La niña que pidió ojos azules

Una semana antes de la Navidad, el año 1867, nació en un pequeño pueblo de Irlanda una niña con lindos ojos de color café.

Sus padres le pusieron el nombre de Amy. Ella creció en un pueblo junto al mar, y desde muy pequeña llegó a amar los colores y los sonidos del océano. Su color favorito era azul, como el color de los ojos de su mamá.

Desde muy pequeña, su gran deseo era tener ojos azu­les. No estaba contenta con sus ojitos de color café: brillantes, traviesos y llenos de vida.

Amy siempre escuchó hablar del Hijo de Dios, el Señor Jesús. Sus padres le leían la Biblia todos los días.

Ella aprendió que Jesús la amaba y que había venido del cielo para morir por sus pecados en la Cruz y ser su Salvador. También sabía que Jesús no está muerto sino que vive y que escucha las oracio­nes.

Amy pide ojos azules

Amy tenía solamente tres años cuando le pidió al Señor que le diera ojos azules. Una noche, se arrodilló junto a su cama y oró a Dios, pidiendo que cambiara sus ojos de color café por un hermoso azul. Pidió con toda fe, y estaba convencida de que iba a contestar su oración.

«Dios siempre contesta las oraciones», le había dicho su mamá muchas veces.

Amy sabía que Jesús había prometido: «Pidan, y se les dará… Porque todo el que pide, recibe.» Confiada en que esas palabras eran verdad, se durmió.

A la mañana siguiente, se despertó feliz como un pajarito. Rápidamente fue a mirarse en el espejo. Es­taba emocionada pensado en que tendría ojos azules.

¿Ojos azules? ¡NO! Solamente unos trágicos ojos de color café se reflejaban en el espejo. Unos ojos muy tristes. ¡Dios no había contesta­do! Nada había ocurrido.

No también es una respuesta

Amy había orado, se había porta­do bien (aunque no es porque te portas bien que Dios responde a la oración), había creído en Dios; sin embargo, Él no había contestado a su oración.

Amy hizo un esfuerzo por no llorar. Entonces pasó algo muy importante. Tal vez lo oyó en el apagado cuchi­cheo de las olas, quizá su mamá al entrar al cuarto se lo dijo. Tal vez Dios mismo estaba ayudando a Amy a entender un secreto que ella iba a recordar por el resto de su vida: «No también es una respuesta.»

Las palabras llegaron tan claras a su mente, como si alguien las hubiera dicho en alta voz. Amy pensó que Dios no había prestado atención cuando oraba… pensó que Él sencillamente no había contestado; pero sí contestó la oración de Amy, aunque la respuesta fue «no».

Los planes de Dios

Muchos años más tarde, Amy en­tendió por qué Dios no le dio ojos de color azul. Él tenía un plan muy emocionante para su vida. Para cumplir ese plan, Amy necesitaba ojos de color café.

Dios tiene un plan también para tu vida, y por medio de las experiencias de cada día, Él quiere enseñarte lecciones muy importantes.

Si le pides algo, y la res­puesta es «no», recuerda que Dios sabe lo que es mejor para ti. ¡No también es una respuesta!

¿Tienes un deseo especial? ¡Cuéntaselo a Dios en oración! Cualquiera que sea la respuesta, ten la seguridad de que es la mejor para ti.

MIS PERLITAS 424

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Josué se despide

El abuelo Eleazar había visto todas las hazañas de sus líderes Moisés y Josué. Nunca olvidaría el día en que emprendieron la salida de Egipto. El recuerdo más impresionante era del mar que se abrió, cuando caminaron por el fondo del mar en tierra seca.

–Esa vez me saqué la suerte –dijo el abuelo–. Conocí a la niña más hermosa del mundo.

–Eleazar –le exhortó la abuela–. Eso no fue “suerte” sino la bendición de Dios.

–Nosotros tenemos la suerte de que ustedes son nuestros abuelos –dijo Eliab.

–Es bendición –le exhortó la abuela–. Nunca olviden eso. No creemos en la suerte sino en la bendición de Dios.

–¡Bendición! ¡Bendición! –cantó Elizabet–. Ella siempre ponía melodía a las palabras, porque le gustaba mucho cantar.

–Todo ha sido emocionante. Cruzar el mar en seco; recoger maná todos los días; ver cuando Moisés golpeó la roca y brotó agua; la serpiente de bronce que Moisés levantó cuando hubo una plaga de serpientes venenosas.

–Lo que no fue nada lindo es el castigo que recibimos por la falta de fe de los espías –dijo la abuela–. El abuelo y yo nos sentimos muy desilusionados. Porque ellos no creyeron que conquistaríamos la Tierra Prometida pasamos cuarenta años en el desierto.

–Quizá lo más emocionante fue cruzar el río Jordán –dijo el abuelo–. Porque entonces estuvimos en la tierra que Dios nos había prometido.

–Ahora tenemos una casa –dijo Eliab–. Me gusta que ya no vivimos en carpas. ¡Se acabó la vida del desierto!

Siguió la conversación. Eleazar y Raquel recordaban todas las maravillas que habían visto en el largo viaje por el desierto. Ahora sus nietos disfrutarían de la tierra que Dios les había dado.

La despedida

Así como Moisés antes de él, Josué también fue un buen líder, que enseñó al pueblo a seguir los caminos de Dios. Había pasado el tiempo y Josué ya era anciano.

Antes de morir, reunió a todo el pueblo de Israel en Siquem, al pie del monte Ebal. Vinieron todas las tribus con los líderes, los jueces y los oficiales. ¡Y allí estaba Eleazar con toda su familia!

¿Para qué los reunió Josué? Para hacerles recordar todas las maravillas que Dios había hecho con ellos. Paso por paso fueron recordando lo que Dios había hecho por su pueblo.

Como un anciano padre hablaría a sus hijos y nietos, así Josué habló al pueblo.

–Hijitos, no se olviden de las maravillas que Dios ha hecho. Ustedes han recibido una tierra hermosa. Viven en ciudades que no han edificado, y comen de viñas y olivares que no han plantado.

»Les digo lo mismo que Dios me dijo a mí. Esfuércense en cumplir todo lo que dice el libro de la ley de Moisés; cúmplanlo al pie de la letra. No adoren a otros dioses. Sirvan de todo corazón al Señor.

Una piedra de testigo

Luego de hacer recordar al pueblo todas estas cosas, Josué las registró en el libro de la Ley de Dios. Después levantó una enorme piedra y la colocó bajo un árbol que estaba junto al santuario del Señor.

–Esta piedra es testigo de todo lo que el Señor ha dicho, para que ustedes no mientan –dijo Josué.

¿Qué habían prometido ellos?

  • Sólo al Señor serviremos.
  • Sólo al Señor obedeceremos.

Sirve hoy al Señor

Tú y tus amigos son los futuros líderes. Dios tiene maravillosos planes para ti. Pero no tienes que esperar hasta «mañana» para servir al Señor. Hoy mismo puedes ser un siervo de Dios obediente. ¿Esa promesa que oyó la piedra? Haz tú también esa promesa a Dios:

«Sólo al Señor mi Dios serviré, y sólo a él obedeceré.»

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Aquí termina la historia de Eleazar y Raquel,

y de Eliab y Elizabet.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caleb conquista su monte

A los niños les encantaba escuchar al abuelo contar acerca de su vida en el desierto. Ellos sabían que había pasado cuarenta años criando ovejas. Los israelitas eran pastores de ovejas. Cuando salió de Egipto encontró a un corderito que fue su mascota, su Campeón. Ahora el abuelo tenía todo un rebaño de ovejas.

Una tarde el abuelo decidió contarles acerca de uno de sus grande héroes. Cuando Moisés mandó espías para explorar a Canaán, la Tierra Prometida, este héroe volvió con un informe positivo. Lo que más llamó la atención de Eleazar fue el racimo de uvas que trajeron entre dos, colgado de una vara. Nunca había visto uvas, ni mucho menos uvas tan grandes.

El héroe de Eleazar

–¿Quién es tu héroe, abuelo? –preguntó Eliab.

–Mi héroe es Caleb –dijo el abuelo–. Él y su amigo Josué animaron al pueblo a ser valientes para ir a conquistar la . Pero la gente no quiso escucharles. Toda la noche gritaron y lloraron.

–Algunos querían escoger un nuevo líder y volver a Egipto –dijo la abuela.

–¿Dónde está Caleb ahora? –preguntó Elizabet.

–¿Qué monte? –preguntó Eliab, muy interesado.

–Caleb se enamoró de un monte cuando fue a explorar la tierra. Al volver, le pidió a Moisés que cuando llegáramos a Canaán le diera ese monte para conquistar.

–¿No estará muy viejo para que vaya a conquistar un monte? –dijo la abuela, pensativa.

–Mi héroe dice que está tan joven hoy como cuando fue a explorar la tierra de Canaán hace cuarenta años. He escuchado que le va a pedir a Josué que lo deje ir a conquistar Hebrón. Así se llama el monte.

–Pero allí hay gigantes –dijo la abuela.

–¡Por algo es mi héroe! –exclamó el abuelo–. Caleb sabe que Dios le va a dar la victoria, aunque haya gigantes. ¡Cómo quisiera ir con Caleb a la conquista!

Así conversaban los niños y sus abuelos…

Caleb soñaba despierto

¿Has soñado alguna vez? Sí, sí, claro. Ya sé que cuando duermes tienes sueños. También yo. Pero ahora me refiero a otra clase de sueños. Cuando uno está despierto y sueña.

Tal vez has soñado viajar a la luna cuando seas grande. Algunas niñas sueñan con tener una muñeca de rizos dorados, que camina y habla. Muchos varoncitos sueñan con ser pilotos y volar por las nubes. Casi todos sueñan con algún día casarse y formar una familia.

¿Sabes qué? Caleb soñaba despierto. Como les contó el abuelo a sus nietos, cuando Caleb fue a reconocer la Tierra Prometida se «enamoró» de un monte, un monte donde vivían gigantes, que sería muy difícil conquistar.

Caleb era valiente. Le gustaba hacer las cosas difíciles. Año tras año… más de cuarenta años, soñaba con el monte que iba a conquistar. ¿Crees que cada mañana se despertaba temprano para hacer ejercicios? Tenía que fortalecer sus músculos para poder conquistar el monte.

La frente de Caleb se fue arrugando; sus cabellos se volvieron blancos. Ya no era joven. Pronto cumpliría 85 años. Te imaginas a Caleb como un anciano, medio doblado, con barba blanca y un bastón. No, no fue así.

Lee Josué 14:11,12 y verás.

Los ejercicios le habían hecho bien. El viejito Caleb estaba tan fuerte como cuando era joven. ¿Qué te parece? ¡Fantástico! ¡Estupendo!

Caleb le pidió a Josué permiso para conquistar el monte. Ese monte que había sido su «sueño» por largos años.

Josué le dio el monte, y Caleb se fue a conquistarlo. ¡Caleb arrojó del monte a los gigantes!

Dios le había dado el deseo de conquistar el monte de Hebrón. Todos los días soñó con hacerlo. ¡Y su sueño se cumplió!

¿Con qué sueñas tú? No hay cosa mejor que «soñar» con llegar a ser lo que Dios quiere que seas. Sé fiel al Señor en todo lo que hagas y, así como Caleb, ¡serás un conquistador!

MIS PERLITAS

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Josué lee la Ley en el monte Ebal

Por medio de Moisés Dios dio la ley al pueblo. Pero no había libros como los nuestros. Para que el pueblo de Dios no olvide las ordenanzas del Señor, Moisés mandó que al entrar en la Tierra Prometida se escribiera la Ley sobre piedras. Josué debía escribir claramante todas las palabras de la Ley.

Después de lo que pasó con Acán, que fue castigado con toda su familia, los israelitas comprendieron que era muy importante obedecer todo lo que Dios les mandaba.

Moisés escribió en rollos de cuero los mandatos de Dios. Para Josué y los israelitas era importante que hicieran estas tres cosas:

Hablar siempre del Libro de la Ley.
Pensar siempre en el Libro de la Ley.
Cumplir lo escrito en el Libro de la Ley.

 

Un altar en el monte Ebal

En la familia de Eliab y Elizabet hablaban de lo que Moisés había mandado al pueblo antes de morir. Al entrar en la Tierra Prometida debían edificar un altar a Dios.

–Tiene que ser un altar muy especial –dijo el abuelo Eleazar, que recordaba lo que Dios había hablado por medio de Moisés–. Es importante que sean piedras grandes y lisas para que se pueda escribir claramente en las piedras.

–Abuelo, ¿cómo va a encontrar nuestro líder Josué esas piedras? –preguntó Eliab.

–¿Por qué no le ayudamos a buscarlas? –dijo Elizabet.

Y eso es lo que hicieron, ellos y sus amigos. Salieron a buscar piedras y avisaron a Josué y sus guerreros cuando encontraban alguna buena piedra. Las piedras eran tan grandes que los niños no podían levantarlas. Josué mandaba a hombres fuertes que las llevaban para armar el altar.

Josué debía levantar el altar en el monte Ebal. Ese era el lugar donde Abraham, 600 años antes, había edificado un altar a Dios. Esto era emocionante para Eliab y Elizabet, especialmente porque el papá había dicho que ellos podían ir al monte Ebal. Toda la familia iría.

Josué había mandado mensajeros a decir que todo el pueblo se reuniera en el monte Ebal. Él hizo traer las piedras más grandes y bonitas para edificar el altar a Dios. Sobre las piedras Josué mandó escribir la Ley. El papá de nuestros amiguitos ayudó a escribir en las piedras. Lo hacían con sumo cuidado para que todas las palabras estuvieran bien escritas. Era importante que no hubiera errores ortográficos.

Josué no omitió ninguna palabra de toda la ley que Moisés había recibido de Dios. Luego, en el altar, los sacerdotes ofrecieron sacrificio a Dios. Después Josué mandó decir que se reunieran todos para escuchar la lectura de la Ley.

La lectura de la Ley

–¿Crees que nos vamos a aburrir? –le preguntó Elizabet a Eliab–. Era bonito ir a buscar piedras. Pero no sé si podré estar hora tras hora escuchando la lectura de la Ley.

–Tenemos que hacerlo –respondió Eliab–. Para no aburrirnos podemos escribir en la arena.

Pero Elizabet no sabía escribir. Sólo los varones iban a la escuela. Las niñas se quedaban en casa con la mamá.

–Eliab, tú sabes que no sé escribir –se quejó Elizabet–. ¿Por qué siempre lo mejor es para los varones? Yo también quiero aprender a escribir.

Aunque eran mellizos, Eliab siempre tenía más privilegios.

Pero algo que Elizabet sabía hacer, y mucho mejor que Eliab, era dibujar. Así que mientras Josué y los jefes de las tribus leían la Ley, Elizabet dibujaba en la arena.

Todo… todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, Josué hizo leer delante del pueblo. Allí estaban los ancianos, los oficiales, los jueces, los sacerdotes, los hombres, las mujeres, los niños, y los extranjeros que vivían con ellos.

Horas y horas estuvieron de pie en el sol, escuchando la lectura de la Ley de Dios. Entre toda la multitud había una niña sentada en la arena, dibujando. Esa era la forma en que Elizabet escuchaba mejor y aprendía. Así, cuando su papá le hiciera preguntas, ella las podría contestar.

¿Crees que se cansaron? Tal vez, sí. Pero para Josué era muy importante repasar con el pueblo todo lo que Dios había ordenado. No dejó de leer ni una sola palabra de la Ley.

¡Qué felices somos! ¡Tenemos la Biblia para leerla todos los días! Eliab, Elizabet y los israelitas tenían que subir al monte Ebal para leer la Ley de Dios en las piedras del altar.

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Acán y el castigo por la codicia

Eliab y Elizabet no dejaban de hablar de la gran victoria que Israel había ganado en Jericó.

Eliab se sentía orgulloso de haber marchado alrededor de la ciudad los siete días. Elizabet hubiera querido marchar pero su papá le había dicho que no era algo para niñas.

Es injusto, pensaba nuestra amiguita. Yo soy tan fuerte como Eliab. ¡La abuela y yo hubiéramos podido marchar!

Una gran derrota

Pronto hubo otro tema de conversación. El líder Josué estaba triste y preocupado. En Hai, la próxima ciudad que les tocaba tomar, sus soldados fueron derrotados. Murieron treinta y seis de sus guerreros.

Josué se arrodilló para orar. Preguntó a Dios por qué habían sido derrotados.

–¡Levántate! –le dijo Dios–. El pueblo ha pecado. No puedo darles victoria cuando no me obedecen. ¡Levántate y purifica al pueblo!

Acán desobedece la orden de Dios

Cuando fueron a conquistar la ciudad de Jericó, Dios dio una orden específica a los soldados. Debían destruir todo lo que había allí. Sólo guardarían el oro, la plata y los utensilios de bronce y de hierro para el servicio del Señor.

Uno de los soldados se llamaba Acán. Como todos los demás, nunca había tenido ropa nueva. Nació y creció en el desierto. Tenía que usar ropa que había quedado chica para sus hermanos; luego alguna ropa de un tío o un abuelo.

Mientras avanzaba por la ciudad de Jericó destruida, Acán vio algo que le gustó mucho. ¡Un lindo manto de colores! Cuando vio ese manto, lo codició. ¡Qué lindo sería tener esa ropa nueva! Nunca había tenido algo tan hermoso.

Miró a la derecha y miró a la izquierda; no había nadie que lo viera. Rápidamente escondió el manto entre su ropa.

Más adelante encontró doscientas monedas de plata y una barra de oro; también las codició y guardó para sí. Acán se olvidó de todas las advertencias de Josué.

Se olvidó de los mandamientos de Dios: «No robarás… no codiciarás…»

«Tesoros» escondidos

Acán corrió para esconder sus «tesoros». Se apuró a cavar un hoyo en medio de su carpa. Allí, en la tierra, escondió el manto, la barra de oro y las monedas de plata.

¿Cómo crees que estaba su corazón? Tranquilo, como un día de sol, sin viento. ¡No! Debe haberle palpitado. ¡Pum, pum!

Alguien susurraba una mentira en el oído de Acán. «No tengas miedo; nadie te ha visto. ¡Ahora eres rico! Tienes oro y plata, y un lindo manto.»

¿Quién le diría esa mentira? Sí, el diablo. La Biblia dice que él es padre de mentiras

Acán estaba seguro de que nadie lo había visto; se había cuidado de que nadie lo viera. Quizá sus compañeros no lo habían visto, pero sí el Padre celestial. Él todo lo ve… ¡siempre!

Castigo por la codicia

–Hay pecado en el campamento –le dijo Dios a Josué–. Ustedes me han desobedecido. Han robado y han mentido.

¿Qué haría Josué? Tenía que descubrir al culpable.

Al día siguiente, Dios le mostró en qué tribu se había cometido el pecado; en la de Judá. Luego le mostró la familia de Zera. De la familia de Zera, Dios le mostró a Acán.

¿Cómo crees que Acán se sintió en ese momento? ¿Cómo te sientes cuando te descubren algo malo que has hecho?

Dios quería enseñar a sus hijos una lección muy importan-te. Ellos tenían que ser obedientes en todo para ganar victorias. El Señor no podía permitir la desobediencia. Por eso Acán fue castigado severamente; él, su familia y su ganado.

Lee acerca del castigo en Josué 7:24-26.

Eliab y Elizabet miraron con asombro lo que pasó con Acán y su familia. Los hijos de Acán eran sus amigos. Por culpa del papá, por su codicia, todos sufrieron el castigo.

–Ojalá papá no haga algo malo como Acán –le dijo Eliab a su hermana–. Entonces nosotros también seríamos castigados.

Hoy no tenemos que morir por nuestra desobediencia. Cristo pagó el castigo por nuestros pecados. Jesús murió en tu lugar. Murió, ¡pero resucitó! Jesús es tu Salvador. Te perdona, si se lo pides. Jesús te ayuda a ser obediente, y a no codiciar.

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La conquista de Jericó

El pueblo de Dios había cruzado el río Jordán. ¡Los israelitas estaban en la Tierra Prometida! Ahora tenían el gran trabajo de conquistar esa tierra. Como agradecimiento a Dios, celebraron la Pascua.

La primera Pascua en Egipto

–Nunca olvidaré la primera Pascua, cuando salimos apurados de Egipto –dijo el abuelo Eleazar–. Papá pintó con la sangre de un cordero los postes y el dintel de la puerta. Esa noche, en las casas donde no habían pintado con sangre la puerta, murió el hijo mayor.

Dios dijo que los israelitas cada año celebren la Pascua. El 14 del primer mes celebraron la Pascua al salir de Egipto. Al llegar a la Tierra Prometida celebraron la Pascua el día 14 del primer mes. ¿Verdad que es maravilloso?

Ya no hubo más maná

–No lo puedo creer –dijo Elizabet–. Mamá dice que hoy hemos recogido maná por última vez. Josué ha dicho que ya no habrá maná.

Así fue. Desde ese día ya no hubo semillitas blancas para recoger. El pueblo comió del fruto de la tierra. Al día siguiente comieron panes sin levadura y trigo tostado.

–Ahora nuestro trabajo es conquistar la tierra –dijo el abuelo–. Dios ha dicho a Josué que nos dará la ciudad de Jericó.

–Eso es imposible –dijo Eliab–. La ciudad está rodeada de muros. Dicen que los muros son anchos como casas, y tan altos como varias casas una sobre otra.

–Encima de los muros caminan guardias, con lanzas y flechas –observó Elizabet–. Papá, ¿qué pueden hacer nuestros soldados? ¿Cómo nos vamos a defender?

–No podemos defendernos; pero sí podemos confiar en Dios –respondió el papá–. Vamos a marchar alrededor de la ciudad. Josué ha dicho que nos alistemos para marchar.

–¡Marchar! ¡Yo quiero marchar! –gritó Eliab.

–¡Yo también quiero marchar! –gritó Elizabet, y dio saltos de emoción. Pero su papá no le dio permiso para que marchara.

La marcha alrededor de Jericó

Eliab y el abuelo marcharon juntos en el desfile alrededor del muro. El papá marchó con los soldados. Aunque Elizabet quería marchar tuvo que quedarse con su mamá a cuidar a sus hermanitos. Sólo pudo mirar desde lejos.

Los hombres de guerra, siete sacerdotes con trompetas, los sacerdotes que llevaban el arca (el cofre con las tablas de la ley), y mucha gente marcharon en silencio; solamente se escuchaba el sonido de las trompetas.

Seis días Eliab fue a marchar con su abuelo y los israelitas alrededor de la ciudad.

  • marcharon una vez…
  • marcharon dos veces…
  • marcharon tres veces
  • marcharon cuatro veces…
  • marcharon cinco veces…
  • marcharon seis veces…
  • ¡marcharon siete veces
    alrededor de la ciudad!

Caen las murallas

La gente de Jericó veía a los soldados, a los sacerdotes con trompetas, a los sacerdotes con el cofre de oro, y al pueblo. Seguramente la gente se ponía más nerviosa cada día. ¿Por qué los israelitas marchaban alrededor de la ciudad?

Al séptimo día, cuando empezaron a marchar varias veces alrededor de la ciudad, tal vez la gente de Jericó pensaba que los israelitas estaban locos.

A la séptima vez sucedió el milagro. Josué dio orden a la gente: «¡Griten! ¡El Señor les ha dado la ciudad!»

Sonaron las trompetas y la gente gritó. ¡Qué ruido se oía! Todos gritaban a voz en cuello. ¡Y cayeron las murallas!

Entonces los israelitas tomaron la ciudad.

La cuerda roja en la ventana salvó a Rahab y su familia

Salvación de una familia

Pero una casa en la muralla no cayó. De la ventana colgaba un cordón rojo. Era la casa de Rahab, la mujer que había escondido a los espías. Ellos le habían dicho que si ella y su familia se quedaban en la casa y ponían el cordón en la ventana, se salvarían. Por obedecerles, ¡se salvaron!

¿Qué nos enseña esta victoria que ganó Israel? Que Dios puede ayudarnos en las cosas que parecen imposibles. Aprende a confiar solamente en el Señor. Cuando obedeces su palabra, Dios te da la victoria.

LA PERLITA 419

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El cruce del río Jordán

Al fin el pueblo de Israel estaba cerca de la meta. Eliab y Elizabet, con sus padres y hermanos, y sus amados abuelos Eleazar y Raquel, habían llegado a orillas del río Jordán y estaban listos para cruzar al otro lado.

Eleazar y Raquel recordaban el milagro que Dios había hecho para que crucen el mar Rojo. Ahora se necesitaba otro milagro.

Era el tiempo de la cosecha y el río venía muy cargado de agua. ¿Cómo cruzarían los millones de israelitas el río Jordán?

El abuelo Eleazar recuerda cuando rescató a un corderito.

Una tarde, Eleazar reunió a su nietos para contarles cómo fue cuando él y la abuela cruzaron el mar Rojo.

Primero el abuelo encontró a Raquel llorando porque se había perdido. No encontraba a su padre entre la multitud de gente. Eleazar se puso valiente, aunque él mismo estaba perdido. Tampoco encontraba a sus padres. Los dos niños caminaron tomados de la mano entre la multitud de gente que empujaba para avanzar.

–Estábamos perdidos –dijo Eleazar–. Entonces encontramos un corderito que también estaba perdido. Lo rescatamos, y fue mi mascota por muchos años.

–¿No les dio miedo andar entre tanta gente? –preguntó Eliab.

–Yo temblaba –respondió el abuelo–. Pero tenía que ser valiente para consolar a la niña perdida que confiaba en mí.

–Dios cuidó de nosotros –dijo la abuela Raquel–. Al fin, después que cruzamos el mar, nuestros padres nos encontraron. Pero cruzamos solos. El agua se había separado como dos muros y caminamos en el fondo del mar por tierra seca. Lo más divertido era ver los peces dentro del muro.

–Ahora tenemos que cruzar el río para llegar a la tierra que Dios nos ha prometido –dijo el abuelo–. Seguro que Dios va a abrir camino. Me emociona pensar que cuando yo era niño cruzamos el mar y ahora voy a cruzar el río con mis hijos y nietos

El pueblo se purifica

–Abuelo, los espías que Josué mandó para reconocer la tierra dicen que la gente nos tiene miedo –dijo Eliab.

–Cuando yo era niño y Moisés mandó espías, ellos volvieron llenos de miedo –respondió el abuelo–. Por ellos, porque confiaron en Dios, hemos vagado cuarenta años en el desierto. ¡Ahora sí tenemos que confiar en el poder de Dios!

–Niños –dijo la abuela–, Josué ha mandado que nos purifiquemos, porque Dios va a hacer maravillas.

–¿Cómo vamos a purificarnos? –preguntó Elizabet.

–Necesitamos pedir perdón al Señor por nuestros pecados y así alistarnos para ver un milagro. También debemos bañarnos y lavar nuestra ropa.

–¡Ah! Es como estar limpios por dentro y por fuera –dijo Eliab.

Moisés y el pueblo que se purifica junto al monte Sinaí.

–Recuerdo cuando era niño y nos purificamos –dijo el abuelo–. Antes que Dios bajara al monte de Sinaí para dar la ley a Moisés, pedimos perdón al Señor y lavamos nuestra ropa.

–Ahora, ¡todos a purificarnos! –dijo la abuela Raquel.

Un cruce emocionante

Todo Israel estaba ocupado en purificarse. Los israelitas lavaron su ropa, se bañaron, y prepararon su corazón pidiendo perdón a Dios. Todos querían estar listos para cruzar el río. ¿Crees que también hicieron lanchas y botes para cruzar? No, nada de eso. Pero ¿cómo iban a cruzar el río?

Imagina que amaneció una linda mañana. Los pájaros cantaban como nunca; el sol brillaba con más esplendor. Los ángeles miraban con expectativa a la tierra. ¡Qué día emocionante sería!

Los sacerdotes se prepararon para la acción. Tomaron el arca del pacto, el cofre del tabernáculo donde guardaban las de la ley, y empezaron a caminar hacia el río. El pueblo los seguía a la distancia. El río corría con fuerza, cargado de agua.

Eliab y Elizabet miraban desde lejos para ver lo que iba a pasar. Al instante en que los sacerdotes pisaron el agua, el rió Jordán dejó de correr. Ellos nunca habían visto algo semejante. El agua se juntó en un gran montón, ¡como un inmenso muro!

–¡El río sigue corriendo hacia abajo! –gritó Elizabet.

Sí, el río siguió corriendo hasta que se terminó el agua. Así se dividió el río Jordán. Eliab y Elizabet, sus padres y sus hermanitos, sus abuelos Eleazar y Raquel, y todos los israelitas cruzaron en seco, frente a la ciudad de Jericó.

¡Qué alegría sentían los niños! Era muy emocionante caminar en el fondo del río. ¿Crees que recogieron piedritas para tener de recuerdo? Saltaban y brincaban junto a sus padres y sus abuelos. Para Eleazar y Raquel era doble la emoción. De niños habían cruzado el mar Rojo; ¡ahora cruzaban el río Jordán!

Cuando todos habían cruzado el río, Josué mandó que un hombre de cada una de las doce tribus de Israel sacara una piedra grande del fondo del río. Con las piedras edificaron un altar. El altar de piedras les recordaría el gran milagro de cruzar el río.

¡Qué rico durmieron todos esa noche! ¡Al fin habían llegado a la Tierra Prometida! Les esperaban nuevas y grandes aventuras.

LA PERLITA 418

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