La tenacidad de Job

–Hoy vamos a hablar de tenacidad –dijo doña Beatriz–. ¿Quién sabe qué es la tenacidad? ¿Cómo es una persona tenaz?

Pimienta inmediatamente corrió al estante donde había un diccionario. Con un poco de esfuerzo encontró la palabra, porque no sabía si se escribe con ese o con zeta.

–Tenaz es resistente, que se prende con fuerza –leyó Pimienta–, y que es difícil de quitar o separar.

Sal se acercó a Pimienta para mirar con él. Entonces su amigo le pasó el diccionario.

–Tenaz es firme y perseverante en un propósito –leyó Sal.

–Esto describe bien a una persona tenaz –dijo doña Beatriz y miró de uno en uno a los niños–. Vamos a hablar hoy acerca de un hombre tenaz, que era firme y persistente. Por nada quería separarse de Dios.

Sal cerró el diccionario y Pimienta lo devolvió al estante. Luego se sentó otra vez con su amigo Sal. Todos miraron atentos a la buena vecina, para saber quién era el hombre tenaz.

El siervo de Dios Job

En un país llamado Uz había un buen hombre que servía a Dios de todo corazón. Era el hombre más rico de ese país.

No había ganado su riqueza con engaño, sino que era honrado y obediente a Dios. En todo evitaba hacer lo malo. Se llamaba Job.

Job tenía una linda familia. Él y su esposa tenían siete hijos y tres hijas, y muchos criados.

¿Cuáles eran sus riquezas?

Job tenía 7.000 ovejas, 500 yuntas de bueyes, 500 asnas y 3.000 camellos.

Los hijos varones de Job organizaban banquetes en sus casas, a los que invitaban a sus tres hermanas. Se turnaban en hacer esas fiestas. Job los llamaba para presentar sacrificio a Dios, por si acaso hubieran cometido algún pecado.

Además, cada mañana, Job se levantaba temprano y ofrecía a Dios una ofrenda por cada uno de sus hijos. Para Job era importante pedir que Dios perdonara todo pecado de ellos.

El ángel acusador

Hace mucho tiempo había un hermoso ángel en el cielo. El ángel se puso orgulloso y se rebeló contra Dios. Cayó de su puesto de honor y es ahora el ángel acusador, el diablo.

Un día, en que los ángeles se presentaron ante Dios, el diablo también se presentó allí. Había estado recorriendo la tierra.

–¿Qué piensas de mi siervo Job? –le preguntó Dios–. Habrás visto que no hay nadie en toda la tierra tan intachable como él.

–¡Job te obedece por puro interés! –respondió el diablo–. Tú bendices todo lo que hace. Quítale sus riquezas y te maldecirá.

Job pierde todo en un solo día

Dios le dio permiso al acusador para que haga lo que quiera con todos los bienes de Job; pero que no lo toque a él.

Un día, cuando los hijos de Job estaban de fiesta en la casa del hermano mayor, llegó un mensajero a decirle a Job:

–Estábamos arando con los bueyes, y los asnos pastaban. ¡Unos bandidos nos atacaron y se robaron los animales! También mataron a los criados. ¡Sólo yo pude escapar!

Mientras hablaba ese hombre, llegó otro mensajero con la noticia de que un rayo acababa de matar a las ovejas y a los pastores. No terminaba de hablar, cuando llegó otro y dijo:

–¡Nos atacaron tres grupos de bandidos! Mataron a los criados y se llevaron los camellos. ¡Sólo yo escapé!

Al momento, llegó un cuarto mensajero. Le contó a Job que todos sus hijos habían muerto, cuando estaban de banquete en casa del hermano mayor. De repente, sopló un viento fuerte del desierto y derribó la casa. ¡Todos murieron aplastados!

A pesar de todo esto, Job no pecó ni le echó la culpa a Dios. En vez de maldecir todo lo malo que le había pasado, rompió su ropa en señal de dolor y se rasuró la cabeza. Luego se inclinó hasta el suelo y adoró a Dios.

Job supera las pruebas

El ángel acusador no se contentó con esos males; quería que Job maldijera a Dios. Obtuvo permiso para herir a Job; pero no quitarle la vida. Lo llenó con llagas en todo el cuerpo. Tanto era el sufrimiento de Job, que se pasaba el día sentado sobre un montón de ceniza, rascándose con un pedazo de teja.

Su esposa, que también sufría por la pérdida de sus hijos, le preguntó por qué insistía en que era inocente.

–¡Maldice a Dios y muérete! –le dijo.

Job era tenaz. Firme y perseverante se aferró de su Dios. Cuando tres de sus amigos lo acusaron de haber pecado, Job defendió su inocencia. Ni él ni sus amigos sabían que Dios permitió esto para mostrar a Satanás que Job era un siervo fiel.

Job no perdió su fe. Tenía la seguridad que debemos tener en todo lo que nos pase, y dijo: «Yo sé que mi Redentor vive».

Después de un tiempo, Dios nuevamente bendijo a Job, ¡y mucho más que antes! Le quitó su aflicción, le dio el doble de sus riquezas: 14.000 ovejas, 1.000 yuntas de bueyes, 1.000 asnas y 6.000 camellos.

Le nacieron otros diez hijos. Sus tres hijas eran las más hermosas del país. Él vivió 140 años más y gozó de sus nietos y bisnietos, hasta la cuarta generación.

MIS PERLITAS

En MisPerlitas están todos los componentes para esta historia.