El ejército invisible

Secretos. ¿Has tenido secretos alguna vez? ¿Se los has contado a un amigo o a una amiga, que después se los contó a su amigo o amiga? ¡Pronto tu secreto estaba dando vueltas por toda la escuela!

En tiempos de Eliseo, el rey de Siria pensaba que alguien lo estaba traicionando. ¿Quién divulgaba sus secretos?

Este rey estaba en guerra con Israel. Acostumbraba reunir a sus oficiales para decirles dónde planeaba acampar. Cada vez, se salvaba el pueblo de Israel de ser atacado.

Los niños del club Tesoros escuchaban atentos cuando doña Beatriz les contaba la historia. Era emocionante lo que hacía el profeta Eliseo. Le mandaba a decir al rey de Israel dónde iba a acampar el rey de Siria. Por eso, varias veces el ejército de Israel se salvó de los ataques del enemigo.

¿QUIÉN DIFUNDÍA LOS SECRETOS?

El rey no podía entender lo que pasaba. Estaba muy confundido. ¿Cuál de sus oficiales lo traicionaba? ¿Quién difundía sus secretos? Llamó a sus oficiales y les preguntó:

–¿Quién le está declarando mis secretos de guerra al rey de Israel? ¿Quién le informa acerca de mis planes?

–Su Majestad –dijo uno de los oficiales–, ¡ninguno de nosotros lo está traicionando! El profeta Eliseo es el que le informa al rey de Israel acerca de sus planes. ¡Eliseo sabe lo que usted habla en privado! ¡Hasta sabe lo que usted dice en su dormitorio!

El rey de Siria se puso furioso, y ordenó:

–Averigüen dónde está Eliseo. ¡Tenemos que capturarlo!

Los oficiales sirios averiguaron que Eliseo estaba en Dotán.

EL ENEMIGO RODEA A DOTÁN

El rey de Siria mandó allí un gran ejército. Una mañana, cuando el criado de Eliseo se despertó temprano, vio que toda la ciudad estaba rodeaba. ¡Había un ejército con carros y caballos!

–¡Maestro! –gritó–. ¿Qué vamos a hacer? ¡Estamos rodeados!

Eliseo estaba tranquilo. El criado lo veía mirando las montañas, como si estuviera disfrutando de la salida del sol.

–No temas –dijo Eliseo–. ¡Hay muchos con nosotros! Más son los que están con nosotros que los que están con ellos.

El criado no veía nada. ¡No había siquiera un soldado que los defendiera! ¿Qué veía el profeta?

El amiguito Pimienta, que había estado escuchando boquiabierto cada palabra, preguntó:

–¿Dónde estaba el ejército de Eliseo? ¿Por qué no se veía?

–Era un ejército invisible –dijo doña Beatriz–. Sólo Eliseo podía verlo. ¡La montaña estaba llena de gente de a caballo! ¡Carros de fuego rodeaban a Eliseo!

–¡Qué emocionante! –gritó Sal–. ¿Por qué el criado no los veía?

–Era un milagro invisible. Eliseo oró por su criado para que Dios le abriera los ojos. Entonces el criado vio que la montaña estaba llena de gente de a caballo y carros de fuego. ¡Dios había mandado un gran ejército para proteger al profeta!

EL EJÉRCITO SE VUELVE CIEGO

Los sirios no sabían nada acerca de la gente de a caballo y los carros de fuego que protegían a Eliseo. Ellos siguieron la orden del rey y se acercaron para atacarlo.

Así como Eliseo había pedido que Dios abra los ojos de su criado, ahora oró a Dios lo contrario para los sirios. «Amado Dios, te ruego que estos soldados se queden ciegos», pidió Eliseo. ¡Y los soldados de Siria se quedaron ciegos!

–¿A quién buscan? –preguntó el profeta de Dios.

–El rey nos ha mandado a buscar a Eliseo.

–Éste no es el camino, ni la ciudad que buscan –dijo Eliseo–. ¡Síganme! Yo los llevaré a donde está el profeta de Dios.

Eliseo los llevó a Samaria.

Tan pronto como llegaron allí, Eliseo volvió a orar. «Amado Dios, te pido que les devuelvas la vista», oró esta vez.

Entonces Dios abrió los ojos de los soldados. ¡Qué sorpresa! ¡Estaban en plena ciudad de Samaria!

–¿Qué hago con este ejército? –le preguntó el rey de Israel a Eliseo–. ¿Los mato a todos?

–No los mates –dijo Eliseo–. No es buena idea matar a los prisioneros de guerra. Dales comida; luego mándalos de regreso a su país y a su jefe.

FIESTA PARA EL ENEMIGO

Entonces el rey mandó preparar una gran fiesta para los soldados de Siria. Comieron y bebieron; luego el rey los despidió.

Los soldados volvieron a su tierra y a su jefe, el rey. Desde ese día, las bandas de sirios no molestaron a los israelitas.

–Me encanta que hicieron fiesta –dijo Pepita–. Pronto es mi cumpleaños. Quiero que todos ustedes estén en mi fiesta.

–Gracias, Pepita –dijo doña Beatriz–. ¡Celebraremos contigo!

¿Quisieras tú también estar en la fiesta de Pepita? La próxima semana festejaremos su cumpleaños. ¡Habrá sorpresas!

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Hospitalidad en Sunem

Eliseo, el profeta de Dios, iba de ciudad en ciudad para predicar la palabra de Dios. Los caminos eran polvorientos y el sol le quemaba; a veces era difícil conseguir agua. ¿Crees que Eliseo se sentía cansado?

En ese tiempo no había hoteles. Tal vez Eliseo le pedía a Dios un lugar donde hospedarse. Como cada detalle de nuestra vida le interesa al Señor, Él le concedió ese deseo.

Un pueblo que Eliseo visitaba era Sunem, cerca de Jezreel.

–¿Quién recuerda algo acerca de Jezreel? –preguntó doña Beatriz a los niños del Club Tesoros.

–¡Yo! ¡Yo! –gritó Sal, emocionado–. El profeta Elías corrió desde el monte Carmelo hasta Jezreel.

–¡Y llegó antes que el carro del rey! –añadió Pimienta.

–Dios le dio fuerza extraordinaria –dijo Pepita.

Los niños empezaron a recordar lo que habían aprendido acerca de Elías. Ahora Eliseo era el profeta de Dios.

LA IDEA DE LA SUNAMITA

Cada vez que Eliseo pasaba por Sunem, una mujer bondadosa lo invitaba a comer en su casa. Ella daba buena acogida a este viajero y seguramente se sentía contenta de hacerlo.

Pasó el tiempo, y la mujer tuvo una idea. Le contó a su esposo lo que pensaba hacer, y él le dio permiso para hacerlo.

–¿Qué quería hacer? –preguntó Pimienta, un poco impaciente.

–Ella decidió hacerle una habitación –respondió doña Beatriz–. Cuando el cuarto estaba listo, puso allí unos muebles. ¿Qué les parece si, así como la mujer, amoblamos el cuarto?

La buena vecina tenía hojas impresas para hacer pequeños muebles. Los niños se divirtieron recortando, pintando y pegando. Al terminar, amoblaron un cuarto imaginario y cada uno llevó a su casa un juego de muebles.

EL CUARTO DE HOSPEDAJE

¿Qué era lo más importante en el cuarto de hospedaje? Una cama, ¿verdad? La mujer sunamita sabía que Eliseo tenía que caminar mucho y necesitaba una buena cama para descansar.

 

 

¿Qué otra cosa puso en el cuarto? Una mesa, para que Eliseo ponga sus cosas. No había computadoras ni libros como los nuestros en esos tiempos. Si hubiera sido hoy, seguramente Eliseo habría puesto allí su laptop (computadora portátil) y su Biblia.

 

¿Qué más? Ah, una silla. Necesitaba la silla para sentarse a la mesa y para descansar.

 

 

¿Algo más? Sí, una lámpara. Cuando llegaba la noche, Eliseo podía encender la luz para no estar en la oscuridad. ¡Qué buen cuarto de hospedaje!

 

 

Aunque no había libros en esos tiempos, tenían pergaminos.

–Yo sé cómo son los pergaminos –gritó Sal–. Lo hemos estudiado en la escuela. Son rollos de cuero con palabras escritas.

–No sabemos si llevaba pergaminos cuando iba a Sunem –dijo doña Beatriz–. Imaginemos que allí tenía pergaminos y que en la noche se sentaba a leer.

UN HIJO PARA LA SUNAMITA

Eliseo se sintió tan feliz que quiso hacer algo por la mujer.

–¿Qué podemos hacer por esta buena mujer? –le preguntó a su criado, Giezi.

La sunamita dijo que no necesitaba nada. Pero Giezi pensó en algo que la haría muy feliz. Ella no podía tener hijos. En nombre de Dios, Eliseo le prometió que al año siguiente tendría un hijo. ¡Y Dios dio a la mujer y su esposo un hijo!

Pasó el tiempo, y el niño fue creciendo. Un día salió al campo con su papá, y allí se enfermó. ¡Cómo le dolía la cabeza!

–¡Ay, mi cabeza! ¡Me duele la cabeza! –lloraba.

Un criado llevó al niño a la madre. Ella lo sentó en sus rodillas y trató de consolarlo; pero el niño murió. ¡Qué tristeza!

La sunamita inmediatamente pensó en Eliseo. ¿Dónde crees que puso al niño? ¡Sobre la cama de Eliseo! Luego fue con unos criados a buscar al profeta de Dios.

En vez de preparar el entierro de su hijo confió en que Dios podría darle vida otra vez.

EL MILAGRO DE RESURRECCIÓN

¿Dónde estaba Eliseo? En el monte Carmelo.

–Allí es dondo cayó fuego del cielo –gritó Sal, que hoy estaba con muchas ganas de responder a todas las preguntas.

Tan pronto como la sunamita encontró al profeta le contó que el niño había muerto. Eliseo la acompañó. Cuando llegó a su cuarto de hospedaje encontró al niño muerto sobre su cama.

En la Biblia, en 2 Reyes 4:32-37, lee lo que hizo Eliseo. Dios respondió al pedido de Eliseo. El niño estornudó, y abrió los ojos.

Cuando Eliseo entregó el niño a la sunamita, ella se alegró tanto que se postró a los pies de Eliseo para darle gracias.

Ahora imaginemos que Eliseo leía los pergaminos con el niño que había resucitado. Seguramente Eliseo le contaba acerca de los milagros que Dios hacía. ¿Crees que le contó acerca de los caballos de fuego que vinieron cuando Dios llevó a Elías al cielo?

¡Qué emocionante para el niño!

LA HOSPITALIDAD

No todos pueden tener un cuarto de hospedaje; pero todos podemos ser buenos con las personas que vienen a visitarnos. Quién sabe, algún día puede llegar un ángel a nuestra casa.

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Pimienta y el control del enojo

Una tarde Pimienta fue a visitar a doña Beatriz. Había estado pensando en la historia de Naamán, el general leproso que fue sanado. Pero más había pensado en Giezi, el criado del profeta Eliseo. Giezi quedó leproso por haber pedido a Naamán los regalos que Eliseo no quiso recibir.

¿Por qué el profeta Eliseo se había enojado tanto con Giezi? ¿No entendía el profeta que Giezi no quería desperdiciar los regalos?

–Doña Beatriz, ¿no es malo enojarse? –preguntó Pimienta–. ¿Por qué Eliseo fue tan duro con Giezi?

La buena vecina decidió responder en la próxima reunión del Club Tesoros a las dudas que tenía Pimienta. Tal vez otros niños también se preguntaban acerca de Giezi.

DINO Y DINA

Llegó el sábado y llegaron los niños al club. El clima estaba bonito; había sol, así que la vecina decidió hacer la reunión en su jardín. Pimienta se sentó adelante con su amigo Sal. EI perrito Dino los acompañó. Dino parecía tan interesado en la historia como los niños. La gatita Dina también se veía interesada.

A Pepita le parecía gracioso que el perrito se llamara Dino y que el nombre de la gatita era Dina. Cuando Dina tuviera crías ella le iba a pedir a la buena vecina que le regale una gatita. También se llamaría Dina. A Pepita le gustaba ese nombre.

EL ENGAÑO DE GIEZI

–Hoy hablaremos del enojo –dijo doña Beatriz–. Pimienta me ha preguntado por qué el profeta Eliseo se enojó tanto con Giezi que hizo que se le pegara la lepra de Naamán. Se enojó porque Giezi mintió. ¿A quién engañó más que a Naamán y Eliseo?

–Giezi pecó contra Dios, más que nada –dijo Pepita.

–El enojo de Eliseo era justo –dijo doña Beatriz–. Se llenó de ira porque Giezi engañó a Dios. No se puede engañar a Dios. Él nos ha dado los sentimientos. Cuando hay un motivo justo por el enojo, entonces no es pecado. Pero muchas veces nos enojamos por motivos egoístas; por envidia o por orgullo.

–¿Por qué los hijos y los nietos de Giezi también se llenaron de lepra? –preguntó una niña.

Doña Beatriz explicó que nuestros actos traen consecuencias. Las cosas que hacemos afectan a muchas personas. La codicia y el engaño de Giezi trajo castigo también a su familia.

EL ENOJO NOS ADVIERTE

El enojo es una advertencia. Le comunica a nuestro cerebro y a nuestro cuerpo que algo está mal. Puede ser un buen senti-miento si nos ayuda a cambiar una situación; pero puede ser muy dañino si le damos rienda suelta.

–Pimienta es un buen niño y un fiel compañero de Sal –dijo la buena vecina doña Beatriz–. Pero he visto que se enoja fácilmente y a veces hasta provoca peleas.

–No me gusta enojarme –dijo Pimienta–. ¿Qué puedo hacer? A veces me enojo tanto que me palpita el corazón y me sudan las manos.

–La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego, dice el sabio rey Salomón en los Proverbios. Todos alguna vez nos enojamos. Unos más que otros. Pero hay medidas que podemos tomar para controlar el enojo. Si es un enojo justo podemos expresarlo. ¿Quién de ustedes sabe lo que hizo Jesús una vez que se enojó?

–Jesús tomó un látigo y echó fuera del templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas –dijo Sal–. Él dijo que el templo debía ser una casa de oración a Dios.

–¡Perfecta respuesta! Esto es similar al enojo que sintió Eliseo por el engaño de Giezi –dijo doña Beatriz sonriendo.

CUATRO MEDIDAS DE CONTROL

Hay cuatro pasos que podemos tomar para controlar el enojo:

1. Calla y cálmate. Cuando sientas que te estas enojando, no digas nada, sino cálmate y cuenta hasta diez. Luego piensa.

2. Combate lo que sientes. Analiza lo que sientes y pregúntate por qué. No te dejes dominar por tus sentimientos.

3. Considera la situación. Quizá sea justo tu enojo. Piensa en lo que ha pasado y en la persona con quien estás enojado.

4. Cambia tu actitud. Perdona a la persona que te ha ofendido. ¿Necesitas tú pedir perdón? No pienses en vengarte.

PIMIENTA CONTROLA SU ENOJO

Pimienta tenía un papel en el bolsillo. Le pidió a doña Beatriz que le escribiera los cuatro pasos porque quería practicarlos.

Cuando llegó a casa después de la hora del club puso en práctica cada uno, porque su hermanito había hecho un gran desorden entre sus cosas. Había vaciado todo lo de la mochila de la escuela y estaba dibujando en uno de los cuadernos de nuestro amiguito Pimienta.

Pimienta se mordió los labios, contó calladamente hasta diez, y empezó la difícil tarea de practicar cómo controlar su enojo.

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La niña que salvó a un general

Ella era esclava. Naamán, el general del ejército del rey de Siria, la había llevado cautiva cuando hizo guerra a Israel. No sabemos cómo se llamaba la niña; pero comprendemos que era buena y cariñosa.

Naamán era un gran hombre, muy valiente y querido por el rey; pero triste es decirlo, era leproso. Tenía todo el cuerpo cubierto de unas feas escamas rojizas y blancas.

En Israel, los leprosos tenían que vivir apartados de los demás; pero no era así en Siria. Sin embargo, este mal era terrible para Naamán; seguramente había buscado por muchos medios ser sanado.

NAAMÁN Y EL PROFETA ELISEO

Eliseo, el profeta de Dios, vivía en Israel. Un día, la niña esclava dijo a su ama: «Yo sé quién puede curar al señor Naamán. Si él fuera a visitar al profeta Eliseo, Dios lo sanaría.»

Cuando el general Naamán le contó esto al rey de Siria, él dijo: «Tienes que ir allá. Voy a mandar una carta al rey de Israel para que te reciba bien.»

Después de muchos preparativos para el viaje, Naamán y sus siervos partieron. Largos días viajaron hasta Israel. Al llegar, no fueron a la casa de Eliseo sino al palacio del rey.

El rey de Israel se asustó mucho, porque el rey de Siria le pedía que sanara a Naamán. «Yo no puedo sanar a nadie –dijo el rey–. Seguramente están buscando pleito, alguna razón para hacer guerra contra nosotros.»

«LÁVATE SIETE VECES EN EL JORDÁN»

Eliseo oyó hablar de esto y mandó decir al rey que le enviara a Naamán. Naamán pensó que Eliseo iba a salir a darle la bienvenida; pero el profeta solamente mandó decir que se lavara siete veces en el río Jordán.

El general Naamán se puso furioso. ¡Cómo era posible que le pidiera que se lave en el río Jordán! En su país había ríos mucho más limpios. ¡No lo haría!

Sus criados le preguntaron: «Si el profeta hubiera pedido que usted hiciera algo difícil, ¿lo habría hecho?» Por fin lo convencieron de que hiciera la prueba y se lavara en el río Jordán.

–Contemos juntos –dijo doña Beatriz a los niños del club–. ¿Cuántas veces debía zambullirse?

Los niños contaron, con voz fuerte: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡y no pasó nada!

–Pero Naamán debía bañarse siete veces –dijo Pimienta.

¡Exactamente! La séptima vez… sucedió un milagro. ¡Naamán salió del agua completamente sano! No tenía ni una escama en el cuerpo. Su piel era suave como la de un niño.

¡Qué feliz se sintió Naamán! Inmediatamente fue a dar las gracias a Eliseo, y le ofreció regalos.

–No puedo recibir regalos por un milagro que Dios ha hecho –dijo Eliseo–. Solamente agradece a Dios.

Naamán prometió servir a Dios todos los días de su vida, y muy contento volvió a su país.

EL ENGAÑO DE GIEZI

Giezi era el criado de Eliseo. A él le pareció un desperdicio que Eliseo no hubiera recibido los regalos de Naamán. Salió corriendo tras él. Cuando lo alcanzó, le dijo que acaban de llegar dos visitas y que Eliseo pedía que le diera tres mil monedas de plata y dos vestidos nuevos.

Naamán le dio seis mil monedas de plata y dos vestidos nuevos. También envió dos criados suyos para que le ayudaran.

–¿Estaba bien lo que hizo Giezi? –preguntó doña Beatriz.

–¡No! –gritaron todos los amiguitos–. ¡Era un gran engaño!

Al llegar Giezi de regreso Eliseo le preguntó dónde había estado, y él respondió con otro engaño.

–No he estado en ninguna parte –dijo Giezi.

–¿Crees que puedes engañarme? –le preguntó Eliseo– Yo sé que fuiste a pedirle plata y vestidos a Naamán. No pecaste contra mí, sino contra Dios.

–Niños, no se puede engañar a Dios –dijo doña Beatriz–. Como castigo, la lepra de Naamán se le pegó a Giezi, y no sólo a él, sino también a sus hijos y a sus nietos. Desde ese momento Giezi quedó completamente leproso. Pagó un precio muy caro por su codicia.

–La niña esclava fue valiente. Aunque estaba en tierra extraña no olvidó a su Dios. Por su testimonio salvó a su amo de la terrible enfermedad de la lepra. Pero más importante es que su amo llegó a conocer al Dios vivo y verdadero y a servirle.

Chicos y grandes podemos ser fieles a Dios en cualquier circunstancia. Aunque la niña estaba lejos de su hogar no olvidó a Dios. ¿Estarías dispuesto a servir a Dios aunque te lleven lejos?

 

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El aceite que no se acababa

Cuando los niños llegaron al Club Tesoros encontraron la mesa de doña Beatriz llena de ollas, vasijas y recipientes. ¿Qué sorpresa les tendría la buena vecina?

–Doña Beatriz, ¿de dónde consiguió tantas ollas y vasijas –preguntó Pepita, a la vez que admiraba una hermosa olla de cerámica, pintada con flores.

–Tengo buenas vecinas y compañeras de trabajo muy amables. He pasado toda la semana reuniendo lo que ves en la mesa. Les voy a contar de una mujer viuda que tuvo que reunir muchas vasijas. Sus hijos le ayudaron.

UNA VIUDA AMENAZADA

Esta es la historia de una familia que vivía en tiempos del profeta Eliseo. Eran papá, mamá y dos hijos. No sabemos cómo era la casa, pero seguramente era sencilla. El papá estudiaba en la escuela de profetas que tenía Eliseo.

Sabemos que a veces el papá tenía que tomar prestado dinero; pero no sabemos por qué no lo devolvió. Tal vez el papá se enfermó, y ya no podía estudiar ni trabajar. Los niños tuvieron que correr a tomar prestado más dinero, para comida y medicinas. La mamá sin duda cuidó con mucho cariño a su esposo; pero no pudo hacer nada por su salud. Un día, el padre de la familia murió.

Fue una gran tristeza para la mamá y sus dos hijos. Enterraron al papá, entre lágrimas. ¡Cómo lo extrañaban!

¿Qué haremos para pagar nuestras deudas? pensaba la mamá. Mientras ella pensaba, el hombre a quien le debían mucho dinero, vino a hablar con ella.

–¿Creen que los niños se escondieron detrás de la puerta para oír lo que hablaban? –preguntó doña Beatriz.

–Yo hubiera querido saber cada palabra –dijo Pimienta.

–Yo sí me hubiera escondido para escuchar –dijo Sal.

¿Qué oyeron los muchachos? ¡Algo terrible!

«Mujer, si no me pagas lo que me debes, me llevo a tus hijos como esclavos», decía el hombre.

¡Pobres muchachos! ¡Ellos no querían ser esclavos de ese hombre! ¿Qué podrían hacer para salvarse?

LA SOLUCIÓN DEL PROFETA ELISEO

La mamá lloraba al pensar en que le quitarían a sus hijos.

–Mamita, no llores –dijo uno de los muchachos–, tengo una idea. ¿Por qué no vas a hablar con el profeta Eliseo? Papá trabajaba con él; seguramente nos puede ayudar.

La mamá, ahora viuda, fue a casa de Eliseo. Le contó su gran problema y le preguntó qué podrían hacer.

–¿Qué tienes en casa? –le preguntó el profeta.

–Sólo tengo un poco de aceite –respondió la viuda.

–Magnífico –dijo Eliseo–. Ve a pedir prestado vasijas, recipientes, ollas, botellas y ¡qué sé yo! Cierra luego la puerta, y tú y tus hijos echen el aceite en los recipientes.

EL MILAGRO DEL ACEITE

Doña Beatriz pasó a la mesa donde tenía las ollas, las vasijas y los recipientes. Tomó una botella de aceite y empezó a llenarlo en una olla. ¡Pero pronto el aceite se acabó!

–Niños, eso no pasó en casa de la viuda. Sus hijos habían ido de casa en casa, tocando puertas, pidiendo prestado vasijas y recipientes. Habían reunido muchas vacijas vacías. ¡Muchas!

Uno por uno, los muchachos habían traído vasijas a la casa, hasta que ya les pareció tener suficientes. Luego cerraron la puerta y la mamá comenzó a llenar aceite en las vasijas.

Los muchachos le pasaban las vasijas y la mamá las llenaba con el aceite. ¡Qué emocionante! Una vasija por aquí, otra por allá… una olla, una botella… Así, poco a poco, fueron llenando todas las vasijas y los recipientes que habían conseguido.

–Más recipientes –dijo la mamá. ¡Pero ya no había más!

¡Entonces se acabó el aceite!

Ya no había más aceite en la botella; pero la casa estaba llena de vasijas con aceite.

LA VIUDA COMERCIANTE

Nuevamente, la viuda fue a visitar al profeta Eliseo.

–¿Qué debo hacer con el aceite? –le preguntó.

–Véndelo y paga tus deudas –le dijo el siervo de Dios–. Con el dinero que sobre, compra comida para tus hijos. Vivan del dinero que les sobra.

¡Qué felidad para la familia! Los hijos ya no serían esclavos sino vendedores de aceite. Conforme iban vendiendo el aceite, devolvían las vasijas a sus dueñas. Pronto la madre pagó toda la deuda que tenía.

¡La viuda amenazada se volvió comerciante!

DIOS AMA A HUÉRFANOS Y VIUDAS

Dios tiene un cariño especial por las viudas y los huérfanos. Él sabe que no tienen un papá que les puede comprar ropa y comida; por eso, Él quiere ser ese «papá». Dios hace milagros no sólo en favor de los huérfanos y las viudas sino también en la vida de todos los que creen y confían en Él.

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El profeta calvo y la sal que curó el agua

Sal, harina, aceite, pan, agua… Los niños del club Tesoros se sorprendieron al ver esas cosas en la mesa de doña Beatriz. ¿Qué planes tendría para la reunión de hoy?

–Parece que la vecina nos va a dar una clase de cocina –le susurró Sal a su amigo Pimienta–. Eso está bueno para las niñas; pero yo prefiero la robática.

–Los hombres también pueden cocinar –dijo Pimienta–. Uno de mis tíos es chef en un restaurante. Es famoso por la comida deliciosa que prepara.

UN HACHA Y UN CEPILLO

Lo que más les sorprendió era que en medio de la mesa había un hacha, como las que se usan para partir leña. Junto al hacha había un cepillo de pelo. ¡Qué misterioso!

Pepita y los otros niños también miraron sorprendidos.

–¿Vamos a hacer algo en la cocina? –preguntó Pepita.

–¿Quisieras hornear un pastel? –le contestó la buena vecina.

–¡Sííí! –gritó Pepita–. ¿Podemos llevarlo a la anciana Damaris? Ella vive sola y se alegra mucho cuando alguien la visita.

–Hoy no vamos a hacer pasteles; pero puedes venir alguna tarde y preparemos algo rico para la vecina Damaris.

El tema de conversación toda la semana había sido el torbellino que había llevado a Elías al cielo. También comentaban acerca del carro y los caballos de fuego. Especialmente a los muchachos les interesaba lo de los caballos.

BÚSQUEDA INFRUCTÍFERA

–No hay duda de que Elías se fue al cielo en el torbellino –dijo doña Beatriz.

Los niños del club no dudaban de esto; pero los profetas que vivían en Jericó no lo creían, aunque habían visto el torbellino. Cincuenta de ellos lo buscaron por tres días, sin encontrarlo.

«¿No les dije que no fueran a buscarlo?» les dijo Eliseo.

Así, por fin, quedaron convencidos de que Dios se había llevado a Elías en el torbellino. Ahora ellos serían fieles siervos de Eliseo.

–¿Quién recuerda lo que Eliseo le pidió a Elías? –preguntó doña Beatriz.

–Quería tener una doble porción del poder de Elías –dijo Pepita.

–Así es –respondió la buena vecina–. Las cosas que tengo en la mesa representan algunos de los milagros que Dios obró por medio de Eliseo. Con harina curó un potaje que tenía veneno; el aceite significa multiplicación; cien hombres comieron y quedaron satisfechos con solo veinte panes, ¡y hasta sobró pan!

–¿Qué hizo Eliseo con el hacha? –preguntó Pimienta.

–Una vez, cuando los profetas cortaban árboles junto al río, se le cayó el hacha a uno de ellos. Se desesperó, porque el hacha era prestada. Eliseo, tranquilamente, cortó un palo, lo echó al agua, e hizo flotar el hierro.

LO QUE NO NECESITABA ELISEO

–No lo puedo creer –dijo Pimienta–. El hierro no flota.

–Sólo Dios puede hacer flotar un hacha. Les voy a contar muchas maravillas de la vida de Eliseo. Hay algo en la mesa que él no necesitaba. ¿Qué creen que es?

Sal, harina, aceite, pan, agua… todo era útil; especialmente el cepillo de pelo, para que Eliseo no estuviera despeinado. ¡Pero el cepillo no lo necesitaba!

–¿Eliseo andaba despeinado? –preguntó Sal.

–La respuesta está en 2 Reyes 2:23 –dijo la buena vecina, y pidió a Pepita que buscara el versículo en su Biblia y lo leyera para todos. ¡Y Pepita leyó!

Después subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: «¡Calvo, sube! ¡calvo, sube!»

–¡Calvo! –exclamó Sal–. ¡Eliseo era calvo! Por eso no necesitaba cepillo.

–¡Cierto! Era calvo. Eliseo iba subiendo por el camino a Bet-el cuando salieron unos muchachos de la ciudad. Al ver al profeta, se burlaron de él porque era calvo. Entonces Eliseo, mirando atrás, les dijo que Dios les daría su merecido castigo.

Burlarse de alguien nunca está bien. Esos muchachos recibieron inmediatamente su merecido castigo. Salieron del monte dos osos, y despedazaron a cuarenta y dos de ellos.

¡Fue cosa grave burlarse del siervo de Dios!

LA SAL SANADORA

–¿Y la sal? ¿Qué hizo Eliseo con la sal? –preguntó Sal.

–Las aguas de Jericó eran malas, y la tierra no producía buen fruto. Eliseo pidió que pongan sal en un recipiente nuevo. Fue a los manantiales de la ciudad, arrojó allí la sal, y dijo: “Dios purifica esta agua.” Y desde ese momento el agua quedó pura.

Estos y muchos más milagros hizo Dios por medio de Eliseo.

No te pierdas la historia del aceite que se multiplicó. Viene pronto…

 

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Un extraordinario viaje al cielo

Pepita fue la primera en llegar al club. Ella quería saber más acerca de Elías. ¿Qué trabajo le daría Dios? Elías se había sentido muy solo y quería morirse; pero Dios tenía más trabajo para su siervo.

¡Tres nuevos encargos le esperaban!

  • Debía ir a Damasco a nombrar a Hazael como rey de Siria;
  • después tenía que nombrar a Jehú como rey de Israel;
  • finalmente, y lo mejor de todo, es que tendría un compañero de trabajo.

–Así como Sal y Pimienta siempre andan juntos –dijo doña Beatriz–, Elías tendría ahora un compañero. Dios lo mandó para que nombrara a Eliseo como profeta.

EL MANTO DE ELÍAS

–¿Quién era Eliseo? –preguntó Pimienta.

–Eliseo era un campesino. Estaba ocupado arando con yuntas de bueyes. Elías arrojó su manto sobre él.

–¡Qué raro! –dijo Sal, el muchacho llamado Alberto, pero que era conocido como Sal–. ¿Por qué le arrojó su manto?

Doña Beatriz explicó a los niños del club que esa era una forma de indicar que Eliseo sería el sucesor de Elías. Eliseo lo comprendió. Inmediatamente dejó su trabajo para seguir a Elías. Sacrificó los bueyes, asó la carne, e invitó a la gente de su pueblo a una despedida. ¡Y siguió a Elías!

–¿Así nomás? –preguntó Pepita–. ¿De un día para otro dejó todo y se fue con Elías?

–Sí, Pepita –respondió la amable vecina Beatriz–. Para Eliseo era un gran honor ser escogido para servir a Dios. Desde ese día acompañó a Elías y cambió de campesino a profeta. Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas a quienes Dios llamó para servirle y que obedecieron y dejaron todo.

DOBLE PORCIÓN DEL PODER DE ELÍAS

Eliseo admiraba a su maestro; tanto que, cuando Elías le preguntó sobre el último favor que quisiera recibir, Eliseo dijo:

–Quiero ser heredero de tu espíritu. Quiero tener una doble porción del poder que tienes.

–Me pides algo muy difícil –dijo Elías–. Si me ves cuando Dios me separe de tu lado, te será concedido.

Un día, Elías y Eliseo iban caminando y conversando. Cuando llegaron al río Jordán, no había puente ni barco para que cruzaran al otro lado.

Elías tomó su manto, lo enrolló, y golpeó el agua. ¡Y el agua se separó en dos! En medio del río hubo un camino para que Elías y Eliseo cruzaran por tierra seca.

CARRO TIRADO POR CABALLOS DE FUEGO

Hoy hay aviones y naves espaciales. Se puede viajar en el espacio. Elías y Eliseo nunca habían visto un avión ni sabían nada de naves espaciales; pero Dios iba a dar a Elías un viaje al cielo, más espectacular que en una nave espacial.

Mientras estos siervos de Dios iban por el camino, apareció un carro de fuego. El carro, tirado por caballos de fuego, separó a los dos profetas. ¡Elías subió al cielo en un torbellino!

¡Eliseo lo vio! Se le iba a conceder el deseo de ser heredero del espíritu de Elías, de tener el poder de Dios en su vida.

–Cuando Elías se fue al cielo se le cayó el manto. Eliseo lo recogió –dijo doña Beatriz. Luego miró a Pepita y preguntó:

–¿Qué crees que hizo Eliseo cuando llegó a la orilla del río?

Pepita negó con la cabeza y la buena vecina prosiguió:

–Eliseo golpeó el agua con el manto, y exclamó: ¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías? ¡El agua del río se partió en dos y Eliseo cruzó en tierra seca! Dios ahora estaba con Eliseo.

Hay más. Una vez Elías volvió a la tierra. Los niños del club lo comprobaron en Mateo, capítulo 17. Moisés y Elías se aparecieron en un monte, donde conversaron con Jesús. Pepita con mucho interés lo buscó en su Biblia. ¡Era cierto!

JESÚS VENDRÁ EN LAS NUBES

Lo más extraordinario está por venir. Un día Jesús va a volver para llevar consigo a todos los que le aman. Si has entregado tu vida a Cristo irás con Él. No será con caballos de fuego; pero va a sonar la trompeta de Dios y seremos arrebatados en las nubes para encontrarnos con Jesús en el aire. ¡Estaremos con el Señor para siempre!

En MIS PERLITAS está el material que acompaña a esta historia.