El desfile de clausura

Era un día de fiesta y clausura. Todos los amigos del vecindario saben que a doña Beatriz le gustan las fiestas. No las fiestas con bailes y licor sino fiestas sanas con música alegre, juegos divertidos, y ricos bocadillos y refescos.

Esta fiesta era para celebrar el Abecé de Fragancia. Ya habían estudiado 21 virtudes, siguiendo las letras del alfabeto. Doña Beatriz dio a los niños la tarea de hacer banderas, cada uno con alguna de las virtudes.

El Club Tesoros tenía un lema, que los niños repetían usando los dedos de la mano. Los amiguitos que habían estado en el Club desde el principio, recordaban el día en que aprendieron el lema, algo que Moisés había enseñado al pueblo de Israel.

–Yo sé el lema –dijo Pimienta y levantó la mano y su dedo pulgar para empezar a repetirlo–.
Honra a Dios.

Sigue sus caminos –dijo Sal y levantó su dedo índice.

Ama a Dios con todo tu ser –intervino Pepita.

Sirve al Señor de todo corazón –siguió Pimienta.

¡Cumple sus mandamientos! –gritó Samuel, que había aprendido el lema cuando su amigo Sal lo invitó al Club.

Todos levantaron las manos, y con ambos dedos repitieron el lema. Fue un momento muy emocionante.

El discurso de Josué

En su juventud Josué había aprendido las palabras del lema. Ahora estaba anciano; tenía más de cien años de edad. Reunió al pueblo para un discurso de despedida. Era una gran fiesta para el pueblo de Israel.

Con muchos milagros Dios sacó a los israelitas de Egipto. Pero fueron infieles, y como castigo por su desobediencia, vagaron 40 años en el desierto. No obstante, Dios amaba a su pueblo e hizo milagros para darles la tierra que les había prometido por cientos de años.

Josué hizo recordar esto el pueblo. Repitió el lema, aunque en otro orden:

  • ama a Dios
  • anda en sus caminos
  • cumple sus mandamientos
  • sigue fiel al Señor
  • sirve a Dios de todo corazón

«¿Quieren servir a Dios y ser obedientes a sus mandamientos? –preguntó Josué al pueblo–. Aunque ustedes no le sirvan, yo y mi casa serviremos a Jehová.»

El pueblo repitió el lema; luego todos hicieron la promesa que encontramos en Josué 24:24.

«A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.»

A Pepita y Estrella les gusta cantar e inventar melodías. Al escuchar la respuesta que dio el pueblo de Israel a la pregunta de Josué les pareció ideal para cantar. Empezaron a tararear y, poco a poco, les salió una excelente melodía para cantar acerca de obedecer y servir al Señor.

Un desfile alegre

Los amiguitos del Club pronto aprendieron la melodía y las palabras. Salieron a desfilar por el vecindario cantando esa consigna. Era como una declaración de que iban a cumplir lo que habían aprendido al estudiar las virtudes. Cada uno mecía su bandera.

Sal había escogido la virtud de obediencia, porque tenía un gran deseo de ser siempre un muchacho obediente.

Pepita hizo su bandera con la virtud de bondad; su deseo era ser buena.

Estrella escogió la virtud de amor; ella quería esparcir amor.

Samuel tenía la bandera de valentía; su deseo era ser valiente como Josué.

Pimienta llevaba gratitud en su bandera. Nunca había olvidado la inmensa felicidad que sintió cuando doña Beatriz le regaló un par de zapatos, y lo satisfecho que se sintió al agradecerle. Quería mostrar siempre gratitud.

Todos los niños habían escogido una virtud. Y cada uno explicó por qué la había escogido. La niña que hizo la bandera de perdón dijo que para ella era difícil perdonar y que quería aprender a practicar el perdón.

Nuevas aventuras

Antes de terminar la fiesta doña Beatriz dio a los niños material para que armen la torre de virtudes. Les dijo que la pongan en la pared junto a su cama, para que les ayude a recordar todos los días las virtudes.

Con sus banderas y sus torres de virtudes se despidieron alegres de la buena vecina, que la siguiente semana los estaría esperando con nuevas aventuras.

Para los niños, asistir al Club Tesoros era la alegría más grande. Nada se comparaba con aprender de Jesucristo y su gran amor por ellos.

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas están todos los materiales para esta historia.

 

Concluimos el ABC de Fragancia. Seguiremos con nuevas aventuras con nuestros amiguitos del Club Tesoros del Rey, el club de los niños buenos.

Josué y la lectura de la Ley

Toda la semana Sal y Pimienta habían hablado de Josué y los enemigos amorreos. Se estaba acabando el día y a los israelitas les faltaba tiempo para terminar la batalla. «Sol, ¡deténte», dijo Josué.

–¿Qué piensas, Sal –le preguntó Pimienta a su amigo–. Será que el sol obedeció?

–Josué fue valiente –respondió Sal–. Creo que tenía tanta fe en Dios que pidió más tiempo para la batalla.

El sábado, se apuraron para llegar primero al Club. No querían perderse ni una parte de la historia.

–Doña Beatriz, ¡cuéntenos cómo fue lo del sol! –pidió Pimienta–. ¿Obedeció el sol a Josué?

–Sí, el sol y la luna obedecieron a Josué –dijo la buena vecina–. La Biblia dice que Dios obedeció la orden de un ser humano. El sol se detuvo casi un día entero. La noche se convirtió en día, y después hubo otro día.

–¿No se habrán cansado los guerreros? –dijo Sal.

–Así como Dios hizo que el sol siguiera alumbrando toda la noche, creo que dio fuerza a los soldados –contestó doña Beatriz–. Pero Josué había caído en una trampa.

–¿Una trampa? –preguntó Pimienta–. ¿Qué trampa?

La trampa de los gabaonitas

Los gabaonitas, de la tribu de los heveos, decidieron engañar a Josué. No querían que les pase lo mismo que había pasado con la ciudad de Jericó y con Hai, otra ciudad que Josué conquistó. Algunos de ellos se pusieron ropas y sandalias viejas y gastadas, cargaron en sus bolsas pan seco y hecho pedazos, y pusieron vino en recipientes de cuero viejos y remendados.

Así le hicieron creer a Josué que eran de un país muy lejano.

Josué y el pueblo estaban acampados en Gilgal. Cuando llegaron los gabaonitas les dijeron que venían desde lejos y que querían hacer un trato con ellos para que los dejaran vivir en paz.

Josué les hizo preguntas; pero se olvidó de lo más importante. Él hizo un pacto con los gabaonitas y prometió dejarlos vivir en paz; ¡sin consultar a Dios! Josué y los líderes de los israelitas cayeron en la trampa. Hicieron un acuerdo, sin preguntar al Señor si esos hombres hablaban la verdad.

¡Ese fue un gran error!

Josué descubre el engaño

Pasaron tres días. Entonces los israelitas descubrieron que los gabaonitas eran sus vecinos. Pero no pudieron hacerles daño, porque habían prometido que los dejarían vivir en paz.

–¿Por qué nos engañaron? –les preguntó Josué–. Ahora serán nuestros esclavos. De ahora en adelante cortarán leña y acarrearán agua para el altar de Dios.

–Mentimos, porque teníamos miedo de perder la vida –respondieron–. Estamos en sus manos.

Así, los gabaonitas fueron siervos de los israelitas.

Josué defiende a Gabaón

Un día, cinco reyes amorreos rodearon la ciudad de Gabaón y la atacaron. Inmediatamente los gabaonitas enviaron a pedir a Josué que los ayudara. Por eso, Josué salió con todo su ejército para defenderlos.

Dios le dijo que vaya sin miedo, porque les daría la victoria. Toda la noche Josué y sus tropas marcharon hacia Gabaón, y atacaron por sorpresa a los amorreos.

Dios hizo caer sobre el enemigo grandes piedras de granizo. Fue entonces que Josué oró a Dios y declaró al sol que se detenga. ¡Y el sol se detuvo!

El sol se quedó quieto en medio del cielo; casi por un día entero no se ocultó. Nunca más ha habido un día tan largo como ése. ¡Dios peleaba por los israelitas!

Lectura de la Ley en el monte Ebal

El siervo de Dios Moisés le había dado instrucciones a Josué. Al llegar a la Tierra Prometida debía levantar en el monte Ebal un altar a Dios. Las piedras debían ser enteras; piedras que nadie haya cortado.

Josué levantó el altar y allí ofrecieron ofrendas al Señor su Dios. Después Josué grabó sobre esas piedras la Ley que Dios había dado por medio de Moisés.

¿Qué le había dicho Dios a Josué al comisionarlo para que sea el sucesor de Moisés?

«Nunca dejes de leer el libro de la Ley; estúdialo de día y de noche, y ponlo en práctica.»

Junto al altar en Ebal, Josué leyó en voz alta todo lo escrito en el libro de la Ley. Escuchaban la lectura hombres, mujeres y niños; también los extranjeros.

Josué fue un líder valiente y obediente. No solamente leía y estudiaba el libro de la Ley sino que lo ponía en práctica. Su vida era un perfume fragante que daba honra y gloria al Señor.

MIS PERLITAS

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Josué, un líder valiente

Había un aire de sorpresa cuando los niños llegaron al Club. Durante medio año habían estado armando la torre con las virtudes de fragancia.

–Sólo nos faltan 4 ladrillos para terminar el alfabeto –dijo Pepita–. Los ladrillos para V, X, Y y Z.

–La V es fácil –dijo Pimienta–. Podría ser victoria o vencedor; pero ¿qué pueden ser las
palabras de X, Y y Z?

–Les tengo una sorpresa –informó doña Beatriz mientras los niños conversaban–. Hoy vamos a poner el último ladrillo. ¿Cuántas virtudes hemos estudiado?

–¡El último ladrillo! –exclamaron los niños, emocionados, y empezaron a contar–. Un, dos, tres, cuatro…

–¡Veinte! –gritaron Pimienta y Samuel a una voz al terminar el conteo.

–Sí, veinte virtudes –confirmó doña Beatriz–. Y aquí tengo la última. No vamos a hacer nada
por las X, Y y Z.

–Tampoco hicimos la K y la Ñ –dijo Pepita–. Es una torre alta. ¿Vamos a poner victoria o vencedor?

–Ni victoria ni vencedor, sino “valiente”. ¿Quién quiere poner el último ladrillo? ¿Quién es valiente?

Sal, como el primer amigo que había venido al Club, se animó a hacerlo. Tuvo que pararse en una silla para alcanzar hasta arriba. Doña Beatriz le ayudó.

–¡Qué bonita está la torre! –exclamó Pepita–. ¡Cómo quisiera tener una torre para poner en mi casa!

–¡Yo también! –dijo Estrella. A ella le gusta hacer todo igual que Pepita.

Doña Beatriz prometió que en la siguiente reunión del Club harían sus propias torres. Pero ahora les tocaba escuchar la historia.

Dios escoge a un nuevo líder

Moisés, el gran líder de Israel que sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto y con quien cruzaron el mar Rojo, tenía un siervo que lo acompañaba en todo lo que hacía. Su nombre era Josué.

Después de que el pueblo estuvo vagando por el desierto 40 años, llegó el momento de entrar en la Tierra Prometida. Dios designó a Josué como el nuevo líder.

Moisés tenía 120 años cuando murió; pero era tan fuerte como en su juventud. Tenía tan buena vista que ni siquiera necesitaba lentes.

Antes de su muerte, Moisés se despidió del pueblo y bendijo a Josué. Él sabía que no sería fácil para Josué ser el nuevo líder y lo animó a que sea fuerte y valiente. «Dios, el Señor, irá contigo y te ayudará», le dijo.

¿Quién más lo animó? Dios mismo. Tres veces le dijo a Josué que sea fuerte y valiente.

Dios promete estar con Josué

Durante el tiempo que Josué fue siervo de Moisés lo vio escribir las leyes que Dios le dictaba. Esas leyes se conocen como el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia. Dios le dijo a Josué que no deje de leer el libro de la ley, que lo estudie todos los días, y que siempre lo ponga en práctica.

«Así tendrás éxito en todo lo que hagas», le dijo Dios, y prometió que lo ayudaría, así como ayudó a Moisés.

Como hemos visto, Dios le repitió tres veces que sea fuerte y valiente, porque él guiaría al pueblo de Israel para que reciba la tierra que Dios les había prometido.

«No desobedezcas ni una de las leyes –dijo Dios–, y te irá bien. No tengas miedo, porque estaré contigo.»

Entrada en la Tierra Prometida

Pasaron cosas emocionantes. Cuando el pueblo de Israel llegó al río Jordán, por donde debían pasar para llegar a la Tierra Prometida, era el tiempo de la cosecha y el río se desbordaba. Dios hizo detener las aguas y los millones de israelitas pasaron al otro lado del río por tierra seca.

Para conquistar la ciudad de Jericó, que tenía grandes muros que la protegían, el pueblo marchó alrededor siete días. El séptimo día marcharon siete veces. La gente marchaba en silencio y los sacerdotes tocaban trompetas. La séptima vez todos gritaron y los muros se derrumbaron. El pueblo entró y tomó la ciudad.

A Josué y su ejército les tocó conquistar ciudad tras ciudad. Josué siempre pedía a Dios que lo ayudara.
Una vez, cuando les atacaron los enemigos amorreos, Josué necesitaba más tiempo para terminar la batalla.

«Sol, ¡deténte», dijo Josué. ¿Será que el sol obedeció?

En Josué 10:1-15 está la respuesta.

MIS PERLITAS

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Josué se despide

El abuelo Eleazar había visto todas las hazañas de sus líderes Moisés y Josué. Nunca olvidaría el día en que emprendieron la salida de Egipto. El recuerdo más impresionante era del mar que se abrió, cuando caminaron por el fondo del mar en tierra seca.

–Esa vez me saqué la suerte –dijo el abuelo–. Conocí a la niña más hermosa del mundo.

–Eleazar –le exhortó la abuela–. Eso no fue “suerte” sino la bendición de Dios.

–Nosotros tenemos la suerte de que ustedes son nuestros abuelos –dijo Eliab.

–Es bendición –le exhortó la abuela–. Nunca olviden eso. No creemos en la suerte sino en la bendición de Dios.

–¡Bendición! ¡Bendición! –cantó Elizabet–. Ella siempre ponía melodía a las palabras, porque le gustaba mucho cantar.

–Todo ha sido emocionante. Cruzar el mar en seco; recoger maná todos los días; ver cuando Moisés golpeó la roca y brotó agua; la serpiente de bronce que Moisés levantó cuando hubo una plaga de serpientes venenosas.

–Lo que no fue nada lindo es el castigo que recibimos por la falta de fe de los espías –dijo la abuela–. El abuelo y yo nos sentimos muy desilusionados. Porque ellos no creyeron que conquistaríamos la Tierra Prometida pasamos cuarenta años en el desierto.

–Quizá lo más emocionante fue cruzar el río Jordán –dijo el abuelo–. Porque entonces estuvimos en la tierra que Dios nos había prometido.

–Ahora tenemos una casa –dijo Eliab–. Me gusta que ya no vivimos en carpas. ¡Se acabó la vida del desierto!

Siguió la conversación. Eleazar y Raquel recordaban todas las maravillas que habían visto en el largo viaje por el desierto. Ahora sus nietos disfrutarían de la tierra que Dios les había dado.

La despedida

Así como Moisés antes de él, Josué también fue un buen líder, que enseñó al pueblo a seguir los caminos de Dios. Había pasado el tiempo y Josué ya era anciano.

Antes de morir, reunió a todo el pueblo de Israel en Siquem, al pie del monte Ebal. Vinieron todas las tribus con los líderes, los jueces y los oficiales. ¡Y allí estaba Eleazar con toda su familia!

¿Para qué los reunió Josué? Para hacerles recordar todas las maravillas que Dios había hecho con ellos. Paso por paso fueron recordando lo que Dios había hecho por su pueblo.

Como un anciano padre hablaría a sus hijos y nietos, así Josué habló al pueblo.

–Hijitos, no se olviden de las maravillas que Dios ha hecho. Ustedes han recibido una tierra hermosa. Viven en ciudades que no han edificado, y comen de viñas y olivares que no han plantado.

»Les digo lo mismo que Dios me dijo a mí. Esfuércense en cumplir todo lo que dice el libro de la ley de Moisés; cúmplanlo al pie de la letra. No adoren a otros dioses. Sirvan de todo corazón al Señor.

Una piedra de testigo

Luego de hacer recordar al pueblo todas estas cosas, Josué las registró en el libro de la Ley de Dios. Después levantó una enorme piedra y la colocó bajo un árbol que estaba junto al santuario del Señor.

–Esta piedra es testigo de todo lo que el Señor ha dicho, para que ustedes no mientan –dijo Josué.

¿Qué habían prometido ellos?

  • Sólo al Señor serviremos.
  • Sólo al Señor obedeceremos.

Sirve hoy al Señor

Tú y tus amigos son los futuros líderes. Dios tiene maravillosos planes para ti. Pero no tienes que esperar hasta «mañana» para servir al Señor. Hoy mismo puedes ser un siervo de Dios obediente. ¿Esa promesa que oyó la piedra? Haz tú también esa promesa a Dios:

«Sólo al Señor mi Dios serviré, y sólo a él obedeceré.»

MIS PERLITAS

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Aquí termina la historia de Eleazar y Raquel,

y de Eliab y Elizabet.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caleb conquista su monte

A los niños les encantaba escuchar al abuelo contar acerca de su vida en el desierto. Ellos sabían que había pasado cuarenta años criando ovejas. Los israelitas eran pastores de ovejas. Cuando salió de Egipto encontró a un corderito que fue su mascota, su Campeón. Ahora el abuelo tenía todo un rebaño de ovejas.

Una tarde el abuelo decidió contarles acerca de uno de sus grande héroes. Cuando Moisés mandó espías para explorar a Canaán, la Tierra Prometida, este héroe volvió con un informe positivo. Lo que más llamó la atención de Eleazar fue el racimo de uvas que trajeron entre dos, colgado de una vara. Nunca había visto uvas, ni mucho menos uvas tan grandes.

El héroe de Eleazar

–¿Quién es tu héroe, abuelo? –preguntó Eliab.

–Mi héroe es Caleb –dijo el abuelo–. Él y su amigo Josué animaron al pueblo a ser valientes para ir a conquistar la . Pero la gente no quiso escucharles. Toda la noche gritaron y lloraron.

–Algunos querían escoger un nuevo líder y volver a Egipto –dijo la abuela.

–¿Dónde está Caleb ahora? –preguntó Elizabet.

–¿Qué monte? –preguntó Eliab, muy interesado.

–Caleb se enamoró de un monte cuando fue a explorar la tierra. Al volver, le pidió a Moisés que cuando llegáramos a Canaán le diera ese monte para conquistar.

–¿No estará muy viejo para que vaya a conquistar un monte? –dijo la abuela, pensativa.

–Mi héroe dice que está tan joven hoy como cuando fue a explorar la tierra de Canaán hace cuarenta años. He escuchado que le va a pedir a Josué que lo deje ir a conquistar Hebrón. Así se llama el monte.

–Pero allí hay gigantes –dijo la abuela.

–¡Por algo es mi héroe! –exclamó el abuelo–. Caleb sabe que Dios le va a dar la victoria, aunque haya gigantes. ¡Cómo quisiera ir con Caleb a la conquista!

Así conversaban los niños y sus abuelos…

Caleb soñaba despierto

¿Has soñado alguna vez? Sí, sí, claro. Ya sé que cuando duermes tienes sueños. También yo. Pero ahora me refiero a otra clase de sueños. Cuando uno está despierto y sueña.

Tal vez has soñado viajar a la luna cuando seas grande. Algunas niñas sueñan con tener una muñeca de rizos dorados, que camina y habla. Muchos varoncitos sueñan con ser pilotos y volar por las nubes. Casi todos sueñan con algún día casarse y formar una familia.

¿Sabes qué? Caleb soñaba despierto. Como les contó el abuelo a sus nietos, cuando Caleb fue a reconocer la Tierra Prometida se «enamoró» de un monte, un monte donde vivían gigantes, que sería muy difícil conquistar.

Caleb era valiente. Le gustaba hacer las cosas difíciles. Año tras año… más de cuarenta años, soñaba con el monte que iba a conquistar. ¿Crees que cada mañana se despertaba temprano para hacer ejercicios? Tenía que fortalecer sus músculos para poder conquistar el monte.

La frente de Caleb se fue arrugando; sus cabellos se volvieron blancos. Ya no era joven. Pronto cumpliría 85 años. Te imaginas a Caleb como un anciano, medio doblado, con barba blanca y un bastón. No, no fue así.

Lee Josué 14:11,12 y verás.

Los ejercicios le habían hecho bien. El viejito Caleb estaba tan fuerte como cuando era joven. ¿Qué te parece? ¡Fantástico! ¡Estupendo!

Caleb le pidió a Josué permiso para conquistar el monte. Ese monte que había sido su «sueño» por largos años.

Josué le dio el monte, y Caleb se fue a conquistarlo. ¡Caleb arrojó del monte a los gigantes!

Dios le había dado el deseo de conquistar el monte de Hebrón. Todos los días soñó con hacerlo. ¡Y su sueño se cumplió!

¿Con qué sueñas tú? No hay cosa mejor que «soñar» con llegar a ser lo que Dios quiere que seas. Sé fiel al Señor en todo lo que hagas y, así como Caleb, ¡serás un conquistador!

MIS PERLITAS

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Josué lee la Ley en el monte Ebal

Por medio de Moisés Dios dio la ley al pueblo. Pero no había libros como los nuestros. Para que el pueblo de Dios no olvide las ordenanzas del Señor, Moisés mandó que al entrar en la Tierra Prometida se escribiera la Ley sobre piedras. Josué debía escribir claramante todas las palabras de la Ley.

Después de lo que pasó con Acán, que fue castigado con toda su familia, los israelitas comprendieron que era muy importante obedecer todo lo que Dios les mandaba.

Moisés escribió en rollos de cuero los mandatos de Dios. Para Josué y los israelitas era importante que hicieran estas tres cosas:

Hablar siempre del Libro de la Ley.
Pensar siempre en el Libro de la Ley.
Cumplir lo escrito en el Libro de la Ley.

 

Un altar en el monte Ebal

En la familia de Eliab y Elizabet hablaban de lo que Moisés había mandado al pueblo antes de morir. Al entrar en la Tierra Prometida debían edificar un altar a Dios.

–Tiene que ser un altar muy especial –dijo el abuelo Eleazar, que recordaba lo que Dios había hablado por medio de Moisés–. Es importante que sean piedras grandes y lisas para que se pueda escribir claramente en las piedras.

–Abuelo, ¿cómo va a encontrar nuestro líder Josué esas piedras? –preguntó Eliab.

–¿Por qué no le ayudamos a buscarlas? –dijo Elizabet.

Y eso es lo que hicieron, ellos y sus amigos. Salieron a buscar piedras y avisaron a Josué y sus guerreros cuando encontraban alguna buena piedra. Las piedras eran tan grandes que los niños no podían levantarlas. Josué mandaba a hombres fuertes que las llevaban para armar el altar.

Josué debía levantar el altar en el monte Ebal. Ese era el lugar donde Abraham, 600 años antes, había edificado un altar a Dios. Esto era emocionante para Eliab y Elizabet, especialmente porque el papá había dicho que ellos podían ir al monte Ebal. Toda la familia iría.

Josué había mandado mensajeros a decir que todo el pueblo se reuniera en el monte Ebal. Él hizo traer las piedras más grandes y bonitas para edificar el altar a Dios. Sobre las piedras Josué mandó escribir la Ley. El papá de nuestros amiguitos ayudó a escribir en las piedras. Lo hacían con sumo cuidado para que todas las palabras estuvieran bien escritas. Era importante que no hubiera errores ortográficos.

Josué no omitió ninguna palabra de toda la ley que Moisés había recibido de Dios. Luego, en el altar, los sacerdotes ofrecieron sacrificio a Dios. Después Josué mandó decir que se reunieran todos para escuchar la lectura de la Ley.

La lectura de la Ley

–¿Crees que nos vamos a aburrir? –le preguntó Elizabet a Eliab–. Era bonito ir a buscar piedras. Pero no sé si podré estar hora tras hora escuchando la lectura de la Ley.

–Tenemos que hacerlo –respondió Eliab–. Para no aburrirnos podemos escribir en la arena.

Pero Elizabet no sabía escribir. Sólo los varones iban a la escuela. Las niñas se quedaban en casa con la mamá.

–Eliab, tú sabes que no sé escribir –se quejó Elizabet–. ¿Por qué siempre lo mejor es para los varones? Yo también quiero aprender a escribir.

Aunque eran mellizos, Eliab siempre tenía más privilegios.

Pero algo que Elizabet sabía hacer, y mucho mejor que Eliab, era dibujar. Así que mientras Josué y los jefes de las tribus leían la Ley, Elizabet dibujaba en la arena.

Todo… todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, Josué hizo leer delante del pueblo. Allí estaban los ancianos, los oficiales, los jueces, los sacerdotes, los hombres, las mujeres, los niños, y los extranjeros que vivían con ellos.

Horas y horas estuvieron de pie en el sol, escuchando la lectura de la Ley de Dios. Entre toda la multitud había una niña sentada en la arena, dibujando. Esa era la forma en que Elizabet escuchaba mejor y aprendía. Así, cuando su papá le hiciera preguntas, ella las podría contestar.

¿Crees que se cansaron? Tal vez, sí. Pero para Josué era muy importante repasar con el pueblo todo lo que Dios había ordenado. No dejó de leer ni una sola palabra de la Ley.

¡Qué felices somos! ¡Tenemos la Biblia para leerla todos los días! Eliab, Elizabet y los israelitas tenían que subir al monte Ebal para leer la Ley de Dios en las piedras del altar.

MIS PERLITAS

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Acán y el castigo por la codicia

Eliab y Elizabet no dejaban de hablar de la gran victoria que Israel había ganado en Jericó.

Eliab se sentía orgulloso de haber marchado alrededor de la ciudad los siete días. Elizabet hubiera querido marchar pero su papá le había dicho que no era algo para niñas.

Es injusto, pensaba nuestra amiguita. Yo soy tan fuerte como Eliab. ¡La abuela y yo hubiéramos podido marchar!

Una gran derrota

Pronto hubo otro tema de conversación. El líder Josué estaba triste y preocupado. En Hai, la próxima ciudad que les tocaba tomar, sus soldados fueron derrotados. Murieron treinta y seis de sus guerreros.

Josué se arrodilló para orar. Preguntó a Dios por qué habían sido derrotados.

–¡Levántate! –le dijo Dios–. El pueblo ha pecado. No puedo darles victoria cuando no me obedecen. ¡Levántate y purifica al pueblo!

Acán desobedece la orden de Dios

Cuando fueron a conquistar la ciudad de Jericó, Dios dio una orden específica a los soldados. Debían destruir todo lo que había allí. Sólo guardarían el oro, la plata y los utensilios de bronce y de hierro para el servicio del Señor.

Uno de los soldados se llamaba Acán. Como todos los demás, nunca había tenido ropa nueva. Nació y creció en el desierto. Tenía que usar ropa que había quedado chica para sus hermanos; luego alguna ropa de un tío o un abuelo.

Mientras avanzaba por la ciudad de Jericó destruida, Acán vio algo que le gustó mucho. ¡Un lindo manto de colores! Cuando vio ese manto, lo codició. ¡Qué lindo sería tener esa ropa nueva! Nunca había tenido algo tan hermoso.

Miró a la derecha y miró a la izquierda; no había nadie que lo viera. Rápidamente escondió el manto entre su ropa.

Más adelante encontró doscientas monedas de plata y una barra de oro; también las codició y guardó para sí. Acán se olvidó de todas las advertencias de Josué.

Se olvidó de los mandamientos de Dios: «No robarás… no codiciarás…»

«Tesoros» escondidos

Acán corrió para esconder sus «tesoros». Se apuró a cavar un hoyo en medio de su carpa. Allí, en la tierra, escondió el manto, la barra de oro y las monedas de plata.

¿Cómo crees que estaba su corazón? Tranquilo, como un día de sol, sin viento. ¡No! Debe haberle palpitado. ¡Pum, pum!

Alguien susurraba una mentira en el oído de Acán. «No tengas miedo; nadie te ha visto. ¡Ahora eres rico! Tienes oro y plata, y un lindo manto.»

¿Quién le diría esa mentira? Sí, el diablo. La Biblia dice que él es padre de mentiras

Acán estaba seguro de que nadie lo había visto; se había cuidado de que nadie lo viera. Quizá sus compañeros no lo habían visto, pero sí el Padre celestial. Él todo lo ve… ¡siempre!

Castigo por la codicia

–Hay pecado en el campamento –le dijo Dios a Josué–. Ustedes me han desobedecido. Han robado y han mentido.

¿Qué haría Josué? Tenía que descubrir al culpable.

Al día siguiente, Dios le mostró en qué tribu se había cometido el pecado; en la de Judá. Luego le mostró la familia de Zera. De la familia de Zera, Dios le mostró a Acán.

¿Cómo crees que Acán se sintió en ese momento? ¿Cómo te sientes cuando te descubren algo malo que has hecho?

Dios quería enseñar a sus hijos una lección muy importan-te. Ellos tenían que ser obedientes en todo para ganar victorias. El Señor no podía permitir la desobediencia. Por eso Acán fue castigado severamente; él, su familia y su ganado.

Lee acerca del castigo en Josué 7:24-26.

Eliab y Elizabet miraron con asombro lo que pasó con Acán y su familia. Los hijos de Acán eran sus amigos. Por culpa del papá, por su codicia, todos sufrieron el castigo.

–Ojalá papá no haga algo malo como Acán –le dijo Eliab a su hermana–. Entonces nosotros también seríamos castigados.

Hoy no tenemos que morir por nuestra desobediencia. Cristo pagó el castigo por nuestros pecados. Jesús murió en tu lugar. Murió, ¡pero resucitó! Jesús es tu Salvador. Te perdona, si se lo pides. Jesús te ayuda a ser obediente, y a no codiciar.

MIS PERLITAS

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