Una gran sorpresa para Sal

Pepita estaba emocionada. Era su cumpleaños y doña Beatriz había organizado una fiesta en su jardín. Los invitados eran todos los niños del Club Tesoros.

Como cuando celebraron el cumpleaños del perrito Dino, el jardín estaba decorado con globos y había una mesa con refrescos. Lo que más llamó la atención de los niños era un círculo grande de madera lleno de globos. Con supervisión de doña Beatriz hicieron tiro al blanco con un dardo. En los globos habían preguntas.

En una de las preguntas doña Beatriz había dibujado una Biblia. El que recibiera esa pregunta y la contestara, iba a ganar una Biblia. Pero había premios para todos.

–Yo quiero ganarme la Biblia –decía Sal y se daba vueltas, saltando y aplaudiendo–. ¡Quiero tener mi propia Biblia!

Cuando le tocó tirar su dardo, cerró los ojos antes de lanzarlo, y oró en silencio: «Jesús, ayúdame a ganar.»

UNA BIBLIA PARA SAL

Para Sal, ese momento fue el más feliz, porque su dardo fue a dar en el globo con la pregunta que tenía el dibujo de una Biblia. «¿Qué hizo Naamán después de zambullirse en el Jordán y ser sanado?» era la pregunta.

–Naamán hizo lo que debemos hacer todos cuando recibimos algo –dijo Sal–. Él fue a dar las gracias a Eliseo.

–Eliseo no quiso recibir los regalos de Naamán –agregó Pepita.

–Naamán decidió que ahora iba a servir a Dios –dijo Pimienta.

Sal estaba un poco impaciente y movía en alto el papelito que tenía el dibujo de una Biblia. Doña Beatriz entonces felicitó a Sal y le dio una Biblia, tal como la que había recibido Pepita.

Como Sal era un niño respetuoso, hizo una venia al agradecer a la buena vecina. Mirando a su amiga Pepita, dijo:

–Gracias, Pepita, por cumplir años. Así, hicimos fiesta, ¡y me gané la Biblia! La próxima vez espero que le toque a Pimienta.

LOS 20 MILAGROS DE ELISEO

Siguieron tirando dardos, reventando globos, y respondiendo a preguntas. Cada uno esperaba que le tocara una pregunta fácil, aunque cualquier pregunta es fácil si uno sabe la respuesta.

Después de los juegos todos se reunieron para escuchar la historia, una historia de un milagro sorprendente.

En la Biblia tenemos escritos 20 milagros de la vida de Eliseo; seguramente hubo más.

Nuestro amiguito Sal nunca iba a olvidar que Eliseo echó sal en las aguas de Jericó, ¡y se sanaron las aguas!

Lo más emocionante para Pepita era recordar que el aceite de una viuda no se acababa. El aceite en su vasija seguía fluyendo y fluyendo. ¡Cómo le hubiera gusta estar allí! La viuda vendió el aceite y pagó todas sus deudas.

Para Pimienta lo más interesante era el hacha que flotó. Cuando oyó la historia no podía creer que era cierto; pero ahora sí lo creía. Con tantos milagros que Dios había hecho por medio de Eliseo, comprendió que Dios también podía hacer que flotara un hacha.

Pimienta había hecho la prueba con un martillo en la cisterna de su casa; pero el martillo se hundió.

Dios no es un hada madrina y no hace milagros a nuestro antojo y sin propósito. Los milagros que Dios hace son para que su nombre sea glorificado. Así también era con Eliseo.

Los otros niños del club también dijeron el milagro que les había impresionado. A una niña le llamó mucho la atención el cuarto de huéspedes que le hicieron a Eliseo en Sunem. Ella quería animar a su mamá para que hicieran un cuarto así en su casa; pero no había espacio disponible.

EL MILAGRO MÁS SORPRENDENTE

Uno por uno doña Beatriz repasó los milagros. Luego llegó al más sorprendente, especialmente para los muchachos. Cuando algunas de las niñas oyeron cuál era el milagro les dio asco.

¿Qué pasó? Eliseo ya anciano, enfermó y murió. Como se hace con los muertos, lo sepultaron. Al año, hubo una invasión de unas bandas de los moabitas. Unas personas que iban a sepultar a un muerto, se asustaron al ver a los moabitas y arrojaron el cadáver en el sepulcro de Eliseo.

Entonces pasó lo sorprendente. Cuando el cadáver tocó los huesos de Eliseo, revivió, y el hombre se levantó. Tanto poder había en este siervo de Dios, que aun después de su muerte hubo milagros.

¡A Sal le pareció una maravilla!

FIEL HASTA EL FIN

–En la Biblia de Sal he marcado el Salmo 119:33. Quisiera que todos lo recordemos –dijo doña Beatriz–. Nuestro amigo Sal lo va a leer. Cumplamos siempre la Palabra de Dios.

¿Quieres leer los milagros de Eliseo? Lee 2 Reyes 2 al 7. Eliseo fue fiel a Dios hasta el fin. Cumplió todo lo que Dios le mandó a hacer. ¿Quisieras tú también ser fiel a Dios?

En MIS PERLITAS hay lindo material que acompaña a esta historia.

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Cuatro leprosos y las buenas noticias

Pepita estaba emocionada. Era su cumpleaños y doña Beatriz había organizado una fiesta en su jardín. Los invitados eran todos los niños del Club Tesoros.

Doña Beatriz tenía muchas sorpresas para los niños. Antes de empezar con los juegos y las competencias, tenía una historia asombrosa para contarles. ¡Cuatro leprosos salvaron a una ciudad de morir de hambre!

EL HAMBRE EN SAMARIA

En la ciudad de Samaria, donde vivía el profeta Eliseo, la gente se moría de hambre. Tanta era el hambre que algunos aún se comían a sus hijos. ¿Qué había pasado?

Ben-adad, el rey de Siria, había movilizado todo su ejército para hacerle guerra a Joram, el rey de Israel.

Como las ciudades en aquellos tiempos estaban protegidas por grandes muros, los soldados de Ben-adad no pudieron entrar en Samaria, pero hicieron su campamento alrededor de la ciudad, y nadie podía salir a buscar comida.

Los primeros días, cada uno comía lo que tenía en casa; pero poco a poco las despensas quedaron vacías. Los niños lloraban y pedían pan, y las mamás no sabían qué hacer.

Tan poca comida había, que la cabeza de un burro costaba ochenta monedas de plata, lo que un obrero ganaba en un mes.

–Le voy a cortar la cabeza a Eliseo –dijo el rey–. Él tiene la culpa. Me ha dicho que Dios nos va a ayudar, y Dios no nos ayuda.

Eliseo estaba sentado en su casa juntamente con algunos ancianos de la ciudad. En ese momento Dios le dijo lo que el rey pensaba hacer.

–Cierren la puerta –dijo Eliseo–. El rey ha mandado un mensajero para que me corte la cabeza.

Apenas terminó de hablar, vino el mensajero del rey. Eliseo le dijo que al día siguiente habría abundante comida para todos.

–¿Quieres que crea eso? –dijo el mensajero del rey–. Aunque Dios abriera ventanas en los cielos, eso no sería posible.

–Lo verás –dijo Eliseo–. Pero tú mismo no comerás nada.

EL EJÉRCITO SIRIO

¿Qué hacían los soldados del rey Ben-adad? Sólo esperaban que la gente de Samaria se diera por vencida.

De repente, oyeron el ruido de muchos carros y caballos. Parecía como que un gran ejército venía hacia ellos.

–¡Socorro! ¡Socorro! –gritaron asustados–. Los samaritanos han pedido ayuda a otros reyes y ahora vienen contra nosotros.

–¡Escapen por sus vidas! –gritó el general–. ¡Suelten todo!

Se escaparon asustados, dejando sus cosas en el campamento.

LOS CUATRO LEPROSOS

A la puerta de la ciudad estaban cuatro leprosos.

–¿Por qué nos quedamos aquí hasta morir? –dijeron unos a otros–. Aquí no hay comida y en la ciudad no hay comida. Vamos al campamento de los sirios a ver si nos dan algo para comer.

Al anochecer los leprosos se levantaron y fueron al campamento enemigo. Se acercaron de puntillas, tal vez un poco nerviosos porque no sabían cómo los iban a recibir.

¡Sorpresa! El campamento de los sirios estaba vacío. ¡No había allí ni un solo soldado!

Entraron en una carpa y encontraron la cena puesta en la mesa. Felices, se sentaron a comer. Luego, tomaron vestidos, oro y plata y fueron a esconderlo. Después, entraron a otra carpa e hicieron lo mismo.

–Esto no está bien –se dijeron–. Hoy es un día de buenas noticias, y no las estamos dando a conocer. Estamos comiendo y bebiendo, mientras que la gente en Samaria muere de hambre. ¡Vamos a la ciudad a avisar que aquí hay comida!

LAS BUENAS NOTICIAS

–Traemos buenas noticias –gritaron los leprosos a los guar-dias de la ciudad–. No hay nadie en el campamento de los sirios. Hay comida en abundancia.

Los guardias dieron la noticia al rey. Primero él pensó que era un truco de los sirios; pero después se arriesgó y mandó a algunos de sus hombres para que vieran si era cierto.

¡Era verdad! La gente de Samaria corrió a saquear el campamento. Había alimentos, vestidos, mantas, oro, plata… ¡todo lo que habían dejado los soldados sirios al escapar!

El rey puso a la puerta de la ciudad al mensajero que se había burlado de Eliseo. La gente lo atropelló al entrar con las cosas que habían rescatado del campamento enemigo. Vio la comida; pero no comió, tal como había dicho Eliseo. ¡Murió atropellado!

–El mensajero no participó de la fiesta –dijo doña Beatriz–. No creyó las palabras del profeta. En nuestro club anunciamos las mejores noticias, el evangelio de Jesucristo. Jesús nos invita a creer en Él y recibir la salvación. Un día habrá una gran fiesta en el cielo. Quisiera que todos estemos allí.

Los niños hicieron muchas preguntas. Algunos no habían oído hablar de la fiesta en el cielo. ¿Sabes tú que Dios te invita a una fiesta en el cielo? Cree en Jesús como tu Salvador.

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Te invito a leer:  Creada con propósito

El ejército invisible

Secretos. ¿Has tenido secretos alguna vez? ¿Se los has contado a un amigo o a una amiga, que después se los contó a su amigo o amiga? ¡Pronto tu secreto estaba dando vueltas por toda la escuela!

En tiempos de Eliseo, el rey de Siria pensaba que alguien lo estaba traicionando. ¿Quién divulgaba sus secretos?

Este rey estaba en guerra con Israel. Acostumbraba reunir a sus oficiales para decirles dónde planeaba acampar. Cada vez, se salvaba el pueblo de Israel de ser atacado.

Los niños del club Tesoros escuchaban atentos cuando doña Beatriz les contaba la historia. Era emocionante lo que hacía el profeta Eliseo. Le mandaba a decir al rey de Israel dónde iba a acampar el rey de Siria. Por eso, varias veces el ejército de Israel se salvó de los ataques del enemigo.

¿QUIÉN DIFUNDÍA LOS SECRETOS?

El rey no podía entender lo que pasaba. Estaba muy confundido. ¿Cuál de sus oficiales lo traicionaba? ¿Quién difundía sus secretos? Llamó a sus oficiales y les preguntó:

–¿Quién le está declarando mis secretos de guerra al rey de Israel? ¿Quién le informa acerca de mis planes?

–Su Majestad –dijo uno de los oficiales–, ¡ninguno de nosotros lo está traicionando! El profeta Eliseo es el que le informa al rey de Israel acerca de sus planes. ¡Eliseo sabe lo que usted habla en privado! ¡Hasta sabe lo que usted dice en su dormitorio!

El rey de Siria se puso furioso, y ordenó:

–Averigüen dónde está Eliseo. ¡Tenemos que capturarlo!

Los oficiales sirios averiguaron que Eliseo estaba en Dotán.

EL ENEMIGO RODEA A DOTÁN

El rey de Siria mandó allí un gran ejército. Una mañana, cuando el criado de Eliseo se despertó temprano, vio que toda la ciudad estaba rodeaba. ¡Había un ejército con carros y caballos!

–¡Maestro! –gritó–. ¿Qué vamos a hacer? ¡Estamos rodeados!

Eliseo estaba tranquilo. El criado lo veía mirando las montañas, como si estuviera disfrutando de la salida del sol.

–No temas –dijo Eliseo–. ¡Hay muchos con nosotros! Más son los que están con nosotros que los que están con ellos.

El criado no veía nada. ¡No había siquiera un soldado que los defendiera! ¿Qué veía el profeta?

El amiguito Pimienta, que había estado escuchando boquiabierto cada palabra, preguntó:

–¿Dónde estaba el ejército de Eliseo? ¿Por qué no se veía?

–Era un ejército invisible –dijo doña Beatriz–. Sólo Eliseo podía verlo. ¡La montaña estaba llena de gente de a caballo! ¡Carros de fuego rodeaban a Eliseo!

–¡Qué emocionante! –gritó Sal–. ¿Por qué el criado no los veía?

–Era un milagro invisible. Eliseo oró por su criado para que Dios le abriera los ojos. Entonces el criado vio que la montaña estaba llena de gente de a caballo y carros de fuego. ¡Dios había mandado un gran ejército para proteger al profeta!

EL EJÉRCITO SE VUELVE CIEGO

Los sirios no sabían nada acerca de la gente de a caballo y los carros de fuego que protegían a Eliseo. Ellos siguieron la orden del rey y se acercaron para atacarlo.

Así como Eliseo había pedido que Dios abra los ojos de su criado, ahora oró a Dios lo contrario para los sirios. «Amado Dios, te ruego que estos soldados se queden ciegos», pidió Eliseo. ¡Y los soldados de Siria se quedaron ciegos!

–¿A quién buscan? –preguntó el profeta de Dios.

–El rey nos ha mandado a buscar a Eliseo.

–Éste no es el camino, ni la ciudad que buscan –dijo Eliseo–. ¡Síganme! Yo los llevaré a donde está el profeta de Dios.

Eliseo los llevó a Samaria.

Tan pronto como llegaron allí, Eliseo volvió a orar. «Amado Dios, te pido que les devuelvas la vista», oró esta vez.

Entonces Dios abrió los ojos de los soldados. ¡Qué sorpresa! ¡Estaban en plena ciudad de Samaria!

–¿Qué hago con este ejército? –le preguntó el rey de Israel a Eliseo–. ¿Los mato a todos?

–No los mates –dijo Eliseo–. No es buena idea matar a los prisioneros de guerra. Dales comida; luego mándalos de regreso a su país y a su jefe.

FIESTA PARA EL ENEMIGO

Entonces el rey mandó preparar una gran fiesta para los soldados de Siria. Comieron y bebieron; luego el rey los despidió.

Los soldados volvieron a su tierra y a su jefe, el rey. Desde ese día, las bandas de sirios no molestaron a los israelitas.

–Me encanta que hicieron fiesta –dijo Pepita–. Pronto es mi cumpleaños. Quiero que todos ustedes estén en mi fiesta.

–Gracias, Pepita –dijo doña Beatriz–. ¡Celebraremos contigo!

¿Quisieras tú también estar en la fiesta de Pepita? La próxima semana festejaremos su cumpleaños. ¡Habrá sorpresas!

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Hospitalidad en Sunem

Eliseo, el profeta de Dios, iba de ciudad en ciudad para predicar la palabra de Dios. Los caminos eran polvorientos y el sol le quemaba; a veces era difícil conseguir agua. ¿Crees que Eliseo se sentía cansado?

En ese tiempo no había hoteles. Tal vez Eliseo le pedía a Dios un lugar donde hospedarse. Como cada detalle de nuestra vida le interesa al Señor, Él le concedió ese deseo.

Un pueblo que Eliseo visitaba era Sunem, cerca de Jezreel.

–¿Quién recuerda algo acerca de Jezreel? –preguntó doña Beatriz a los niños del Club Tesoros.

–¡Yo! ¡Yo! –gritó Sal, emocionado–. El profeta Elías corrió desde el monte Carmelo hasta Jezreel.

–¡Y llegó antes que el carro del rey! –añadió Pimienta.

–Dios le dio fuerza extraordinaria –dijo Pepita.

Los niños empezaron a recordar lo que habían aprendido acerca de Elías. Ahora Eliseo era el profeta de Dios.

LA IDEA DE LA SUNAMITA

Cada vez que Eliseo pasaba por Sunem, una mujer bondadosa lo invitaba a comer en su casa. Ella daba buena acogida a este viajero y seguramente se sentía contenta de hacerlo.

Pasó el tiempo, y la mujer tuvo una idea. Le contó a su esposo lo que pensaba hacer, y él le dio permiso para hacerlo.

–¿Qué quería hacer? –preguntó Pimienta, un poco impaciente.

–Ella decidió hacerle una habitación –respondió doña Beatriz–. Cuando el cuarto estaba listo, puso allí unos muebles. ¿Qué les parece si, así como la mujer, amoblamos el cuarto?

La buena vecina tenía hojas impresas para hacer pequeños muebles. Los niños se divirtieron recortando, pintando y pegando. Al terminar, amoblaron un cuarto imaginario y cada uno llevó a su casa un juego de muebles.

EL CUARTO DE HOSPEDAJE

¿Qué era lo más importante en el cuarto de hospedaje? Una cama, ¿verdad? La mujer sunamita sabía que Eliseo tenía que caminar mucho y necesitaba una buena cama para descansar.

 

 

¿Qué otra cosa puso en el cuarto? Una mesa, para que Eliseo ponga sus cosas. No había computadoras ni libros como los nuestros en esos tiempos. Si hubiera sido hoy, seguramente Eliseo habría puesto allí su laptop (computadora portátil) y su Biblia.

 

¿Qué más? Ah, una silla. Necesitaba la silla para sentarse a la mesa y para descansar.

 

 

¿Algo más? Sí, una lámpara. Cuando llegaba la noche, Eliseo podía encender la luz para no estar en la oscuridad. ¡Qué buen cuarto de hospedaje!

 

 

Aunque no había libros en esos tiempos, tenían pergaminos.

–Yo sé cómo son los pergaminos –gritó Sal–. Lo hemos estudiado en la escuela. Son rollos de cuero con palabras escritas.

–No sabemos si llevaba pergaminos cuando iba a Sunem –dijo doña Beatriz–. Imaginemos que allí tenía pergaminos y que en la noche se sentaba a leer.

UN HIJO PARA LA SUNAMITA

Eliseo se sintió tan feliz que quiso hacer algo por la mujer.

–¿Qué podemos hacer por esta buena mujer? –le preguntó a su criado, Giezi.

La sunamita dijo que no necesitaba nada. Pero Giezi pensó en algo que la haría muy feliz. Ella no podía tener hijos. En nombre de Dios, Eliseo le prometió que al año siguiente tendría un hijo. ¡Y Dios dio a la mujer y su esposo un hijo!

Pasó el tiempo, y el niño fue creciendo. Un día salió al campo con su papá, y allí se enfermó. ¡Cómo le dolía la cabeza!

–¡Ay, mi cabeza! ¡Me duele la cabeza! –lloraba.

Un criado llevó al niño a la madre. Ella lo sentó en sus rodillas y trató de consolarlo; pero el niño murió. ¡Qué tristeza!

La sunamita inmediatamente pensó en Eliseo. ¿Dónde crees que puso al niño? ¡Sobre la cama de Eliseo! Luego fue con unos criados a buscar al profeta de Dios.

En vez de preparar el entierro de su hijo confió en que Dios podría darle vida otra vez.

EL MILAGRO DE RESURRECCIÓN

¿Dónde estaba Eliseo? En el monte Carmelo.

–Allí es donde cayó fuego del cielo –gritó Sal, que hoy estaba con muchas ganas de responder a todas las preguntas.

Tan pronto como la sunamita encontró al profeta le contó que el niño había muerto. Eliseo la acompañó. Cuando llegó a su cuarto de hospedaje encontró al niño muerto sobre su cama.

En la Biblia, en 2 Reyes 4:32-37, lee lo que hizo Eliseo. Dios respondió al pedido de Eliseo. El niño estornudó, y abrió los ojos.

Cuando Eliseo entregó el niño a la sunamita, ella se alegró tanto que se postró a los pies de Eliseo para darle gracias.

Ahora imaginemos que Eliseo leía los pergaminos con el niño que había resucitado. Seguramente Eliseo le contaba acerca de los milagros que Dios hacía. ¿Crees que le contó acerca de los caballos de fuego que vinieron cuando Dios llevó a Elías al cielo?

¡Qué emocionante para el niño!

LA HOSPITALIDAD

No todos pueden tener un cuarto de hospedaje; pero todos podemos ser buenos con las personas que vienen a visitarnos. Quién sabe, algún día puede llegar un ángel a nuestra casa.

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MUEBLES PARA ARMAR

Los muebles:  Muebles de Eliseo para armar    En A4: Muebles A4

Instrucciones:  Instrucciones para muebles de Eliseo

Pimienta y el control del enojo

Una tarde Pimienta fue a visitar a doña Beatriz. Había estado pensando en la historia de Naamán, el general leproso que fue sanado. Pero más había pensado en Giezi, el criado del profeta Eliseo. Giezi quedó leproso por haber pedido a Naamán los regalos que Eliseo no quiso recibir.

¿Por qué el profeta Eliseo se había enojado tanto con Giezi? ¿No entendía el profeta que Giezi no quería desperdiciar los regalos?

–Doña Beatriz, ¿no es malo enojarse? –preguntó Pimienta–. ¿Por qué Eliseo fue tan duro con Giezi?

La buena vecina decidió responder en la próxima reunión del Club Tesoros a las dudas que tenía Pimienta. Tal vez otros niños también se preguntaban acerca de Giezi.

DINO Y DINA

Llegó el sábado y llegaron los niños al club. El clima estaba bonito; había sol, así que la vecina decidió hacer la reunión en su jardín. Pimienta se sentó adelante con su amigo Sal. EI perrito Dino los acompañó. Dino parecía tan interesado en la historia como los niños. La gatita Dina también se veía interesada.

A Pepita le parecía gracioso que el perrito se llamara Dino y que el nombre de la gatita era Dina. Cuando Dina tuviera crías ella le iba a pedir a la buena vecina que le regale una gatita. También se llamaría Dina. A Pepita le gustaba ese nombre.

EL ENGAÑO DE GIEZI

–Hoy hablaremos del enojo –dijo doña Beatriz–. Pimienta me ha preguntado por qué el profeta Eliseo se enojó tanto con Giezi que hizo que se le pegara la lepra de Naamán. Se enojó porque Giezi mintió. ¿A quién engañó más que a Naamán y Eliseo?

–Giezi pecó contra Dios, más que nada –dijo Pepita.

–El enojo de Eliseo era justo –dijo doña Beatriz–. Se llenó de ira porque Giezi engañó a Dios. No se puede engañar a Dios. Él nos ha dado los sentimientos. Cuando hay un motivo justo por el enojo, entonces no es pecado. Pero muchas veces nos enojamos por motivos egoístas; por envidia o por orgullo.

–¿Por qué los hijos y los nietos de Giezi también se llenaron de lepra? –preguntó una niña.

Doña Beatriz explicó que nuestros actos traen consecuencias. Las cosas que hacemos afectan a muchas personas. La codicia y el engaño de Giezi trajo castigo también a su familia.

EL ENOJO NOS ADVIERTE

El enojo es una advertencia. Le comunica a nuestro cerebro y a nuestro cuerpo que algo está mal. Puede ser un buen senti-miento si nos ayuda a cambiar una situación; pero puede ser muy dañino si le damos rienda suelta.

–Pimienta es un buen niño y un fiel compañero de Sal –dijo la buena vecina doña Beatriz–. Pero he visto que se enoja fácilmente y a veces hasta provoca peleas.

–No me gusta enojarme –dijo Pimienta–. ¿Qué puedo hacer? A veces me enojo tanto que me palpita el corazón y me sudan las manos.

–La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego, dice el sabio rey Salomón en los Proverbios. Todos alguna vez nos enojamos. Unos más que otros. Pero hay medidas que podemos tomar para controlar el enojo. Si es un enojo justo podemos expresarlo. ¿Quién de ustedes sabe lo que hizo Jesús una vez que se enojó?

–Jesús tomó un látigo y echó fuera del templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas –dijo Sal–. Él dijo que el templo debía ser una casa de oración a Dios.

–¡Perfecta respuesta! Esto es similar al enojo que sintió Eliseo por el engaño de Giezi –dijo doña Beatriz sonriendo.

CUATRO MEDIDAS DE CONTROL

Hay cuatro pasos que podemos tomar para controlar el enojo:

1. Calla y cálmate. Cuando sientas que te estas enojando, no digas nada, sino cálmate y cuenta hasta diez. Luego piensa.

2. Combate lo que sientes. Analiza lo que sientes y pregúntate por qué. No te dejes dominar por tus sentimientos.

3. Considera la situación. Quizá sea justo tu enojo. Piensa en lo que ha pasado y en la persona con quien estás enojado.

4. Cambia tu actitud. Perdona a la persona que te ha ofendido. ¿Necesitas tú pedir perdón? No pienses en vengarte.

PIMIENTA CONTROLA SU ENOJO

Pimienta tenía un papel en el bolsillo. Le pidió a doña Beatriz que le escribiera los cuatro pasos porque quería practicarlos.

Cuando llegó a casa después de la hora del club puso en práctica cada uno, porque su hermanito había hecho un gran desorden entre sus cosas. Había vaciado todo lo de la mochila de la escuela y estaba dibujando en uno de los cuadernos de nuestro amiguito Pimienta.

Pimienta se mordió los labios, contó calladamente hasta diez, y empezó la difícil tarea de practicar cómo controlar su enojo.

En MIS PERLITA hay material auxiliar para esta historia.

La niña que salvó a un general

Ella era esclava. Naamán, el general del ejército del rey de Siria, la había llevado cautiva cuando hizo guerra a Israel. No sabemos cómo se llamaba la niña; pero comprendemos que era buena y cariñosa.

Naamán era un gran hombre, muy valiente y querido por el rey; pero triste es decirlo, era leproso. Tenía todo el cuerpo cubierto de unas feas escamas rojizas y blancas.

En Israel, los leprosos tenían que vivir apartados de los demás; pero no era así en Siria. Sin embargo, este mal era terrible para Naamán; seguramente había buscado por muchos medios ser sanado.

NAAMÁN Y EL PROFETA ELISEO

Eliseo, el profeta de Dios, vivía en Israel. Un día, la niña esclava dijo a su ama: «Yo sé quién puede curar al señor Naamán. Si él fuera a visitar al profeta Eliseo, Dios lo sanaría.»

Cuando el general Naamán le contó esto al rey de Siria, él dijo: «Tienes que ir allá. Voy a mandar una carta al rey de Israel para que te reciba bien.»

Después de muchos preparativos para el viaje, Naamán y sus siervos partieron. Largos días viajaron hasta Israel. Al llegar, no fueron a la casa de Eliseo sino al palacio del rey.

El rey de Israel se asustó mucho, porque el rey de Siria le pedía que sanara a Naamán. «Yo no puedo sanar a nadie –dijo el rey–. Seguramente están buscando pleito, alguna razón para hacer guerra contra nosotros.»

«LÁVATE SIETE VECES EN EL JORDÁN»

Eliseo oyó hablar de esto y mandó decir al rey que le enviara a Naamán. Naamán pensó que Eliseo iba a salir a darle la bienvenida; pero el profeta solamente mandó decir que se lavara siete veces en el río Jordán.

El general Naamán se puso furioso. ¡Cómo era posible que le pidiera que se lave en el río Jordán! En su país había ríos mucho más limpios. ¡No lo haría!

Sus criados le preguntaron: «Si el profeta hubiera pedido que usted hiciera algo difícil, ¿lo habría hecho?» Por fin lo convencieron de que hiciera la prueba y se lavara en el río Jordán.

–Contemos juntos –dijo doña Beatriz a los niños del club–. ¿Cuántas veces debía zambullirse?

Los niños contaron, con voz fuerte: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡y no pasó nada!

–Pero Naamán debía bañarse siete veces –dijo Pimienta.

¡Exactamente! La séptima vez… sucedió un milagro. ¡Naamán salió del agua completamente sano! No tenía ni una escama en el cuerpo. Su piel era suave como la de un niño.

¡Qué feliz se sintió Naamán! Inmediatamente fue a dar las gracias a Eliseo, y le ofreció regalos.

–No puedo recibir regalos por un milagro que Dios ha hecho –dijo Eliseo–. Solamente agradece a Dios.

Naamán prometió servir a Dios todos los días de su vida, y muy contento volvió a su país.

EL ENGAÑO DE GIEZI

Giezi era el criado de Eliseo. A él le pareció un desperdicio que Eliseo no hubiera recibido los regalos de Naamán. Salió corriendo tras él. Cuando lo alcanzó, le dijo que acaban de llegar dos visitas y que Eliseo pedía que le diera tres mil monedas de plata y dos vestidos nuevos.

Naamán le dio seis mil monedas de plata y dos vestidos nuevos. También envió dos criados suyos para que le ayudaran.

–¿Estaba bien lo que hizo Giezi? –preguntó doña Beatriz.

–¡No! –gritaron todos los amiguitos–. ¡Era un gran engaño!

Al llegar Giezi de regreso Eliseo le preguntó dónde había estado, y él respondió con otro engaño.

–No he estado en ninguna parte –dijo Giezi.

–¿Crees que puedes engañarme? –le preguntó Eliseo– Yo sé que fuiste a pedirle plata y vestidos a Naamán. No pecaste contra mí, sino contra Dios.

–Niños, no se puede engañar a Dios –dijo doña Beatriz–. Como castigo, la lepra de Naamán se le pegó a Giezi, y no sólo a él, sino también a sus hijos y a sus nietos. Desde ese momento Giezi quedó completamente leproso. Pagó un precio muy caro por su codicia.

–La niña esclava fue valiente. Aunque estaba en tierra extraña no olvidó a su Dios. Por su testimonio salvó a su amo de la terrible enfermedad de la lepra. Pero más importante es que su amo llegó a conocer al Dios vivo y verdadero y a servirle.

Chicos y grandes podemos ser fieles a Dios en cualquier circunstancia. Aunque la niña estaba lejos de su hogar no olvidó a Dios. ¿Estarías dispuesto a servir a Dios aunque te lleven lejos?

 

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El aceite que no se acababa

Cuando los niños llegaron al Club Tesoros encontraron la mesa de doña Beatriz llena de ollas, vasijas y recipientes. ¿Qué sorpresa les tendría la buena vecina?

–Doña Beatriz, ¿de dónde consiguió tantas ollas y vasijas –preguntó Pepita, a la vez que admiraba una hermosa olla de cerámica, pintada con flores.

–Tengo buenas vecinas y compañeras de trabajo muy amables. He pasado toda la semana reuniendo lo que ves en la mesa. Les voy a contar de una mujer viuda que tuvo que reunir muchas vasijas. Sus hijos le ayudaron.

UNA VIUDA AMENAZADA

Esta es la historia de una familia que vivía en tiempos del profeta Eliseo. Eran papá, mamá y dos hijos. No sabemos cómo era la casa, pero seguramente era sencilla. El papá estudiaba en la escuela de profetas que tenía Eliseo.

Sabemos que a veces el papá tenía que tomar prestado dinero; pero no sabemos por qué no lo devolvió. Tal vez el papá se enfermó, y ya no podía estudiar ni trabajar. Los niños tuvieron que correr a tomar prestado más dinero, para comida y medicinas. La mamá sin duda cuidó con mucho cariño a su esposo; pero no pudo hacer nada por su salud. Un día, el padre de la familia murió.

Fue una gran tristeza para la mamá y sus dos hijos. Enterraron al papá, entre lágrimas. ¡Cómo lo extrañaban!

¿Qué haremos para pagar nuestras deudas? pensaba la mamá. Mientras ella pensaba, el hombre a quien le debían mucho dinero, vino a hablar con ella.

–¿Creen que los niños se escondieron detrás de la puerta para oír lo que hablaban? –preguntó doña Beatriz.

–Yo hubiera querido saber cada palabra –dijo Pimienta.

–Yo sí me hubiera escondido para escuchar –dijo Sal.

¿Qué oyeron los muchachos? ¡Algo terrible!

«Mujer, si no me pagas lo que me debes, me llevo a tus hijos como esclavos», decía el hombre.

¡Pobres muchachos! ¡Ellos no querían ser esclavos de ese hombre! ¿Qué podrían hacer para salvarse?

LA SOLUCIÓN DEL PROFETA ELISEO

La mamá lloraba al pensar en que le quitarían a sus hijos.

–Mamita, no llores –dijo uno de los muchachos–, tengo una idea. ¿Por qué no vas a hablar con el profeta Eliseo? Papá trabajaba con él; seguramente nos puede ayudar.

La mamá, ahora viuda, fue a casa de Eliseo. Le contó su gran problema y le preguntó qué podrían hacer.

–¿Qué tienes en casa? –le preguntó el profeta.

–Sólo tengo un poco de aceite –respondió la viuda.

–Magnífico –dijo Eliseo–. Ve a pedir prestado vasijas, recipientes, ollas, botellas y ¡qué sé yo! Cierra luego la puerta, y tú y tus hijos echen el aceite en los recipientes.

EL MILAGRO DEL ACEITE

Doña Beatriz pasó a la mesa donde tenía las ollas, las vasijas y los recipientes. Tomó una botella de aceite y empezó a llenarlo en una olla. ¡Pero pronto el aceite se acabó!

–Niños, eso no pasó en casa de la viuda. Sus hijos habían ido de casa en casa, tocando puertas, pidiendo prestado vasijas y recipientes. Habían reunido muchas vacijas vacías. ¡Muchas!

Uno por uno, los muchachos habían traído vasijas a la casa, hasta que ya les pareció tener suficientes. Luego cerraron la puerta y la mamá comenzó a llenar aceite en las vasijas.

Los muchachos le pasaban las vasijas y la mamá las llenaba con el aceite. ¡Qué emocionante! Una vasija por aquí, otra por allá… una olla, una botella… Así, poco a poco, fueron llenando todas las vasijas y los recipientes que habían conseguido.

–Más recipientes –dijo la mamá. ¡Pero ya no había más!

¡Entonces se acabó el aceite!

Ya no había más aceite en la botella; pero la casa estaba llena de vasijas con aceite.

LA VIUDA COMERCIANTE

Nuevamente, la viuda fue a visitar al profeta Eliseo.

–¿Qué debo hacer con el aceite? –le preguntó.

–Véndelo y paga tus deudas –le dijo el siervo de Dios–. Con el dinero que sobre, compra comida para tus hijos. Vivan del dinero que les sobra.

¡Qué felidad para la familia! Los hijos ya no serían esclavos sino vendedores de aceite. Conforme iban vendiendo el aceite, devolvían las vasijas a sus dueñas. Pronto la madre pagó toda la deuda que tenía.

¡La viuda amenazada se volvió comerciante!

DIOS AMA A HUÉRFANOS Y VIUDAS

Dios tiene un cariño especial por las viudas y los huérfanos. Él sabe que no tienen un papá que les puede comprar ropa y comida; por eso, Él quiere ser ese «papá». Dios hace milagros no sólo en favor de los huérfanos y las viudas sino también en la vida de todos los que creen y confían en Él.

En MIS PERLITAS hay mucho material que acompaña a esta historia.