La niña que salvó a un general

Ella era esclava. Naamán, el general del ejército del rey de Siria, la había llevado cautiva cuando hizo guerra a Israel. No sabemos cómo se llamaba la niña; pero comprendemos que era buena y cariñosa.

Naamán era un gran hombre, muy valiente y querido por el rey; pero triste es decirlo, era leproso. Tenía todo el cuerpo cubierto de unas feas escamas rojizas y blancas.

En Israel, los leprosos tenían que vivir apartados de los demás; pero no era así en Siria. Sin embargo, este mal era terrible para Naamán; seguramente había buscado por muchos medios ser sanado.

NAAMÁN Y EL PROFETA ELISEO

Eliseo, el profeta de Dios, vivía en Israel. Un día, la niña esclava dijo a su ama: «Yo sé quién puede curar al señor Naamán. Si él fuera a visitar al profeta Eliseo, Dios lo sanaría.»

Cuando el general Naamán le contó esto al rey de Siria, él dijo: «Tienes que ir allá. Voy a mandar una carta al rey de Israel para que te reciba bien.»

Después de muchos preparativos para el viaje, Naamán y sus siervos partieron. Largos días viajaron hasta Israel. Al llegar, no fueron a la casa de Eliseo sino al palacio del rey.

El rey de Israel se asustó mucho, porque el rey de Siria le pedía que sanara a Naamán. «Yo no puedo sanar a nadie –dijo el rey–. Seguramente están buscando pleito, alguna razón para hacer guerra contra nosotros.»

«LÁVATE SIETE VECES EN EL JORDÁN»

Eliseo oyó hablar de esto y mandó decir al rey que le enviara a Naamán. Naamán pensó que Eliseo iba a salir a darle la bienvenida; pero el profeta solamente mandó decir que se lavara siete veces en el río Jordán.

El general Naamán se puso furioso. ¡Cómo era posible que le pidiera que se lave en el río Jordán! En su país había ríos mucho más limpios. ¡No lo haría!

Sus criados le preguntaron: «Si el profeta hubiera pedido que usted hiciera algo difícil, ¿lo habría hecho?» Por fin lo convencieron de que hiciera la prueba y se lavara en el río Jordán.

–Contemos juntos –dijo doña Beatriz a los niños del club–. ¿Cuántas veces debía zambullirse?

Los niños contaron, con voz fuerte: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡y no pasó nada!

–Pero Naamán debía bañarse siete veces –dijo Pimienta.

¡Exactamente! La séptima vez… sucedió un milagro. ¡Naamán salió del agua completamente sano! No tenía ni una escama en el cuerpo. Su piel era suave como la de un niño.

¡Qué feliz se sintió Naamán! Inmediatamente fue a dar las gracias a Eliseo, y le ofreció regalos.

–No puedo recibir regalos por un milagro que Dios ha hecho –dijo Eliseo–. Solamente agradece a Dios.

Naamán prometió servir a Dios todos los días de su vida, y muy contento volvió a su país.

EL ENGAÑO DE GIEZI

Giezi era el criado de Eliseo. A él le pareció un desperdicio que Eliseo no hubiera recibido los regalos de Naamán. Salió corriendo tras él. Cuando lo alcanzó, le dijo que acaban de llegar dos visitas y que Eliseo pedía que le diera tres mil monedas de plata y dos vestidos nuevos.

Naamán le dio seis mil monedas de plata y dos vestidos nuevos. También envió dos criados suyos para que le ayudaran.

–¿Estaba bien lo que hizo Giezi? –preguntó doña Beatriz.

–¡No! –gritaron todos los amiguitos–. ¡Era un gran engaño!

Al llegar Giezi de regreso Eliseo le preguntó dónde había estado, y él respondió con otro engaño.

–No he estado en ninguna parte –dijo Giezi.

–¿Crees que puedes engañarme? –le preguntó Eliseo– Yo sé que fuiste a pedirle plata y vestidos a Naamán. No pecaste contra mí, sino contra Dios.

–Niños, no se puede engañar a Dios –dijo doña Beatriz–. Como castigo, la lepra de Naamán se le pegó a Giezi, y no sólo a él, sino también a sus hijos y a sus nietos. Desde ese momento Giezi quedó completamente leproso. Pagó un precio muy caro por su codicia.

–La niña esclava fue valiente. Aunque estaba en tierra extraña no olvidó a su Dios. Por su testimonio salvó a su amo de la terrible enfermedad de la lepra. Pero más importante es que su amo llegó a conocer al Dios vivo y verdadero y a servirle.

Chicos y grandes podemos ser fieles a Dios en cualquier circunstancia. Aunque la niña estaba lejos de su hogar no olvidó a Dios. ¿Estarías dispuesto a servir a Dios aunque te lleven lejos?

 

En MIS PERLITAS hay mucho material que acompaña a esta historia.

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El aceite que no se acababa

Cuando los niños llegaron al Club Tesoros encontraron la mesa de doña Beatriz llena de ollas, vasijas y recipientes. ¿Qué sorpresa les tendría la buena vecina?

–Doña Beatriz, ¿de dónde consiguió tantas ollas y vasijas –preguntó Pepita, a la vez que admiraba una hermosa olla de cerámica, pintada con flores.

–Tengo buenas vecinas y compañeras de trabajo muy amables. He pasado toda la semana reuniendo lo que ves en la mesa. Les voy a contar de una mujer viuda que tuvo que reunir muchas vasijas. Sus hijos le ayudaron.

UNA VIUDA AMENAZADA

Esta es la historia de una familia que vivía en tiempos del profeta Eliseo. Eran papá, mamá y dos hijos. No sabemos cómo era la casa, pero seguramente era sencilla. El papá estudiaba en la escuela de profetas que tenía Eliseo.

Sabemos que a veces el papá tenía que tomar prestado dinero; pero no sabemos por qué no lo devolvió. Tal vez el papá se enfermó, y ya no podía estudiar ni trabajar. Los niños tuvieron que correr a tomar prestado más dinero, para comida y medicinas. La mamá sin duda cuidó con mucho cariño a su esposo; pero no pudo hacer nada por su salud. Un día, el padre de la familia murió.

Fue una gran tristeza para la mamá y sus dos hijos. Enterraron al papá, entre lágrimas. ¡Cómo lo extrañaban!

¿Qué haremos para pagar nuestras deudas? pensaba la mamá. Mientras ella pensaba, el hombre a quien le debían mucho dinero, vino a hablar con ella.

–¿Creen que los niños se escondieron detrás de la puerta para oír lo que hablaban? –preguntó doña Beatriz.

–Yo hubiera querido saber cada palabra –dijo Pimienta.

–Yo sí me hubiera escondido para escuchar –dijo Sal.

¿Qué oyeron los muchachos? ¡Algo terrible!

«Mujer, si no me pagas lo que me debes, me llevo a tus hijos como esclavos», decía el hombre.

¡Pobres muchachos! ¡Ellos no querían ser esclavos de ese hombre! ¿Qué podrían hacer para salvarse?

LA SOLUCIÓN DEL PROFETA ELISEO

La mamá lloraba al pensar en que le quitarían a sus hijos.

–Mamita, no llores –dijo uno de los muchachos–, tengo una idea. ¿Por qué no vas a hablar con el profeta Eliseo? Papá trabajaba con él; seguramente nos puede ayudar.

La mamá, ahora viuda, fue a casa de Eliseo. Le contó su gran problema y le preguntó qué podrían hacer.

–¿Qué tienes en casa? –le preguntó el profeta.

–Sólo tengo un poco de aceite –respondió la viuda.

–Magnífico –dijo Eliseo–. Ve a pedir prestado vasijas, recipientes, ollas, botellas y ¡qué sé yo! Cierra luego la puerta, y tú y tus hijos echen el aceite en los recipientes.

EL MILAGRO DEL ACEITE

Doña Beatriz pasó a la mesa donde tenía las ollas, las vasijas y los recipientes. Tomó una botella de aceite y empezó a llenarlo en una olla. ¡Pero pronto el aceite se acabó!

–Niños, eso no pasó en casa de la viuda. Sus hijos habían ido de casa en casa, tocando puertas, pidiendo prestado vasijas y recipientes. Habían reunido muchas vacijas vacías. ¡Muchas!

Uno por uno, los muchachos habían traído vasijas a la casa, hasta que ya les pareció tener suficientes. Luego cerraron la puerta y la mamá comenzó a llenar aceite en las vasijas.

Los muchachos le pasaban las vasijas y la mamá las llenaba con el aceite. ¡Qué emocionante! Una vasija por aquí, otra por allá… una olla, una botella… Así, poco a poco, fueron llenando todas las vasijas y los recipientes que habían conseguido.

–Más recipientes –dijo la mamá. ¡Pero ya no había más!

¡Entonces se acabó el aceite!

Ya no había más aceite en la botella; pero la casa estaba llena de vasijas con aceite.

LA VIUDA COMERCIANTE

Nuevamente, la viuda fue a visitar al profeta Eliseo.

–¿Qué debo hacer con el aceite? –le preguntó.

–Véndelo y paga tus deudas –le dijo el siervo de Dios–. Con el dinero que sobre, compra comida para tus hijos. Vivan del dinero que les sobra.

¡Qué felidad para la familia! Los hijos ya no serían esclavos sino vendedores de aceite. Conforme iban vendiendo el aceite, devolvían las vasijas a sus dueñas. Pronto la madre pagó toda la deuda que tenía.

¡La viuda amenazada se volvió comerciante!

DIOS AMA A HUÉRFANOS Y VIUDAS

Dios tiene un cariño especial por las viudas y los huérfanos. Él sabe que no tienen un papá que les puede comprar ropa y comida; por eso, Él quiere ser ese «papá». Dios hace milagros no sólo en favor de los huérfanos y las viudas sino también en la vida de todos los que creen y confían en Él.

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El profeta calvo y la sal que curó el agua

Sal, harina, aceite, pan, agua… Los niños del club Tesoros se sorprendieron al ver esas cosas en la mesa de doña Beatriz. ¿Qué planes tendría para la reunión de hoy?

–Parece que la vecina nos va a dar una clase de cocina –le susurró Sal a su amigo Pimienta–. Eso está bueno para las niñas; pero yo prefiero la robática.

–Los hombres también pueden cocinar –dijo Pimienta–. Uno de mis tíos es chef en un restaurante. Es famoso por la comida deliciosa que prepara.

UN HACHA Y UN CEPILLO

Lo que más les sorprendió era que en medio de la mesa había un hacha, como las que se usan para partir leña. Junto al hacha había un cepillo de pelo. ¡Qué misterioso!

Pepita y los otros niños también miraron sorprendidos.

–¿Vamos a hacer algo en la cocina? –preguntó Pepita.

–¿Quisieras hornear un pastel? –le contestó la buena vecina.

–¡Sííí! –gritó Pepita–. ¿Podemos llevarlo a la anciana Damaris? Ella vive sola y se alegra mucho cuando alguien la visita.

–Hoy no vamos a hacer pasteles; pero puedes venir alguna tarde y preparemos algo rico para la vecina Damaris.

El tema de conversación toda la semana había sido el torbellino que había llevado a Elías al cielo. También comentaban acerca del carro y los caballos de fuego. Especialmente a los muchachos les interesaba lo de los caballos.

BÚSQUEDA INFRUCTÍFERA

–No hay duda de que Elías se fue al cielo en el torbellino –dijo doña Beatriz.

Los niños del club no dudaban de esto; pero los profetas que vivían en Jericó no lo creían, aunque habían visto el torbellino. Cincuenta de ellos lo buscaron por tres días, sin encontrarlo.

«¿No les dije que no fueran a buscarlo?» les dijo Eliseo.

Así, por fin, quedaron convencidos de que Dios se había llevado a Elías en el torbellino. Ahora ellos serían fieles siervos de Eliseo.

–¿Quién recuerda lo que Eliseo le pidió a Elías? –preguntó doña Beatriz.

–Quería tener una doble porción del poder de Elías –dijo Pepita.

–Así es –respondió la buena vecina–. Las cosas que tengo en la mesa representan algunos de los milagros que Dios obró por medio de Eliseo. Con harina curó un potaje que tenía veneno; el aceite significa multiplicación; cien hombres comieron y quedaron satisfechos con solo veinte panes, ¡y hasta sobró pan!

–¿Qué hizo Eliseo con el hacha? –preguntó Pimienta.

–Una vez, cuando los profetas cortaban árboles junto al río, se le cayó el hacha a uno de ellos. Se desesperó, porque el hacha era prestada. Eliseo, tranquilamente, cortó un palo, lo echó al agua, e hizo flotar el hierro.

LO QUE NO NECESITABA ELISEO

–No lo puedo creer –dijo Pimienta–. El hierro no flota.

–Sólo Dios puede hacer flotar un hacha. Les voy a contar muchas maravillas de la vida de Eliseo. Hay algo en la mesa que él no necesitaba. ¿Qué creen que es?

Sal, harina, aceite, pan, agua… todo era útil; especialmente el cepillo de pelo, para que Eliseo no estuviera despeinado. ¡Pero el cepillo no lo necesitaba!

–¿Eliseo andaba despeinado? –preguntó Sal.

–La respuesta está en 2 Reyes 2:23 –dijo la buena vecina, y pidió a Pepita que buscara el versículo en su Biblia y lo leyera para todos. ¡Y Pepita leyó!

Después subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: «¡Calvo, sube! ¡calvo, sube!»

–¡Calvo! –exclamó Sal–. ¡Eliseo era calvo! Por eso no necesitaba cepillo.

–¡Cierto! Era calvo. Eliseo iba subiendo por el camino a Bet-el cuando salieron unos muchachos de la ciudad. Al ver al profeta, se burlaron de él porque era calvo. Entonces Eliseo, mirando atrás, les dijo que Dios les daría su merecido castigo.

Burlarse de alguien nunca está bien. Esos muchachos recibieron inmediatamente su merecido castigo. Salieron del monte dos osos, y despedazaron a cuarenta y dos de ellos.

¡Fue cosa grave burlarse del siervo de Dios!

LA SAL SANADORA

–¿Y la sal? ¿Qué hizo Eliseo con la sal? –preguntó Sal.

–Las aguas de Jericó eran malas, y la tierra no producía buen fruto. Eliseo pidió que pongan sal en un recipiente nuevo. Fue a los manantiales de la ciudad, arrojó allí la sal, y dijo: “Dios purifica esta agua.” Y desde ese momento el agua quedó pura.

Estos y muchos más milagros hizo Dios por medio de Eliseo.

No te pierdas la historia del aceite que se multiplicó. Viene pronto…

 

En MIS PERLITAS hay matriales para acompañar a esta historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El fuego que lamió el agua

Pimienta no dejaba de hablar del fuego que no quemó a los amigos de Daniel. «No lo puedo creer –repetía una y otra vez–. Parece imposible.»

En la próxima reunión del club Pimienta siguió con sus dudas. Doña Beatriz le explicó que Dios, que ha hecho todas las maravillas de nuestro mundo, puede hacer cualquier cosa. Él controla la naturaleza.

–La semana pasada les conté del horno de fuego que no quemó a los valientes amigos de Daniel –dijo la buena vecina–. Sadrac, Mesac y Abed-nego honraron el mandamiento de no adorar imágenes sino honrar solo a Dios. ¡Jesús mismo estuvo con ellos en el horno!

La historia que doña Beatriz pasó a contarles tuvo la cabecita de Pimienta dando vueltas. El fuego que no quemó a los amigos era una cosa; pero que el fuego lamiera el agua… ¡totalmente imposible! Sigue leyendo y verás.

ELÍAS Y LOS PROFETAS DE BAAL

Elías fue un gran profeta de Dios. Un profeta es alguien que habla en nombre de Dios. Uno de los mandamientos es que no tengamos dioses ajenos, que no nos hagamos imágenes. El rey Acab y su malvada esposa Jezabel adoraban al dios falso Baal y llevaron al pueblo a pecar contra Dios.

Elías estaba muy triste porque el pueblo se había alejado de Dios. Quiso mostrar al pueblo que Jehová es Dios y dijo al rey que reuniera al pueblo de Israel en el monte Carmelo; también a los casi mil falsos profetas de Baal y de Asera.

–¿Por cuánto tiempo van a estar cambiando de dios? –dijo Elías–. Tienen que decidirse por el Dios de Israel o por Baal. Si Baal es el verdadero dios, síganlo a él. Yo les voy a mostrar que ese dios Baal es falso.

Luego Elías dijo que harían dos altares para quemar bueyes como sacrificio. Pero no prenderían fuego a los bueyes.

–Ustedes pidan fuego a su dios –dijo Elías a los profetas de Baal–. Yo pediré a Jehová Dios que mande fuego. Si Baal manda fuego, él es dios. Si mi Dios manda fuego del cielo, sabremos que él es el Dios verdadero y a Él serviremos.

Todo el día los profetas de Baal gritaron a su dios: «¡Fuego, fuego! ¡Mándanos fuego, por favor!»

¡Pero no pasó nada!

Elías se burlaba de ellos, y les decía: «¡Griten más fuerte! A lo mejor su dios está meditando, o salió de viaje. ¡Tal vez está dormido y tienen que despertarlo!»

Los profetas de Baal gritaban fuerte. Se cortaban con cuchillos hasta que les salía sangre; pero no pasó nada.

EL DIOS QUE MANDÓ FUEGO

A la tarde, Elías preparó un altar con piedras y leña. Puso encima el buey y echó agua sobre todo, tres veces. No se puede prender fuego a leña mojada, ¡pero Dios sí puede hacerlo! Elías quería mostrar lo poderoso que es nuestro Dios. Se arrodilló tranquilamente, y oró:

–¡Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob! Te pido que muestres a todos que tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu siervo. Contéstame, Señor; contéstame para que este pueblo sepa que tú eres Dios.

¿Qué pasó? De repente, cayó fuego del cielo. El altar de piedras, la leña, el buey y el agua se quemaron. No quedó nada. Solo un inmenso hueco. ¡Ni siquiera quedó agua!

Cuando la gente vio esto, todos gritaron: «¡Jehová es Dios!»

DIOS HACE LO IMPOSIBLE

–¡iMPOSIBLE! No puede ser –gritó Pimienta–. ¿Cómo el fuego puede lamer el agua? ¡Con agua se apaga el fuego!

–Jehová es el Dios de lo imposible –respondió doña Beatriz con mucha paciencia–. Aquí en el club aprenderás todas las cosas admirables que Dios hace.

Tres años antes de este encuentro en el monte Carmelo Elías había dicho que no llovería, sino por su palabra. Era un castigo porque el rey Acab y la reina Jezabel en vez de servir a Dios adoraban a Baal, y toda la gente seguía su mal ejemplo. Acab hizo más maldad que todos los otros reyes.

¿Crees que volvió a llover? Los animales y la gente, todos tenían sed. ¡Lluvia, lluvia! Necesitaban lluvia…

Elías había orado que no lloviera. ¡Ahora oraría por lluvia!

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Un accidente milagroso

Anita era una niña de grandes y hermosos ojos negros; ojos llenos de vida a los que nada se escapaba. En todas partes, y donde pasaba algo sensacional, allí estaba Anita.

Sus padres y hermanos mayores la habían apodado «Anita, la traviesa». Su papá decía que era una equivocación que fuera niña; debía haber sido hombrecito.

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UNA NIÑA FELIZ

Anita era Anita y nadie podía cambiar eso. Es cierto que era un poco traviesa, pero tenía un corazón de oro. Siempre obedecía cuando su mamá le pedía algún favor. Para decirlo en pocas palabras, Anita era una niña feliz.

Un día pasó algo que Anita nunca olvidará. Ella había estado jugando con su amiga Elisabet. Camino a casa se encontró con su papá, que le dijo:

–Hijita, por favor ve con esta receta a la farmacia. Tu mamá ha enfermado y acaba de verla el médico. Necesita esta medicina.

–¿Qué? ¿Mamá está enferma?

Anita no podía comprenderlo. Estaba acostumbrada a ver sana a su mamá. Muy triste fue a la farmacia.

–No te demores, hijita –le pidió su papá–. ¡Corre!

perlita-358-bMEDICINA PARA LA MAMÁ

Anita sabía correr y no demoró mucho en llegar a la farmacia. Entregó la receta a don Eusebio y a cambio recibió un frasco de medicina. Lo pagó, y salió corriendo para llegar pronto a casa.

perlita-358-d-coCasi había llegado cuando pasó algo. Anita no recuerda cómo, pero se tropezó y cayó. El frasco de medicina voló de su mano, cayó contra una piedra, y todo el contenido se derramó.

¡Pobre Anita! No pudo contener las lágrimas. Al caer se había golpeado la espalda y se había hecho heridas en las rodillas. Pero eso no era lo peor. Lo que más le dolía era haber derramado la medicina que llevaba para su mamá.

VENENO, NO MEDICINA

Llorando regresó a la farmacia para pedir otro frasco. Entre sollozos, y mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, le contó a don Eusebio lo que había pasado.

–¡Gracias a Dios! –exclamó el buen hombre.

Anita lo miró sorprendida. ¿Cómo era que don Eusebio daba gracias a Dios por el accidente?

anitaUn poco después de que Anita había salido con el frasco de medicina, don Eusebio se dio cuenta de que se había equivocado de frasco.

La medicina que la mamá de Anita necesitaba aun estaba sobre el mostrador. Lo que la niña estaba llevando a casa, ¡era veneno!

DIOS HIZO UN MILAGRO

Don Eusebio amaba a Jesucristo. Él sabía que podemos orar en cualquier circunstancia y recibir respuesta. De inmediato se había puesto de rodillas y había pedido a Dios que haga algo para que Anita no llegue a casa con el veneno.

¡Qué feliz estaba don Eusebio! Con mucho cariño limpió las heridas de Anita antes de que ella regresara a su casa; pero esta vez con la medicina que su mamá necesitaba.

Muy cansada, pero contenta, Anita llegó con la medicina. Tenía sucia la ropa y la cara pero las heridas estaban limpias. En la mano llevaba un frasco de medicina, ¡y no veneno!

Una y otra vez Anita tuvo que contar a todos acerca del accidente milagroso, porque realmente fue un accidente milagroso.

DIOS VELA POR TI

¿Verdad que es maravilloso cómo Dios contestó la oración de don Eusebio, para que Anita no llegara a casa con veneno en vez de medicina?

Anita se preocupó cuando tuvo el accidente; pero no sabía que era una bendición de Dios. A veces las cosas negativas pueden ser algo positivo.

Dios te ama y vela por ti. Así como ayudó a Anita y a don Eusebio, puede ayudarte a ti. ¡Confía siempre en Él!

rom-8_28En MIS PERLITAS están las hojas que acompañan a esta historia.

Cuando las ratas desaparecieron

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Mi madre fue una mujer valiente. A los seis años de edad le preguntaron qué quería ser cuando sea grande. «Quiero ser estrella de cine o misionera», dijo ella.

Cuando tenía ocho años, murió su papá por un problema del corazón. Ella tenía un hermano mayor y una hermana menor. Para mi abuela fue muy difícil mantener a la familia, así que cuando Mamá cumplió doce años tuvo que dejar sus estudios para trabajar y ayudar a su madre con el mantenimiento de la familia.

NO FUE ESTRELLA DE CINE

Mamá no llegó a ser estrella de cine, porque el plan de Dios para su vida era que sea misionera.

Misionero es alguien que viaja a otro lugar o país para predicar el evangelio. Dios llamó a mis padres para que vayan a Chile, ese país largo y angosto de Sudamérica. Otro día te voy a contar cómo mis padres se conocieron y se casaron.

Para Mamá fue un gran sacrificio viajar a Chile porque tuvo que dejar a su madre. Para mi abuela también fue muy difícil. Mi madre era su gran apoyo, y ninguna de las dos sabía si alguna vez más volverían a verse.

UN VIAJE MUY LARGO

Suecia, donde vivía mi mamá, queda en el norte de Europa y Chile está en el sur de las Américas. El viaje iba a ser de un mes en barco hasta Buenos Aires, Argentina, y de allí tendrían que viajar en tren a Chile. ¡Qué viaje largo y pesado!

Photos 01.qxdCuando viajé con mis padres a Chile en 1948

Yo era una niñita de dos años y mi abuela no iba a verme crecer. Tampoco iba a ver a mi hermanita que pronto nacería. ¿Sabes qué? Ningún sacrificio que hagamos se compara con el sacrificio de amor que hizo Jesús al venir a la tierra para ser nuestro Salvador. Él dejó la gloria del cielo y vino a vivir entre los hombres, para morir en la cruz. Gracias al amor de Jesús por nosotros podemos recibir el perdón de pecados, si se lo pedimos.

COMPAÑÍA EN EL PRIMER HOGAR

Ahora te voy a contar lo que pasó en su primer hogar en el sur de Chile, en Traiguén. Mis padres alquilaron dos habitaciones en un caserón donde vivían muchas familias. ¿Adivina quiénes más vivían allí? ¡Ratas!

Mamá se fue acostumbrando bastante bien a todas las cosas que eran nuevas y extrañas para ella; pero ¿acostumbrarse a las ratas? ¡No, eso era imposible! La compañía que tenían en su casa no eran ratoncitos sino ratas grandes y gordas.

El caserón donde vivían era de madera, con tablas por dentro y por fuera. En las noches las ratas subían y bajaban dentro de las paredes y encima del cielo raso. Debajo de la casa se juntaba agua en la época de lluvia y allí se zambullían las ratas.

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Mamá estaba muy preocupada por mí y mi hermanita. Casi no dormía en las noches porque tenía miedo de que las ratas nos mordieran. A un amigo misionero le habían mordido el labio.

GRANDES RATAS LADRONAS

Un día, cuando Mamá estaba sentada escribiendo una carta a mi abuela, ¿quién crees que la estaba observando? ¡Una rata la miraba por un hueco en la pared!

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Las ratas eran ladronas. Mamá me había regalado un reloj de pulsera que se le había malogrado; pero un día desapareció. ¿Quiénes lo habían robado? ¡Las ratas!

Después de un terremoto, cuando tuvieron que arreglar las tejas del techo, uno de los obreros encontró el reloj. Estaba envuelto en unos papeles. Las ratas lo habían llevado allí.

El problema se hacía peor cada día. Una noche, cuando las ratas estaban de fiesta y Mamá no podía dormir, recordó lo que un hermano de su iglesia en Suecia le había contado. Él y su esposa tenían invasión de cucarachas en su casa, a veces hasta en la tetera. En ese tiempo no había insecticidas para rociar contra los bichos y ellos estaban desesperados por la situación. Entonces oraron a Dios, ¡y las cucarachas desaparecieron!

DIOS OYE LA ORACIÓN

Así como Dios quitó las cucarachas podría hacer desaparecer las ratas, pensó Mamá. Inmediatamente despertó a Papá y le dijo que le ayudara a orar. Era medianoche y él estaba soñoliento. «Si tienes fe, ora tú», le dijo, y siguió durmiendo.

La fe de Mamá había crecido, y entre lágrimas clamó a Dios, pidiendo su ayuda. Cuando terminó de orar había silencio profundo. ¡Dios había hecho desaparecer a las ratas! ¡Nunca más les molestaron! Y desde esa noche Mamá durmió tranquila.

¿Adónde se fueron? Los vecinos después se quejaron de que tenían el doble de ratas. Eso era porque una joven misionera tuvo fe en su grande y poderoso Dios, que respondió a su oración.

¿Tienes algo que te preocupa? ¡ORA! Nunca dudes del poder de Dios para responder a tu oración y hacer milagros.

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La sombra que retrocedió

Ezequías fue un gran rey. Leemos en la Biblia que ni antes ni después hubo en Judá otro rey como él. Fue fiel al Señor, y obedeció los mandamientos que Dios dio a Moisés.

En los tiempos de Ezequías las ciudades estaban rodeadas de muros. Una vez los enemigos rodearon a la ciudad de Jerusalén, la capital del reino. Nadie podía salir al campo en busca de agua y comida. Los niños lloraban porque tenían hambre y sed. Los padres no sabían cómo consolarlos.

Los enemigos, con sus armas, se burlaban de Dios y del rey. Senaquerib, el rey enemigo, mandó una carta a Ezequías, diciendo:

Vengo con mi ejército para vencerlos a todos. No pienses que tu Dios te va a ayudar. Yo he conquistado a muchos pueblos y ninguno de sus dioses ha podido defenderlos. ¡Prepárate para una gran derrota!

Ezequías tembló de miedo… sí, seguramente, pero a la vez sabía algo que Senaquerib no conocía: que no hay rey en el mundo que sea más poderoso que nuestro Dios.

¿Qué crees que hizo el rey cuando recibió la carta? Lo que siempre acostumbraba hacer. ¡Fue al templo para orar! Se arrodilló con la carta delante de él y dijo:

Amado Señor, sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra. Por favor, lee esta carta y date cuenta de todas las cosas feas que dice Senaquerib. Sálvanos, para que todos los reinos de la tierra sepan que tú eres Dios.

Ezequías oró con fervor, pensando en los niños que se morían de hambre y en los padres que no sabían qué hacer.

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BUENAS NOTICIAS

Al poco tiempo, Isaías, el profeta de Dios y amigo del rey, mandó a dar buenas noticias a Ezequías.

«Vas a recibir lo que has pedido a Dios –era el mensaje–. Senaquerib no entrará a Jerusalén. No disparará ni una sola flecha ni construirá plataformas para subir por las murallas. Dios protegerá esta ciudad.»

Dios cumplió su promesa y ayudó a Ezequías. Mandó un ángel que destruyó a todos los soldados del campamento enemigo. El rey Senaquerib volvió a su tierra, avergonzado.

ENFERMEDAD DE MUERTE

En esos días, Ezequías cayó en cama, muy enfermo. Su amigo, el profeta Isaías, fue a verlo y le dijo: «Ordena todas tus cosas porque vas a morir.»

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¡Pobre Ezequías! No quería morir; pero ¿qué podía hacer si Dios se lo había dicho? Lo que siempre hacía: ¡orar!

Volvió su cara hacia la pared y oró, llorando amargamente. «Por favor, amado Dios, acuérdate de que te he servido con mucho amor y he hecho las cosas que te agradan.»

¿Escuchó Dios la oración del rey? Sí, porque Él siempre oye nuestras oraciones. Aunque no siempre contesta como nosotros queremos. ¡Dios sabe cuál es la mejor respuesta!

QUINCE AÑOS MÁS DE VIDA

Isaías ya se había despedido de Ezequías, y volvía para su casa, cuando Dios le dijo: «Regresa al dormitorio del rey y dile que he oído su oración. Lo voy a sanar, para que dentro de tres días vaya al templo. Además, le voy a aumentar quince años de vida.» ¡Qué alegría para el rey enfermo de muerte!

–¿Cómo sabré que esto es verdad? –preguntó Ezequías–. ¿Puede Dios darme una señal?

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–¿Qué prefieres? –dijo Isaías–. ¿Quieres que la sombra en el reloj del sol de tu padre Acaz se adelante diez grados
o prefieres que retroceda? (Era como decirle: «¿Quieres que sean las nueve de la mañana o las tres de la tarde?»)

LA SOMBRA RETROCEDE DIEZ GRADOS

El rey pidió que la sombra retroceda. ¿Qué hizo Isaías? Algo que acostumbraba hacer, tal como el rey Ezequías: ¡oró a Dios! En ese momento, sucedió un gran milagro. ¡La sombra en el reloj del sol retrocedió diez grados!

Era el mediodía y volvió a ser las nueve de la mañana. Tal vez la gente tuvo que almorzar dos veces ese día. ¡Nunca más ha vuelto a suceder algo semejante!

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–Pongan una pasta de higos sobre la herida –ordenó Isaías.

Con la pasta de higos y la ayuda de Dios, Ezequías sanó.

DIOS TE AYUDA

No olvides que Dios quiere ayudarte. No importa cuál sea tu problema. ¡Dios es poderoso para socorrerte!

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