La vendedora de púrpura

Lidia era comerciante. Durante la semana trabajaba ven-diendo púrpura, un tinte especial para telas de color rojo oscuro. Pero cuando llegaba el día de reposo, ella cerraba su negocio e iba a orar y adorar a Dios.

¡Qué bueno! Lidia sabía que debemos dedicar al Señor un día a la semana.

Lidia solía reunirse con otras mujeres. Ellas iban a la orilla del río y allí oraban a Dios. ¡Era bueno descansar así después de una semana de trabajo!

Lidia cree en Jesús

Un día, en el lugar de oración, había unos hombres desconocidos. Se sentaron a conversar con las mujeres reunidas.

Uno de los hombres era el apóstol Pablo. Con mucha paciencia les explicó acerca del Señor Jesús.

Ninguna de las mujeres había oído hablar de Jesús. Pablo les contó de todos los milagros que Jesús hizo cuando iba por las ciudades y los pueblos de Israel predicando el evangelio.

¿Qué más crees que les contó Pablo? Sin duda les contó cómo había conocido al Señor.

Lidia escuchaba con mucha atención. No quería perder ni una palabra. En su corazón, una voz le decía: «Debes creer lo que Pablo dice. Es la pura verdad.»

¡Lidia creyó! No solamente ella, sino también su familia creyó en Jesús. ¡Qué cosa más buena había encontrado!

¿Qué hacía Samuel? Saltaba por la calle, gritando: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!» Pero no sabemos qué es lo que había encontrado. Otro día nos va a decir qué es.

Cuando Lidia gritó: «¡Lo encontré!» Ella sabía qué era lo que había encontrado. Era lo mejor de todo: la salvación.

Lidia ofrece hospedaje

Lidia era una buena mujer. Al haber creído en Jesús quiso hacer algo para ayudar a Pablo y sus compañeros.

–¿Dónde están alojados? –les preguntó.

–No tenemos un lugar especial –contestaron.

–Por favor, ¡vengan a mi casa! Si les parece bien, y consideran que soy fiel al Señor, vengan a mi casa.

Pablo, Silas, Timoteo y Lucas fueron a la casa de Lidia. Ellos eran los viajeros desconocidos que habían ido al lugar de oración. Silas y Timoteo viajaban con Pablo en su segundo viaje misionero. Lucas, que escribió el libro de Hechos, estuvo con ellos en parte del viaje.

Casa chica, corazón grande

Es una gran alegría compartir nuestro hogar con los demás –dijo doña Beatriz–. Tal vez tengamos que dormir en el piso para ofrecerle nuestra cama a un siervo de Dios o a cualquier persona que necesite hospedaje. ¡Qué importa!

–Mi casa es chica –dijo Pepita–. Pero yo estoy dispuesta a dormir en el piso para darle mi cama a una visita.

–Algunos al practicar la hospitalidad, sin saberlo, han hospedado ángeles –dijo la buena vecina–. No importa que la casa sea chica si el corazón es grande.

Casa chica, corazón grande. Lidia tenía un gran corazón.

MIS PERLITAS

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La dadivosidad de Dorcas

Dorcas era un mujer buena y trabajadora. Era muy querida, casi como doña Beatriz por los niños de su vecindario. Algunos le decían Tabita otros le decían Dorcas.

Tabita creía en el Señor Jesús. Ella había escuchado decir que Él ayudaba a los que tenían necesidades. Por eso, ella quería hacer lo mismo.

Tabita vivía en Jope. Se esmeraba en hacer buenas obras y en ayudar a los pobres. Ella era costurera; cosía vestidos y túnicas, especialmente para las viudas.

¿Crees que Tabita tenía muchas amigas? Eso no sería raro, tan buena que era.

Muerte de Dorcas

Un día sucedió algo muy triste. Tabita enfermó gravemente, y murió. Todos los que la conocían se pusieron tristes.

–Tenemos que avisarle a Pedro que Tabita ha muerto –dijeron sus amigas.

Algunas mujeres lavaron el cuerpo de Tabita y lo pusieron en una sala. Dos hombres fueron a traer a Pedro, uno de los apóstoles que había estado con Jesús. Él estaba en Lida, una ciudad cercana, y vino rápidamente a Jope.

Al llegar Pedro, las mujeres le mostraron los vestidos y las túnicas que Tabita hacía cuando estaba con ellas.

–Mira, hermano Pedro –decían, llorando–. Tabita era muy buena. Mira las túnicas que cosía. Mira estos vestidos.

Dorcas resucita

Pedro mandó que todos salgan de la sala. Al quedar solo, se arrodilló junto al cuerpo de Tabita y oró al Señor. Luego, mirando al cuerpo muerto, dijo: «Tabita, levántate.»

¡Y Tabita abrió los ojos!

–¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? –preguntó ella.

–No te preocupes –le dijo Pedro–. Dame la mano y te voy a ayudar. Has estado un poco enferma, pero ya estás bien.

Cuando Tabita se levantó, Pedro abrió la puerta y llamó a todos para que entraran.

–¡Tabita, Tabita! –gritaron las mujeres, abrazando a su querida amiga–.¡Qué alegría es tenerte viva otra vez!

Las noticias de la resurrección de Tabita corrieron por toda la ciudad. «¡Tabita ha vuelto a vivir! ¡Dorcas está viva!»

Y la gente comenzaba a creer en Jesús.

«¿Has oído la última noticia? –se preguntaban unos a otros–. Tabita estaba muerta, ¡pero está viva!»

Dios había hecho un lindo milagro para una buena mujer.

Invitada de honor

Los niños del Club habían estado ocupados haciendo trabajos y mandados para llenar otro «frasco de amor». Pepita sugirió que lo den a la abuelita Damaris, una anciana que vivía sola. Pepita sentía amor y compasión por ella.

Cuando doña Beatriz lo puso a votación todos estuvieron de acuerdo. Decidieron que Pepita fuera a buscarla y la trajera al Club. Y eso es lo que hizo.

Ahora la abuela Damaris estaba con ellos, sentada en un sillón de honor, sintiéndose como una reina.

Al terminar de contar la historia, doña Beatriz se volvió hacia la invitada de honor, y dijo:

–Amada Damaris, le tenemos una sorpresa. En un «frasco de amor» los niños reúnen dinero para alegrar a alguien. Pepita ha sugerido que esta vez el frasco sea para usted.

–¿Para mí? ¿Por qué para mí? –preguntó la anciana.

–Porque usted es la abuelita más linda de nuestro vecindario –dijo Pepita, y se acercó para entregarle el frasco.

–La quiero mucho –dijo la niña, y le dio un fuerte abrazo.

Seamos dadivosos

–En mi juventud yo era como Dorcas –dijo la abuelita Damaris–. Yo cosía ropa para los niños pobres. Ahora tengo mala vista y no puedo coser. Pero me gusta ayudar.

Los niños se emocionaron y empezaron a hacerle preguntas. La vecina Damaris les contó acerca de los niños que habían recibido los vestidos y las camisas que ella cosía.

–Ahora Dios me está premiando con un regalo –dijo ella–. Gracias, niños. Su gesto de amor me llena de alegría.

Doña Beatriz pidió a Sal que leyera Proverbios 19:17, y Sal leyó:.

Servir al pobre es hacerle un préstamo al Señor;
Dios pagará esas buenas acciones.

 

Era cierto, ¡Dios estaba premiando a la abuela Damaris!

 

Dadivosidad = Generosidad

La próxima semana hablaremos de una prueba de dadivosidad
que es la HOSPITALIDAD
.

MIS PERLITAS

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Recibe los milagros que Dios quiere hacer en tu vida.

El sobrenombre de José

Pimienta llegó con cara sonriente al Club. Venía con zapatos nuevos y monedas en la mano. ¡Quería poner algo en el «frasco de amor» para mostrar que él también era compasivo! Estaba listo para escuchar la historia que les había prometido doña Beatriz. Sería acerca de alguien que era tan bueno que sus amigos le cambiaron de nombre.

¿Habrá sido tan bueno como doña Beatriz? –se preguntaba Pimienta–. Yo le pondría a ella el nombre Buenísima.

Para que todos vieran sus nuevos zapatos, Pimienta movía los pies de un lado a otro, causando desorden. Doña Beatriz tuvo que decirle que estuviera quieto.

–¡Mis zapatos! –dijo Pimienta–. ¡Quiero que todos vean mis zapatos!

Doña Beatriz invitó a Pimienta a que pasara al frente para mostrar a sus compañeros sus nuevos zapatos.

–Doña Beatriz es buenísima –dijo Pimienta–. Ella me ha comprado los zapatos.

¡Qué sorpresa para los niños! Samuel recordó los ojos tristes de Pimienta del otro día. Ahora su rostro brillaba.

–Gracias doña Beatriz por comprarle zapatos a Pimienta –dijo Samuel–. Ahora todos venimos al Club con zapatos.

Doña Beatriz sonrió. ¡Qué compasivo era Samuel! Seguramente le iba a gustar la historia del sobrenombre de un hombre compasivo de la Biblia.

Bernabé, el que consuela

José era un buen hermano y amigo. Era tan bueno y compasivo que los apóstoles le pusieron un sobrenombre. Lo llamaron Bernabé, que significa «el que consuela».

Saulo, que después llegó a ser el apóstol Pablo, era un furioso perseguidor de los cristianos. Un día Jesús le habló, y le hizo entender que perseguir a los cristianos era perseguirlo a Él. Ese día Saulo cambió de rumbo, y en vez de perseguir a los cristianos llegó a ser un gran siervo de Dios.

Pero muchos de los hermanos de la iglesia no creían en Saulo. Pensaban que los estaba engañando. Cuando fue a Jerusalén, los hermanos le tenían miedo.

¿Sabes qué hizo Bernabé? Tomó a Saulo y lo trajo a los apóstoles. Les dijo que podían confiar en él, porque Saulo se había entregado al Señor, y ya no los iba a perseguir. Entonces los apóstoles aceptaron como hermano a Saulo.

De Tarso a Antioquía

Saulo viajó a Tarso, la ciudad donde había nacido. Sin duda, fue para contar a su familia lo que Dios había hecho en su vida. Es importante hablar a nuestros familiares de Cristo.

Bernabé fue a la iglesia en Antioquía. Los hermanos necesitaban un pastor y los apóstoles lo enviaron allá.

Antioquía era una ciudad hermosa, rodeada de bellas montañas. La calle principal estaba pavimentada con mármol. Ninguna ciudad se comparaba con Antioquía.

La iglesia era grande y había mucho trabajo. A Bernabé no le alcanzaba el tiempo para todo lo que tenía que hacer.

Necesito alguien que me ayude –pensaba Bernabé–. ¿Quién me ayudará? ¡Ah, ya sé! Saulo, por supuesto.

Entonces Bernabé fue a Tarso para buscar a Saulo.

–¡Vamos! –dijo Saulo–. Dios me ha llamado a predicar.

No era fácil ser un seguidor de Jesús en Antioquía. La gente se dedicaba a fiestas pecaminosas y se portaba mal ante Dios.

Cuando veían a los seguidores de Jesús se burlaban, diciendo: «Miren, son los que tanto hablan de Cristo. Allá van los que pertenecen a Jesucristo. ¡Son cristianos!»

Así, por primera vez, se les llamó cristianos a los seguidores de Jesús. Ellos se parecían tanto a Cristo, que les pusieron el nombre de «cristianos».

Todo un año estuvieron trabajando allí Bernabé y Saulo.

Primer viaje misionero

Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Dios lo escogió para que sea el compañero de Saulo en su primer viaje misionero. Juan Marcos, el sobrino de Bernabé, los acompañó en parte del viaje. Saulo ahora empezó a usar su nombre Pablo.

Estos misioneros viajaron por mar y por tierra. Fueron a Chipre, Perge, Iconio, Listra, Derbe… y a otros lugares. Dondequiera que iban predicaban la Palabra de Dios. ¡Qué felicidad para Pablo tener tan buen compañero como Bernabé!

A Pimienta le impresionó la historia. Así como José, a quien sus amigos llamaron Bernabé, también quería ser compasivo.

¿Y tú? ¿Quisieras tener un corazón lleno de compasión?

 

Los misioneros Pablo y Bernabé

 

MIS PERLITAS

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Sean de buen corazón

El frasco de amor. La gran pregunta era a quién se lo darían. Estrella había sugerido al amiguito Samuel, el niño huérfano que ha perdido a sus padres en un accidente y que ahora vive con sus tíos.

Doña Beatriz hizo una lista en la pizarra de las sugerencias de los niños. Casi todos eran nombres de familiares y vecinos.

 

Pepita tenía preocupación por la vecina Damaris, que vive sola y se alegra mucho cuando alguien la visita.

–Sugiero que le demos el frasco a la abuelita Damaris.

A mí me gustaría recibir ese dinero, pensaba Pimienta. Necesito zapatos. No me gusta venir al Club con sandalias.

–Mis padres me hacen venir al Club con sandalias –dijo nuestro amiguito–. Los zapatos son para ir a la escuela. Doña Beatriz, ¿puede poner mi nombre en la lista? Quisiera tener zapatos como los de Sal.

Todos votan por Samuel

Doña Beatriz podía entender que Pimienta quería tener zapatos como los de Sal, y puso su nombre en la lista.

Después de las sugerencias doña Beatriz puso los nombres a votación. Comenzaron con Samuel. Todos levantaron la mano, menos Pimienta. Pero cuando él vio que todos habían levantado la mano, no quiso ser el único que no votara por Samuel. Así que también lo hizo.

Al ver las manos levantadas de sus amigos del Club, Samuel sintió tanta emoción y alegría que le salieron lágrimas en los ojos. Ellos realmente lo amaban.

¿Habrá suficiente dinero para comprar mi uniforme? se preguntaba Samuel. ¿O tal vez algunos útiles escolares?

Entonces vio la carita triste de Pimienta. Sintió compasión por él. Quizás el dinero alcanzaría para comprarle zapatos. ¿Le daría el frasco a su amigo? Pimienta quería venir al Club con zapatos y no sandalias.

La compasión de Samuel

Como Sal era el amigo que había invitado a Samuel al Club, doña Beatriz decidió que él le entregaría el frasco con las monedas. Sal se sintió muy feliz al darle el «frasco de amor» a su nuevo amigo.

–Quiero que le pases el frasco a Pimienta –dijo Samuel–. Él quiere venir al Club con zapatos.

–Esto es para ti –dijo Sal–. Eres un niño compasivo y de buen corazón. Pero todos queremos que sea para ti.

Entonces Samuel recibió el «frasco de amor» con una gran sonrisa de agradecimiento.

Al ver la alegría de Samuel los niños se sintieron motivados a llenar un segundo frasco con monedas.

¡Ojalá esta vez sea para mis zapatos! pensaba Pimienta.

Una sorpresa para Pimienta

Pimienta no tuvo que esperar hasta que llenaran otro frasco con monedas. Doña Beatriz sintió compasión por él. Félix, el niño conocido como Pimienta, era muy especial para ella. La verdad es que le había robado el corazón. Decidió sorprender a Pimienta con lo que él más deseaba.

Doña Beatriz fue a la zapatería. El dueño era muy amable y le ayudó a escoger unos zapatos bonitos. Calcularon más o menos la talla, y él prometió que si le quedaban chicos, Pimienta podía venir a cambiarlos por la talla correcta.

¿Crees que doña Beatriz se sintió emocionada al ir a la casa de Pimienta? Sí; pero a la vez pensaba que ahora todos los niños querrían que les compre zapatos. Pero Pimienta era el único que venía al Club con sandalias.

No hay nada malo en tener sandalias; pero cuando hace frío los zapatos abrigan los pies. Aunque donde hace calor todos usan saldalias.

Pimienta saltó de alegría cuando vio a la buena vecina Beatriz y el regalo que le traía.

–¡Zapatos! –gritó Pimienta–. ¡Ahora tengo zapatos como los de Sal! Puedo ir al Club con zapatos. ¡Muchas gracias!

–Dios te ama mucho, Pimientita. Él vio el deseo de tu corazón, y puso en mi corazón el deseo de ayudarte.

–La quiero mucho, doña Beatriz –dijo Pimienta, y le dio un fuerte abrazo.

El próximo «frasco de amor» será para la abuelita Damaris, pensó Pimienta. Y decidió ayudar a reunir muchas monedas.

El siguiente día del Club Pimienta fue con zapatos nuevos y monedas en la mano. ¡Él también quería ser compasivo!

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Rut, la nuera bondadosa

Los niños del Club hacían brillar su luz, como dijo Jesús que hagamos. La gente en el vecindario los veía haciendo trabajos para llenar con monedas el frasco de amor.

Cuando el frasco estaba lleno, doña Beatriz preguntó a quién lo darían. Estrella sugirió al amiguito Samuel.

–Samuel no tiene papá ni mamá para que le compren sus cosas –dijo Estrella–. Nosotros podemos ayudarle.

Samuel es huérfano. Sus padres han muerto en un accidente y ahora vive con sus tíos. ¡Cómo extraña a sus padres! También echa de menos a sus amigos que ha tenido que dejar al venir a vivir con sus tíos.

Cuando Estrella sugirió que le dieran el frasco con las monedas, Samuel sintió algo muy especial en su corazón. Sus nuevos amigos realmente lo amaban.

Doña Beatriz dijo que lo pensaran y dieran otras sugerencias. Luego les les contó la historia de Rut y Noemí. Ellas hubieran comprendido a Samuel porque también habían perdido a seres amados y habían ido a vivir en otro lugar.

La familia de Noemí

Elimelec y Noemí, y sus hijos Mahlón y Quelión, vivían en Belén de Judá. Belén quiere decir «casa de pan», pero no había allí mucho pan. En toda la tierra de Judá había hambre, por no haber buenas cosechas.

Elimelec decidió llevar a su familia a un lugar donde había pan en abundancia. Fueron a vivir en Moab. Pero allí la gente no adoraba a nuestro Dios sino a dioses falsos.

En la tierra de Moab, Noemí tuvo una experiencia muy triste. Murió su esposo Elimelec y ella quedó sola con sus hijos. ¡Noemí, Mahlón y Quelión quedaron sin el padre de familia en una tierra extraña!

Mahlón y Quelión se casaron con mujeres de Moab, con Rut y Orfa. Pero al tiempo, ellos también enfermaron y murieron. Noemí seguramente se sintió muy sola.

Noemí vuelve a Belén

Después de un tiempo Noemí decidió volver a su tierra. Empacó sus cosas, cerró la puerta de su casa, y empezó a caminar. Iba acompañada de sus dos nueras, Rut y Orfa.

Noemí les dijo que regresen a su casa y que vuelvan a casarse. Orfa decidió hacerlo; pero Rut no quiso abandonar a su suegra. Era bondosa y no quería dejar sola a Noemí.

«Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios», dijo Rut.

(Lee en Rut 1:16,17 todas las lindas palabras de Rut.)

Un hermoso día de otoño, cuando estaba comenzando la cosecha de cebada, Noemí y Rut llegaron a Belén. Todos los que la recordaban se admiraron de verla.

De inmediato Rut se puso a trabajar. Fue a espigar cebada en los campos de Booz, un pariente de Elimelec. Él era un hombre bueno y dejó que Rut trabajara con sus segadores.

«¡Que Dios te lo pague! ¡Que el Señor Dios de Israel te premie!» le dijo Booz.

La costumbre en Israel era que los segadores no recogían espigas hasta los últimos rincones, sino que dejaban algo para los pobres y los extranjeros; por eso, Rut fue a trabajar. Cada noche volvía a casa con cebada para ella y Noemí.

Rut, un tesoro para Noemí

Al poco tiempo, Dios premió a la bondadosa Rut. Booz, que la había dejado trabajar en su campo, decidió casarse con ella. Rut y Noemí ya no tendrían que vivir solas. ¡Qué día feliz!

Otro día feliz fue cuando Booz y Rut tuvieron su primer bebé. Era un lindo varoncito, a quien nombraron Obed.

¿Sabes? Obed fue el abuelo del rey David. Booz y Rut fueron sus bisabuelos. Dios realmente los premió.

Las mujeres de Belén decían a Noemí: «¡Qué feliz eres por tener una nuera tan cariñosa como Rut! Ella te vale más que siete hijos.» ¡La bondadosa Rut era un tesoro para Noemí!

Seamos bondadosos

Rut nos enseña a ser buenos con las personas mayores. Realmente, con todos. Sé bueno con los niños de tu edad y también con los que son menores. Respeta a las personas mayores, y pórtate muy bien con los ancianos.

–Estrella ha sugerido que seamos buenos con Samuel –dijo doña Beatriz–. Él necesita un nuevo uniforme para la escuela y útiles escolares.

La buena vecina dijo a los niños que sigan pensando en quién recibiría el dinero que habían juntado. Mientras tanto, podían empezar a llenar un segundo «frasco de amor».

 

¿A quién le darías tú el frasco de amor?

La próxima semana los niños del Club lo decidirán. ¿A quién se lo darán?

 

 

MIS PERLITAS

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