Una noche entre leones

Imagina que pasas una noche durmiendo entre leones. ¿Sería posible? Quizá si fueras entrenador en un zoológico.

Hace muchos años había un hombre que lo único que sabía acerca de leones era que éstos son muy bravos. En su país los tenían en un foso que se usaba para castigar a criminales. Echaban a los criminales en el foso y los leones se los comían.

Este gobernador era el mejor de los mejores. Era tan bueno y fiel que el rey pensaba ponerlo como jefe sobre todo el reino.

Sus compañeros de trabajo se morían de envidia y buscaban algo de qué acusarlo; pero no había nada.

UN PLAN MALVADO

Entonces idearon un plan muy malvado. Ellos habían visto que Daniel oraba a Dios tres veces al día. Sí, el gobernador se llamaba Daniel y en la Biblia hay un libro que lleva su nombre. Allí está esta historia, en el capítulo 6.

Daniel oraba con las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Él estaba en tierra extraña. Cuando era sólo un adolescente lo habían llevado cautivo de Jerusalén a Babilonia. Daniel nunca olvidó al Dios de su pueblo Israel, y por eso oraba tres veces al día. ¡Qué hermosa costumbre!

Los gobernadores envidiosos engañaron al rey, llamado Darío, para que dictara una nueva ley. Era una ley para que durante un mes todos solamente oraran al rey. Si alguien oraba a algún dios u hombre, y no al rey Darío, sería echado al foso de los leones, como si fuera un criminal.

Daniel ora F

EL REY CAYÓ EN LA TRAMPA

El rey se sintió honrado por esta propuesta; le agradó el plan. Pero cuando le trajeron al gobernador Daniel como un criminal, que no había cumplido la ley, el rey se puso pálido. ¡Había caído en una trampa!

Los gobernadores malvados habían espiado a Daniel, y lo habían visto orar a su Dios. Muy complacidos lo trajeron al rey para que fuera castigado.

–Daniel, mi muy amado Daniel –dijo el rey, desesperado–. El decreto está firmado; tengo que hacerlo; tengo que echarte a los leones. ¡El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre!

LA NOCHE ENTRE LEONES

Esa noche el rey Darío no quiso comer, ni quiso escuchar música; no quiso hacer nada… ¡y no pudo dormir!

En el foso de los leones el gobernador Daniel dormía tranquilo entre leones. ¡Un león era su almohada!

Daniel y leones F

Los leones, ¿no se comieron a Daniel? ¡No! Dios mandó su ángel para cerrar la boca de los leones.

Muy de mañana, el rey apresuradamente fue al foso y llamó a gritos a Daniel.

–Daniel, mi muy amado Daniel –gritó el rey–. El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones?

NI SIQUIERA UN RASGUÑO

¡Qué alegría para el rey cuando Daniel le contestó desde lo profundo del foso! ¡Dios lo había salvado!

Daniel era inocente; no había hecho nada malo. ¿Cuál era su «crimen»? Daniel había orado a Dios; ese era el crimen.

Cuando sacaron a Daniel del foso, no tenía un solo rasguño. Los leones no le habían hecho ningún daño, porque Daniel confiaba en su Dios.

A los hombres malvados, ¿qué les pasó? Ellos y sus familias fueron echados al foso de los leones. Antes que llegaran a tocar el suelo, los leones cayeron sobre ellos y les trituraron los huesos. ¡Qué triste suerte pagaron por su envidia!

EL DECRETO DEL REY

El rey Darío, muy impresionado por el poder de Dios, mandó una carta a todos los pueblos y naciones del mundo. ¿Qué crees que decretó? Darío decretó que en todo lugar de su reino se adore y honre al Dios de Daniel.

Paz os sea multiplicada. De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. El salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones.  (Daniel 6:26 y 27)

Aunque Daniel sabía que su castigo sería la muerte, no tuvo miedo ni dejó su costumbre de orar a Dios tres veces al día.

¿Cómo sería si tú fueras tan fiel a Dios, que el presidente de tu país hiciera un decreto de que todos debían adorar al Dios que tú sirves? ¡Piénsalo!

 

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