Juntos de nuevo

Algo interesaba mucho al asno ¿Qué sería? Joel miraba asombrado. ¿Sería que… no… imposible… Pero, no era imposible. ¡El asno estaba mirando a Raquel!

La hija de Joel estaba durmiendo en la playa.

A su lado dormían un niño y un corderito. Los niños estaban tomados de la mano.

Joel no quería despertar a Raquel y al niño. Podía ver en sus caritas que estaban totalmente agotados. La caminata para cruzar el mar había sido muy larga. Raquel apretaba contra su pecho una hermosa conchita.

¿Quién será el niño? –se preguntaba Joel–. ¿También se habrá separado de sus padres?

Joel juntó sus manos. Miró al cielo y agradeció a Dios por haber salvado a su hija. Estaba muy feliz de haberla hallado con vida.

También pidió a Dios por el niño que dormía junto a Raquel. Él también necesitaba encontrar a sus padres.

Cuando Joel terminó de orar vio a un hombre y una mujer con caras muy preocupadas.

¡Qué raro! –pensó Joel–. Hoy todos están alegres. ¿Será que ellos andan buscando a su hijo? ¡Claro! ¡Así es!

Joel pensó que era una ocurrencia rara. Pero de pronto estaba convencido. El niño que dormía al lado de su hija tenía que ser el hijo de esa pareja triste.

Perdidos y encontrados

–¡Hola! ¡Vengan por acá! –gritó Joel–. ¿Es éste su hijo?

Simón y Elizabet volvieron la cabeza sorprendidos. Allí, en la playa, estaba Eleazar. Sí, ¡era Eleazar!

Elizabet se lanzó al suelo. Se arrodilló junto a Eleazar y lo llenó de besos. Nada podía impedirle.

–Nuestro pequeño, ¡al fin te encontramos!

La felicidad era completa. Todos lloraban de alegría: Joel, Simón y Elizabet.

Los niños se despertaron y miraron sorprendidos a su alrededor. ¿Qué estaba pasando? ¿Sería que el ejército del faraón los había atrapado al fin?

En eso, Eleazar vio a sus padres. Y Raquel vio a su papá. De un salto corrió hacia él y lo abrazó fuerte.

Cuando Elizabet dejó de hacerle cariños a Eleazar, le tocó el turno a Simón. Agarró a su hijo y le dio un par de vueltas y muchas palmadas en la espalda. Así hacía siempre cuando quería mostrarle a Eleazar cuánto lo quería.

«Dios es mi ayuda»

Todos se sentaron en la arena. Querían escuchar sobre las aventuras de los niños. Al principio no era fácil comprender lo que decían, porque estaban muy emocionados.

Raquel y Eleazar hablaban a la vez y era imposible para los padres de ellos entender lo que estaban diciendo. Pero eso no era lo más importante. Lo que más alegraba a todos era que una vez más estaban juntos.

Raquel mostraba orgullosa su linda conchita. Eleazar levantó al corderito. Joel miró muy satisfecho a Eleazar.

–Eres un muchacho valiente –le dijo–. Gracias por haber cuidado a mi hija. Sin tu ayuda no sé cómo se hubiera salvado Raquel.

Eleazar se sintió orgulloso, pero a la vez un poco tímido.

–Todos estamos contentos –dijo Elizabet y miró con mucho amor a su hijo.

–Eleazar, ¿sabes el significado de tu nombre? –le preguntó su papá–. Significa «Dios es mi ayuda».

Eleazar quedó pensativo. No sabía que su nombre significaba algo tan hermoso. Recordó la multitud de gente, las vacas que lo habían empujado, las inmensas olas que se habían alzado como dos muros, los pescados, y también el ejército del faraón. Luego afirmó:

–Sin la ayuda de Dios no nos hubiéramos salvado.

Todos inclinaron la cabeza para agradecer a Dios por haberlos salvado de la esclavitud en Egipto. Al fin eran un pueblo libre.

¡Estaban en camino a una patria propia!

El próximo capítulo: COMIDA DEL CIELO

Mis Perlita

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El gran coro junto al mar

Eleazar y Raquel estaban cansados, ¡muy cansados! Había sido una larga caminata llegar a la otra orilla. Eleazar puso al corderito en la arena y luego él y Raquel se acostaron a dormir. Una amable señora los tapó con una frazada. ¡Nada en el mundo podría impedirles el descanso!

Había gran alboroto alrededor de los dos amiguitos, pero ellos dormían tranquilos. Al día siguiente les contaron lo que pasó esa noche.

Al amanecer hubo un gran desorden entre el ejército del faraón. Las ruedas de los carros se caían y les era imposible seguir hacia adelante.

De repente se escuchó un grito: «¡Escapemos de Israel! ¡El Señor pelea por ellos!»

Nuevamente Dios dio una orden a Moisés. Debía levantar su vara sobre el mar. Cuando lo hizo, las grandes olas del mar se volvieron a su lugar. Cayeron los muros y todo era como antes.

El gran ejército enemigo se ahogó. Así salvó Dios a su pueblo del ejército del faraón.

Un día inolvidable

Era un día inolvidable. Los Israelitas nunca más tendrían que servir a los egipcios. ¡Para siempre habían dejado atrás la esclavitud! Rompieron en gritos de júbilo. Con todas las fuerzas de sus pulmones alabaron a Dios.

Los israelitas estaban tan contentos que se abrazaban unos a otros. Algunos lloraban de alegría. Otros se reían…

Uno de los hombres escribió un canto acerca de lo que había pasado la última noche. Otro inventó una melodía para el canto.

Pronto se podía escuchar cantar a la gente. Más de dos millones de voces se mezclaban en la hermosa armonía. Moisés era el dirigente.

Cantaré en honor al Señor,
que tuvo un triunfo maravilloso
al hundir en el mar caballos y jinetes.
Mi canto es del Señor,
quien es mi fuerza y mi salvación.
Él es mi Dios, y he de alabarlo.
Es el Dios de mis padres, y he de enaltecerlo.
¡El Señor reina por toda la eternidad!

María, la hermana de Moisés y Aarón, tomó una pandereta, un instrumento parecido a un pequeño tambor. Muchas de las mujeres siguieron su ejemplo. Todas cantaban y danzaban. ¡Qué felicidad había en el campamento!

Pero, no todos estaban felices. Por ejemplo, Simón y Elizabet, los padres de Eleazar. Ellos estaban muy preocupados por su hijo. Entre todo el alboroto de cruzar el mar, Eleazar se les había perdido. ¡Cómo habían buscado a su hijo! No había caso de encontrarlo.

¿Dónde está Raquel?

Joel, el papá de Raquel, también estaba muy preocupado. Él había ido en busca de su asno. Cuando no lo encontró, volvió al lugar donde había dejado a Raquel. Allí se encontró con toda la gente que escapaba del ejército del faraón.

Fue imposible para Joel abrirse paso para volver al lugar donde había dejado a su hija. Perdió toda esperanza. ¿Qué pasaría con su amada Raquel?

Al fin Joel tuvo que darse por vencido y acompañar a la multitud que escapaba por en medio del mar. No había encontrado a su asno; pero eso no le importaba. Lo peor era que había perdido a su hija.

¿Dónde estará Raquel? –se preguntaba–. ¿Habrá muerto, pisada por toda esta gente? ¿Se habrá ahogado en el mar?

La gente alrededor de Joel estaba muy alegre. Todos cantaban y alababan a Dios. Pero Joel no podía cantar; estaba muy preocupado. ¿Dónde está Raquel? –repetía una y otra vez–. ¿Estará viva o muerta?

Nuevamente Joel trató de abrirse paso entre la gente. Con pasos tristes iba rumbo a la orilla del mar, cuando vio algo…

¿Qué vio Joel? ¡Era su asno! Algo interesaba mucho al asno. ¿Podría ser? Sí, era cierto… ¡El asno estaba mirando a Raquel!

El próximo capítulo: JUNTOS DE NUEVO

MIS PERLITAS

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El rescate de un corderito

Raquel y Eleazar avanzaban por el mar tomados de la mano. Era de noche, pero parecía como de día. El fuego les alumbraba el camino.

De repente Raquel se quedó parada.

–¡Mira Eleazar! ¡Qué hermoso caracolito!

Los niños se arrodillaron en la arena para admirar el hallazgo de Raquel.

–¡Mira aquí, hay uno más lindo!

No era un caracolito nada más, sino muchos. Había también lindas conchas; de muchos colores. Esto les emocionó tanto que se olvidaron de la gente que avanzaba. No se preocuparon del muro de agua, ni del ejército del faraón.

El ejército de los egipcios ya casi les pisaba los talones a los israelitas. ¡Se habían aventurado a seguirlos a través del mar! Sólo la nube separaba a los dos grupos.

¿Cómo escaparían?

Sin darse cuenta del peligro, los niños corrían de aquí para allá recogiendo conchitas. La voz de un pastor de ovejas los despertó a la realidad.

–Niños, ¿qué están haciendo? –dijo el pastor–. No pueden seguir jugando más. Tienen que escapar para salvar su vida. ¿Ven esa nube? ¡El ejército del faraón está detrás de ella!

¡Era cierto! Se podía oír el ruido de los guerreros, de las carretas, y del galopar de los caballos. Raquel y Eleazar se quedaron tiesos de miedo. ¿Cómo podrían escapar?

La voz del pastor se oyó con más fuerza.

–Niños, ¿no me oyen? –les gritó–. ¡Tienen que correr! Vengan conmigo y van a estar a salvo.

Eleazar tiró sus conchitas y echó a correr. Raquel tiró todas, menos una; la más bonita. Apretó la conchita contra su pecho. Luego corrió junto a Eleazar. Ambos se apuraron para llegar a la otra orilla.

A sus espaldas el ruido de los guerreros aumentaba en volumen. La nube que los separaba se acercaba más y más. ¿Lograrían salvar la vida?

¿Llegarían a la meta?

Comenzó la emocionante carrera de Raquel y Eleazar. Avanzaban hacia adelante tan rápido como podían. Sin embargo, el ruido que hacía el ejército del faraón aumentaba más y más. Trataron de apurar los pasos, pero dentro de un rato Raquel se quejó de que ya no podía más.

–Se me doblan las piernas al correr. Estoy muy cansada.

–¡Tenemos que seguir adelante! –la animó Eleazar.

Eleazar echó una mirada hacia atrás. La nube los estaba alcanzando, y los gritos del ejército enemigo se oían con más y más fuerza. El general gritaba a su gente.

Con el miedo que tenían, las fuerzas de los niños aumentaban. Siguieron corriendo hacia la otra orilla del mar. En ese momento escucharon un gemido que inmediatamente reconocieron: «Maa, maa, baa, baa…»

Eleazar dejó de correr. Era un corderito que lloraba. Estaba atrapado entre algunas piedras. Nadie se había dado tiempo para ayudarle. Los niños se olvidaron del peligro que los amenazaba. Se arrodillaron junto al corderito y Eleazar retiró las piedras que lo tenían atrapado.

Apenas recibió la libertad, el corderito se echó a dormir. Estaba totalmente agotado.

–¿Qué vamos a hacer con el pobrecito? –sollozó Raquel.

Como no podían dejarlo solo en medio del mar, los niños decidieron llevarlo con ellos. Eleazar lo tomó en sus brazos.

Como tenían al cordero, ya no podían avanzar tan rápidamente. Más y más se les acercaba el peligro. ¿Escaparían del faraón? Eleazar volvió a mirar hacia atrás.

¡Qué raro! Parecía que la nube no se había movido. El ejército del faraón no podía avanzar. ¡Qué alivio! Sin temor los niños podían seguir su camino. ¡Al fin llegaron a la otra orilla!

Había cualquier cantidad de gente, pero los niños apenas los vieron. Estaban muy cansados. Con cuidado Eleazar bajó al corderito y lo puso en la arena. Luego él y Raquel se tomaron de las manos y se acostaron a dormir.

A la orilla del mar los niños y el cordero soñaban juntos.

El próximo capítulo: Un gran coro junto al mar

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En el fondo del mar

Eleazar se quedó tieso. Tenía ganas de gritar todo lo que daban sus pulmones. Por un momento pensó así, pero luego se calmó. Se acordó de Raquel. No podía hacerla asustar.

Por ella tenía que mantenerse sereno.

Eleazar y Raquel, ambos habían «perdido» a sus padres. Ahora les tocaba cruzar solos el mar. No tenían a nadie a su lado para alentarlos.

Tengo que actuar rápidamente –se dijo Eleazar–. No hay tiempo que perder. Se nos viene encima la caravana.

Eleazar tomó a Raquel fuertemente de la mano. No debían perderse el uno del otro.

–Ya verás que encontraremos a tu papá –dijo Eleazar tratando de consolar a la niña perdida–. Mis padres también han avanzado. No los veo.

–¿Cómo los vamos a encontrar entre tanta gente? –dijo Raquel–. ¡Tengo miedo!

–No te preocupes. Dios nos va a ayudar.

–No me sueltes, Eleazar. No sé cómo me voy a animar a cruzar el mar. ¿Qué pasará si las olas se nos vienen encima?

Raquel se acercó más a Eleazar. No quería estar sola.

La única salvación

En ese momento Eleazar creció. Se puso grande. Había alguien que lo necesitaba, que se sentía segura a su lado.

No tengo que decepcionar a Raquel, pensó Eleazar.

–Todos tenemos que cruzar el mar. Es nuestra única salvación –dijo Eleazar–. Escuché a mi papá decir que Dios ha separado el mar. Él nos va a ayudar a cruzarlo.

Tanta emoción había en el aire que Raquel se olvidó de llorar. Unas horas antes las olas habían golpeado la playa. Ahora, era tierra seca. ¡Qué emocionante aventura meterse allí!

Al principio los niños iban bien apretados en medio de la caravana de gente. Los empujaban de aquí para allá; no solo la gente, sino también las vacas y los toros. Eso no le gustó a Raquel.

–¿Por qué no vamos por un costado? –le dijo Eleazar–. Allí hay menos gente.

–Sí, ¡vamos! –respondió Eleazar.

Se acercaron hacia uno de los altos muros de agua. Éstos se levantaban hacia el cielo como inmensas torres.

Los niños podían escuchar el rugido de la tormenta por encima de sus cabezas. Pero junto a los muros de agua había calma.

Ya que se habían separado de la gente que empujaba, caminaron con más calma. Había muchas cosas interesantes que mirar y descubrir. El muro de agua los había cautivado.

El muro de agua

Los niños miraban asombrados el muro de agua. ¿Cómo podía estar parada el agua? ¿Por qué no se juntaban las olas? ¡Tenían que investigarlo!

Se acercaron todo lo posible al muro de agua. Eleazar alargó el dedo y pegó un grito de asombro. ¡El muro era duro!

Eleazar miró hacia adentro y dijo:

–¡Mira, Raquel! Se pueden ver los peces. Allá va un pez redondo. No he visto antes peces redondos. Por allá va uno con cola punteada. ¡Qué divertido!

Eleazar y Raquel apretaron sus narices hacia el agua. Era como estar mirando los peces en un gran acuario.

Mientras miraban vino hacia ellos un pez grandote. Parecía que nadaba directamente hacia el lugar donde estaban.

–¡Nos va a comer! –gritó Raquel.

«Pof, pam, bum, puf», fue la respuesta. El pez se había chocado contra el muro.

–¡Estaba por comerme! –se quejó Raquel.

–Imposible –respondió su valiente defensor–. El pez no puede salir. Está dentro del muro.

–MFelizmente; no hubiera querido ser el almuerzo del pez.

–¡Ven! –le apuró Eleazar–. Nos estamos quedando atrás.

Casi toda la caravana de israelitas había llegado a la otra orilla. Pronto los niños olvidaron la aventura con el pez que se había quedado sin almuerzo.

Raquel y Eleazar avanzaron por en medio del mar tomados de la mano.

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El cruce del mar

Era hora de cruzar el mar. Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara en alto. La gente lo seguía. Al principio, con pasos dudosos; pero a medida que iban avanzando todos se sentían más seguros.

De pronto se escuchó un ruido ensordecedor. Eran los soldados del ejército del faraón que gritaban. Se habían dado cuenta de lo que estaba por suceder. ¡Se les escapaban los israelitas por en medio del mar!

«¡Vamos al ataque! –era el grito de guerra–. ¡No los dejaremos escapar!»

Los israelitas se asustaron. Pensaron que ya no había salvación. ¿Cómo escaparían de ese gran ejército?
Los egipcios se preparaban para el ataque. Todos se ponían en orden. La gente de pie y la gente de a caballo. Cada uno listo para la lucha.

El pueblo de Israel que estaba más cerca de ellos podía escuchar con claridad lo que estaba pasando. ¿Cómo salvarían sus vidas?

Los muros de agua

En su afán de escapar, la gente atropellaba a los que iban delante. Unos a otros se presionaban para avanzar. Aunque no querían hacerlo, todos tuvieron que cruzar el mar. La gran multitud avanzaba entre los muros de agua.

Las vacas mugían, las ovejas balaban. Algunos niños lloraban, otros gritaban de alegría y emoción. Los vaqueros y los pastores daban sus órdenes a voz en cuello.

¡Qué caravana original! Nunca se había visto algo semejante. Eleazar contemplaba todo con mucho interés. Pronto le llegaría a él su turno. Sus padres juntaban las cosas. No tenían mucho equipaje, así que lo hicieron rápidamente. Unas cuantas ovejitas también les pertenecían.

De repente Eleazar se dio vuelta. Había escuchado algo… ¿Qué oyó? Parecía como si alguien estuviera llorando. Sí, ¡eso era! Eleazar escuchó otra vez el gemido.

Una niña perdida

Los quejidos venían desde unos arbustos al otro lado de la colina. Eleazar corrió hacia allí. Encontró una niña que lloraba desconsoladamente.

Parecía ser un poco menor que Eleazar. Tanto lloraba que todo el cuerpo le temblaba. Las lágrimas corrían por sus mejillas y formaban surcos en la arena. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

–¿Por qué lloras? –preguntó Eleazar a la niña, y se arrodilló a su lado.

Pasó un buen rato antes de que recibiera respuesta. La niña no podía dejar de llorar.

–Yo… yo… yo… estoy sola. ¡Tengo miedo!

–¿Dónde están tus padres?

–No tengo mamá. Y papá se perdió.

Volvieron a caerle las lágrimas. Unos minutos más y dijo:

–Nuestro asno se escapó y papá fue a buscarlo. Hace mucho que no vuelve.

–¿Por dónde se fue? –preguntó Eleazar.

–Creo que fue hacia el mar. Tengo miedo que no vuelva. ¿Qué tal si no me encuentra?

Otra vez empezó a llorar.

Eleazar miró hacia la playa. La gente se apuraba a cruzar hacia la otra orilla. Sería imposible para el papá de la niña volver hacia el lugar donde se había quedado su hija.

Eleazar no se lo dijo. Mas bien le preguntó:

–¿Cómo te llamas?

–Me llamo Raquel. ¿Y tú?

–Eleazar.

–Ven, te ayudaré a encontrar a tu papá.

Raquel secó sus lágrimas y acompañó al amable muchacho. Salieron por el lado de la colina.
Eleazar se quedó como paralizado. Vio a la multitud que avanzaba rápidamente.

Una ola de miedo lo invadió. ¡Sus padres también habían desaparecido!

No pierdas el próximo capítulo: EN EL FONDO DEL MAR.

 

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Un camino en el mar

Eleazar no podía dormir. Estaba mirando la nube de fuego. Y sentía el frío del viento.

–Mamá, ¿por qué hay tanto viento? –preguntó nuestro amiguito.

–No te lo puedo decir –le respondió su madre–. Creo que nuestro Dios va a hacer algo grande. Moisés ha hablado y ha dicho que no tengamos miedo. El Señor va a pelear por nosotros.

Eleazar se acomodó en los brazos de su madre. Era un lugar seguro y caliente. Necesitaba abrigarse porque el frío de la tormenta le penetraba hasta los huesos. Pronto se quedó dormido otra vez. En las alas del sueño se fue lejos… lejos… lejos.

En el campamento de los israelitas el viento siguió soplando toda la noche.

Eleazar había dormido varias horas cuando volvió a despertarse. Todo el campamento estaba de pie. La gente se movía de un lado para otro. Los niños corrían y saltaban. Todos miraban hacia el mar.

«¿Dónde está el mar?»

Tan pronto se sacudió el sueño y la frazada, Eleazar se levantó. ¿Qué había pasado? De dos tres saltos estaba de pie sobre la colina más cercana.

–¿Dónde se ha ido el mar? –preguntó espantado.

Ayer Eleazar había admirado las inmensas olas. Ahora todo era tierra seca.

–Mamá, ¿trasladaron el campamento mientras yo dormía? –preguntó asustado–. No estamos en el mismo lugar.

Eleazar se acordaba muy bien de las rocas que había cerca de la colina. Él las había admirado porque parecían niños saltarines. Ah, ¡allá estaba su papá! Pegó un salto y corrió hacia él.

–¡Papito, se ha ido el mar! ¿Qué es lo que ha pasado?

–El mar se ha dividido, hijo. Mira hacia la derecha y mira hacia la izquierda. Las aguas se han colocado como dos grandes muros.

Eleazar no lo podía creer. En su cabecita de niño empezaron a dar vueltas preguntas y más preguntas.

–¿Cómo es posible? ¿Quién lo ha hecho? ¿Cómo las aguas pueden estar paradas?

Nadie podía darle respuestas. Sólo se escuchaba la voz fuerte de Moisés a través de la tormenta. Pero el viento se llevaba las palabras.

Después de un buen rato recibieron el mensaje. Lo pasaban de hombre a hombre.

«Crucemos el mar»

Moisés daba órdenes de marcha. Todos tenían que cruzar el mar. Debían caminar por el camino que se había abierto en las aguas.

¡Qué alboroto hubo en ese momento! La gente no sabía si se iba a animar a caminar por el fondo del mar. ¿Si de repente el agua se les venía encima? Todos se ahogarían…

Eleazar escuchaba todo lo que la gente decía.

–Moisés se ha vuelto loco –murmuraba un hombre–. ¡Qué locura meterse a caminar por el mar!

–Si no nos ahogamos, vamos a quedar atrapados en la arena. Nos vamos a hundir en el lodo.

–Nunca he escuchado una orden tan absurda. Mejor sería volver a Egipto.

–Todos nos vamos a morir.

El papá de Eleazar no se pudo quedar callado y dijo:

–¿No comprenden que es Dios el que ha separado las aguas? ¿Creen que un hombre podría hacer algo semejante? ¡No! Es un milagro. Dios quiere librarnos del faraón.

Eleazar miraba con admiración a su padre. ¡Qué valiente era! Seguro que todo va a salir bien –pensó el muchacho–. Si Papá lo ha dicho no voy a desconfiar. ¡Voy a cruzar el mar!

¡Qué gran movimiento había esa mañana! Hombres y mujeres; niños, jóvenes y ancianos; vacas y ovejas… todos se alistaban para cruzar el mar.

Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara bien en alto; a su lado iba Aarón… ¡todos listos para marchar!

El próximo capítulo: El cruce del mar

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La nube protectora

El papá de Eleazar estaba decidido a luchar hasta la última gota para defender su libertad. No quería que su hijo sea esclavo.

–¡Voy a luchar para que mi hijo sea un hombre libre! –dijo con voz decidida.

La mamá de Eleazar apretó fuertemente la mano de su esposo. Ella se sentía orgullosa de haberse casado con un hombre tan valiente. Juntos iban a luchar contra el faraón.

¡Qué lindo hubiera sido para Eleazar escuchar lo que dijo su papá! Pero él dormía tranquilo, soñando con las aventuras que vendrían.

A algunos les gustó lo que dijo Simón, el papá de Eleazar. A otros, no, y se enojaron con él.

–¡Tratemos de escapar! –decían.

–Pero, ¿a dónde podemos ir?

–Prefiero ahogarme en el mar y no caer en manos del ejército del faraón –dijo un anciano.

«¡No tengan miedo!», dijo Moisés

–To… –comenzó a decir otro, pero fue interrumpido por la fuerte voz de Moisés: «¡No tengan miedo! Dios nos va a ayudar. Tenemos que confiar en Él. Nunca más volveremos a ver a los egipcios. Dios me lo ha dicho.»

Moisés se veía grande y fuerte, parado sobre la colina. Todos podían verlo. Parecía una estatua con la vara estirada hacia el mar. La gente apenas se atrevía a respirar.

Eleazar se despertó de golpe. Una luz fuerte le hacía arder los ojos. Se sentó sobre su frazada y empezó a hacerse sombra con la mano.

Una gran luz brillante

La luz que vio Eleazar era tan brillante que parecía como si fueran las doce del día. Miró hacia el gran campamento israelita. Por todos lados había grupos de gente. Su mamá y su papá se habían tomado fuertemente de la mano.

Parecía que la gente tenía miedo. Todos hablaban agitadamente. ¿Qué estará pasando? pensó Eleazar.
Más le interesó la luz que la gente. Cada vez parecía más fuerte. ¡Ah, ya vio lo que era! ¡La inmensa nube de fuego!

La luz venía de la nube que los guiaba por el camino. Desde su salida de Egipto, la nube los había acompañado. Cuando la nube se movía, todos caminaban. Si la nube se detenía, dejaban de avanzar y armaban su campamento.

Era una nube muy rara. De noche alumbraba como un gran fuego. Eleazar pensó en lo que Moisés había dicho.

«¡El Señor, el Dios de Israel, vive en la nube!»

La nube se movía. Lentamente avanzaba a través del campamento. Venía más cerca del lugar donde estaba Eleazar. La luz era tan brillante que él cerró los ojos. Para más seguridad se tapó con la frazada. ¡Qué rara se veía la nube!

Después de un buen rato Eleazar se animó a sacar la cabeza por debajo de la frazada. Primero miró con un ojo y luego con el otro. Ya no era tan fuerte la luz. La nube estaba al otro extremo del campamento.

Nube de separación

Por un lado, la nube era como una luz brillante y por el otro lado era negra como la noche. Por el lado de los israelitas la nube brillaba como el sol; pero por donde estaban los egipcios era todo oscuridad.

¡Qué emocionante era ver la nube que separaba a los dos campamentos! Los egipcios no podían tocar a los israelitas porque la nube les impedía alcanzarlos.

De repente empezó a soplar un viento fuerte. Parecía que se estaba armando una tormenta. ¡Ya estaba sobre el campamento! El viento quería llevarse la frazada de Eleazar. Tuvo que agarrarla con todas sus fuerzas.

La mamá se inclinó sobre Eleazar y le dio un fuerte abrazo.

–Hijito, estás despierto –dijo–. Pensé que aún dormías.

–No, mamá, no puedo dormir. Estaba mirando la nube de fuego. ¿Te diste cuenta que se movió? Pensé que tal vez… Mamá, pensé que tal vez la nube se iba a ir.

–No, hijito, no creo que nos va a dejar la nube. Dios vive en la nube y Él no nos va a abandonar.

 

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