El profeta que oró por lluvia

Pepita llegó temprano al club del sábado. Traía en las manos el tesoro que había ganado por adivinar la palabra secreta; aquello que vale más que el oro. ¿Recuerdas la palabra? SA-BI-DU-RÍA.

El papá de Pepita se interesó mucho en la historia de Elías y el fuego. Le pareció tan impresionante que el fuego que cayó del cielo consumió al buey, la leña, las piedras, el polvo, y aun el agua que estaba en la zanja.

Pepita quería saber dónde en la Biblia estaba la historia para que su papá la leyera. Don Pepe había cambiado. Primero no quiso que Pepita vaya al club; ahora estaba contento y quería que su hija le contara lo que aprendía.

–Dios está contestando mis oraciones por tu papá –dijo doña Beatriz a Pepita–. Espero que un día toda tu familia siga los caminos de Dios.

La buena vecina Beatriz estaba feliz al ver el interés de Pepita en lo que ella enseñaba a los niños del club. Le marcó un lugar en la Biblia que Pepita debía leer durante la clase. Y le puso un señalador en 1 Reyes 18, para que Pepita le mostrara a su papá dónde leer acerca de Elías y el fuego del cielo.

ELÍAS ORA PARA QUE NO LLUEVA

El rey Acab y la reina Jezabel eran malvados. En vez de servir a Dios adoraban al ídolo Baal, y toda la gente seguía su mal ejemplo. Elías fue al palacio y dijo al rey: «Tan cierto como que Dios vive, a quien yo sirvo, no habrá rocío ni lluvia en los próximos años, hasta que yo lo ordene.»

El agua es muy importante. Si no llueve por un buen tiempo se secan los ríos, no hay cosechas, y la gente empieza a pasar hambre. ¡En Israel no llovió por tres años y medio!

Elías no pasó hambre. Dios lo mandó a que se escondiera en el arroyo de Querit. Los cuervos le llevaban comida: pan y carne en la mañana y en la tarde. ¿Por qué tuvo que esconderse? ¡Porque el rey Acab estaba furioso y lo buscaba!

Después Dios mandó a Elías que fuera a Sarepta. Allí lo alimentó una viuda. Ella y su hijo tenían sólo un poco de harina y un poco de aceite para hacer un pan. Dios hizo que no se acabara la harina y el aceite durante todo el tiempo que no llovió. ¡Cada día ellos comieron pan del cielo!

ELÍAS ORA PARA QUE LLUEVA

El rey buscaba a Elías por todas partes; pero no lo encontraba. Le echaba la culpa a Elías de que no llovía; pero era culpa del rey, porque adoraba al ídolo Baal. Un día, Dios le dijo a Elías que iba a mandar lluvia; pero Elías tenía que orar.

Dios es nuestro Padre y quiere que le pidamos las cosas que necesitamos, por eso Elías tenía que pedirle lluvia.

Después de la gran maravilla del fuego que cayó del cielo, Elías fue con su siervo a la cima del monte Carmelo orar. Se arrodilló, puso su cabeza entre las rodillas, y oró.

Doña Beatriz pidió a Pepita que leyera los versículos que le había marcado en su Biblia. Pepita leyó:

«El profeta Elías era un hombre como nosotros, y cuando oró con fervor pidiendo que no lloviera, dejó de llover sobre la tierra durante tres años y medio. Después, cuando oró otra vez, volvió a llover, y la tierra dio su cosecha.»
Santiago 5:17,18 DHH

DIOS MANDA LLUVIA

Elías oró y dijo a su siervo que vaya a mirar si venía la lluvia. Seis veces fue a mirar hacia el mar; pero no vio nada. La séptima vez dijo:

–Veo una nube pequeña. Parece la mano de un hombre.

–¡Es la lluvia que viene! –dijo Elías.

Elías se levantó contento. Ya no necesitaba orar más. ¡Dios le había contestado! Mandó a decir al rey Acab que prepare su carro y se vaya antes que lo detenga la lluvia.

¿Qué hizo Elías? Dios le dio fuerza extraordinaria. Se sujetó el manto con su cinturón y corrió delante del carro de Acab todo el camino desde el monte Carmelo hasta Jezreel.

–¿Cuánto corrió Elías? –preguntó Sal.

A Sal le interesan mucho los números. Siempre anda calculando cosas.

–¡Elías corrió unos 40 kilómetros! –dijo doña Beatriz.

Elías no era un súper hombre. Era como nosotros; pero confiaba en el Dios que hace maravillas. Oró con fervor que no lloviera, y no llovió. Luego oró que lloviera, ¡y llovió!

¡Ora con fervor y Dios te contestará!

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El desayuno del cielo

Era una mañana como cualquier otra. Los niños estaban sentados a la mesa esperando su desayuno. Allí estaban los platos, allí estaban las tazas; pero vacíos…

–Demos gracias a Dios por el desayuno –dijo Jorge Müller, el «papá» de los niños.

Los niños eran huérfanos y habían encontrado refugio en el hogar de este hombre bondadoso, que confiaba en Dios por todo lo que él y los niños necesitaban.

MÁS DE 10.000 NIÑOS

Jorge Müller comenzó con una casa y 30 niños. Al poco tiempo tenía cuatro casas y 150 niños que cuidar. Durante sesenta largos años, él cuidó de miles de niños huérfanos. Cuando murió, a los 93 años de edad, tenía cinco casas con más de 2.000 niños. En total, Jorge Müller refugió a más de 10.000 niños, que recibieron un hogar en el orfanato.

PEDÍA TODO DE DIOS

Los niños miraron a «papá Jorge». Ellos estaban acostumbrados a orar, a pedir a Dios lo que necesitaban.

Jorge Müller nunca pedía nada de nadie, sino solamente a Dios. Cada día se levantaba muy de mañana para orar. Todo lo que los niños necesitaban, él se lo pedía a Dios en oración. A veces Dios mandaba gran cantidad de dinero, otras veces llegaba poco; pero nunca les faltaba lo necesario.

EL LECHERO Y LA LECHE

Esa mañana, cuando los platos y las tazas en las mesas estaban vacíos, «papá Jorge» nuevamente confió en el Padre celestial y oró a Dios que les mandara desayuno.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Alguien tocaba la puerta.

Allí estaba el lechero. El carro con el que repartía la leche se había malogrado afuera de la puerta del orfanato.

–No puedo seguir repartiendo leche –dijo el lechero–. Tomen ustedes la leche.

El lechero dio toda la leche para los niños del orfanato.

EL PANADERO Y EL PAN

Al poco rato, nuevamente alguien tocó la puerta.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Era el panadero, que traía canastas y bandejas llenas de pan.

–Me levanté temprano –dijo el panadero–. Dios me dijo que tenía que traerles pan.

¡Qué rico era el aroma del pan recién horneado!

Leche y pan fue lo que Dios mandó al orfanato esa mañana. Los niños tomaron felices su desayuno del cielo. Después, Dios proveyó comida para el almuerzo y la cena.

UN PREDICADOR DE ALEMANIA

Así era la vida de Jorge Müller. Él había llegado de Alemania a Inglaterra para predicar el evangelio. Mientras iba de lugar en lugar, predicando la palabra de Dios, vio a muchos niños harapientos y sucios que jugaban en las calles. Muchos de ellos no tenían padres que los cuidaran.

Dios le habló y le dijo que quería que comenzara un orfanato para tantos niños huérfanos que había en la ciudad.

Jorge Müller vivía en Bristol. Él habló con los hermanos de la iglesia donde trabajaba, pero ellos no estaban de acuerdo con la idea. Sin embargo, Dios le había hablado y el buen hombre no pudo quedarse tranquilo.

Jorge Müller empezó a orar a Dios para que le diera lo necesario. Como respuesta a sus oraciones recibió una casa, dinero, gente que le ayudara, y niños que vivieran en el orfanato. Fue así que llegó a ser el «papá» de miles de niños.

PADRE DE LOS HUÉRFANOS

En el Salmo 68:5 dice que Dios es «Padre de los huérfanos». Dios también es la «ayuda de los huérfanos». Dios pone en el corazón de hombres y mujeres, tales como Jorge Müller, que se preocupen de los huérfanos, porque a al Señor le importa mucho el bienestar de estos niños.

¿Quisieras orar por los huérfanos allí donde tú vives?

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Una noche entre leones

Imagina que pasas una noche durmiendo entre leones. ¿Sería posible? Quizá si fueras entrenador en un zoológico.

Hace muchos años había un hombre que lo único que sabía acerca de leones era que éstos son muy bravos. En su país los tenían en un foso que se usaba para castigar a criminales. Echaban a los criminales en el foso y los leones se los comían.

Este gobernador era el mejor de los mejores. Era tan bueno y fiel que el rey pensaba ponerlo como jefe sobre todo el reino.

Sus compañeros de trabajo se morían de envidia y buscaban algo de qué acusarlo; pero no había nada.

UN PLAN MALVADO

Entonces idearon un plan muy malvado. Ellos habían visto que Daniel oraba a Dios tres veces al día. Sí, el gobernador se llamaba Daniel y en la Biblia hay un libro que lleva su nombre. Allí está esta historia, en el capítulo 6.

Daniel oraba con las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Él estaba en tierra extraña. Cuando era sólo un adolescente lo habían llevado cautivo de Jerusalén a Babilonia. Daniel nunca olvidó al Dios de su pueblo Israel, y por eso oraba tres veces al día. ¡Qué hermosa costumbre!

Los gobernadores envidiosos engañaron al rey, llamado Darío, para que dictara una nueva ley. Era una ley para que durante un mes todos solamente oraran al rey. Si alguien oraba a algún dios u hombre, y no al rey Darío, sería echado al foso de los leones, como si fuera un criminal.

Daniel ora F

EL REY CAYÓ EN LA TRAMPA

El rey se sintió honrado por esta propuesta; le agradó el plan. Pero cuando le trajeron al gobernador Daniel como un criminal, que no había cumplido la ley, el rey se puso pálido. ¡Había caído en una trampa!

Los gobernadores malvados habían espiado a Daniel, y lo habían visto orar a su Dios. Muy complacidos lo trajeron al rey para que fuera castigado.

–Daniel, mi muy amado Daniel –dijo el rey, desesperado–. El decreto está firmado; tengo que hacerlo; tengo que echarte a los leones. ¡El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre!

LA NOCHE ENTRE LEONES

Esa noche el rey Darío no quiso comer, ni quiso escuchar música; no quiso hacer nada… ¡y no pudo dormir!

En el foso de los leones el gobernador Daniel dormía tranquilo entre leones. ¡Un león era su almohada!

Daniel y leones F

Los leones, ¿no se comieron a Daniel? ¡No! Dios mandó su ángel para cerrar la boca de los leones.

Muy de mañana, el rey apresuradamente fue al foso y llamó a gritos a Daniel.

–Daniel, mi muy amado Daniel –gritó el rey–. El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones?

NI SIQUIERA UN RASGUÑO

¡Qué alegría para el rey cuando Daniel le contestó desde lo profundo del foso! ¡Dios lo había salvado!

Daniel era inocente; no había hecho nada malo. ¿Cuál era su «crimen»? Daniel había orado a Dios; ese era el crimen.

Cuando sacaron a Daniel del foso, no tenía un solo rasguño. Los leones no le habían hecho ningún daño, porque Daniel confiaba en su Dios.

A los hombres malvados, ¿qué les pasó? Ellos y sus familias fueron echados al foso de los leones. Antes que llegaran a tocar el suelo, los leones cayeron sobre ellos y les trituraron los huesos. ¡Qué triste suerte pagaron por su envidia!

EL DECRETO DEL REY

El rey Darío, muy impresionado por el poder de Dios, mandó una carta a todos los pueblos y naciones del mundo. ¿Qué crees que decretó? Darío decretó que en todo lugar de su reino se adore y honre al Dios de Daniel.

Paz os sea multiplicada. De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. El salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones.  (Daniel 6:26 y 27)

Aunque Daniel sabía que su castigo sería la muerte, no tuvo miedo ni dejó su costumbre de orar a Dios tres veces al día.

¿Cómo sería si tú fueras tan fiel a Dios, que el presidente de tu país hiciera un decreto de que todos debían adorar al Dios que tú sirves? ¡Piénsalo!

 

Daniel 6_16

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