El cruce del mar

Era hora de cruzar el mar. Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara en alto. La gente lo seguía. Al principio, con pasos dudosos; pero a medida que iban avanzando todos se sentían más seguros.

De pronto se escuchó un ruido ensordecedor. Eran los soldados del ejército del faraón que gritaban. Se habían dado cuenta de lo que estaba por suceder. ¡Se les escapaban los israelitas por en medio del mar!

«¡Vamos al ataque! –era el grito de guerra–. ¡No los dejaremos escapar!»

Los israelitas se asustaron. Pensaron que ya no había salvación. ¿Cómo escaparían de ese gran ejército?
Los egipcios se preparaban para el ataque. Todos se ponían en orden. La gente de pie y la gente de a caballo. Cada uno listo para la lucha.

El pueblo de Israel que estaba más cerca de ellos podía escuchar con claridad lo que estaba pasando. ¿Cómo salvarían sus vidas?

Los muros de agua

En su afán de escapar, la gente atropellaba a los que iban delante. Unos a otros se presionaban para avanzar. Aunque no querían hacerlo, todos tuvieron que cruzar el mar. La gran multitud avanzaba entre los muros de agua.

Las vacas mugían, las ovejas balaban. Algunos niños lloraban, otros gritaban de alegría y emoción. Los vaqueros y los pastores daban sus órdenes a voz en cuello.

¡Qué caravana original! Nunca se había visto algo semejante. Eleazar contemplaba todo con mucho interés. Pronto le llegaría a él su turno. Sus padres juntaban las cosas. No tenían mucho equipaje, así que lo hicieron rápidamente. Unas cuantas ovejitas también les pertenecían.

De repente Eleazar se dio vuelta. Había escuchado algo… ¿Qué oyó? Parecía como si alguien estuviera llorando. Sí, ¡eso era! Eleazar escuchó otra vez el gemido.

Una niña perdida

Los quejidos venían desde unos arbustos al otro lado de la colina. Eleazar corrió hacia allí. Encontró una niña que lloraba desconsoladamente.

Parecía ser un poco menor que Eleazar. Tanto lloraba que todo el cuerpo le temblaba. Las lágrimas corrían por sus mejillas y formaban surcos en la arena. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

–¿Por qué lloras? –preguntó Eleazar a la niña, y se arrodilló a su lado.

Pasó un buen rato antes de que recibiera respuesta. La niña no podía dejar de llorar.

–Yo… yo… yo… estoy sola. ¡Tengo miedo!

–¿Dónde están tus padres?

–No tengo mamá. Y papá se perdió.

Volvieron a caerle las lágrimas. Unos minutos más y dijo:

–Nuestro asno se escapó y papá fue a buscarlo. Hace mucho que no vuelve.

–¿Por dónde se fue? –preguntó Eleazar.

–Creo que fue hacia el mar. Tengo miedo que no vuelva. ¿Qué tal si no me encuentra?

Otra vez empezó a llorar.

Eleazar miró hacia la playa. La gente se apuraba a cruzar hacia la otra orilla. Sería imposible para el papá de la niña volver hacia el lugar donde se había quedado su hija.

Eleazar no se lo dijo. Mas bien le preguntó:

–¿Cómo te llamas?

–Me llamo Raquel. ¿Y tú?

–Eleazar.

–Ven, te ayudaré a encontrar a tu papá.

Raquel secó sus lágrimas y acompañó al amable muchacho. Salieron por el lado de la colina.
Eleazar se quedó como paralizado. Vio a la multitud que avanzaba rápidamente.

Una ola de miedo lo invadió. ¡Sus padres también habían desaparecido!

No pierdas el próximo capítulo: EN EL FONDO DEL MAR.

 

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Un camino en el mar

Eleazar no podía dormir. Estaba mirando la nube de fuego. Y sentía el frío del viento.

–Mamá, ¿por qué hay tanto viento? –preguntó nuestro amiguito.

–No te lo puedo decir –le respondió su madre–. Creo que nuestro Dios va a hacer algo grande. Moisés ha hablado y ha dicho que no tengamos miedo. El Señor va a pelear por nosotros.

Eleazar se acomodó en los brazos de su madre. Era un lugar seguro y caliente. Necesitaba abrigarse porque el frío de la tormenta le penetraba hasta los huesos. Pronto se quedó dormido otra vez. En las alas del sueño se fue lejos… lejos… lejos.

En el campamento de los israelitas el viento siguió soplando toda la noche.

Eleazar había dormido varias horas cuando volvió a despertarse. Todo el campamento estaba de pie. La gente se movía de un lado para otro. Los niños corrían y saltaban. Todos miraban hacia el mar.

«¿Dónde está el mar?»

Tan pronto se sacudió el sueño y la frazada, Eleazar se levantó. ¿Qué había pasado? De dos tres saltos estaba de pie sobre la colina más cercana.

–¿Dónde se ha ido el mar? –preguntó espantado.

Ayer Eleazar había admirado las inmensas olas. Ahora todo era tierra seca.

–Mamá, ¿trasladaron el campamento mientras yo dormía? –preguntó asustado–. No estamos en el mismo lugar.

Eleazar se acordaba muy bien de las rocas que había cerca de la colina. Él las había admirado porque parecían niños saltarines. Ah, ¡allá estaba su papá! Pegó un salto y corrió hacia él.

–¡Papito, se ha ido el mar! ¿Qué es lo que ha pasado?

–El mar se ha dividido, hijo. Mira hacia la derecha y mira hacia la izquierda. Las aguas se han colocado como dos grandes muros.

Eleazar no lo podía creer. En su cabecita de niño empezaron a dar vueltas preguntas y más preguntas.

–¿Cómo es posible? ¿Quién lo ha hecho? ¿Cómo las aguas pueden estar paradas?

Nadie podía darle respuestas. Sólo se escuchaba la voz fuerte de Moisés a través de la tormenta. Pero el viento se llevaba las palabras.

Después de un buen rato recibieron el mensaje. Lo pasaban de hombre a hombre.

«Crucemos el mar»

Moisés daba órdenes de marcha. Todos tenían que cruzar el mar. Debían caminar por el camino que se había abierto en las aguas.

¡Qué alboroto hubo en ese momento! La gente no sabía si se iba a animar a caminar por el fondo del mar. ¿Si de repente el agua se les venía encima? Todos se ahogarían…

Eleazar escuchaba todo lo que la gente decía.

–Moisés se ha vuelto loco –murmuraba un hombre–. ¡Qué locura meterse a caminar por el mar!

–Si no nos ahogamos, vamos a quedar atrapados en la arena. Nos vamos a hundir en el lodo.

–Nunca he escuchado una orden tan absurda. Mejor sería volver a Egipto.

–Todos nos vamos a morir.

El papá de Eleazar no se pudo quedar callado y dijo:

–¿No comprenden que es Dios el que ha separado las aguas? ¿Creen que un hombre podría hacer algo semejante? ¡No! Es un milagro. Dios quiere librarnos del faraón.

Eleazar miraba con admiración a su padre. ¡Qué valiente era! Seguro que todo va a salir bien –pensó el muchacho–. Si Papá lo ha dicho no voy a desconfiar. ¡Voy a cruzar el mar!

¡Qué gran movimiento había esa mañana! Hombres y mujeres; niños, jóvenes y ancianos; vacas y ovejas… todos se alistaban para cruzar el mar.

Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara bien en alto; a su lado iba Aarón… ¡todos listos para marchar!

El próximo capítulo: El cruce del mar

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La nube protectora

El papá de Eleazar estaba decidido a luchar hasta la última gota para defender su libertad. No quería que su hijo sea esclavo.

–¡Voy a luchar para que mi hijo sea un hombre libre! –dijo con voz decidida.

La mamá de Eleazar apretó fuertemente la mano de su esposo. Ella se sentía orgullosa de haberse casado con un hombre tan valiente. Juntos iban a luchar contra el faraón.

¡Qué lindo hubiera sido para Eleazar escuchar lo que dijo su papá! Pero él dormía tranquilo, soñando con las aventuras que vendrían.

A algunos les gustó lo que dijo Simón, el papá de Eleazar. A otros, no, y se enojaron con él.

–¡Tratemos de escapar! –decían.

–Pero, ¿a dónde podemos ir?

–Prefiero ahogarme en el mar y no caer en manos del ejército del faraón –dijo un anciano.

«¡No tengan miedo!», dijo Moisés

–To… –comenzó a decir otro, pero fue interrumpido por la fuerte voz de Moisés: «¡No tengan miedo! Dios nos va a ayudar. Tenemos que confiar en Él. Nunca más volveremos a ver a los egipcios. Dios me lo ha dicho.»

Moisés se veía grande y fuerte, parado sobre la colina. Todos podían verlo. Parecía una estatua con la vara estirada hacia el mar. La gente apenas se atrevía a respirar.

Eleazar se despertó de golpe. Una luz fuerte le hacía arder los ojos. Se sentó sobre su frazada y empezó a hacerse sombra con la mano.

Una gran luz brillante

La luz que vio Eleazar era tan brillante que parecía como si fueran las doce del día. Miró hacia el gran campamento israelita. Por todos lados había grupos de gente. Su mamá y su papá se habían tomado fuertemente de la mano.

Parecía que la gente tenía miedo. Todos hablaban agitadamente. ¿Qué estará pasando? pensó Eleazar.
Más le interesó la luz que la gente. Cada vez parecía más fuerte. ¡Ah, ya vio lo que era! ¡La inmensa nube de fuego!

La luz venía de la nube que los guiaba por el camino. Desde su salida de Egipto, la nube los había acompañado. Cuando la nube se movía, todos caminaban. Si la nube se detenía, dejaban de avanzar y armaban su campamento.

Era una nube muy rara. De noche alumbraba como un gran fuego. Eleazar pensó en lo que Moisés había dicho.

«¡El Señor, el Dios de Israel, vive en la nube!»

La nube se movía. Lentamente avanzaba a través del campamento. Venía más cerca del lugar donde estaba Eleazar. La luz era tan brillante que él cerró los ojos. Para más seguridad se tapó con la frazada. ¡Qué rara se veía la nube!

Después de un buen rato Eleazar se animó a sacar la cabeza por debajo de la frazada. Primero miró con un ojo y luego con el otro. Ya no era tan fuerte la luz. La nube estaba al otro extremo del campamento.

Nube de separación

Por un lado, la nube era como una luz brillante y por el otro lado era negra como la noche. Por el lado de los israelitas la nube brillaba como el sol; pero por donde estaban los egipcios era todo oscuridad.

¡Qué emocionante era ver la nube que separaba a los dos campamentos! Los egipcios no podían tocar a los israelitas porque la nube les impedía alcanzarlos.

De repente empezó a soplar un viento fuerte. Parecía que se estaba armando una tormenta. ¡Ya estaba sobre el campamento! El viento quería llevarse la frazada de Eleazar. Tuvo que agarrarla con todas sus fuerzas.

La mamá se inclinó sobre Eleazar y le dio un fuerte abrazo.

–Hijito, estás despierto –dijo–. Pensé que aún dormías.

–No, mamá, no puedo dormir. Estaba mirando la nube de fuego. ¿Te diste cuenta que se movió? Pensé que tal vez… Mamá, pensé que tal vez la nube se iba a ir.

–No, hijito, no creo que nos va a dejar la nube. Dios vive en la nube y Él no nos va a abandonar.

 

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El cordero de la Pascua

Todo comenzó el día en que Aarón fue al desierto. Allí se encontró con su hermano Moisés. Juntos regresaron a Egipto.

Desde ese momento comenzaron a suceder cosas interesantes. ¡Moisés era muy valiente!

Lo que nadie se había atrevido hacer, lo hizo él. Fue al palacio del rey y le ordenó que dejara ir al desierto a los israelitas.

–Es el Señor que da la orden –dijo Moisés.

–¡Ja, ja, ja, ja! – se rió el faraón–. ¿Quién es el Señor para que yo deje salir a mis trabajadores? ¡Imposible! ¡Retírense y vuelvan al trabajo!

Moisés no se dio por vencido. No, ¡nunca!

Todos los muchachos admiraban a Moisés y querían ser como él. Eleazar se estiró debajo de la frazada. Él sabía que Moisés tenía más poder que todos los magos de Egipto.

¡Había logrado poner al rey de rodillas! No con su propia fuerza, sino con el poder de Dios. El Señor le había ayudado.

La promesa de Dios

Elisabet, la mamá de Eleazar, le había contado todo esto.

También le había contado otras cosas. Por ejemplo, acerca de Abraham, que vivió hace mucho tiempo.

Dios y Abraham eran buenos amigos. Una vez Dios le dijo a Abraham que sus descendientes iban a vivir como esclavos en Egipto. Luego Dios los iba a sacar de allí.

Ahora se estaba cumpliendo lo que Dios le había prometido a Abraham. Los israelitas habían vivido muchos años en Egipto, sufriendo mucho como esclavos del faraón.

Los egipcios los habían tratado muy mal. Tenían que realizar los trabajos más pesados, solo para recibir latigazos. Las espaldas de los israelitas estaban cansadas y heridas.

Al papá de Eleazar también le habían dado golpes. Una vez había vuelto a casa con la espalda herida y sangrante.

Si Eleazar hubiera sido un poco más grande habría defendido a su papá contra todos los que lo trataban mal. Felizmente habían escapado de las manos del faraón.

Eleazar bostezó. Le vencía el sueño, pero no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado en los últimos días.

En la cabeza de Eleazar daban vueltas el faraón, Moisés, sapos, langostas y moscas. ¡Las cosas que Dios había hecho para convencer al faraón! Le había castigado con muchas plagas. Ni así, el rey quiso dejarlos ir.

Eleazar siguió pensando. Recordó el cordero de la Pascua y la última noche que habían pasado en Egipto.

La última noche en Egipto

El papá de Eleazar había pintado con sangre la puerta. Dijo que era para salvar la vida de Eleazar.

Esa noche todos los hijos primogénitos tenían que morir. Solo se salvarían los que habían pintado con sangre la puerta.

Allí se quedó en sus pensamientos. A pesar del duro suelo Eleazar se había quedado dormido. Alrededor de él la gente tenía miedo. Nada sabían del futuro. ¿Qué pasaría mañana?

¿Cómo cruzarían el mar?

El pueblo de Israel había llegado a orillas del mar Rojo y los persiguía el ejército del faraón. ¿Qué podían hacer?

Mientras Eleazar y sus amigos dormían bajo el cielo estrellado, sus padres conversaban con voces muy preocupadas.

–¡El faraón nos está persiguiendo!
–¡Hemos caído en una trampa!
–¡Todos vamos a morir!
–¡No tenemos por dónde escapar!
–¿Cómo vamos a cruzar el mar? ¡Es imposible!
–Mejor nos hubiéramos quedado en Egipto. Ahora vamos a morir todos. ¡Moisés nos ha engañado!
–Tenemos que entregarnos vivos al ejército del faraón.

El papá de Eleazar no había dicho nada, pero en ese momento no se pudo callar más.

–¡Yo no me entrego! –dijo–. ¡Voy a luchar hasta la última gota de sangre! No quiero que mi hijo sea esclavo. ¡Voy a hacer todo lo posible para que él sea un hombre libre!

La próxima semana: Una nube protectora

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Nicodemo nace de nuevo

Hoy les voy a contar acerca del nuevo nacimiento de Nicodemo –dijo doña Beatriz cuando los niños se reunieron para el Club.

–Nuevo nacimiento, ¿qué es eso? –preguntó Pimienta–. No creo que alguien pueda nacer dos veces.

–Lo mismo pensaba Nicodemo –respondió la buena vecina–. Ahora verán que hay dos nacimientos.

–No lo creo –dijo Pimienta.

–No seas tan terco –le dijo Sal a su amigo–. ¿Por qué siempre dudas de las cosas que dice doña Beatriz?

–Es que ella habla de cosas imposibles.

–Doña Beatriz nos habla de Dios –dijo Pepita–. Dios hace cosas imposibles. Cada vez que vengo al club me siento emocionada por aprender algo nuevo.

Los niños siguieron discutiendo un rato, hasta que doña Beatriz les contó la historia. Todos escucharon atentos, especialmente Pimienta, porque él quería saber qué cosa rara era eso de nacer de nuevo.

UNA VISITA NOCTURNA

Nicodemo era fariseo y miembro de la corte suprema de los judíos. Para él era muy importante observar la ley. Muchas veces había escuchado hablar acerca de Jesús. Tal vez lo había visto hacer milagros y había escuchado alguna de sus enseñanzas. Ahora quería hablar con Jesús y hacerle preguntas.

Una noche Nicodemo fue a ver a Jesús. No sabemos por qué fue de noche. Quizá no quería que sus compañeros fariseos lo vieran. Los fariseos despreciaban a Jesús.

Jesús seguramente estaba cansado después de un día de mucho trabajo; pero recibió a Nicodemo, porque Jesús nunca rechazaba a nadie.

LA PREGUNTA DE NICODEMO

¿Qué quería Nicodemo preguntarle a Jesús? Él quería averiguar quién era Jesucristo realmente. Quería estar seguro de que Él era el Hijo de Dios.

Entre la gente de aquellos días habían muchas diferentes opiniones acerca de Jesús. Unos decían que Él era un profeta, otros decían que era un simple maestro que reunía alumnos alrededor suyo; pero nadie sabía exactamente quién era Jesús.

–Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro –le dijo Nicodemo–. Sin la ayuda de Dios nadie podría hacer los milagros que tú haces.

La respuesta de Jesús sorprendió Nicodemo.

–Te aseguro que si no naces de nuevo no puedes ver el reino de Dios.

¿Qué? ¿Hacerme pequeño y entrar otra vez en el vientre de mi madre y volver a nacer? pensó Nicodemo.

–¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? –preguntó.

Jesús hablaba de otra clase de nacimiento. Él quería enseñarle a Nicodemo cómo llegar a ser miembro de la familia de Dios.

–Nacer de nuevo significa llegar a ser hijo de Dios –dijo Jesús–. Cuando creas que yo soy el Hijo de Dios, el Salvador, puedes pertenecer a la familia de Dios.

LA SERPIENTE EN EL DESIERTO

Luego Jesús le puso un ejemplo de algo que pasó cuando Moisés guió al pueblo de Dios a la Tierra Prometida.

Cuando el pueblo murmuró contra Dios y Moisés, Dios mandó serpientes venenosas. Para que se salvaran de las mordeduras, Dios dijo a Moisés que hiciera una serpiente de metal y la pusiera en un palo. Cualquiera que miraba a la serpiente se sanaba de las mordeduras.

–La serpiente que Moisés levantó en el desierto era un ejemplo. Un día yo tengo que ser levantado –dijo Jesús–. Así como ellos miraron a la serpiente y se sanaron, todo el que cree en mí será salvo. Yo les doy vida eterna. Ese es el nuevo nacimiento.

Jesús hablaba del día en que Él iba a morir en la cruz.

JUAN 3:16

Para explicarle a Nicodemo sobre la salvación, Jesús dijo las palabras que son las más conocidas en todo el mundo.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»

–¡Yo lo sé! –dijo Pepita–. Es Juan 3:16. Lo he marcado en mi Biblia y lo he aprendiendo de memoria.

–Todos aprenderemos este versículo –dijo doña Beatriz.

A una voz, todos repitieron juntamente con Pepita Juan 3:16.

Pimienta estaba pensativo. Quería saber más sobre lo que Jesús dijo a Nicodemo. ¡Era cierto que hay dos nacimientos!

¿Por qué siempre tengo dudas? –se dijo nuestro amiguito–. Quiero creer en Jesús; quiero ser hijo de Dios; quiero nacer de nuevo. Es importante que nacer de nuevo. Pero, ¿cómo?

Pimienta decidió pedir a doña Beatriz que le explicara más…

¡No te pierdas el próximo número!

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Rescate en el fondo del mar

¡Sucedió lo que nadie había esperado! El rey de Egipto se arrepintió de haber dejado ir al pueblo de Israel.

«No puedo perder tantos buenos trabajadores –dijo el faraón–. ¿Cómo he sido tan loco? Tengo que hacerlos volver.»

¡Movilizó su ejército! Se fue con todos sus carros, caballos y jinetes para perseguir al pueblo de Dios.

ESCLAVOS EN EGIPTO

Los israelitas, el pueblo de Dios, habían pasado una vida muy penosa en Egipto. Eran esclavos del poderoso faraón, que los obligaba a hacer ladrillos para la construcción de sus ciudades. Ellos clamaron a Dios por ayuda y Él les mandó a Moisés como libertador.

El faraón no quiso soltar al pueblo. Dios había endurecido su corazón. El Señor hizo poderosas señales, llamadas plagas. Cada vez el faraón prometía que iba a dejar ir al pueblo; pero luego se arrepentía.

El río se convirtió en sangre, aparecieron ranas por todas partes, hubo invasión de moscas, aparecieron saltamontes, hubo oscuridad de día y de noche… la peor plaga fue la noche en que murieron todos los hijos mayores. Cuando el faraón perdió a su hijo mayor, recién dejó ir al pueblo.

UN PUEBLO NUMEROSO

¿Cuántas personas crees que salieron de Egipto con el gran libertador Moisés? ¿Mil? ¿Diez mil? ¿Cien mil? No,
era un pueblo de por lo menos tres millones de personas.
Y ahora el faraón se había arrepentido y los perseguía.

Dios lo hizo saber a Moisés para que estuviese preparado. «No tengas miedo de los egipcios –le dijo–. Yo les voy a mostrar mi gran poder. Solamente tienen que confiar en mí.»

LOS ISRAELITAS TENÍAN MIEDO

¿Has tenido miedo alguna vez? Ahora los israelitas tenían mucho miedo. Habían descubierto que el ejército del faraón los perseguía. «Mejor nos hubiéramos muerto en Egipto. ¿Por qué Moisés nos ha sacado al desierto?», se quejaban.

Delante estaba el mar Rojo y detrás tenían a los egipcios.

«No tengan miedo –les dijo Moisés–. Sean valientes y verán lo que Dios va a hacer para salvarnos. Nunca más volveremos a ver a los egipcios.»

«SIGAN ADELANTE»

Dios dijo a Moisés que sigan adelante. ¿Seguir adelante? ¿Cómo harían eso? Estaban a la orilla de un inmenso mar y no había ni un solo barco a la vista.

«Levanta tu vara –dijo Dios a Moisés–. Extiende tu brazo y parte el mar en dos, para que mi pueblo cruce en seco.»

¿Qué? ¿Se abriría el mar? ¿Cómo sería posible? Sí, eso es lo que sucedió.

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SE ABRIÓ EL MAR

Dios mandó un fuerte viento que sopló toda la noche. Cuando los israelitas despertaron a la mañana siguiente había un camino en medio del mar. Las aguas estaban a los costados como dos grandes muros.

¿Y los egipcios? ¿Dónde estaba el ejército de los egipcios? Dios había puesto una columna que los separaba. De día la columna era de nube y de noche la columna era de fuego.

¿Puedes imaginar a los millones de israelitas que cruzaban el mar? Imagina a los niños que correteaban felices al lado de sus padres, y a los ancianos que avanzaban a paso lento. ¿Crees que los músicos tocaban sus melodías de victoria? ¡Era una marcha alegre en el fondo del mar!

Cuando el ejército egipcio vio a los israelitas que cruzaban el mar ellos intentaron hacer lo mismo. Entonces Dios dijo a Moisés que extendiera su vara otra vez sobre el mar. Moisés obedeció, y el mar volvió a su lugar. El ejército egipcio se ahogó. ¡Así salvó Dios a su pueblo de la esclavitud!

CONFÍA EN EL SEÑOR

¿Qué haces cuando tienes miedo? Moisés guió a los israelitas para que confiaran en el poder del Señor.

Todos pasamos por días difíciles. Muchas veces tenemos miedo. No sabemos quién nos va a defender del peligro. Confiemos en el Señor. No hay nada imposible para Él.

¿Qué dijo Moisés al pueblo? Les dijo que se queden quietos, que no se preocupen, porque el Señor iba a pelear por ellos. ¡Y Dios hizo un gran milagro para salvarlos!

Sean cosas pequeñas o algo grande que te llenan de miedo, siempre confía en la ayuda del Señor.

Nuestro amoroso Dios tiene todo poder para ayudarte.

Exodo 14_14Para imprimir la historia: 279 Rescate en el fondo del mar color

 

 

 

El altar de Andy

Andy iba silbando calle abajo, mirando de un lado a otro, buscando piedras, piedras lisas. Iba a construir un altar, como hicieron en los tiempos del Antiguo Testamento. Él había aprendido cosas nuevas en la iglesia. El altar le pareció tan interesante que quería hacer una réplica. Hacer una réplica es reproducir una obra artística tal como el original.

El maestro les había dado una lección de cómo Dios ha preservado su Palabra a través de los tiempos. Andy se sabía los Diez Mandamientos pero nunca antes había oído que Dios escribió los mandamientos en tablas de piedra.

LAS TABLAS CON LOS MANDAMIENTOS

Moisés, el siervo de Dios que sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, estuvo en el monte Sinaí cuarenta días cuando Dios le dio esas tablas con los mandamientos. Como demoró mucho tiempo, el pueblo pensó que él ya no volvería y se hicieron un dios para adorar, un becerro de oro.

Cuando Moisés bajó del monte y vio a la gente adorando a ese becerro, se enojó tanto que arrojó las tablas y las quebró. ¡Las tablas escritas por el dedo de Dios!

Para Dios era tan importante que el pueblo tuviera los mandamientos que ordenó a Moisés que hiciera nuevas tablas.

ROSTRO RESPLANDECIENTE

Nuevamente Moisés subió al monte y estuvo allí otros cuarenta días en la presencia de Dios, sin comer ni beber. Andy no podía imaginar cómo sería eso. Él apenas aguantaba del desayuno al almuerzo sin comer algo. Siempre tenía hambre. ¡Moisés pasó más de un mes sin comer!

Cuando Moisés bajó del monte con las nuevas tablas de la ley, que Dios le había ordenado escribir, su rostro brillaba. Tuvo que ponerse un velo porque el resplandor de su rostro era tan fuerte que la gente no podía mirarlo.

EL ALTAR CON LA LEY

Andy no buscaba piedras para hacer dos tablas sino un altar. Josué, el sucesor de Moisés, que guió al pueblo a conquistar la Tierra Prometida, edificó un altar y escribió la ley de Dios en las piedras. Ésa es la réplica que quería hacer Andy.

Andy tenía su propia Biblia; pero no la cuidaba. Él la dejaba tirada por cualquier lado. Su mamá le llamaba la atención y le decía que cuidara su Biblia. Después de oír la enseñanza de su maestro compendió por qué es importante cuidar la Biblia.

Después que la ley fuera escrita en piedras, la escribieron en pergaminos. Éstos eran rollos de pieles de animales, curtidas. Por miles de años la Palabra de Dios fue escrita a mano en estos pergaminos, y después en libros. Con la llegada de la imprenta se empezó a traducir la Biblia en muchos idiomas.

ENTONCES Y AHORA

Ahora podemos tener la Biblia en computadora y hasta en teléfonos celulares. El papá de Andy tiene la Biblia en su celular. Cuando Andy tenga su propio teléfono celular piensa hacer lo mismo. ¡Qué maravilla! Lo que hace miles de años Moisés escribió en tablas de piedra y Josué escribió en un altar de piedras, ahora se puede tener en un teléfono celular.

AYUDA PARA ANDY

Para hacer una réplica Andy iba a necesitar ayuda. Les contó acerca de su plan a sus amigos Roberto y Antonio. Ahora los tres muchachos iban calle abajo buscando piedras…

Cuando Andy y sus amigos habían reunido más de cien piedras lisas, escribieron los mandamientos en las piedras más grandes. El papá de Andy les ayudó a unirlas con cemento para formar el altar. ¡Qué feliz se sintió Andy al tener su propio altar con los Diez Mandamientos!

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LA BIBLIA EN EL CORAZÓN

«Podemos tener cientos de Biblias –dijo el maestro–. Pero eso nada vale si no cumplimos lo escrito en las Sagradas Escrituras. La Biblia dice que no debemos solo oír la Palabra de Dios sino también hacer lo que dice. Dios quiere escribir sus mandamientos en las tablas de nuestro corazón.»

«Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos.» El altar de Andy sería un recordatorio de la importancia de cumplir los mandamientos y de tenerlos en su corazón. ¿Estás tú dispuestos a tener los mandamientos de Dios en tu corazón y de cumplirlos, así como Andy?

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