La hospitalidad de Lidia

 

Samuel iba saltando por la calle, y gritaba: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!» Entró a la reunión del Club riendo mientras repetía: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!»

–¿Qué encontraste? –le preguntó Pimienta.

–Algo que no buscaba –respondió–. Pero es un secreto.

No sabemos lo que Samuel había encontrado, porque no quería decirlo. A Estrella le pareció injusto que les despertara la curiosidad sin decir lo que había encontrado.

–Otro día les voy a decir lo que encontré –dijo Samuel.

Con eso tuvieron que contentarse. Entonces doña Beatriz escribió en la pizarra la palabra de la semana. Era larga y un poco difícil de pronunciar.

–HOS-PI-TA-LI-DAD –leyó Estrella–. ¿Qué es eso?

–¿Significa estar en el hospital? –preguntó Pimienta.

–Sí, allí te dan hospitalidad –dijo Sal, que ya había aprendido el significado de la palabra–. Quiere decir ofrecer alojamiento, recibir a un viajero y darle cama y comida.

–Tienes razón, Sal –dijo doña Beatriz–. Vamos a hablar de una mujer hospitalaria. Así como Samuel ha encontrado algo, aunque no quiere decirnos qué es, ella descubrió algo que la hizo muy, pero muy feliz. No solamente a ella, sino también a toda su familia. Esta mujer se llamaba Lidia.

La vendedora de púrpura

Lidia era comerciante. Durante la semana trabajaba ven-diendo púrpura, un tinte especial para telas de color rojo oscuro. Pero cuando llegaba el día de reposo, ella cerraba su negocio e iba a orar y adorar a Dios.

¡Qué bueno! Lidia sabía que debemos dedicar al Señor un día a la semana.

Lidia solía reunirse con otras mujeres. Ellas iban a la orilla del río y allí oraban a Dios. ¡Era bueno descansar así después de una semana de trabajo!

Lidia cree en Jesús

Un día, en el lugar de oración, había unos hombres desconocidos. Se sentaron a conversar con las mujeres reunidas.

Uno de los hombres era el apóstol Pablo. Con mucha paciencia les explicó acerca del Señor Jesús.

Ninguna de las mujeres había oído hablar de Jesús. Pablo les contó de todos los milagros que Jesús hizo cuando iba por las ciudades y los pueblos de Israel predicando el evangelio.

¿Qué más crees que les contó Pablo? Sin duda les contó cómo había conocido al Señor.

Lidia escuchaba con mucha atención. No quería perder ni una palabra. En su corazón, una voz le decía: «Debes creer lo que Pablo dice. Es la pura verdad.»

¡Lidia creyó! No solamente ella, sino también su familia creyó en Jesús. ¡Qué cosa más buena había encontrado!

¿Qué hacía Samuel? Saltaba por la calle, gritando: «¡Lo encontré! ¡Lo encontré!» Pero no sabemos qué es lo que había encontrado. Otro día nos va a decir qué es.

Cuando Lidia gritó: «¡Lo encontré!» Ella sabía qué era lo que había encontrado. Era lo mejor de todo: la salvación.

Lidia ofrece hospedaje

Lidia era una buena mujer. Al haber creído en Jesús quiso hacer algo para ayudar a Pablo y sus compañeros.

–¿Dónde están alojados? –les preguntó.

–No tenemos un lugar especial –contestaron.

–Por favor, ¡vengan a mi casa! Si les parece bien, y consideran que soy fiel al Señor, vengan a mi casa.

Pablo, Silas, Timoteo y Lucas fueron a la casa de Lidia. Ellos eran los viajeros desconocidos que habían ido al lugar de oración. Silas y Timoteo viajaban con Pablo en su segundo viaje misionero. Lucas, que escribió el libro de Hechos, estuvo con ellos en parte del viaje.

Casa chica, corazón grande

Es una gran alegría compartir nuestro hogar con los demás –dijo doña Beatriz–. Tal vez tengamos que dormir en el piso para ofrecerle nuestra cama a un siervo de Dios o a cualquier persona que necesite hospedaje. ¡Qué importa!

–Mi casa es chica –dijo Pepita–. Pero yo estoy dispuesta a dormir en el piso para darle mi cama a una visita.

–Algunos al practicar la hospitalidad, sin saberlo, han hospedado ángeles –dijo la buena vecina–. No importa que la casa sea chica si el corazón es grande.

Casa chica, corazón grande. Lidia tenía un gran corazón.

MIS PERLITAS

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Hospitalidad en Sunem

Eliseo, el profeta de Dios, iba de ciudad en ciudad para predicar la palabra de Dios. Los caminos eran polvorientos y el sol le quemaba; a veces era difícil conseguir agua. ¿Crees que Eliseo se sentía cansado?

En ese tiempo no había hoteles. Tal vez Eliseo le pedía a Dios un lugar donde hospedarse. Como cada detalle de nuestra vida le interesa al Señor, Él le concedió ese deseo.

Un pueblo que Eliseo visitaba era Sunem, cerca de Jezreel.

–¿Quién recuerda algo acerca de Jezreel? –preguntó doña Beatriz a los niños del Club Tesoros.

–¡Yo! ¡Yo! –gritó Sal, emocionado–. El profeta Elías corrió desde el monte Carmelo hasta Jezreel.

–¡Y llegó antes que el carro del rey! –añadió Pimienta.

–Dios le dio fuerza extraordinaria –dijo Pepita.

Los niños empezaron a recordar lo que habían aprendido acerca de Elías. Ahora Eliseo era el profeta de Dios.

LA IDEA DE LA SUNAMITA

Cada vez que Eliseo pasaba por Sunem, una mujer bondadosa lo invitaba a comer en su casa. Ella daba buena acogida a este viajero y seguramente se sentía contenta de hacerlo.

Pasó el tiempo, y la mujer tuvo una idea. Le contó a su esposo lo que pensaba hacer, y él le dio permiso para hacerlo.

–¿Qué quería hacer? –preguntó Pimienta, un poco impaciente.

–Ella decidió hacerle una habitación –respondió doña Beatriz–. Cuando el cuarto estaba listo, puso allí unos muebles. ¿Qué les parece si, así como la mujer, amoblamos el cuarto?

La buena vecina tenía hojas impresas para hacer pequeños muebles. Los niños se divirtieron recortando, pintando y pegando. Al terminar, amoblaron un cuarto imaginario y cada uno llevó a su casa un juego de muebles.

EL CUARTO DE HOSPEDAJE

¿Qué era lo más importante en el cuarto de hospedaje? Una cama, ¿verdad? La mujer sunamita sabía que Eliseo tenía que caminar mucho y necesitaba una buena cama para descansar.

 

 

¿Qué otra cosa puso en el cuarto? Una mesa, para que Eliseo ponga sus cosas. No había computadoras ni libros como los nuestros en esos tiempos. Si hubiera sido hoy, seguramente Eliseo habría puesto allí su laptop (computadora portátil) y su Biblia.

 

¿Qué más? Ah, una silla. Necesitaba la silla para sentarse a la mesa y para descansar.

 

 

¿Algo más? Sí, una lámpara. Cuando llegaba la noche, Eliseo podía encender la luz para no estar en la oscuridad. ¡Qué buen cuarto de hospedaje!

 

 

Aunque no había libros en esos tiempos, tenían pergaminos.

–Yo sé cómo son los pergaminos –gritó Sal–. Lo hemos estudiado en la escuela. Son rollos de cuero con palabras escritas.

–No sabemos si llevaba pergaminos cuando iba a Sunem –dijo doña Beatriz–. Imaginemos que allí tenía pergaminos y que en la noche se sentaba a leer.

UN HIJO PARA LA SUNAMITA

Eliseo se sintió tan feliz que quiso hacer algo por la mujer.

–¿Qué podemos hacer por esta buena mujer? –le preguntó a su criado, Giezi.

La sunamita dijo que no necesitaba nada. Pero Giezi pensó en algo que la haría muy feliz. Ella no podía tener hijos. En nombre de Dios, Eliseo le prometió que al año siguiente tendría un hijo. ¡Y Dios dio a la mujer y su esposo un hijo!

Pasó el tiempo, y el niño fue creciendo. Un día salió al campo con su papá, y allí se enfermó. ¡Cómo le dolía la cabeza!

–¡Ay, mi cabeza! ¡Me duele la cabeza! –lloraba.

Un criado llevó al niño a la madre. Ella lo sentó en sus rodillas y trató de consolarlo; pero el niño murió. ¡Qué tristeza!

La sunamita inmediatamente pensó en Eliseo. ¿Dónde crees que puso al niño? ¡Sobre la cama de Eliseo! Luego fue con unos criados a buscar al profeta de Dios.

En vez de preparar el entierro de su hijo confió en que Dios podría darle vida otra vez.

EL MILAGRO DE RESURRECCIÓN

¿Dónde estaba Eliseo? En el monte Carmelo.

–Allí es donde cayó fuego del cielo –gritó Sal, que hoy estaba con muchas ganas de responder a todas las preguntas.

Tan pronto como la sunamita encontró al profeta le contó que el niño había muerto. Eliseo la acompañó. Cuando llegó a su cuarto de hospedaje encontró al niño muerto sobre su cama.

En la Biblia, en 2 Reyes 4:32-37, lee lo que hizo Eliseo. Dios respondió al pedido de Eliseo. El niño estornudó, y abrió los ojos.

Cuando Eliseo entregó el niño a la sunamita, ella se alegró tanto que se postró a los pies de Eliseo para darle gracias.

Ahora imaginemos que Eliseo leía los pergaminos con el niño que había resucitado. Seguramente Eliseo le contaba acerca de los milagros que Dios hacía. ¿Crees que le contó acerca de los caballos de fuego que vinieron cuando Dios llevó a Elías al cielo?

¡Qué emocionante para el niño!

LA HOSPITALIDAD

No todos pueden tener un cuarto de hospedaje; pero todos podemos ser buenos con las personas que vienen a visitarnos. Quién sabe, algún día puede llegar un ángel a nuestra casa.

En MIS PERLITAS  hay lino material para acompañar a esta historia.

 

MUEBLES PARA ARMAR

Los muebles:  Muebles de Eliseo para armar    En A4: Muebles A4

Instrucciones:  Instrucciones para muebles de Eliseo