Agua de la roca

Eleazar y Raquel a menudo conversaban con sus amigos acerca de la Tierra Prometida. Muy emocionados salieron de Egipto.

Moisés había dicho que iban a ir a una tierra donde la leche y la miel eran tan comunes como pan, una tierra hermosa que Dios les daría. Ahora no hacían más que vagar por el desierto.

–Si no fuera por los espías infieles hubiéramos estado en la Tierra Prometida –dijo Eleazar.

–Nos vamos a volver viejos aquí en el desierto –le respondió Raquel.

El problema del agua

Ahora había un nuevo problema. ¡No, no era nuevo! Varias veces había pasado lo mismo. Pero otra vez, ¡no había agua! Nadie puede vivir sin agua.

El pueblo de Dios necesitaba cada día mucha agua. Agua para tomar, agua para lavarse, agua para el ganado, agua para lavar la ropa. En el desierto no era fácil conseguir agua.

Los millones de israelitas necesitaban cada día el equivalente de mil camiones cargados de agua. ¡Pero en el desierto no había camiones que repartían agua! La gente se quejaba, y pedía agua de Moisés y su hermano Aarón.

«¿Por qué nos has traído al desierto? ¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto! –decían–. Ahora nos vamos a morir de sed. ¡Necesitamos agua! ¡Agua, mucha agua!»

Agua y palmeras

La primera vez que les faltó agua a los israelitas, buscaron por tres días. Eleazar nunca olvidaría lo que pasó cuando encontraron agua. Él y sus amigos corrieron a la fuente; pero el agua era amarga. ¡Qué feo sabor tenía!

Moisés oró a Dios, y Dios le mostró un árbol. Cuando echó el árbol al agua, las aguas se endulzaron.

–Esa es el agua más rica que jamás he bebido –dijo Raquel.

Cuando siguieron el viaje Dios los llevó a un lugar hermoso llamado Elim, con doce fuentes de agua y setenta palmeras.

–¿Recuerdas qué bonito era jugar allí? –le preguntó a Eleazar uno de sus amigos.

–Ojalá hubiera palmeras aquí –dijo Raquel–. El sol quema fuerte. ¡Necesito sombra y tengo sed!

Otra vez la gente se estaba quejando porque no había agua. Moisés sabía lo que tenía que hacer. Oró al Señor.

Donde el pueblo estaba acampado había una roca inmensa. Dios le dijo a Moisés que reúna a la gente, que tome su vara, y que se pare junto a la roca.

Una vez antes Dios les había dado agua de la roca. Ese día, ¡Moisés golpeó la roca y salió agua!

Moisés golpea la roca

«Ahora no vas a golpear la roca –dijo Dios a Moisés–. Solamente le vas a hablar y va a brotar agua.»

Y así lo hizo Moisés. Casi así… ¡pero no!

Moisés estaba tan enojado con la gente rebelde, que en vez de hablar a la roca la golpeó, ¡y lo hizo dos veces! El pueblo miró admirado cuando salió agua como un chorro.

Raquel corrió a tomar agua… ¡todos corrieron a tomar agua!

Todos… ¡menos Moisés! Sintió dolor en su corazón. ¡Había desobedecido! En vez de hablar a la roca la había golpeado.

Dios quería mostrar su poder, sacando agua de la roca sin necesidad de que Moisés la golpee. Dios fue bueno y dio agua al pueblo aunque Moisés desobedeció. Pero castigó a Moisés y a Aarón. ¡No entrarían en la Tierra Prometida!

Eleazar y sus amigos notaron que Moisés estaba triste.

¿Qué habrá pasado? pensaba Eleazar.

Pronto se enteraron de que Moisés, el gran siervo de Dios, había sido desobediente. Moisés no había hablado a la roca.

–Yo vi que Moisés golpeó la roca –dijo uno de los niños.

–¡Y la golpeó dos veces! –dijo Raquel, y levantó dos dedos.

–Dicen que ya no va a entrar en la Tierra Prometida –dijo un muchacho que siempre se enteraba de las últimas noticias.

Así fue. Aunque Moisés oró a Dios que tuviera misericordia y lo dejara entrar en la Tierra Prometida, la respuesta fue que no.

«Basta, no me hables más de este asunto», dijo Dios; pero le permitió que vea desde lejos la tierra de Canaán.

Moisés sabía que la obediencia es una forma segura de adorar a Dios; pero lo venció el enojo.

¡Seamos obedientes!

Moisés mira de lejos la Tierra Prometida

Todo lo relacionado con esta historia, en:  MIS PERLITAS

Anuncios

Los doce espías

Espías. Era el juego popular entre Eleazar y sus amigos. Durante más de un mes habían jugado a los espías. Era emocionante porque el pueblo de Dios tenía espías de verdad.

Después de pasar un año en el campamento junto al monte de Sinaí, habían seguido el viaje hacia la Tierra Prometida. Dios había dado a Moisés todas las leyes para el pueblo. Ahora iban a conquistar la tierra. Ya no vivirían en carpas. ¡Tendrían casas y jardines propios!

Moisés había enviado a doce hombres para explorar la tierra, un líder de cada una de las tribus de Israel. Todos esperaban con ansias las noticias que iban a traer.

Cuando Eleazar no jugaba a los espías, él y Raquel contaban historias de su imaginación acerca de la tierra que Dios les iba a dar. Esperaban que allí sus padres decidieran ser vecinos. No querían separarse.

Regreso de los espías

–¡Eleazar! ¡Eleazar!

Raquel fue corriendo a la carpa de su amigo para contarle la noticia. ¡Los espías estaban de regreso!

–¡Eleazar, ven a ver lo que traen los espías!

¡Era increíble! Caleb, el amigo de Josué, y otro espía cargaban en un palo un inmenso racimo de uvas.

Además de las uvas los espías traían higos y granadas. A Raquel se le hacía agua la boca. ¡Cómo quisiera probarlos! En el desierto no había frutas.

Todo el pueblo se reunió para escuchar los informes.

–La tierra que fuimos a ver es muy hermosa –dijo uno de los espías–. Miren y vean los frutos que hemos traído. En Canaán la leche y la miel son tan comunes como agua.

–Pero la gente que vive allí es muy fuerte –dijo otro espía–, y las ciudades están bien protegidas.

–¡También hay gigantes! –gritó un tercer espía.

–No vamos a poder conquistar la tierra –dijeron varios de ellos a la vez.

El informe de Caleb y Josué

Entonces Caleb, uno de los espías, él que había traído el gran racimo de uvas, levantó las manos y gritó:

–¡Sí podemos conquistar la tierra!

–¡No! –dijeron los demás espías–. (Todos menos Josué.) ¡Es imposible! Los hombres que vimos allí son enormes.

–¡Pero Dios está con nosotros! –dijo Caleb.

–¡Sí! Dios está con nosotros –dijo Josué.

Caos en el campamento

Hubo caos en el campamento. La gente gritaba. Casi todos pasaron la noche llorando. Pensaban en volver a Egipto.

–¿Por qué seguimos a Moisés? ¡Vamos a elegir otro jefe!

Eleazar y Raquel escuchaban asombrados lo que estaba pasando. Había sido emocionante para los muchachos jugar a los espías. Ahora, todo era caos. Nadie jugaba.

–¡No desesperen! –dijeron Caleb y Josué, tratando de calmar al pueblo–. Dios nos va a ayudar a conquistar la tierra.

–Vamos a comer a esos gigantes como si fueran pan –dijo Caleb–. ¡El Señor está con nosotros!

Pero la gente no les hizo caso. Más bien, ¡querían apedrear a Josué y Caleb! Todos se habían desanimado.

Pero no todos. El papá de Eleazar y algunos otros hombres creyeron a Josué y Caleb. ¡Eso animó a Eleazar!

El castigo de Dios

Dios castigó al pueblo por haber dudado. Tendrían que vagar por el desierto durante cuarenta años, hasta que murieran. Sólo los niños y los jóvenes verían la Tierra Prometida. También Josué y Caleb, porque ellos confiaron en Dios.

–No es justo –dijo Eleazar–. Por culpa de los que no creen todos vamos a sufrir. Quiero ir a la Tierra Prometida.

–Yo también quiero ir –dijo Raquel–. ¡Nos vamos a volver viejos vagando en el desierto!

¡Así fue! Eleazar y Raquel crecieron, se casaron, tuvieron hijos, y también nietos. ¡Y seguían vagando en el desierto!

Ya no era divertido jugar a los espías.

Viene pronto el siguiente capítulo: Agua de la roca

 

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas hay historia para imprimir, dibujos, actividades, versículo, multimedia y láminas.