Los mandamientos de Dios

Era emocionante. Eleazar y Raquel, juntamente con los millones de israelitas, habían llegado a Horeb, el monte de Dios.

–¿Sabías que Dios le dijo a Moisés que todos vendríamos a este monte? –le preguntó Eleazar a Raquel.

–¿Cómo lo sabes? –le respondió Raquel.

–Escuché a papá cuando hablaba con sus amigos. ¿Verdad que es emocionante? ¡Se ha cumplido la promesa de Dios!

Una zarza envuelta en llamas

Moisés era pastor de ovejas. Cuidaba el rebaño de su suegro Jetro. Un día llevó a las ovejas por el desierto hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. De pronto pasó algo impresionante. Moisés observó una zarza envuelta en llamas. ¡La zarza ardía, pero no se consumía!

¡Qué cosa rara! –pensó Moisés–. Tengo que ir a investigar por qué la zarza sigue ardiendo.

–¡No te acerques! –llamó el ángel de Dios desde la zarza–. Este lugar es santo. ¡Quítate las sandalias!

Allí, Dios habló a Moisés y le dio la misión de libertar al pueblo de Israel de la esclavitud.

–Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, en este monte me rendirán culto –dijo Dios.

Dios le dio a Moisés los detalles.

En el monte de Dios

Ahora el pueblo había llegado al monte de Dios. Después de tres meses de viaje armaron allí su campamento. Se quedarían un tiempo, para descansar después del largo viaje.

Los niños corrían y saltaban alegres. Al fin tendrían tiempo para sus juegos. ¿Cómo habrá sido ser uno de ellos?

El monte era grande. Eleazar y Raquel y los demás niños estaban impresionados; algunos tenían miedo. Dios les había hablado. Chicos y grandes respondieron a una voz: «Cumpliremos con todo lo que el Señor nos ha ordenado.»

Los israelitas no tenían permiso de acercarse al monte. Era un lugar santo, como cuando la zarza ardía allí sin consumirse. Sólo

Moisés subía al monte para hablar con Dios. Dios aparecía en una nube densa y su voz era como truenos.

–¿Has visto el cerco que Moisés ha hecho poner alrededor del monte? –le preguntó Eleazar a su amiga Raquel–. Nadie tiene permiso de acercarse. Ni siquiera los animales.

–Tienes que cuidar a tu cordero travieso–le dijo Raquel.

–Sí, porque si alguien se acerca al monte va a morir. No quiero que mi Campeón se muera.

Campeón era el cordero que Eleazar había encontrado en el fondo del mar. ¿Lo recuerdas? Ahora era su fiel mascota.

Los Diez Mandamientos

Nuestro Dios santo quería enseñar respeto y reverencia a su pueblo. Todos se prepararon para una visita especial de Dios. Lavaron su ropa y se bañaron para estar limpios por fuera. Moisés les ayudó a pedir que Dios limpiara su corazón.

«Santifíquense para entrar en la presencia de Dios.»

Al tercer día hubo truenos y relámpagos. El monte parecía un horno en llamas; salía humo. Un toque fuerte de trompeta puso a temblar a todos. ¡El monte Horeb se sacudía!

Nuevamente Moisés subió al monte. Dios tenía muchas cosas que hablar con él. Pero le advirtió que el pueblo no subiera. Moisés estuvo en el monte cuarenta días.

Dios dio a Moisés leyes para el pueblo de Israel. Ellos no tenían leyes propias, porque habían obedecido al faraón en Egipto.

Ahora que eran un pueblo libre necesitaban leyes. Dios hizo un resumen de todas las leyes y las escribió en tablas de piedra. Con su dedo escribió los Diez Mandamientos.

Eleazar aprendió esos mandamientos. Él se los enseñó a su amiga Raquel. ¿Sabes tú los Diez Mandamientos?

           1. No tengas otros dioses.
           2. No te hagas ningún ídolo.
           3. Respeta el nombre de Dios.
           4. Guarda el día de reposo.
           5. Honra a tu padre y a tu madre.
           6. No mates.
           7. No cometas adulterio.
           8. No robes.
           9. No mientas.
           10. No codicies.

Dios nos ha dado leyes porque nos ama. Los mandamientos nos protegen. ¿Sabes cuál mandamiento tiene promesa? Dios ha prometido que si honras a tus padres te irá bien y tendrás una larga vida sobre la tierra. Ser obedientes y respetuoso es una forma de honrar a Dios y a tus padres.

Eleazar y Raquel verán muchas maravillas en su viaje
por el desierto. La próxima semana viene: Los doce espías.

 

MIS PERLITAS

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Comida del cielo

El pueblo de Israel había estado de viaje un mes en el desierto. La comida que habían traído de Egipto se les acababa y tenían hambre. Comenzaron a quejarse.

–¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto! –decían algunos–. Allí teníamos carne y pan.

–Moisés y Aarón nos han traído al desierto para que muramos de hambre –decían otros.

¡Había quienes amenazaban a Moisés! Estaban descontentos y querían volver a Egipto.

Eleazar escuchaba asombrado las quejas.

¿Se habrán olvidado de que en Egipto eran esclavos? pensaba nuestro amiguito.

Cena de codornices

Un día Moisés mandó mensajeros por todo el campamento. «Dice Dios que esta tarde habrá carne para comer –gritaban ellos para que todos oyeran–. ¡Y mañana va a llover pan del cielo!»

–¡Pan del cielo! Eleazar, ¿oíste la noticia?

Raquel fue corriendo adonde su amigo. ¿Pan del cielo? ¿Tenía Dios una panadería en el cielo? ¿Prepararían los ángeles pan para tres millones de personas?

Los israelitas eran por lo menos tres millones. Raquel no entendía esa cantidad; pero sabía que era mucha, mucha gente que estaba de viaje a la Tierra Prometida.

–¡Sí, va a llover pan! –dijo Eleazar–. ¿Oíste que también habrá carne? El mensajero dijo que esta tarde Dios nos dará carne. ¿De dónde sacará nuestro Dios carne para todos?

Los niños corrieron a dar aviso entre las carpas.

–¡Va a llover pan! ¡Va a llover pan!

Mientras ellos corrían y saltaban, vieron que el cielo se iba llenando de manchas negras. Cuando las «manchas» se acercaron, se dieron cuenta de que eran pájaros.

De pronto el cielo se cubrió de pájaros.

–¡Son codornices! –gritó alguien–. ¡Vienen hacia aquí!

Antes de que se dieran cuenta había codornices por todas partes. El campamento se llenó de codornices. Esa noche, todas las familias comieron codorniz asada.

Pan del cielo

Para Raquel fue difícil dormir. No porque tenía su estómago lleno de codorniz sino porque pensaba en el pan que vendría. Se daba vueltas de un lado a otro sobre su camilla.

Raquel no podía dejar de pensar en el pan que iba a llover del cielo. ¡Tenía que levantarse temprano para no perderse eso!

A la mañana siguiente, cuando Raquel y su amigo Eleazar salieron de sus carpas, vieron todo el suelo cubierto con algo que parecía rocío. Pero no era rocío. La cosa rara que había en el suelo era como escarcha o semillas.

–¿Qué es esto? –se preguntaban los israelitas.

Moisés nuevamente dio instrucciones a sus mensajeros. «Esto es el pan que Dios les manda del cielo –les ordenó que dijeran–. Recojan lo que necesitan para hacer pan; pero solamente lo necesario para hoy. No dejen nada para mañana. Los viernes deben recoger el doble. El sábado es nuestro día de descanso y nadie debe cocinar ese día.»

–¡Qué lindo! –gritaban los niños mientras ayudaban a sus padres a recoger las semillas.

Eleazar ayudó a su mamá a preparar un rico pan. Esa noche comieron tortillas con sabor a miel.

Los israelitas llamaron «maná» al pan que Dios hizo llover como rocío. Todos recogían con alegría las semillas.

Moisés había dicho que recogieran solo lo que iban a necesitar para cada día; pero muchos fueron desobedientes.

–Recojamos para muchos días –dijo una mamá.

–Niños, ayuden a recoger más semillas –dijo un papá.

Al día siguiente, los que habían recogido más maná que para un día, lo encontraron lleno de gusanos.

Dios quería enseñar a sus hijos que Él les podía dar cada día el pan que necesitaban.

Durante todos los años que anduvieron en el desierto, cada mañana el maná cubría el suelo. Era importante que se levantaran temprano para recogerlo, porque cuando calentaba el sol se derretía.

Si Eleazar y Raquel vivieran hoy, orarían a Dios lo mismo que tú puedes pedir: «Danos hoy nuestro pan cotidiano».

 

MIS PERLITAS

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Jesús, el burrito y los niños de Jerusalén

Se acercaba la Pascua. Jesús iba camino a Jerusalén. Él necesitaba un burrito. Pidió a dos de sus discípulos que fueran a la aldea de enfrente y le trajeran uno que estaba atado allí.

–Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle que el Señor lo necesita.

Entrada Triunfal 1

Los discípulos trajeron al burrito y Jesús lo montó.

Entrada Triunfal 2

La gente que seguía a Jesús estaba emocionada. Tendieron mantos y ramas de palma por el camino para que Jesús pasara. El burrito se sentía feliz de llevar a Jesús.

Al llegar cerca de la bajada del monte de los Olivos la gente comenzó a alabar a Jesús. Chicos y grandes gritaban:

«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en
el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»

EL PROFETA DE NAZARET

Toda la ciudad estaba conmovida.

La gente, asombrada de ver a Jesús montado en un burrito, se preguntaba: «¿Quién es éste?»

–Es el profeta Jesús de Nazaret de Galilea –respondieron los discípulos.

El burrito sonrió feliz. ¡Qué privilegio de llevar montado a Jesús!

Entrada Triunfal 3
¿Adónde crees que fue Jesús?

Jesús fue directamente al templo, la casa de oración. El templo era un lugar sagrado para honrar y alabar a Dios. Pero había mucho desorden.

Entrada Triunfal 4

En el templo había mesas de cambistas de dinero y venta de palomas para los sacrificios. Jesús, que recién había estado alegre y sonriente, se enojó y empezó a volcar las mesas de los cambistas.

Las monedas volaban y caían sonando por todo lado. Jesús también volcó los puestos de los que vendían palomas. ¡Y volaron las palomas!

Entrada Triunfal 5

–¡Ésta es la casa de mi Padre! –dijo Jesús, indignado, con voz como de trueno–. Está escrito que el templo debe ser casa de oración. ¡Ustedes lo han convertido en cueva de ladrones!

Marcos 11_17

LOS CAMBISTAS

¿Por qué había cambistas de dinero en el templo? Era la Pascua y venían judíos de diferentes lugares, con distintas monedas. Necesitaban cambiar su dinero para las monedas que se usaban en el templo.

¿Por qué vendían palomas? Ofrecían palomas en los sacrificios. Los viajeros no habían traído palomas. ¡Pero no debían convertir el templo en un mercado!

COJOS Y CIEGOS SANADOS

En el templo venían ciegos y cojos para ser sanados. ¡Jesús los sanó a todos!

Entrada Triunfal 6
Los niños seguían gritando alabanzas: «¡Hosanna al Hijo de David!»

Pero no todos estaban felices. Los líderes religiosos se quejaron de las alabanzas.

–¿Oyes lo que éstos están diciendo? –le preguntaron a Jesús.

–Claro que sí –respondió Jesús–. ¿No han leído que en los labios de los pequeños Dios ha puesto la perfecta alabanza? Además, si la gente no me alababa, lo harán las piedras.

¡Qué bueno que los niños alabaron a Jesús en la casa de oración! Si no, lo hubieran hecho las piedras.

CONDENADO A MUERTE

Esa Pascua en Jerusalén fue la más dramática y asombrosa de la historia humana.

Un día Jesús entró a Jerusalén montado en un burrito. La gente tendió mantos y ramas de palma en el camino para que pasara el rey Jesús. Chicos y grandes le cantaron alabanzas y hosannas.

Unos días más tarde, la misma gente gritaba ante el gobernador Pilato:

–¡Crucifícale! ¡Crucifica a Jesús!

Los jefes religiosos habían condenado de muerte a Jesús; pero ellos tenían que recibir la aprobación de Pilato, el gobernador romano. Pilato no encontró culpa en Jesús; sin embargo, hizo lo que la gente reclamó, que mande crucificar a Jesús.

JESÚS MURIÓ POR TI

¿Era Jesús un criminal? ¡No! Pero fue crucificado como un criminal. Jesús nunca había hecho nada malo. Él es el único hombre que nunca ha pecado. Su muerte en la cruz fue el sacrificio que Dios aceptó para perdonar los pecados de cualquiera que reciba a Jesús como su Salvador.

Así como los niños en Jerusalén alabaron a Jesús, alábale tú. Jesús es digno de toda alabanza, no sólo en la iglesia sino en todo lugar, y en todo momento. Lo más hermoso es ver a los niños en la casa de oración.

¡Alaba a Jesús con Hosannas!

 

El 5 de abril vendrá el siguiente capítulo de…

Juntos de nuevo

Algo interesaba mucho al asno ¿Qué sería? Joel miraba asombrado. ¿Sería que… no… imposible… Pero, no era imposible. ¡El asno estaba mirando a Raquel!

La hija de Joel estaba durmiendo en la playa.

A su lado dormían un niño y un corderito. Los niños estaban tomados de la mano.

Joel no quería despertar a Raquel y al niño. Podía ver en sus caritas que estaban totalmente agotados. La caminata para cruzar el mar había sido muy larga. Raquel apretaba contra su pecho una hermosa conchita.

¿Quién será el niño? –se preguntaba Joel–. ¿También se habrá separado de sus padres?

Joel juntó sus manos. Miró al cielo y agradeció a Dios por haber salvado a su hija. Estaba muy feliz de haberla hallado con vida.

También pidió a Dios por el niño que dormía junto a Raquel. Él también necesitaba encontrar a sus padres.

Cuando Joel terminó de orar vio a un hombre y una mujer con caras muy preocupadas.

¡Qué raro! –pensó Joel–. Hoy todos están alegres. ¿Será que ellos andan buscando a su hijo? ¡Claro! ¡Así es!

Joel pensó que era una ocurrencia rara. Pero de pronto estaba convencido. El niño que dormía al lado de su hija tenía que ser el hijo de esa pareja triste.

Perdidos y encontrados

–¡Hola! ¡Vengan por acá! –gritó Joel–. ¿Es éste su hijo?

Simón y Elizabet volvieron la cabeza sorprendidos. Allí, en la playa, estaba Eleazar. Sí, ¡era Eleazar!

Elizabet se lanzó al suelo. Se arrodilló junto a Eleazar y lo llenó de besos. Nada podía impedirle.

–Nuestro pequeño, ¡al fin te encontramos!

La felicidad era completa. Todos lloraban de alegría: Joel, Simón y Elizabet.

Los niños se despertaron y miraron sorprendidos a su alrededor. ¿Qué estaba pasando? ¿Sería que el ejército del faraón los había atrapado al fin?

En eso, Eleazar vio a sus padres. Y Raquel vio a su papá. De un salto corrió hacia él y lo abrazó fuerte.

Cuando Elizabet dejó de hacerle cariños a Eleazar, le tocó el turno a Simón. Agarró a su hijo y le dio un par de vueltas y muchas palmadas en la espalda. Así hacía siempre cuando quería mostrarle a Eleazar cuánto lo quería.

«Dios es mi ayuda»

Todos se sentaron en la arena. Querían escuchar sobre las aventuras de los niños. Al principio no era fácil comprender lo que decían, porque estaban muy emocionados.

Raquel y Eleazar hablaban a la vez y era imposible para los padres de ellos entender lo que estaban diciendo. Pero eso no era lo más importante. Lo que más alegraba a todos era que una vez más estaban juntos.

Raquel mostraba orgullosa su linda conchita. Eleazar levantó al corderito. Joel miró muy satisfecho a Eleazar.

–Eres un muchacho valiente –le dijo–. Gracias por haber cuidado a mi hija. Sin tu ayuda no sé cómo se hubiera salvado Raquel.

Eleazar se sintió orgulloso, pero a la vez un poco tímido.

–Todos estamos contentos –dijo Elizabet y miró con mucho amor a su hijo.

–Eleazar, ¿sabes el significado de tu nombre? –le preguntó su papá–. Significa «Dios es mi ayuda».

Eleazar quedó pensativo. No sabía que su nombre significaba algo tan hermoso. Recordó la multitud de gente, las vacas que lo habían empujado, las inmensas olas que se habían alzado como dos muros, los pescados, y también el ejército del faraón. Luego afirmó:

–Sin la ayuda de Dios no nos hubiéramos salvado.

Todos inclinaron la cabeza para agradecer a Dios por haberlos salvado de la esclavitud en Egipto. Al fin eran un pueblo libre.

¡Estaban en camino a una patria propia!

El próximo capítulo: COMIDA DEL CIELO

Mis Perlita

Dibujos, actividades, láminas, multimedia, y más… encuéntralo en Mis Perlitas.

El gran coro junto al mar

Eleazar y Raquel estaban cansados, ¡muy cansados! Había sido una larga caminata llegar a la otra orilla. Eleazar puso al corderito en la arena y luego él y Raquel se acostaron a dormir. Una amable señora los tapó con una frazada. ¡Nada en el mundo podría impedirles el descanso!

Había gran alboroto alrededor de los dos amiguitos, pero ellos dormían tranquilos. Al día siguiente les contaron lo que pasó esa noche.

Al amanecer hubo un gran desorden entre el ejército del faraón. Las ruedas de los carros se caían y les era imposible seguir hacia adelante.

De repente se escuchó un grito: «¡Escapemos de Israel! ¡El Señor pelea por ellos!»

Nuevamente Dios dio una orden a Moisés. Debía levantar su vara sobre el mar. Cuando lo hizo, las grandes olas del mar se volvieron a su lugar. Cayeron los muros y todo era como antes.

El gran ejército enemigo se ahogó. Así salvó Dios a su pueblo del ejército del faraón.

Un día inolvidable

Era un día inolvidable. Los Israelitas nunca más tendrían que servir a los egipcios. ¡Para siempre habían dejado atrás la esclavitud! Rompieron en gritos de júbilo. Con todas las fuerzas de sus pulmones alabaron a Dios.

Los israelitas estaban tan contentos que se abrazaban unos a otros. Algunos lloraban de alegría. Otros se reían…

Uno de los hombres escribió un canto acerca de lo que había pasado la última noche. Otro inventó una melodía para el canto.

Pronto se podía escuchar cantar a la gente. Más de dos millones de voces se mezclaban en la hermosa armonía. Moisés era el dirigente.

Cantaré en honor al Señor,
que tuvo un triunfo maravilloso
al hundir en el mar caballos y jinetes.
Mi canto es del Señor,
quien es mi fuerza y mi salvación.
Él es mi Dios, y he de alabarlo.
Es el Dios de mis padres, y he de enaltecerlo.
¡El Señor reina por toda la eternidad!

María, la hermana de Moisés y Aarón, tomó una pandereta, un instrumento parecido a un pequeño tambor. Muchas de las mujeres siguieron su ejemplo. Todas cantaban y danzaban. ¡Qué felicidad había en el campamento!

Pero, no todos estaban felices. Por ejemplo, Simón y Elizabet, los padres de Eleazar. Ellos estaban muy preocupados por su hijo. Entre todo el alboroto de cruzar el mar, Eleazar se les había perdido. ¡Cómo habían buscado a su hijo! No había caso de encontrarlo.

¿Dónde está Raquel?

Joel, el papá de Raquel, también estaba muy preocupado. Él había ido en busca de su asno. Cuando no lo encontró, volvió al lugar donde había dejado a Raquel. Allí se encontró con toda la gente que escapaba del ejército del faraón.

Fue imposible para Joel abrirse paso para volver al lugar donde había dejado a su hija. Perdió toda esperanza. ¿Qué pasaría con su amada Raquel?

Al fin Joel tuvo que darse por vencido y acompañar a la multitud que escapaba por en medio del mar. No había encontrado a su asno; pero eso no le importaba. Lo peor era que había perdido a su hija.

¿Dónde estará Raquel? –se preguntaba–. ¿Habrá muerto, pisada por toda esta gente? ¿Se habrá ahogado en el mar?

La gente alrededor de Joel estaba muy alegre. Todos cantaban y alababan a Dios. Pero Joel no podía cantar; estaba muy preocupado. ¿Dónde está Raquel? –repetía una y otra vez–. ¿Estará viva o muerta?

Nuevamente Joel trató de abrirse paso entre la gente. Con pasos tristes iba rumbo a la orilla del mar, cuando vio algo…

¿Qué vio Joel? ¡Era su asno! Algo interesaba mucho al asno. ¿Podría ser? Sí, era cierto… ¡El asno estaba mirando a Raquel!

El próximo capítulo: JUNTOS DE NUEVO

MIS PERLITAS

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Encuéntralo en MIS PERLITAS.

El rescate de un corderito

Raquel y Eleazar avanzaban por el mar tomados de la mano. Era de noche, pero parecía como de día. El fuego les alumbraba el camino.

De repente Raquel se quedó parada.

–¡Mira Eleazar! ¡Qué hermoso caracolito!

Los niños se arrodillaron en la arena para admirar el hallazgo de Raquel.

–¡Mira aquí, hay uno más lindo!

No era un caracolito nada más, sino muchos. Había también lindas conchas; de muchos colores. Esto les emocionó tanto que se olvidaron de la gente que avanzaba. No se preocuparon del muro de agua, ni del ejército del faraón.

El ejército de los egipcios ya casi les pisaba los talones a los israelitas. ¡Se habían aventurado a seguirlos a través del mar! Sólo la nube separaba a los dos grupos.

¿Cómo escaparían?

Sin darse cuenta del peligro, los niños corrían de aquí para allá recogiendo conchitas. La voz de un pastor de ovejas los despertó a la realidad.

–Niños, ¿qué están haciendo? –dijo el pastor–. No pueden seguir jugando más. Tienen que escapar para salvar su vida. ¿Ven esa nube? ¡El ejército del faraón está detrás de ella!

¡Era cierto! Se podía oír el ruido de los guerreros, de las carretas, y del galopar de los caballos. Raquel y Eleazar se quedaron tiesos de miedo. ¿Cómo podrían escapar?

La voz del pastor se oyó con más fuerza.

–Niños, ¿no me oyen? –les gritó–. ¡Tienen que correr! Vengan conmigo y van a estar a salvo.

Eleazar tiró sus conchitas y echó a correr. Raquel tiró todas, menos una; la más bonita. Apretó la conchita contra su pecho. Luego corrió junto a Eleazar. Ambos se apuraron para llegar a la otra orilla.

A sus espaldas el ruido de los guerreros aumentaba en volumen. La nube que los separaba se acercaba más y más. ¿Lograrían salvar la vida?

¿Llegarían a la meta?

Comenzó la emocionante carrera de Raquel y Eleazar. Avanzaban hacia adelante tan rápido como podían. Sin embargo, el ruido que hacía el ejército del faraón aumentaba más y más. Trataron de apurar los pasos, pero dentro de un rato Raquel se quejó de que ya no podía más.

–Se me doblan las piernas al correr. Estoy muy cansada.

–¡Tenemos que seguir adelante! –la animó Eleazar.

Eleazar echó una mirada hacia atrás. La nube los estaba alcanzando, y los gritos del ejército enemigo se oían con más y más fuerza. El general gritaba a su gente.

Con el miedo que tenían, las fuerzas de los niños aumentaban. Siguieron corriendo hacia la otra orilla del mar. En ese momento escucharon un gemido que inmediatamente reconocieron: «Maa, maa, baa, baa…»

Eleazar dejó de correr. Era un corderito que lloraba. Estaba atrapado entre algunas piedras. Nadie se había dado tiempo para ayudarle. Los niños se olvidaron del peligro que los amenazaba. Se arrodillaron junto al corderito y Eleazar retiró las piedras que lo tenían atrapado.

Apenas recibió la libertad, el corderito se echó a dormir. Estaba totalmente agotado.

–¿Qué vamos a hacer con el pobrecito? –sollozó Raquel.

Como no podían dejarlo solo en medio del mar, los niños decidieron llevarlo con ellos. Eleazar lo tomó en sus brazos.

Como tenían al cordero, ya no podían avanzar tan rápidamente. Más y más se les acercaba el peligro. ¿Escaparían del faraón? Eleazar volvió a mirar hacia atrás.

¡Qué raro! Parecía que la nube no se había movido. El ejército del faraón no podía avanzar. ¡Qué alivio! Sin temor los niños podían seguir su camino. ¡Al fin llegaron a la otra orilla!

Había cualquier cantidad de gente, pero los niños apenas los vieron. Estaban muy cansados. Con cuidado Eleazar bajó al corderito y lo puso en la arena. Luego él y Raquel se tomaron de las manos y se acostaron a dormir.

A la orilla del mar los niños y el cordero soñaban juntos.

El próximo capítulo: Un gran coro junto al mar

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En el fondo del mar

Eleazar se quedó tieso. Tenía ganas de gritar todo lo que daban sus pulmones. Por un momento pensó así, pero luego se calmó. Se acordó de Raquel. No podía hacerla asustar.

Por ella tenía que mantenerse sereno.

Eleazar y Raquel, ambos habían «perdido» a sus padres. Ahora les tocaba cruzar solos el mar. No tenían a nadie a su lado para alentarlos.

Tengo que actuar rápidamente –se dijo Eleazar–. No hay tiempo que perder. Se nos viene encima la caravana.

Eleazar tomó a Raquel fuertemente de la mano. No debían perderse el uno del otro.

–Ya verás que encontraremos a tu papá –dijo Eleazar tratando de consolar a la niña perdida–. Mis padres también han avanzado. No los veo.

–¿Cómo los vamos a encontrar entre tanta gente? –dijo Raquel–. ¡Tengo miedo!

–No te preocupes. Dios nos va a ayudar.

–No me sueltes, Eleazar. No sé cómo me voy a animar a cruzar el mar. ¿Qué pasará si las olas se nos vienen encima?

Raquel se acercó más a Eleazar. No quería estar sola.

La única salvación

En ese momento Eleazar creció. Se puso grande. Había alguien que lo necesitaba, que se sentía segura a su lado.

No tengo que decepcionar a Raquel, pensó Eleazar.

–Todos tenemos que cruzar el mar. Es nuestra única salvación –dijo Eleazar–. Escuché a mi papá decir que Dios ha separado el mar. Él nos va a ayudar a cruzarlo.

Tanta emoción había en el aire que Raquel se olvidó de llorar. Unas horas antes las olas habían golpeado la playa. Ahora, era tierra seca. ¡Qué emocionante aventura meterse allí!

Al principio los niños iban bien apretados en medio de la caravana de gente. Los empujaban de aquí para allá; no solo la gente, sino también las vacas y los toros. Eso no le gustó a Raquel.

–¿Por qué no vamos por un costado? –le dijo Eleazar–. Allí hay menos gente.

–Sí, ¡vamos! –respondió Eleazar.

Se acercaron hacia uno de los altos muros de agua. Éstos se levantaban hacia el cielo como inmensas torres.

Los niños podían escuchar el rugido de la tormenta por encima de sus cabezas. Pero junto a los muros de agua había calma.

Ya que se habían separado de la gente que empujaba, caminaron con más calma. Había muchas cosas interesantes que mirar y descubrir. El muro de agua los había cautivado.

El muro de agua

Los niños miraban asombrados el muro de agua. ¿Cómo podía estar parada el agua? ¿Por qué no se juntaban las olas? ¡Tenían que investigarlo!

Se acercaron todo lo posible al muro de agua. Eleazar alargó el dedo y pegó un grito de asombro. ¡El muro era duro!

Eleazar miró hacia adentro y dijo:

–¡Mira, Raquel! Se pueden ver los peces. Allá va un pez redondo. No he visto antes peces redondos. Por allá va uno con cola punteada. ¡Qué divertido!

Eleazar y Raquel apretaron sus narices hacia el agua. Era como estar mirando los peces en un gran acuario.

Mientras miraban vino hacia ellos un pez grandote. Parecía que nadaba directamente hacia el lugar donde estaban.

–¡Nos va a comer! –gritó Raquel.

«Pof, pam, bum, puf», fue la respuesta. El pez se había chocado contra el muro.

–¡Estaba por comerme! –se quejó Raquel.

–Imposible –respondió su valiente defensor–. El pez no puede salir. Está dentro del muro.

–MFelizmente; no hubiera querido ser el almuerzo del pez.

–¡Ven! –le apuró Eleazar–. Nos estamos quedando atrás.

Casi toda la caravana de israelitas había llegado a la otra orilla. Pronto los niños olvidaron la aventura con el pez que se había quedado sin almuerzo.

Raquel y Eleazar avanzaron por en medio del mar tomados de la mano.

MIS PERLITAS

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