José, un hermano perdonador

Imagina que eres un muchacho bueno y respetuoso, el favorito de tu padre. Tus hermanos te odian y te tienen envidia. ¿Por qué? Porque tu padre te trata de forma especial. Un día te venden como esclavo.

¿Cómo te sentirías? ¿Perdonarías a tus hermanos?

Hay un muchacho a quien le pasó estas cosas. Su nombre es José, hijo de Jacob. Tenía diez hermanos mayores y un hermano menor. Su hermana era Dina.

José era el favorito de su padre. Jacob le regaló una hermosa túnica de colores que mandó hacer para el. Sus hermanos le tenían envidia y lo odiaban.

Los sueños de José

José tuvo sueños que parecían ambiciosos. Una noche soñó que estaba con sus hermanos en el campo haciendo manojos de trigo. De pronto el manojo de José se levantó y quedó derecho, mientras que los manojos de sus hermanos lo rodeaban y le hacían reverencias.

–¿Qué piensas? –le dijeron–. ¿Crees que vas a gobernar sobre nosotros? ¿Nos vamos a inclinar ante ti?

En otro sueño, José vio que el sol, la luna y once estrellas le hacían reverencias. Cuando les contó el sueño a su padre y a sus hermanos, su padre lo reprendió, y dijo:

–¿Qué sueño es ese? ¿Acaso crees que tu madre, tus hermanos y yo vendremos a hacerte reverencias?

Después de esto más odio y envidia le tuvieron sus hermanos; tanto era su desprecio que ni siquiera lo saludaban.

Vendido como esclavo

José tenía diecisiete años. Sus hermanos mayores eran pastores de ovejas. Cuando estaban lejos de casa con el ganado, Jacob mandó a José para que fuera a ver cómo estaban. Ellos aprovecharon para venderlo como esclavo a unos comerciantes que iban para Egipto, un país lejano.

En Egipto hablaban otro idioma, tenían otras costumbres, la comida era diferente, y habían muchos dioses falsos. José llegó a ser esclavo de un oficial llamado Potifar.

José aprendió el idioma y las costumbres de Egipto. Se acostumbró a la nueva comida; pero no empezó a servir a los dioses de Egipto. Siguió fiel al Dios de su padre Jacob, de su abuelo Isaac y de su bisabuelo Abraham. Él es el Dios único y verdadero.

Dios no abandonó a José; siempre estaba con él. Lo bendijo tanto que su amo lo puso a cargo de toda su casa.

Todo iba muy bien. Potifar, el amo de José, no tenía que preocuparse de nada, porque José atendía todos sus asuntos.

Pero había un problema; la esposa de su amo lo acosaba. A ella le molestó que José no le hacía caso, y lo acusó con su esposo, diciendo mentiras. Potifar lo puso en la cárcel.

¿Cómo crees que se sintió José al ser encarcelado injustamente? ¿Se habrá sentido solo y abandonado?

Lo trataron mal; pero Dios estaba con él. Cuando el jefe de la cárcel vio el buen comportamiento de José, lo puso como encargado principal de los prisioneros.

José interpreta sueños

El copero y el panadero del rey también habían sido encarcelados. Una noche tuvieron sueños extraños. ¿Cuál sería su significado? Dios dio sabiduría a José para que los interpretara. Los sueños se cumplieron exactamente como José les dijo.

Pasó el tiempo, y el propio faraón tuvo unos sueños extraños que no podía entender. Sus sabios y adivinos intentaron interpretarlos; pero no pudieron. Entonces el copero se acordó de José, y le contó al rey acerca del prisionero que interpretaba sueños.

Inmediatamente, el faraón mandó llamar a José. Dios le dio sabiduría e interpretó el sueño del rey. Vendrían siete años de abundantes cosechas y luego siete años de hambre.

José aconsejó al rey sobre qué hacer para que Egipto no sufra en los años de hambre que llegarían. Esto agradó tanto al rey, que lo nombró gobernador. Puso en su mano el anillo oficial.

Perdón para los hermanos

¿Recuerdas los manojos de trigo en el sueño de José? ¿Esos manojos que se inclinaban ante el manojo de José? Ahora todo Egipto le hacía reverencias. El rey ordenó que la gente gritara: «¡Inclínense!» cuando José pasaba en su carro.

José administró las cosechas en los años de abundancia. Cuando vinieron los tiempos de hambre en todo el mundo, en Egipto había alimentos. Jacob mandó a sus hijos a que fueran a comprar comida, sin saber que su propio hijo era el gobernador.

¿Qué pasó cuando llegaron los hermanos de José? Él los reconoció de inmediato; pero ellos no lo reconocieron. José los trató un poco duro y les hizo algunas pruebas para ver si habían cambiado. ¿Estaban arrepentidos?

Ahora los hermanos que lo vendieron por envidia le hicieron reverencias. Al fin, José no pudo más. En medio de llantos les confesó: «¡Soy José!» ¡Qué sorpresa para ellos! José los abrazó y los perdonó.

¿Crees que fue fácil? No es fácil perdonar cuando alguien nos hace daño. Los hermanos de José habían sido malos con él. Pero Dios ayudó a José a perdonarlos.

Dios quiere ayudarte a ti también a ser un perdonador.

MIS PERLITAS

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Jesús obedece a su Padre

Pepita y Estrella iban saltando felices por la calle, cantando una canción que Sal había inventado y que les había enseñado a sus amigos del Club.

Obedecer, ese es nuestro deber.
Si quieres ser feliz debes obedecer.

Luego inventaron sus propias palabras:

Es mi deber obedecer. Porque quiero ser feliz voy a obedecer.

–¿A quién vas a obedecer? –le preguntó Pepita a su amiga Estrella.

–A papá y a mamá –respondió Estrella, cantando. Luego ella le hizo la misma pregunta a Pepita.

Las niñas siguieron preguntando y respondiendo, cantando acerca de las personas a quienes iban a obedecer.

Resultó una lista larga: abuelos, maestros, tíos, hermanos, doña Beatriz, policías y otros.

Llegaron al Club cantando, y le contaron a doña Beatriz acerca de todas las personas a quienes iban a obedecer.

–Creo que se han olvidado de la Persona más importante –les dijo la buena vecina–. ¿No van a obedecer a Dios?

–¡Dios! –exclamó Pepita–. ¿Cómo nos olvidamos de Dios?

–Yo no me olvidé –dijo Estrella–. Quería que tú lo digas.

–¿Recuerdan que Dios es el Padre de Jesús? –les preguntó doña Beatriz–. Jesús obedeció a su Padre en todo.

La obediencia de Jesús

Cuando Dios creó el mundo, puso allí un hermoso jardín. En ese jardín puso al primer hombre y a la primera mujer.

Había armonía y paz en el hermoso mundo de Dios. En las tardes Él se paseaba en el jardín y conversaba con el hombre y la mujer.

–Yo sé a quién Dios puso en el hermoso jardín –dijo Pepita–. Dios puso a Adán y a Eva en el jardín.

–Pero ellos fueron desobedientes –dijo Sal–. Y se escondieron cuando oyeron que Dios se paseaba en el jardín.

Con ellos entró el pecado en el mundo. Dios tuvo que expulsarlos del hermoso jardín. Pero los amaba y prometió que enviaría un Salvador para pagar el castigo por el pecado. El Hijo de Dios sería ese Salvador.

Para cumplir el plan de Dios, su Hijo se hizo humano. Jesús dejó toda la gloria del cielo y vino a nacer como hombre. Llegó a un hogar humilde y sencillo. Nació en un establo y su primera cuna fue un pesebre.

Como Hijo de Dios Jesús pudo haber escogido un palacio o una casa lujosa; pero dejó de lado todas las comodidades del cielo porque quería obedecer a su Padre.

Cuando inició su ministerio, Jesús fue al río Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista, que predicaba el arrepentimiento y bautizaba. Jesús no necesitaba arrepentirse porque nunca había hecho nada malo. Pero quería obedecer a su Padre, y fue bautizado.

El cielo se abrió y el Espíritu de Dios bajó sobre Jesús como una paloma. Dios habló del cielo y dijo:
«Este es mi Hijo amado. Estoy muy complacido con Él.»

Obediencia absoluta a su Padre

Jesús no hizo nada por sí mismo, sino solamente lo que le indicaba Dios su Padre. Él andaba de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad enseñando a la gente, sanando a los enfermos, y echando fuera demonios.

Una noche lo visitó un fariseo llamado Nicodemo. Nicodemo le dijo que sabía que Jesús había venido de Dios, porque nadie podía hacer las obras que Él hacía. Jesús le dijo las palabras más conocidas y amadas, Juan 3:16.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado
a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree,
no se pierda, mas tenga vida eterna.»

Cuando se encontró con una mujer despreciada porque llevaba una mala vida, Jesús le ofreció el agua de vida, que es la salvación. ¡Jesús cambió la vida de esta mujer y de todo el pueblo donde ella vivía! Así, Jesús obedecía a su Padre.

Obediente hasta la muerte

Jesús había venido al mundo con un propósito, el de obedecer a su Padre, y llevar el castigo de nuestros pecados. Para hacer esto, Jesús debía morir en la cruz. Eso sería muy difícil. Jesús necesitaba mucha ayuda de su Padre para hacerlo. Fue con sus discípulos a orar a Dios en el huerto de Getsemaní.

Tres veces Jesús pidió a su Padre que lo librara del sufrimiento de morir en la cruz.

Pero oró: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Fue tanta la agonía de Jesús que sudó gotas de sangre. Dios mandó ángeles para fortalecerlo.

El plan de Dios era que Jesús sea el Salvador. Jesús murió en la cruz por nuestros pecados y nuestras enfermedades. Todo lo hizo en obediencia a Dios y por amor a nosotros.

Como Jesús obedeció a su Padre, Dios lo ha exaltado y le ha dado el honor más grande. Un día, todos doblarán las rodillas ante Jesús y reconocerán que Él es el Rey y Señor.

Así como Jesús fue obediente a su Padre, busca en todo ser obediente a Dios y su Palabra.

MIS PERLITAS

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Jesús en el hogar de Nazaret

En el ABC de Fragancia hemos llegado a la virtud de obediencia.
Jesús de niño será nuestro ejemplo.

Jesús era el muchacho más bueno y amable que ha vivido sobre esta tierra. Él se portó bien, para enseñarnos cómo debemos portarnos.

Antes de venir a la tierra Jesús vivía en el cielo. Junto con su Padre, hizo el hermoso mundo en que vivimos. Porque la gente era desobediente y pecadora, Jesús vino al mundo como el Salvador.

Dios escogió a María para que Jesús naciera en este mundo. Él fue un niño diferente; en primer lugar porque era el Hijo de Dios. Sabía que no era como otros niños, y que había venido al mundo para hacer un trabajo especial. Sus hermanos –Jacobo, José, Simón y Judas– muchas veces no lo entendían.

Jesús fue siempre un niño obediente.

  • Respetaba a sus padres.
  • No engañaba.
  • No mentía.
  • No robaba.
  • Hacía solamente lo bueno.

Jesús crecía en sabiduría y estatura,
y gozaba del favor de Dios y de toda la gente.

 

¿Has pensado cómo era la vida del niño Jesús? Jesús creció en Nazaret, en el hogar del carpintero José, que era su padre en la tierra. Su madre era María.

Imaginemos cómo era su vida en Nazaret. El hogar donde creció Jesús era sencillo. La casa era de adobe, de una sola pieza, y junto a la casa estaba la carpintería. Había un patio donde jugaban Jesús y sus hermanos.

En el suelo, en medio de la casa, estaba el fuego que María usaba para hornear el pan y para cocinar.
Los primeros años de su vida Jesús los pasó en casa, aprendiendo muchas cosas de su madre.

María le enseñó a enrollar su colchón y guardarlo en el cofre de la ropa de cama. Eso lo hacían cada mañana. A la hora de dormir los colchones se colocaban sobre una plataforma donde todos dormían juntos.

Según la costumbre, Jesús acompañaba a su madre al pozo para traer agua, y le ayudaba a hacer los panes.

Desde sus cinco o seis años Jesús estuvo con José. Como él estaba ocupado en su trabajo, mandó a Jesús a la escuela.

La escuela quedaba en la sinagoga, el pequeño templo del pueblo. Allí los muchachos aprendían la ley de Dios. Solamente los varones iban a la escuela; los estudios no eran para las niñas.

Los niños se sentaban en un semicírculo en el suelo, con las piernas cruzadas, y escuchaban las enseñanzas del maestro, llamado rabí. ¿Qué estudiaban? Aprendían de memoria todos los libros que escribió Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. ¡Qué trabajo duro para los muchachos!

La visita al templo en Jerusalén

Cuando Jesús cumplió doce años acompañó a sus padres al templo en Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Ese fue un gran día para él. No se preocupó en jugar con sus amigos; fue directamente a conversar con los maestros de la ley. Tan interesado estaba en las cosas de Dios que olvidó todo lo demás.

Después de la fiesta, cuando iban de regreso, José y María buscaron a Jesús entre los niños; pero no lo encontraron. Inquietos, volvieron a Jerusalén para buscarlo. Tres días después lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros de la ley.

–Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? –le dijo María–. Tu padre y yo te hemos buscado, muy preocupados.

–¿Por qué me buscaron? –contestó Jesús–. ¿No sabían que debo estar en los negocios de mi Padre?

¿Se habían olvidado ellos que Jesús era el Hijo de Dios?

Un hijo obediente

Jesús era un hijo obediente y volvió con sus padres a Nazaret. Siguió creciendo en sabiduría y estatura, y gozaba cada vez más del favor de Dios y de toda la gente. Jesús nos dio ejemplo de cómo comportarnos.

A Dios le agrada que seamos obedientes a nuestros padres.

¿Serás obediente como Jesús?

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas están todas las ayudas para esta historia.

 

No hay Perlita esta semana

Les saludo queridos amigos con uno de mis versículos favoritos. Es un mensaje que tengo en la pared frente a mí donde trabajo. Cada día me recuerda que puedo confiar en nuestro grande y poderoso Dios.

Estamos preparando dos lecciones acerca de Jesús y la fragancia de OBEDIENCIA. La siguiente lección, Dios mediante la próxima semana, será acerca de Jesús el niño obediente.

 

Cristina está preparando una novedad
para el Mes de la Biblia.

 

Encuentra hermosas actividades en:

hermanamargarita.com/Día de la Biblia

 

Pido sus oraciones por milagrosa provisión de Dios para poder seguir con este ministerio. El Señor bendiga a todos. Los amo y quiero continuar produciendo La Perlita.

Dios es nuestro amparo y fortaleza,
nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

Salmo 46:1

Nehemías, el copero noble

Nehemías era copero en el palacio del rey Artajerjes, en Susa, lejos de su amada tierra de Israel. Un día llegaron mensajeros de Jerusalén y le informaron que la ciudad y sus muros estaban en ruina. Ese informe entristeció a Nehemías. La ciudad necesitaba sus muros para estar protegida.

Nehemías hizo lo mejor que podemos hacer en cualquier situación, sea buena o mala. Nehemías oró a Dios por ayuda.

Tristeza en el rostro

El rey y la reina estaban acostumbrados a ver a Nehemías con cara feliz. Él cumplía sus deberes con corazón y rostro alegre, porque así se comporta una persona noble.

Pero por más que Nehemías trataba de sonreír, había tristeza en su rostro. No podía ocultar sus sentimientos.

–¿Qué te pasa Nehemías? –le preguntó el rey–. ¿Por qué traes esa cara larga?

–Su Majestad, ¿cómo no voy a estar triste? –respondió Nehemías–. Me ha llegado la noticia de que mi amada Jerusalén está en ruinas, con sus muros derribados.

–¿Qué cosa pides? –le dijo el rey.

En su corazón, Nehemías clamó a Dios por ayuda.

–Si le place al rey –dijo Nehemías–, quisiera ir a Jerusalén para reconstruir la ciudad.

¡Qué pedido! Imagina la osadía de este copero, de pedirle al rey que le diera permiso para ir a Jerusalén.

La nobleza de Nehemías le había ganado la confianza del rey. Pero más que nada Nehemías tenía la confianza del Rey de reyes y Señor de señores. ¡Dios estaba con él!

La aprobación del rey

El rey Artajerjes autorizó a Nehemías, para que vaya a Jerusalén a reconstruir la muralla que protegía la ciudad. Además, el rey mandó cartas de recomendación para que los gobernadores le dieran paso libre en el viaje.

¿Crees que Nehemías hizo solo el largo viaje? ¡No! El rey mandó con él capitanes del ejército y gente de a caballo.

La reconstrucción del muro

¡Qué sorpresa para el pueblo de Dios en Jerusalén cuando llegó Nehemías! ¿Por qué había venido una delegación del rey Artajerjes?

Nehemías no dijo nada; primero hizo una inspección. ¡Y la hizo de noche!

Después de inspeccionar la ciudad, reunió al pueblo, avisó el motivo de su llegada, y animó a todos a que participen en la reconstrucción.

Nehemías puso manos a la obra y el pueblo participó con entusiasmo. Organizó a todos por familias; de modo que cada familia reconstruía una parte. Chicos y grandes, hombres y mujeres, todos trabajaban en la construcción.

Lee Nehemías 3:12. ¿Con quién trabajó Salum?

Todos estaban entusiasmados. ¡No! No todos tenían el entusiasmo de Nehemías. Hubo enemigos que no querían ver la reparación del muro. De distintas formas trataron de desanimar a los que trabajaban y así impedir el progreso.

Pero Nehemías no dio cabida al enemigo. Puso a trabajar al pueblo con estrategia. En una mano tenían los materiales de construcción y en la otra una espada para defenderse de cualquier ataque. ¡En 52 días el muro quedó terminado!

De copero a gobernador

Nehemías y el pueblo dedicaron el muro con una gran fiesta de alabanza y adoración. Cantaron y tocaron instrumentos para alegrar el corazón de Dios y agradecerle por su ayuda.

Al acabar la reconstrucción del muro Nehemías volvió rápidamente a Susa para seguir cumpliendo su deber de copero. ¡No! El rey mandó mensajeros a decir que quería que Nehemías se quede en Jerusalén para ser su gobernador.

Dios premió así al copero noble. Del tesoro de su corazón sacaba buenas cosas. Había paz en Jerusalén bajo la dirección de un gobernador noble, que obedecía la ley de Dios.

Nehemías, que representa la fragancia de nobleza, era una persona espléndida, de cualidades honrosas y estimables.

¿Quisieras ser una persona noble, que honra a Jesucristo?

MIS PERLITAS

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La compasión del rey David

Misericordia. Mefi-boset. Micaía. Doña Beatriz escribió estas palabras en la pizarra y preguntó a los niños del Club acerca de cada una.

–Todas comienzan con eme –dijo Pimienta.

–¡Qué fácil! –dijo Estrella–. Cualquiera puede ver que las palabras comienzan con eme.

– Mefi-boset. Recuerdo que estudiamos acerca de Mefi-boset –dijo Sal–. Pero no sé quién es Micaía.

–Mefi-boset era el hijo de Jonatán –dijo Samuel.

–Jonatán era amigo de David –dijo Pepita–. Hicieron un pacto de amistad. Creo que Jonatán prometió cuidar de la familia de David si algo le pasaba a su amigo.

–Y David prometió cuidar de la familia de Jonatán –agregó Estrella–. Jonatán era hijo del rey Saúl.

Los niños siguieron diciendo lo que recordaban de lo que doña Beatriz les había contado acerca de Mefi-boset.

–Mefi-boset era cojo –dijo Pimienta–. “¡No valgo más que un perro muerto!” le dijo a David. ¡Pobrecito!

–Pero David tuvo misericordia de él –observó Sal–. Lo invitó a comer todos los días en el palacio.

MISERICORDIA es la virtud para nuestra torre de fragancia –dijo doña Beatriz. Entonces invitó a Sal a que pasara a poner la palabra en la torre. Luego preguntó:

–¿Qué significa misericordia?

–Es ayudar –dijo Pepita–. Eso es lo que hizo David.

–Creo que misericordia es tener compasión –dijo Estrella.

–David tuvo compasión –añdió Samuel–. A él no le importó que Mefi-boset fuera cojo. Pero ¿quién era Micaía?

–Esa es la sorpresa de hoy –dijo la buena vecina Beatriz–. ¡Escuchen y verán!

La familia en Lodebar

En Lodebar, en casa de Maquir, vivía una pequeña familia. Si las cosas hubieran resultado diferentes, vivirían en Jerusalén, en el palacio, y el papá sería el rey. Pero no fue así.

Cuando el padre de esta familia era pequeño, su papá y su abuelo murieron en una batalla. Esa vez, vivían en el palacio. Cuando llegó la noticia de que el rey y el príncipe habían muerto en la guerra, la nana escapó con el príncipe. Con el apuro, el niño se le cayó y el pequeño quedó cojo para siempre.

El abuelo era el rey Saúl. Pero Dios había escogido a otra persona para que sea el próximo rey del pueblo de Israel, a David. Al poco tiempo, David fue proclamado rey y estableció la capital de su reino en Jerusalén.

El niño lisiado creció. Su nombre era Mefi-boset. En ese tiempo no había mucha esperanza para un cojo. Maquir lo recibió en Lodebar, y allí Mefi-boset formó su familia.

El rey David estaba ocupado en defender su reino de los enemigos. Pero no se olvidó de una promesa que había hecho a su amigo Jonatán, el padre de Mefiboset.

David decidió averiguar si había alguien de la familia de Jonatán a quien pudiera beneficiar. Mandó llamar a Siba, que había sido administrador del rey Saúl y su familia. Le preguntó si quedaba alguien de la familia de Saúl y de su amigo Jonatán a quien pudiera mostrar compasión y ayudar.

Fue así que Mefi-boset llegó al palacio. Él no sabía que su padre había hecho un pacto de amistad con el rey.

–Tu padre Jonatán y yo éramos amigos –le dijo David–. En memoria de él voy a cuidar de ti. Te voy a devolver todas las tierras de tu abuelo Saúl. Además, de ahora en adelante, comerás conmigo todos los días.

Sorpresa para el niño Micaía

Siba tenía quince hijos y veinte criados. David los puso a cargo de los terrenos que habían sido de Saúl, para que los cultiven. Siba entregaría toda la cosecha a Mefi-boset.

De un día para otro todo cambió. Mefi-boset volvió a su casa en Lodebar con la gran noticia de que irían a vivir a Jerusalén. Seguramente, Micaía saltó de alegría cuando su papá le dijo que todos los días comerían en el palacio del rey.

Imagina a Micaía corriendo por todo el vecindario, dando la noticia de que iba a comer con el rey. No un día, no una semana, no un mes… sino todos los días. ¡Siempre!

La compasión de David cambió de una vez por todas la vida de la familia en Lodebar. La sorpresa que trajo Mefi-boset al volver de Jerusalén fue la mejor de todas para Micaía. ¡Qué niño no quisiera comer todos los días en el palacio!

¡Sé compasivo, así como nuestro Padre Dios es compasivo!

MIS PERLITAS

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Tres amigos leales

Doña Beatriz preguntó a los niños del Club Tesoros si habían pensado en la pregunta de la semana pasada:

¿Cómo sería si fueras tan fiel a Dios, que nuestro Presidente hiciera un decreto
de que todos debían adorar a tu Dios?

Solamente Alberto, el niño conocido como Sal, había pensado en la pregunta. Toda la semana había pensado en Daniel y el rey Darío, y la carta que el rey había mandado a todas las naciones del mundo para que honren al Dios de Daniel.

Aunque Daniel sabía que su castigo sería la muerte en el foso de los leones, no tuvo miedo ni dejó su costumbre de orar a Dios tres veces al día.

–Yo quisiera ser tan valiente y leal a Dios como Daniel –dijo Sal–. Quisiera ser un buen ejemplo para mis amigos y también para mis compañeros en la escuela.

–Tú eres un buen ejemplo para mí –dijo su amigo Pimienta.

–Para mí también –dijo Samuel–. Si no fuera por ti yo no vendría al Club. Desde que te conozco he querido ser como tú.

–Eres un buen muchacho –dijo doña Beatriz–. Es verdad lo que dicen Pimienta y Samuel. Eres el «Daniel» de nuestro Club. Ahora veremos cómo eran los amigos de Daniel.

Los amigos de Daniel y la estatua de oro

Daniel y sus amigos Sadrac, Mesac y Abed-nego eran funcionarios del rey de Babilonia. Ellos habían llegado cautivos de la tierra de Israel, y el rey Nabucodonosor los había preparado para que sirvan en el gobierno.

Después de un tiempo Nabucodonosor mandó hacer una inmensa estatua de oro. La puso en un sitio abierto donde podía reunirse mucha gente. Mandó a llamar a todos los funcionarios y gobernadores de su reino para que asistan a la dedicación de la estatua.

Había un gran orquesta. Al sonido de la música, todos debían inclinarse para adorar la estatua. Si alguien no la adoraba, inmediatamente sería arrojado a un horno de fuego.

Cuando el rey dio el decreto, Daniel no estaba presente; pero sus amigos estaban allí. Ellos conocían los mandamientos de Dios, de que no hagamos ídolos y que no los adoremos.

El día de la gran dedicación, cuando había miles de jefes y gobernadores reunidos, se oyó la música de toda clase de instrumentos. Inmediatamente todos se postraron y adoraron la estatua.

¿Dije todos? No todos lo hicieron. Los tres valientes amigos de Daniel quedaron de pie. ¡Sadrac, Mesac y Abed-nego no adoraron la estatua!

El rey Nabucodonosor estaba furioso. ¡Cómo se atrevían a desobedecer sus órdenes! Aunque él era el rey más poderoso de la tierra, los tres amigos de Daniel no podían adorar su estatua, porque ellos servían a Dios. Debían cumplir los mandamientos, de no hacer imágenes ni adorar ídolos.

Siete veces más caliente

El rey se enfureció tanto que mandó calentar el horno siete veces más de lo acostumbrado.

–Su Majestad, Dios puede librarnos de su mano –dijeron Sadrac, Mesac y Abed-nego–. Si no lo hace, no importa; pero no adoraremos la estatua.

Los tres amigos estaban dispuestos a morir antes que des-honrar el nombre de Dios. Nabucodonosor ordenó que los hombres más fuertes y vigorosos de su reino los ataran y los arrojaran al horno. Esos hombres cayeron muertos al pie del horno, porque el calor del fuego era tan intenso.

Jesús estaba con ellos

¿Qué pasó con Sadrac, Mesac y Abed-nego? El rey casi se muere de espanto, porque en medio del horno se paseaban estos amigos, ¡y con ellos estaba alguien que parecía ser hijo de los dioses! ¡Jesús estaba con ellos en el horno!

–Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, ¡salgan y vengan! –gritó el rey.

Los tres amigos salieron del horno. El rey y los gobernadores investigaron el sorprendente milagro. No se había quemado la ropa de estos valientes amigos y ni un cabello se había chamuscado. ¡Ni siquiera olían a humo!

El rey Nabucodonosor dio gloria a Dios y decretó que en todo su reino la gente ahora debía adorar a Dios.

Sal, Pimienta y Pepita, y los demás amigos del Club, nunca habían oído algo tan emocionante, aunque para Pimienta era difícil creerlo. Él siempre tenía dudas en su corazón.

–Tal vez en algún momento ustedes tengan que ser valientes y defender su fe, como estos amigos –dijo doña Beatriz–. Jesús estará con ustedes. Nunca desobedezcan a Dios ni adoren ídolos e imágenes. ¡Sean leales!

 

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