Un resfrío

Estimados amigos de La Perlita:

Un fuerte resfrío me tiene postrada en cama. Espero mejorar pronto. Aprecio sus oraciones.

Bendiciones,

Hermana Margarita

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Los nuevos zapatos de Pepe

Los zapatos de Pepe estaban tan viejos y gastados que le daba vergüenza ponérselos para ir a la escuela. Pepe se los mostró a su mamá y le preguntó si ella le podía comprar nuevos zapatos.

La mamá miró los zapatos con tristeza. Realmente estaban muy gastados, y con gusto le hubiera comprado nuevos zapatos; pero no había dinero para comprar zapatos.

–Pepe, me parece que te pueden durar un poco más estos zapatos. El dinero que tengo sólo alcanza para comprar los alimentos que necesitamos –le dijo ella–. Por favor, hijo, no me pidas zapatos.

El papá de Pepe había sufrido un accidente y no podía trabajar como antes. Pepe podía comprender por qué sus padres no podían comprarle zapatos; sin embargo, se puso a llorar.

–No llores, Pepe –le dijo su mamá–. Papá y yo no podemos comparte nuevos zapatos; pero podemos pedirlos a Dios, nuestro Padre en el cielo. Él nunca nos abandona.

Pepe pide a Dios nuevos zapatos

Sin perder tiempo se arrodillaron junto a la cama y pidieron a nuestro buen Dios nuevos zapatos para Pepe. Con la seguridad de que Dios iba a contestar la oración, la mamá fue a hacer las compras.

Don Oscar, el dueño de la tienda, la saludó amablemente y le dijo:

–¿Ha tenido usted buena suerte hoy, señora? Parece estar muy contenta.

–Estoy contenta pero no por alguna buena suerte –contestó ella–. Al contrario, el tiempo es malo. Me siento feliz porque sé que Dios nos ayuda.

–Hay gente que siempre se queja. ¿Qué la alegra a usted?

–Como le dije, Dios nos ayuda. Estoy contenta porque sé que Dios ha escuchado la oración que le hicimos mi hijo y yo.

Un par de nuevos zapatos

Cuando la mamá de Pepe terminó de hacer sus compras, don Oscar le dijo:

–Tengo un par de zapatos casi nuevos que mi hijo Alfredo no puede usar. Él es un poco más grande que su hijo Pepe. Si me permite, se los daré.

¡Qué gran sorpresa! La mamá de Pepe le contó al buen hombre que ese día ella y su hijo habían pedido a Dios un par de zapatos.

–¡Es verdad que Dios cuida de sus hijos! –repitió don Oscar una y otra vez.

Después de agradecer al buen hombre por los zapatos, la mamá de Pepe volvió a casa. Se imaginaba la cara feliz que iba a poner su hijo. ¡Una vez más su Padre en el cielo les había mostrado su amor y cuidado!

¿Quién se alegró más?

En tu opinión, ¿quién se alegró más por los nuevos zapatos?

  • Don Oscar, que Dios usó para contestar la oración de Pepe y su mamá.
  • La mamá de Pepe, que confió en su Padre celestial.
  • Pepe, al ponerse los nuevos zapatos.

Dios es tu Padre y cuida de ti

¿Tienes una necesidad? Recuerda que Dios es tu Padre y que cuida de ti.

No siempre la respuesta a nuestras oraciones llega de una vez, como con Pepe; pero Dios nunca falla. De distintas maneras nos muestra su amor. Pon tus cargas en las manos del Señor, pues Él tiene cuidado de ti. Confía en Dios de todo corazón. Él nunca te abandona.

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas encuentra todos los materiales de esta historia.

 

Necesidad de hospedaje en Ciudad de México

Hermanos de la hermosa capital de México necesitamos su ayuda. Tres de nuestros hermanos peruanos que trabajan con niños discapacitados necesitan hospedaje en el mes de febrero. Aquí sigue una carta explicativa. Cualquiera que pueda ayudar o darnos alguna información, déjeme un comentario. En la carta hay direcciones.

Carta: Solicitud de hospedaje en Ciudad de Mexico

Un cachorrito como Javier


A Javier, el sobrino de doña Beatriz, le encantan los perros. Un día, la buena vecina les contó a los niños del Club Tesoros acerca de su sobrino Javier y cómo consiguió un perrito que es como él.

Felipe, un joven amable y compasivo, tenía unos cachorros que necesitaba vender. Un día puso un aviso cerca de su casa para anunciar la venta.

No bien había acabado de ponerlo, escuchó la voz tímida de un niño. Era Javier que al pasar por allí vio el aviso y se interesó en comprar un perrito.

CACHORROS DE RAZA PURA

–Felipe, quisiera comprar uno de tus perros.

–Muy bien, muchacho –respondió Felipe, mientras se limpiaba el sudor de la frente–, pero estos cachorros son de raza pura y cuestan mucho dinero.

Javier, cabizbajo, metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de monedas.

–Es todo lo que tengo –dijo Javier–. ¿Puedo verlos?

–Claro que sí –le respondió Felipe.

Con un silbido llamó a la madre de los cachorros. La perra salió corriendo de la casa, seguida de cuatro encantadores perritos. Javier no pudo disimular el placer que sintió al verlos.

EL PERRITO QUE COJEABA

Mientras los cachorros se acercaban a la cerca de alambre, Javier se dio cuenta de que otro perrito se había asomado a la puerta.

Ese perro salió lentamente, sin poder ocultar lo pequeño que era comparado con los demás. Se esforzó al máximo por alcanzar a sus hermanitos, pero le costó mucho trabajo porque cojeaba de una pata.

–Yo quiero ése –dijo Javier y señaló al perrito cojo.

Felipe se acercó a Javier y le aconsejó:

–Ese cachorro no te conviene. Él jamás podrá correr y jugar contigo como otros perros.

Javier dio un paso atrás, se inclinó, y comenzó a remangarse el pantalón. Tenía un aparato ortopédico que lo ayudaba a caminar, sujetado a su zapato con tornillos.

Miró a Felipe, y le explicó:

–Como puedes ver, para mí también es difícil correr. El cachorrito va a necesitar a alguien que lo comprenda.

UN CORAZÓN COMPASIVO

¡Qué bello corazón el de Javier! Desde pequeño había aprendido a ser amable y compasivo. Sus padres le habían enseñado a tener una buena actitud, a pesar de su discapacidad.

El joven Felipe quedó tan conmovido por la actitud de Javier que decidió darle el perrito.

–Muchacho, ese perrito te necesita –dijo Felipe–. Te lo regalo. ¡Llévalo y cuídalo!

–¿Me lo regalas? –exclamó Javier, muy emocionado–. ¡No lo puedo creer!

–Sí, muchacho, veo que tienes un buen corazón. Este perrito va a ser feliz contigo.

–Gracias, Felipe. Gracias, ¡muchas gracias!

Muy feliz, Javier miró al perrito y dijo:

–¡Feliz! Te llamarás Feliz. Tú y yo seremos felices. ¡Qué bueno que encontré un perro que es como yo!

Javier dio un fuerte abrazo a Feliz y ambos se fueron cojeando por la calle. El perrito cojo ahora tenía un amo que lo iba a comprender y amar.

Doña Beatriz animó a los niños a ser amables y compasivos, tal como Javier. El Señor Jesús puede ayudarte a ti también a ser amable y de buen corazón.

 

MIS PERLITAS

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De cojo olvidado a príncipe restaurado

Sal y Pimienta me hacen pensar en David y su amigo Jonatán –dijo doña Beatriz–. Siempre los veo juntos.

–Es verdad –dijo Pimienta–. Sal es mi mejor amigo. Pero ahora tenemos un nuevo amigo. Sal ha invitado a Samuel a andar con nosotros.

–La buena amistad dura toda la vida –dijo la buena vecina–. ¿Recuerdan la promesa que hicieron David y Jonatán?

–Hicieron un pacto de amistad –dijo Pepita–. Jonatán prometió cuidar de la familia de David si algo le pasaba a su amigo.

David y Jonatán hicieron un pacto de amistad

–Y David prometió cuidar de la familia de Jonatán –dijo Estrella–. Jonatán era hijo del rey Saúl.

El rey Saúl y su hijo Jonatán murieron en una batalla. Por muchos años Saúl odió a David y buscaba matarlo.

¿Crees que David se alegró por la muerte de su enemigo? ¡No! David lloró la muerte del rey Saúl. Mucho más lloró por la muerte de su gran amigo Jonatán.

Mefi-boset, el hijo de Jonatán

Jonatán tenía un hijo pequeño, que se llamaba Mefi-boset. Cuando llegó la noticia de que el rey Saúl y su hijo Jonatán habían muerto en la guerra, la nana del niño lo tomó en sus brazos para escapar. Con el apuro, se le cayó a Mefi-boset y el pequeño quedó herido de los pies, cojo para siempre.

Dios había escogido a David para que sea el próximo rey del pueblo de Israel. David fue proclamado rey y estableció la capital de su reino en Jerusalén. Pasaron los años. El rey estaba ocupado en defender su reino de los enemigos. Pero no se olvidó de su amigo Jonatán y del pacto de amistad que habían hecho.

David piensa en su amigo Jonatán

Un día, mientras pensaba en su amigo, David decidió averiguar si había alguien de la familia de Jonatán a quien pudiera beneficiar. Tenía que cumplir la promesa que le había hecho a su buen amigo.

David mandó llamar a Siba, que había sido administrador del rey Saúl y su familia. Le preguntó si quedaba alguien de la familia de Saúl a quien pudiera ayudar.

Siba se presenta ante el rey David

¿Qué había pasado con el hijo de Jonatán que quedó cojo cuando su nana lo hizo caer? Ahora era un hombre adulto. Siba le informó al rey acerca de Mefi-boset, el hijo de Jonatán.

Mefi-boset va al palacio

–Su Majestad –dijo Siba–. Queda un hijo de Jonatán; pero está cojo.

Eso no le importó a David. De inmediato mandó a buscarlo.

–¿Creen que Mefi-boset se emocionó cuando el rey lo hizo llamar? –preguntó doña Beatriz a los niños.

–¡Sííí! –gritaron todos.

¿O habrá sentido miedo? Mefi-boset no sabía que su padre había hecho un pacto de amistad con David. Sin duda se sintió muy nervioso, preguntándose por qué el rey lo había mandado a llamar.

Mefi-boset se inclina ante el rey David

Al llegar al palacio, Mefi-boset se inclinó ante el rey en señal de respeto.

–No tengas miedo –le dijo David–. Tu padre Jonatán y yo éramos buenos amigos. En memoria de él voy a cuidar de ti. Te voy a devolver todas las tierras de tu abuelo Saúl. Además, de ahora en adelante, comerás conmigo todos los días.

–¿Quién soy yo para que el rey se fije en mí? –dijo Mefi-boset–. ¡No valgo más que un perro muerto!

David no consideró a Mefi-boset como un perro muerto. ¡El hijo de su amigo era valioso! No le importó que Mefi-boset estuviera cojo y que la gente lo despreciara.

Mefi-boset le traía hermosos recuerdos de su amigo, con quien había hecho un pacto de amistad.

David promete restaurar a Mefi-boset
las tierras de su abuelo Saúl

Siba tenía quince hijos y veinte criados. David les encargó que cultivaran los terrenos que habían sido de Saúl, porque ahora se los daba a Mefi-boset. Siba debía encargarse de entregar toda la cosecha a Mefi-boset y su familia.

De un día para otro todo cambió. ¡Mefi-boset ya no era un cojo olvidado, sino un príncipe restaurado! A su servicio estaba toda la familia de Siba, el hombre que antes había sido el administrador de su abuelo.

Mefi-boset come siempre a la mesa del rey

Desde ese día Mefi-boset fue a vivir en Jerusalén, y siempre se sentaba a la mesa con el rey David. Se cumplió el pacto que hicieron dos buenos amigos.

¿Tienes amigos? Valora su amistad. Sé un buen y fiel amigo como el rey David. En las buenas y en las malas, defiende a tus amigos. ¡Cuida el precioso regalo de la amistad!

MIS PERLITAS

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Los nuevos amigos de Samuel

Samuel era un niño nuevo en el barrio. Sus padres habían muerto en un accidente y se había mudado allí para vivir con sus tíos, dejando atrás todos sus amigos.

¡Qué difícil era acostumbrarse al nuevo ambiente! Echaba de menos a sus amigos; pero más que nada le hacían falta sus padres. ¡Cómo los extrañaba!

Era sábado. Su hermana Rosa ya había conseguido amigas y estaba jugando con ellas. Samuel no tenía nada que hacer así que decidió salir a caminar. Al menos podía aprender los nombres de las calles.

Iba caminando con las manos en los bolsillos, silbando para no mostrar lo triste que estaba. Miraba con ansias a los niños que jugaban felices.

Llegó al parque y allí unos muchachos jugaban un partido de fútbol. Se recostó contra un árbol para mirar. Tenía que pestañear constantemente para no dejar caer las lágrimas. Le hacían mucha falta sus amigos.

«¿QUIERES JUGAR?»

Cerró los ojos para olvidarse del partido que jugaban los muchachos. Al rato, se asustó un poco cuando sintió que alguien le dio unas palmadas en el hombro.

Era Alberto, el niño que todos conocían como Sal.

–Eh, muchacho, ¿eres nuevo por aquí? –le preguntó Sal.

–Sí, recién me he mudado –respondió Samuel.

Sal le preguntó si quería jugar con ellos.

–Sí, ¡me encantaría! –dijo Samuel.

Entonces Sal le ofreció que jugara en vez de él. Samuel inmediatamente dejó de pestañear. Se olvidó de las lágrimas y se metió con todo ánimo a patear la pelota.

Después del partido Sal le preguntó dónde vivía.

–Allá en esa casa verde –contestó Samuel, indicando con el dedo–. Es el número 246.

–Si quieres te acompaño a tu casa –le dijo Sal.

UN AMIGO DIFERENTE

Samuel quedó admirado. Sal no solamente ofreció ir a su casa sino que le dio la pelota.

–Puedes llevar la pelota –le dijo Sal–. Te la presto hasta el lunes porque no juego fútbol los domingos.

Muy alegre Samuel aceptó la oferta. ¡Qué bueno era tener otra vez un amigo! En realidad, dos amigos, porque Sal le presentó a Félix, el niño a quien le decían Pimienta. Ambos acompañaron a Samuel a su casa.

Al acostarse, esa noche, Samuel pensó en sus nuevos amigos. Sal era diferente a los amigos que había tenido. ¡Prestar a alguien desconocido su pelota! Samuel no lo comprendía.

Desde ese día llegaron a ser buenos amigos. Sal siempre era muy amable y considerado.

–¿Por qué te hiciste mi amigo? –le preguntó Samuel.

–No te había visto antes y se notaba que estabas triste. Además, era cosa natural. Yo trato de portarme como lo haría Jesús si estuviera en mi lugar.

Entonces Sal le contó acerca del Club Tesoros y la buena vecina Beatriz que les ensañaba acerca de Jesús. Sal invitó a Samuel a que lo acompañe al Club.

–Lo voy a pensar –dijo Samuel.

UN PACTO DE AMISTAD

Esa noche, antes de dormir, Samuel nuevamente estuvo pensativo. Nunca había asistido a un club donde hablaban de Jesús; pero decidió que valía la pena ir si allí los niños eran tan amables como Sal y su amigo Pimienta.

En la próxima reunión del Club doña Beatriz dio la bienvenida a Samuel. Él ya conocía a los niños porque Sal se los había presentado. Ya sabía los nombres de varios de ellos. Así que Samuel se sintió en casa.

Doña Beatriz les habló de David y el pacto de amistad que hizo con su amigo Jonatán. David prometió que si algo le pasaba a Jonatán, él cuidaría de la familia de su amigo. Jonatán prometió lo mismo a David.

En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia, aprendieron los niños.

Es verdad –pensó Samuel–. Cuando yo estaba triste, Sal se hizo mi amigo. ¡Y qué buen amigo!

–Jonatán murió en la guerra. ¿Creen que David se acordó de la promesa que le hizo? –preguntó doña Beatriz–. Vengan la próxima semana y les contaré lo que pasó.

Samuel tenía curiosidad por saber la respuesta. Así que decidió volver al Club la siguiente semana. Y la siguiente…

MIS PERLITAS

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La ofrenda generosa de Sara

Una tarde cuando los niños se reunieron en casa de doña Beatriz para el Club Tesoros, se sorprendieron al ver unas muletas junto a la mesa donde la buena vecina tenía su Biblia.

–¡Muletas! –gritó Pimienta–. Quiero andar con muletas.

–Nadie toca mis muletas hasta después de la clase –dijo doña Beatriz–. Después de la historia saldremos al jardín y uno por uno probarán a andar con las muletas.

Pepita le dio un abrazo a su amiga Estrella, emocionada al pensar que las dos andarían con muletas.

Doña Beatriz les contó acerca de Sara, una niña inválida que no podía salir a jugar con otros niños. Todos los días se arrodillaba junto a la ventana y miraba a los niños que jugaban frente a su casa. Muchas veces Sara lloraba porque no podía jugar con ellos.

Muletas para Sara

Sara vivía con su mamá y sus dos hermanitos. Ellos eran pobres; sin embargo, su mamá empezó a ahorrar dinero para comprarle muletas a su hija. Le daba mucha tristeza verla llorar.

Después de ahorrar por mucho tiempo pudo comprarle un par de muletas. ¡Imagina lo feliz que se sintió Sara al recibirlas! Ahora podía salir de la casa para estar con los niños cuando jugaban.

Sara tuvo que practicar para aprender a usar las muletas. Al poco tiempo las manejaba como una experta.

Sara recibe a Jesús

Ahora que tenía muletas, Sara podía acompañar a sus amigas a la escuela dominical. Sara llevó a sus hermanitos, y su mamá también fue con ellos.

Un inolvidable domingo, Sara recibió en su corazón al Señor Jesús. Le pidió perdón por sus pecados y lo aceptó como su Salvador. ¡Cómo cambiaron las cosas! Ya no tuvo que sentirse sola. Ahora tenía un Amigo que siempre estaba con ella.

La visita de un misionero

Poco tiempo después un misionero llegó de visita a la iglesia. Había venido para contar sus experiencias acerca de otras tierras, donde los niños también querían oír acerca de Jesucristo.

Cuando el misionero terminó de hablar, el pastor anunció que recogerían una ofrenda para que niños en otros países oyeran acerca de Jesús.

¿Qué daría Sara?

Sara no tenía ni un solo billete para dar como ofrenda, ni siquiera una moneda. Ella tenía muchas ganas de dar algo y pidió al Señor Jesús que le diera una idea.

«Mi amado Salvador Jesús –oró Sara–, quisiera dar algo para que otros niños escuchen de ti. No tengo nada para dar como ofrenda. ¡Ayúdame, Señor!»

Cuando el plato de las ofrendas llegó adonde estaba Sara, rápidamente una idea cruzó por su mente. ¡Eso es lo que daría! Tomó sus muletas y las puso atravesadas sobre el plato.

Luego oró otra vez: «Amado Jesús, me siento feliz por darte las muletas. Te pido que las uses para que niños de otras tierras puedan ser salvos.»

La mejor ofrenda

Jesucristo contestó de forma maravillosa la oración de Sara. Un buen hombre, que amaba al Señor, «compró» las muletas de Sara. Luego se las devolvió. Todo el dinero lo puso en el plato de las ofrendas.

Los hermanos adultos se avergonzaron al ver la ofrenda que dio la niña inválida. Sacaron nuevamente sus billeteras y dieron más ofrendas. ¡El plato se llenó hasta rebosar!

¡Ese día hubo gran alegría en la iglesia! Las piernas de Sara no podían saltar, pero su corazón saltaba de alegría. Ahora muchos niños podrían oír el mensaje del amor de Dios.

Cuando le tocó a Pimienta andar con las muletas, había una pregunta en su corazón: ¿qué daría a Jesús? Tal vez te preguntas lo mismo. Cada uno tiene algo. Lo más valiosos es que entregues tu corazón a Jesús.

MIS PERLITAS

En Mis Perlitas está la historia para imprimir. Hay dibujo para colorear, una actividad, tarjetas con el versículo, láminas y multimedia.