Un santuario para Dios

En el campamento de los israelitas había gran movimiento. Chicos y grandes corrían de aquí para allá, todos felices entregando sus ofrendas. Eleazar y Raquel saltaban alegres mientras llevaban su ofrenda. Raquel llevaba sus aretes de oro, que le había dado una vecina en Egipto. También regalaría un pomo de perfume.

Eleazar está contento de ofrendar

Ofrendas, ¿para qué? Las ofrendas eran para edificar un santuario para que Dios viva en medio de su pueblo. ¡Un santuario!

¿Qué es un santuario? Es un templo, un lugar para adorar a Dios. El santuario que iban a construir los israelitas era diferente; se llamaba tabernáculo. Tenía que ser portátil, para que pudieran armarlo y desarmarlo en sus viajes.

¿Qué ofrendas traía la gente? Para la construcción del tabernáculo se necesitaba:

  • oro, plata y cobre
  • tintes azul, púrpura y rojo
  • lino fino
  • pelos de cabra
  • pieles de carnero
  • madera de acacia
  • aceite para lámparas
  • perfumes
  • piedras preciosas

¡Y mucho más!

Dios dio las instrucciones

¡Qué alegría sentían los israelitas! Iban a tener un lugar propio para adorar a Dios; un lugar que ellos mismos habían ayudado a preparar. Nunca habían tenido un santuario.

Eleazar recordaba el día cuando Moisés bajó del monte y su cara brillaba. Moisés tuvo que ponerse un velo porque el brillo les empañaba la vista. Dos veces Moisés pasó cuarenta días en el monte con Dios. Allí Dios le dio todas las leyes, y las instrucciones para hacer el santuario.

Moisés necesitaba gente que le ayudara a construir el santuario. Para dirigir el trabajo, Dios nombró a Bezaleel y Aholiab. A ellos les dio sabiduría por medio del Espíritu Santo, para que hicieran toda clase de diseños y trabajo artístico. El Señor también les dio sabiduría extraordinaria para que puedan enseñar a otros. Ellos dirigieron el trabajo.

Para Eleazar era muy emocionante porque Aholiab era su tío. Entre sus compañeros él se mostró un poco orgulloso; pero cuando su tío se dio cuenta de esto lo reprendió. No era cosa de jactarse sino de ser humilde y agradecer a Dios.

Bezaleel y Aholiab

Más de lo necesario

Eleazar ayudaba a su tío. Le alcanzaba las herramientas o hacía mandados. Él escuchaba las conversaciones de los trabajadores. Un día oyó que tenían una gran preocupación.

¿Qué será que los preocupa? pensaba Eleazar.

Bezaleel y Aholiab estaban preocupados porque el pueblo de Dios traía muchas ofrendas.

–No sé qué hacer con todo lo que trae la gente –dijo Aholiab–. Tengo que hablar con Moisés.

Moisés inmediatamente dio una orden para que ya no se dé más ofrendas. Por todo el campamento los mensajeros gritaban: «¡No más ofrendas! Hay suficiente material.»

¡Imagínate! Ya no tenían permiso de dar más ofrendas. Había todo lo necesario para hacer la obra, ¡y sobraba!

La gloria de Dios

Todos trabajaron felices en la construcción del tabernáculo. A los hombres les tocó hacer los muebles y los utensilios.

Las mujeres tejían e hilaban. Tenían que hacer muchas cortinas. También hicieron vestidos para los sacerdotes.

La mamá de Eleazar y sus amigas

Raquel acompañaba a la mamá de Eleazar. ¿Recuerdas que su mamá había muerto? Ahora la mamá de Eleazar era como su mamá y Eleazar era como su hermano.

Un día Aliohab llegó con una noticia emocionante a la carpa de la familia de Eleazar. El trabajo del santuario estaba listo.

–Mañana vamos a armar el tabernáculo –dijo–. Pienso que Eleazar y sus amigos querrán ir a mirar.

¡Cómo miraban! Una por una, con sumo cuidado, armaron cada parte de ese hermoso santuario en el desierto. Dios había dado instrucciones específicas de cómo armarlo y desarmarlo. Era importante que se cumpliera cada detalle.

Cuando todo estuvo armado, Dios mostró su gloria. ¡Una gran nube se posó sobre el santuario! Y allí quedó la nube hasta que era hora de seguir el viaje.

Durante cuarenta años Eleazar y Raquel vieron la gloria de Dios sobre el santuario, ese tabernáculo que todos habían ayudado a construir. Muchas fueron sus aventuras. En todas ellas, Dios nunca los abandonó. ¡Con sus hijos y sus nietos llegaron a la Tierra Prometida!

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Aquí terminan las Aventuras en el Desierto. Pero habrá una segunda parte.

Vendrá pronto:

LA CONQUISTA DE LA TIERRA PROMETIDA

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Comida del cielo

El pueblo de Israel había estado de viaje un mes en el desierto. La comida que habían traído de Egipto se les acababa y tenían hambre. Comenzaron a quejarse.

–¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto! –decían algunos–. Allí teníamos carne y pan.

–Moisés y Aarón nos han traído al desierto para que muramos de hambre –decían otros.

¡Había quienes amenazaban a Moisés! Estaban descontentos y querían volver a Egipto.

Eleazar escuchaba asombrado las quejas.

¿Se habrán olvidado de que en Egipto eran esclavos? pensaba nuestro amiguito.

Cena de codornices

Un día Moisés mandó mensajeros por todo el campamento. «Dice Dios que esta tarde habrá carne para comer –gritaban ellos para que todos oyeran–. ¡Y mañana va a llover pan del cielo!»

–¡Pan del cielo! Eleazar, ¿oíste la noticia?

Raquel fue corriendo adonde su amigo. ¿Pan del cielo? ¿Tenía Dios una panadería en el cielo? ¿Prepararían los ángeles pan para tres millones de personas?

Los israelitas eran por lo menos tres millones. Raquel no entendía esa cantidad; pero sabía que era mucha, mucha gente que estaba de viaje a la Tierra Prometida.

–¡Sí, va a llover pan! –dijo Eleazar–. ¿Oíste que también habrá carne? El mensajero dijo que esta tarde Dios nos dará carne. ¿De dónde sacará nuestro Dios carne para todos?

Los niños corrieron a dar aviso entre las carpas.

–¡Va a llover pan! ¡Va a llover pan!

Mientras ellos corrían y saltaban, vieron que el cielo se iba llenando de manchas negras. Cuando las «manchas» se acercaron, se dieron cuenta de que eran pájaros.

De pronto el cielo se cubrió de pájaros.

–¡Son codornices! –gritó alguien–. ¡Vienen hacia aquí!

Antes de que se dieran cuenta había codornices por todas partes. El campamento se llenó de codornices. Esa noche, todas las familias comieron codorniz asada.

Pan del cielo

Para Raquel fue difícil dormir. No porque tenía su estómago lleno de codorniz sino porque pensaba en el pan que vendría. Se daba vueltas de un lado a otro sobre su camilla.

Raquel no podía dejar de pensar en el pan que iba a llover del cielo. ¡Tenía que levantarse temprano para no perderse eso!

A la mañana siguiente, cuando Raquel y su amigo Eleazar salieron de sus carpas, vieron todo el suelo cubierto con algo que parecía rocío. Pero no era rocío. La cosa rara que había en el suelo era como escarcha o semillas.

–¿Qué es esto? –se preguntaban los israelitas.

Moisés nuevamente dio instrucciones a sus mensajeros. «Esto es el pan que Dios les manda del cielo –les ordenó que dijeran–. Recojan lo que necesitan para hacer pan; pero solamente lo necesario para hoy. No dejen nada para mañana. Los viernes deben recoger el doble. El sábado es nuestro día de descanso y nadie debe cocinar ese día.»

–¡Qué lindo! –gritaban los niños mientras ayudaban a sus padres a recoger las semillas.

Eleazar ayudó a su mamá a preparar un rico pan. Esa noche comieron tortillas con sabor a miel.

Los israelitas llamaron «maná» al pan que Dios hizo llover como rocío. Todos recogían con alegría las semillas.

Moisés había dicho que recogieran solo lo que iban a necesitar para cada día; pero muchos fueron desobedientes.

–Recojamos para muchos días –dijo una mamá.

–Niños, ayuden a recoger más semillas –dijo un papá.

Al día siguiente, los que habían recogido más maná que para un día, lo encontraron lleno de gusanos.

Dios quería enseñar a sus hijos que Él les podía dar cada día el pan que necesitaban.

Durante todos los años que anduvieron en el desierto, cada mañana el maná cubría el suelo. Era importante que se levantaran temprano para recogerlo, porque cuando calentaba el sol se derretía.

Si Eleazar y Raquel vivieran hoy, orarían a Dios lo mismo que tú puedes pedir: «Danos hoy nuestro pan cotidiano».

 

MIS PERLITAS

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