El día más feliz de María

En la pizarra del Club doña Beatriz había escrito con letras grandes y de colores la palabra REGOCIJO. Era la virtud del ABC de Fragancia que les tocaba ese día. Regocijo es alegría, felicidad, placer, festejo.

–¿Cuál ha sido el día más feliz de tu vida? –preguntó la buena vecina a los niños.

–¡El día que usted me regaló mis zapatos! –gritó Pimienta lleno de emoción y levantó los pies para mostrar a todos sus nuevos zapatos, que él había lustrado con mucho esmero antes de venir al Club.

–¡Fue el día que recibí mi Biblia! –dijo Pepita.

–Para mí fue el día que conocí a Sal –dijo Samuel–. Cuando mis padres murieron vine a vivir con mis tíos. Estaba triste y no tenía amigos. Sal me trajo al Club y ahora todos ustedes son mis amigos.

Uno por uno los niños fueron diciendo lo que les había hecho más feliz. Estrella, la niña con síndrome de Down, que siempre sonríe y abraza a todos, dijo que para ella todos los días son felices.

Doña Beatriz dijo que el día más feliz fue cuando conoció a Jesucristo y le entregó su vida. Para ella los sábados, cuando se reúne el Club, son días muy felices porque le encanta estar con los niños y enseñarles acerca del amor de Dios.

–Vamos a hablar del día más feliz de María –dijo doña Beatriz.

–¿De María la mamá de Jesús? –preguntó Pimienta.

–¿María la hermana de Marta y Lázaro? –preguntó Sal.

–No, otra María –dijo doña Beatriz–. Hay muchas Marías en la Biblia. Pimienta, a ti que te gusta investigar, ¿por qué no haces una lista de las Marías que hay en el Biblia?

Eso animó a Pimienta. El primo de Sal tiene computadora; voy a pedirle que me ayude, pensó nuestro amiguito.

Doña Beatriz les contó acerca de María Magdalena.

María Magdalena y Jesús

María Magdalena llevaba una vida muy triste. Ella vivía atormentada por demonios. Siete demonios controlaban su vida. Cada día era un horrible tormento. Un día conoció a Jesús. Jesús tiene autoridad sobre los demonios y Él les ordenó que salieran de ella. ¡Qué maravilloso día para María!

Desde ese día ella siguió a Jesús. Junto con Susana y Juana, y otras mujeres, apoyó su ministerio. Estas mujeres se encargaban de cosas como buscar lugares de hospedaje, cubrir los gastos de viaje, preparar la comida, y lavar la ropa.

Era importante que Jesús y sus discípulos no tuvieran que preocuparse de esas cosas, para que atendieran a todas las personas que venían para estar con Jesús. Él les enseñaba acerca de Dios, sanaba a los enfermos, y echaba fuera demonios, como había hecho con María Magdalena.

El día que María conoció a Jesús fue el más feliz de su vida. Pero no se imaginó la gran tristeza que agobiaría su corazón.

La muerte del Maestro

–Tengo que ir a Jerusalén –dijo Jesús a sus discípulos–. Allí me espera la muerte; pero al tercer día voy a volver a la vida.

María no quería pensar en algo tan horrible como la muerte de su Maestro. Pero nadie pudo impedirlo, porque ese era el plan de Dios para que Jesús sea el Salvador del mundo.

Fue así que, un día, María y las otras mujeres seguidoras de Jesús estuvieron junto a la cruz llorando desconsoladas. ¡Los enemigos de Jesús lo habían crucificado, aunque era inocente!

Al morir Jesús, José de Arimatea y Nicodemo, dos discípulos que lo habían seguido en secreto, bajaron el cuerpo de la cruz y lo sepultaron. María vio la tumba donde lo pusieron.

Era la Pascua. María pasó muy triste esa celebración. No sólo ella, sino todos los que amaban a Jesús, porque su Maestro había muerto. Tan pronto terminara la fiesta, María iba a ir al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús con perfumes.

La felicidad más grande

Muy temprano el domingo, el día después de la fiesta de la Pascua, María y otras mujeres fueron al sepulcro. «¿Quién quitará la piedra de la entrada?» se preguntaban preocupadas.

Al llegar al sepulcro se llevaron una gran sorpresa. ¡La piedra estaba removida y el cuerpo de Jesús había desaparecido! ¿Quién se habrá llevado a mi Maestro? pensaba María.

Dos ángeles les hablaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? Jesús no está aquí, ¡ha resucitado!»

María no comprendía lo que dijo el ángel. Se quedó junto al sepulcro, llorando. Jesús no sólo había muerto, sino que había desaparecido. Pero vino Jesús, aunque ella no lo reconoció.

Cuando Jesús le dijo «¡María!», su corazón saltó de alegría. ¡Su Maestro estaba vivo! Muy feliz se arrodilló y lo adoró.

Fue un día feliz cuando Jesús salvó a María Magdalena del tormento de los demonios; pero este día fue aún más feliz. María corrió a dar la noticia: «¡He visto al Señor! ¡Jesús vive!»

La dicha más grande es conocer a Jesús. Así como María Magdalena, ¡regocíjate porque Jesús vive y te ama!

MIS PERLITAS

En MIS PERLITAS encuentra todo lo que acompaña a esta historia.

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