El cruce del mar

Era hora de cruzar el mar. Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara en alto. La gente lo seguía. Al principio, con pasos dudosos; pero a medida que iban avanzando todos se sentían más seguros.

De pronto se escuchó un ruido ensordecedor. Eran los soldados del ejército del faraón que gritaban. Se habían dado cuenta de lo que estaba por suceder. ¡Se les escapaban los israelitas por en medio del mar!

«¡Vamos al ataque! –era el grito de guerra–. ¡No los dejaremos escapar!»

Los israelitas se asustaron. Pensaron que ya no había salvación. ¿Cómo escaparían de ese gran ejército?
Los egipcios se preparaban para el ataque. Todos se ponían en orden. La gente de pie y la gente de a caballo. Cada uno listo para la lucha.

El pueblo de Israel que estaba más cerca de ellos podía escuchar con claridad lo que estaba pasando. ¿Cómo salvarían sus vidas?

Los muros de agua

En su afán de escapar, la gente atropellaba a los que iban delante. Unos a otros se presionaban para avanzar. Aunque no querían hacerlo, todos tuvieron que cruzar el mar. La gran multitud avanzaba entre los muros de agua.

Las vacas mugían, las ovejas balaban. Algunos niños lloraban, otros gritaban de alegría y emoción. Los vaqueros y los pastores daban sus órdenes a voz en cuello.

¡Qué caravana original! Nunca se había visto algo semejante. Eleazar contemplaba todo con mucho interés. Pronto le llegaría a él su turno. Sus padres juntaban las cosas. No tenían mucho equipaje, así que lo hicieron rápidamente. Unas cuantas ovejitas también les pertenecían.

De repente Eleazar se dio vuelta. Había escuchado algo… ¿Qué oyó? Parecía como si alguien estuviera llorando. Sí, ¡eso era! Eleazar escuchó otra vez el gemido.

Una niña perdida

Los quejidos venían desde unos arbustos al otro lado de la colina. Eleazar corrió hacia allí. Encontró una niña que lloraba desconsoladamente.

Parecía ser un poco menor que Eleazar. Tanto lloraba que todo el cuerpo le temblaba. Las lágrimas corrían por sus mejillas y formaban surcos en la arena. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

–¿Por qué lloras? –preguntó Eleazar a la niña, y se arrodilló a su lado.

Pasó un buen rato antes de que recibiera respuesta. La niña no podía dejar de llorar.

–Yo… yo… yo… estoy sola. ¡Tengo miedo!

–¿Dónde están tus padres?

–No tengo mamá. Y papá se perdió.

Volvieron a caerle las lágrimas. Unos minutos más y dijo:

–Nuestro asno se escapó y papá fue a buscarlo. Hace mucho que no vuelve.

–¿Por dónde se fue? –preguntó Eleazar.

–Creo que fue hacia el mar. Tengo miedo que no vuelva. ¿Qué tal si no me encuentra?

Otra vez empezó a llorar.

Eleazar miró hacia la playa. La gente se apuraba a cruzar hacia la otra orilla. Sería imposible para el papá de la niña volver hacia el lugar donde se había quedado su hija.

Eleazar no se lo dijo. Mas bien le preguntó:

–¿Cómo te llamas?

–Me llamo Raquel. ¿Y tú?

–Eleazar.

–Ven, te ayudaré a encontrar a tu papá.

Raquel secó sus lágrimas y acompañó al amable muchacho. Salieron por el lado de la colina.
Eleazar se quedó como paralizado. Vio a la multitud que avanzaba rápidamente.

Una ola de miedo lo invadió. ¡Sus padres también habían desaparecido!

No pierdas el próximo capítulo: EN EL FONDO DEL MAR.

 

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Un camino en el mar

Eleazar no podía dormir. Estaba mirando la nube de fuego. Y sentía el frío del viento.

–Mamá, ¿por qué hay tanto viento? –preguntó nuestro amiguito.

–No te lo puedo decir –le respondió su madre–. Creo que nuestro Dios va a hacer algo grande. Moisés ha hablado y ha dicho que no tengamos miedo. El Señor va a pelear por nosotros.

Eleazar se acomodó en los brazos de su madre. Era un lugar seguro y caliente. Necesitaba abrigarse porque el frío de la tormenta le penetraba hasta los huesos. Pronto se quedó dormido otra vez. En las alas del sueño se fue lejos… lejos… lejos.

En el campamento de los israelitas el viento siguió soplando toda la noche.

Eleazar había dormido varias horas cuando volvió a despertarse. Todo el campamento estaba de pie. La gente se movía de un lado para otro. Los niños corrían y saltaban. Todos miraban hacia el mar.

«¿Dónde está el mar?»

Tan pronto se sacudió el sueño y la frazada, Eleazar se levantó. ¿Qué había pasado? De dos tres saltos estaba de pie sobre la colina más cercana.

–¿Dónde se ha ido el mar? –preguntó espantado.

Ayer Eleazar había admirado las inmensas olas. Ahora todo era tierra seca.

–Mamá, ¿trasladaron el campamento mientras yo dormía? –preguntó asustado–. No estamos en el mismo lugar.

Eleazar se acordaba muy bien de las rocas que había cerca de la colina. Él las había admirado porque parecían niños saltarines. Ah, ¡allá estaba su papá! Pegó un salto y corrió hacia él.

–¡Papito, se ha ido el mar! ¿Qué es lo que ha pasado?

–El mar se ha dividido, hijo. Mira hacia la derecha y mira hacia la izquierda. Las aguas se han colocado como dos grandes muros.

Eleazar no lo podía creer. En su cabecita de niño empezaron a dar vueltas preguntas y más preguntas.

–¿Cómo es posible? ¿Quién lo ha hecho? ¿Cómo las aguas pueden estar paradas?

Nadie podía darle respuestas. Sólo se escuchaba la voz fuerte de Moisés a través de la tormenta. Pero el viento se llevaba las palabras.

Después de un buen rato recibieron el mensaje. Lo pasaban de hombre a hombre.

«Crucemos el mar»

Moisés daba órdenes de marcha. Todos tenían que cruzar el mar. Debían caminar por el camino que se había abierto en las aguas.

¡Qué alboroto hubo en ese momento! La gente no sabía si se iba a animar a caminar por el fondo del mar. ¿Si de repente el agua se les venía encima? Todos se ahogarían…

Eleazar escuchaba todo lo que la gente decía.

–Moisés se ha vuelto loco –murmuraba un hombre–. ¡Qué locura meterse a caminar por el mar!

–Si no nos ahogamos, vamos a quedar atrapados en la arena. Nos vamos a hundir en el lodo.

–Nunca he escuchado una orden tan absurda. Mejor sería volver a Egipto.

–Todos nos vamos a morir.

El papá de Eleazar no se pudo quedar callado y dijo:

–¿No comprenden que es Dios el que ha separado las aguas? ¿Creen que un hombre podría hacer algo semejante? ¡No! Es un milagro. Dios quiere librarnos del faraón.

Eleazar miraba con admiración a su padre. ¡Qué valiente era! Seguro que todo va a salir bien –pensó el muchacho–. Si Papá lo ha dicho no voy a desconfiar. ¡Voy a cruzar el mar!

¡Qué gran movimiento había esa mañana! Hombres y mujeres; niños, jóvenes y ancianos; vacas y ovejas… todos se alistaban para cruzar el mar.

Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara bien en alto; a su lado iba Aarón… ¡todos listos para marchar!

El próximo capítulo: El cruce del mar

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La nube protectora

El papá de Eleazar estaba decidido a luchar hasta la última gota para defender su libertad. No quería que su hijo sea esclavo.

–¡Voy a luchar para que mi hijo sea un hombre libre! –dijo con voz decidida.

La mamá de Eleazar apretó fuertemente la mano de su esposo. Ella se sentía orgullosa de haberse casado con un hombre tan valiente. Juntos iban a luchar contra el faraón.

¡Qué lindo hubiera sido para Eleazar escuchar lo que dijo su papá! Pero él dormía tranquilo, soñando con las aventuras que vendrían.

A algunos les gustó lo que dijo Simón, el papá de Eleazar. A otros, no, y se enojaron con él.

–¡Tratemos de escapar! –decían.

–Pero, ¿a dónde podemos ir?

–Prefiero ahogarme en el mar y no caer en manos del ejército del faraón –dijo un anciano.

«¡No tengan miedo!», dijo Moisés

–To… –comenzó a decir otro, pero fue interrumpido por la fuerte voz de Moisés: «¡No tengan miedo! Dios nos va a ayudar. Tenemos que confiar en Él. Nunca más volveremos a ver a los egipcios. Dios me lo ha dicho.»

Moisés se veía grande y fuerte, parado sobre la colina. Todos podían verlo. Parecía una estatua con la vara estirada hacia el mar. La gente apenas se atrevía a respirar.

Eleazar se despertó de golpe. Una luz fuerte le hacía arder los ojos. Se sentó sobre su frazada y empezó a hacerse sombra con la mano.

Una gran luz brillante

La luz que vio Eleazar era tan brillante que parecía como si fueran las doce del día. Miró hacia el gran campamento israelita. Por todos lados había grupos de gente. Su mamá y su papá se habían tomado fuertemente de la mano.

Parecía que la gente tenía miedo. Todos hablaban agitadamente. ¿Qué estará pasando? pensó Eleazar.
Más le interesó la luz que la gente. Cada vez parecía más fuerte. ¡Ah, ya vio lo que era! ¡La inmensa nube de fuego!

La luz venía de la nube que los guiaba por el camino. Desde su salida de Egipto, la nube los había acompañado. Cuando la nube se movía, todos caminaban. Si la nube se detenía, dejaban de avanzar y armaban su campamento.

Era una nube muy rara. De noche alumbraba como un gran fuego. Eleazar pensó en lo que Moisés había dicho.

«¡El Señor, el Dios de Israel, vive en la nube!»

La nube se movía. Lentamente avanzaba a través del campamento. Venía más cerca del lugar donde estaba Eleazar. La luz era tan brillante que él cerró los ojos. Para más seguridad se tapó con la frazada. ¡Qué rara se veía la nube!

Después de un buen rato Eleazar se animó a sacar la cabeza por debajo de la frazada. Primero miró con un ojo y luego con el otro. Ya no era tan fuerte la luz. La nube estaba al otro extremo del campamento.

Nube de separación

Por un lado, la nube era como una luz brillante y por el otro lado era negra como la noche. Por el lado de los israelitas la nube brillaba como el sol; pero por donde estaban los egipcios era todo oscuridad.

¡Qué emocionante era ver la nube que separaba a los dos campamentos! Los egipcios no podían tocar a los israelitas porque la nube les impedía alcanzarlos.

De repente empezó a soplar un viento fuerte. Parecía que se estaba armando una tormenta. ¡Ya estaba sobre el campamento! El viento quería llevarse la frazada de Eleazar. Tuvo que agarrarla con todas sus fuerzas.

La mamá se inclinó sobre Eleazar y le dio un fuerte abrazo.

–Hijito, estás despierto –dijo–. Pensé que aún dormías.

–No, mamá, no puedo dormir. Estaba mirando la nube de fuego. ¿Te diste cuenta que se movió? Pensé que tal vez… Mamá, pensé que tal vez la nube se iba a ir.

–No, hijito, no creo que nos va a dejar la nube. Dios vive en la nube y Él no nos va a abandonar.

 

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El cordero de la Pascua

Todo comenzó el día en que Aarón fue al desierto. Allí se encontró con su hermano Moisés. Juntos regresaron a Egipto.

Desde ese momento comenzaron a suceder cosas interesantes. ¡Moisés era muy valiente!

Lo que nadie se había atrevido hacer, lo hizo él. Fue al palacio del rey y le ordenó que dejara ir al desierto a los israelitas.

–Es el Señor que da la orden –dijo Moisés.

–¡Ja, ja, ja, ja! – se rió el faraón–. ¿Quién es el Señor para que yo deje salir a mis trabajadores? ¡Imposible! ¡Retírense y vuelvan al trabajo!

Moisés no se dio por vencido. No, ¡nunca!

Todos los muchachos admiraban a Moisés y querían ser como él. Eleazar se estiró debajo de la frazada. Él sabía que Moisés tenía más poder que todos los magos de Egipto.

¡Había logrado poner al rey de rodillas! No con su propia fuerza, sino con el poder de Dios. El Señor le había ayudado.

La promesa de Dios

Elisabet, la mamá de Eleazar, le había contado todo esto.

También le había contado otras cosas. Por ejemplo, acerca de Abraham, que vivió hace mucho tiempo.

Dios y Abraham eran buenos amigos. Una vez Dios le dijo a Abraham que sus descendientes iban a vivir como esclavos en Egipto. Luego Dios los iba a sacar de allí.

Ahora se estaba cumpliendo lo que Dios le había prometido a Abraham. Los israelitas habían vivido muchos años en Egipto, sufriendo mucho como esclavos del faraón.

Los egipcios los habían tratado muy mal. Tenían que realizar los trabajos más pesados, solo para recibir latigazos. Las espaldas de los israelitas estaban cansadas y heridas.

Al papá de Eleazar también le habían dado golpes. Una vez había vuelto a casa con la espalda herida y sangrante.

Si Eleazar hubiera sido un poco más grande habría defendido a su papá contra todos los que lo trataban mal. Felizmente habían escapado de las manos del faraón.

Eleazar bostezó. Le vencía el sueño, pero no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado en los últimos días.

En la cabeza de Eleazar daban vueltas el faraón, Moisés, sapos, langostas y moscas. ¡Las cosas que Dios había hecho para convencer al faraón! Le había castigado con muchas plagas. Ni así, el rey quiso dejarlos ir.

Eleazar siguió pensando. Recordó el cordero de la Pascua y la última noche que habían pasado en Egipto.

La última noche en Egipto

El papá de Eleazar había pintado con sangre la puerta. Dijo que era para salvar la vida de Eleazar.

Esa noche todos los hijos primogénitos tenían que morir. Solo se salvarían los que habían pintado con sangre la puerta.

Allí se quedó en sus pensamientos. A pesar del duro suelo Eleazar se había quedado dormido. Alrededor de él la gente tenía miedo. Nada sabían del futuro. ¿Qué pasaría mañana?

¿Cómo cruzarían el mar?

El pueblo de Israel había llegado a orillas del mar Rojo y los persiguía el ejército del faraón. ¿Qué podían hacer?

Mientras Eleazar y sus amigos dormían bajo el cielo estrellado, sus padres conversaban con voces muy preocupadas.

–¡El faraón nos está persiguiendo!
–¡Hemos caído en una trampa!
–¡Todos vamos a morir!
–¡No tenemos por dónde escapar!
–¿Cómo vamos a cruzar el mar? ¡Es imposible!
–Mejor nos hubiéramos quedado en Egipto. Ahora vamos a morir todos. ¡Moisés nos ha engañado!
–Tenemos que entregarnos vivos al ejército del faraón.

El papá de Eleazar no había dicho nada, pero en ese momento no se pudo callar más.

–¡Yo no me entrego! –dijo–. ¡Voy a luchar hasta la última gota de sangre! No quiero que mi hijo sea esclavo. ¡Voy a hacer todo lo posible para que él sea un hombre libre!

La próxima semana: Una nube protectora

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Atrapados junto al mar

Esta es una historia imaginaria de Eleazar, un niño que cruzó el mar Rojo. Millones de israelitas –niños, jóvenes, padres y abuelos– escaparon de Egipto. Veamos lo que le pasó a Eleazar.

Por más de 400 años los israelitas vivieron lejos de su tierra. Por mucho tiempo habían servido al faraón, el rey de Egipto, como esclavos.

Dios les había prometido que un día volverían a su tierra. ¡Había llegado el momento!

El anciano Moisés era el libertador. Dios lo había escogido para que saque al pueblo de Israel de Egipto. Moisés fue al palacio del rey y le dijo que los israelitas querían ir al desierto para adorar a Dios.

–No –respondió el rey–. ¡Nunca les dejaré ir!

–Entonces Dios te va a castigar –le dijo Moisés.

¡Que me castigue! –pensó el faraón–. No creo que sea gran cosa.

Pero los castigos de Dios fueron horribles.

Una mañana, cuando el rey se levantó para tomar agua, ¡el agua se había convertido en sangre!

Otro día, el palacio se llenó de ranas. En las camas, en las ollas, en la masa para pan, y en todo lugar había ranas. ¡Qué horrible era!

Dios castigó a todo Egipto con moscas, piojos, úlceras y langostas. También les mandó granizo y oscuridad.

Por cada castigo, el rey se puso más duro de corazón. No quería dejar salir a sus esclavos.

Al fin, Dios lo castigó con la muerte de los hijos primogénitos. Primogénito es el hijo mayor, el que ha nacido primero. Desde el palacio del rey hasta los que estaban en la cárcel, murieron todos los primogénitos; también de los animales.

Salvado por un milagro

Eleazar se salvó por un milagro. Él era el hijo primogénito. Pero su papá había obedecido las órdenes de Dios. Moisés les había dicho que tenían que matar a un corderito y pintar con la sangre los postes de la puerta de su casa.

¡Qué contento estaba Eleazar porque su papá había obedecido! Si no, Eleazar hubiera muerto.

La historia que vas a leer en los siguientes capítulos comienza cuando el pueblo de Israel ha escapado de Egipto y llega al mar Rojo.

Eleazar nunca había visto tal cantidad de agua. No se podía ver la otra orilla. El agua parecía interminable. Pero la gran pregunta era: ¿cómo cruzarían el mar?

En ese momento los israelitas descubren que el ejército de Egipto los viene persiguiendo. ¡Estaban atrapados!

–Moisés nos ha engañado –decía la gente.

–¡Nos trajo al desierto para matarnos! ¡Estamos perdidos!

–Dios nos va a salvar –decían otros.

El papá de Eleazar confiaba en que Dios los salvaría.

¿Qué pensaba Eleazar? ¡Ya lo verás! Cada semana habrá una nueva aventura con Eleazar. Después conocerás a Raquel, una niña que ha perdido a su papá. Verás lo que hace Eleazar cuando se encuentra con ella.

Una noche a la orilla del mar

Eleazar no podía dormir. Se daba vueltas de un lado para otro, como si tuviera la espalda llena de pulgas.

Él conocía muy bien eso de las pulgas. Saltaban tan rápido que era imposible capturarlas. Pero ahora no se trataba de pulgas. ¡No! Era algo mucho peor.

Nadie había tenido tiempo de armar las carpas esa noche. Los millones de isrelitas durmieron sobre la arena, a la orilla del mar. Eleazar tiritaba de frío.

Los adultos estaban muy preocupados. Eso afectaba también a los niños. Eleazar comprendía que iba a pasar algo peligroso.

En su cabecita de niño rondaban muchos pensamientos. Nunca en sus nueve años de vida había tenido tanta emoción como en los últimos días.

Eleazar había nacido en Egipto. Sus padres eran esclavos del faraón. No obstante, ahora las cosas estaban cambiando. Los esclavos israelitas habían escapado de Egipto; pero estaban atrapados frente al mar.

Sobre el campamento de los israelitas brillaban miles de estrellas; pero la gente tenía miedo. Nada sabían del futuro. Acaban de descubrir que los perseguía el ejército egipcio. ¿Qué podían hacer?


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Celebremos 400 Perlitas

¿Te has preguntado de dónde viene La Perlita? Hoy estamos celebrando los 400 números desde que iniciamos el Club Perlita y pusimos las historias en internet.

Soy la Tía Margarita, una abuelita que te quiere mucho. El lema de mi vida es buscar siempre primero el reino de Dios.

Hace años, cuando era joven, mucho antes de que hubiera internet, empecé a escribir historias. Las imprimía en hojitas para dar a los niños en la escuela dominical.

Primero hacía las historias en el Perú; varios años La Perlita estuvo en Bolivia. Al principio, César, el tío de Cristina, me ayudaba con los dibujos. Cristina ahora trabaja conmigo. A veces dibuja; y cada semana hace las actividades.

Un tiempo La Perlita estuvo en descanso, hasta que en 2009 resucitó. Desde entonces hemos contado los números, y hoy llegamos a 400. ¡Celebremos esto!

Ahora La Perlita llega a niños de todas partes del mundo, y ha llegado a tus manos. Eres parte de una gran familia. Conoce aquí a las tres personas que hacen tu Perlita.

Tía Margarita es la fundadora y directora. Su nombre es Kerstin Anderas-Lundquist y escribe las historias en los Estados Unidos. En este dibujo puedes ver cómo trabaja y conversa con Cristina, por medio del programa Skype en la computadora.

Desde el Perú Cristina Alvarez se dedica a la composición y el arte. Ella hace las actividades que acompañan a La Perlita cada semana. Como has visto, se comunica con Tía Margarita por medio de Skype. Su sobrina Alejandra la acompaña cuando no está en la escuela.

Ab-Shālôm León Sixco se dedica con mucha creatividad a los diseños. Él hace los dibujos en Costa Rica y los manda a Tía Margarita por correo electrónico. Nuestro amigo Ab-Shālôm hace los dibujos de Sal, Pimienta y Pepita para el Club Tesoros.

Alguien que ha colaborado por muchos años con La Perlita es mi padre. Hace quince días Dios lo llamó a su presencia. Dedico este número al recuerdo del gran hombre de fe que fue, y el excelente ejemplo que me ha dejado.

Te invito a leer: En memoria de un amado padre y amigo

 

En  MIS PERLITA  hay material para esta historia.

 

Servir y obedecer: lema para 2018

Hace algunas semanas, al leer el libro de Josué, tuve el encuentro con mi lema para este año. Siempre me gusta escoger un lema. Recordarán que el lema del año pasado fue Gozo en el Espíritu Santo. Ese «gozo» se combina muy bien con el lema para este año. ¡El servicio y la obediencia traen gozo!

Y el pueblo respondió a Josué: «A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.» Josué 24:24

La manifestación del pueblo de Dios cuando Josué le dio el reto que encontramos en Josué 24:15, fue la declaración de que servirían a Jehová y lo obedecerían.

«Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.»

De allí escogí dos palabras: SERVIR Y OBEDECER.

Les comparto estas palabras, con el deseo de que ustedes, mis estimados padres y maestros que me acompañan, semana tras semana, tengan el deseo de seguir juntamente conmigo este lema. ¡Que el profundo deseo de nuestro corazón para 2018 sea servir y obedecer a nuestro Maestro!

Agradezco a los que me han apoyado en oración; estoy mejor. Todavía las fuerzas no han vuelto como para hacer un nuevo número de La Perlita. Espero que para la próxima semana me haya recuperado lo suficiente.

Con la ayuda de Cristina y Absalóm estamos preparando un número especial por las 400 Perlitas publicadas en esta página. Después tendremos una serie que acompaña a un niño imaginario del Éxodo, en la salida de Egipto y las aventuras que tuvo en el desierto.

Desde la próxima semana iremos poniendo material actualizado de Aventuras de fe con Moisés y Josué (hermanamargarita.com). Ellos son un vivo ejemplo de lo que significa servir y obedecer a Dios. ¡No hay nada más maravilloso!

Les sugiero que lean el libro de Éxodo. Lo estoy volviendo a leer para que esté fresco en la mente para esta serie. El Espíritu Santo siempre nos muestra algo nuevo cada vez que leemos su Palabra.

Gracias por sus oraciones. Saludos a los niños; ellos llenan mi corazón.