Sal y Pimienta

En el vecindario de la buena señora Beatriz vivían Alberto y Felix. Alberto tenia la piel blanca como sal; por eso le decían Sal. Felix era más oscuro, como la pimienta; por eso le decían Pimienta. Muchos ni siquiera sabían los verdaderos nombres de los muchachitos.

Hasta en la escuela les decían Sal y Pimienta. Eran inseparables. Salían juntos a la escuela en la mañana y volvían juntos en la tarde. Juntos hacían las tareas, y juntos dormían… ¡No, eso no! Cada uno dormía en su propia cama y en su casa.

Aunque eran muy buenos amigos, y casi inseparables, había una gran diferencia. Y no me refiero al color de la piel, cosa en lo que nunca pensaban. Sigue leyendo…

ALBERTO HABLABA CON SAL

Un día la buena vecina Beatriz le dijo a Alberto, el muchacho al que le decían Sal:

–Eres un buen muchacho. Me gusta que hablas con sal.

–Disculpe, señora, creo que se ha confundido –dijo Alberto–. Yo soy Sal y mi amigo Felix es Pimienta.

–No me refiero a eso, hijo –dijo la buena señora–. He observado que hablas con sal.

Alberto se despidió de la buena vecina Beatriz, muy confundido.

Camino a la escuela al día siguiente, le comentó a su amigo Pimienta lo que había dicho la vecina. Era un enigma* que ambos trataron de resolver; pero fue imposible.

*ENIGMA es un misterio, un secreto

 

Alberto preguntó a sus padres si ellos sabían lo que era hablar con sal; pero para ellos también era un enigma. La próxima vez que se encontró con la buena vecina le preguntó el significado de hablar con sal.

–Ven a mi casa y te lo explico –le dijo ella–. Trae a tu amiguito Pimienta y se lo explicaré a ambos.

EN CASA DE LA VECINA

Alberto y Felix pidieron permiso a sus respectivos padres y fuero a visitar a la buena vecina. Doña Beatriz los recibió muy amablemente. Los invitó a pasar a la sala de estar y les sirvió jugo y galletas. Sal y Pimienta se sintieron muy honrados, como si fueran gente grande.

Doña Beatriz les dijo que podían comer todas las galletas que quisieran. ¡Qué fiesta para ellos! Después de que tomaran el jugo y comieran las galletas, doña Beatriz sacó un libro grande que tenía en su estante. Era una Biblia gigante.

Sal y Pimienta no estaban acostumbrados a leer la Biblia. Doña Beatriz les explicó que la Biblia es el libro de Dios, escrito para que podamos conocer su amor. Sobre todo, para que lleguemos a conocer todo acerca de Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino al mundo para ser nuestro Salvador.

LA SAL DA BUEN SABOR

–En la Biblia hay toda clase de temas –dijo la buena vecina–. También habla de las conversaciones.

¿Qué? A Sal y Pimienta les pareció muy raro. Se miraron, confundidos. ¿Sería esto otro enigma para resolver?

–La sal da buen gusto a las comidas –dijo doña Beatriz–. ¿Alguna vez han comido algo desabrido?

Sal y Pimienta asintieron con la cabeza. A veces les tocaba comer cosas sin sabor. ¡Era horrible!

–La comida es desabrida porque le falta sal –les explicó la vecina–. Alberto, tú hablas con sal; por eso me gusta escucharte. Lo haces con gracia y cortesía. No te he oído decir malas palabras.

Alberto levantó los hombros y se estiró un poco en el asiento. Nunca nadie lo había elogiado por su forma de hablar.

–Eres Sal y hablas con sal. Me gusta eso –dijo doña Beatriz, a la vez que preguntó a los muchachos si querían más galletas.

–No gracias, señora –respondió Sal, con mucha cortesía.

–A veces digo malas palabras –dijo Felix, a quien le decían Pimienta–. ¿Quiere decir eso que yo hablo con pimienta?

–Buena pregunta, muchacho –respondió doña Beatriz–. Veamos lo que la Biblia dice acerca de la sal y luego veremos lo que dice acerca de la pimienta.

La buena vecina Beatriz abrió su Biblia y leyó… (SIGUE LA SEMANA QUE VIENE)

Busca en MIS PERLITAS el material que acompaña a esta historia.

Rosa, la niña tímida

Rosa era abierta y habladora en casa, pero entre otras personas no sabía qué decir. En la escuela, no podía responder a las preguntas de la profesora. Un día, su mamá le dio una fórmula para vencer la timidez.

En un barrio hermoso, donde había muchas flores y parques atrayentes para los niños, vivían dos hermanas muy felices. La mayor se llamaba Rosa y la menor, Juana. Sus padres eran muy cariñosos con ellas y les daban siempre un cuidado especial.
Juana, por su edad, no iba todavía a la escuela, aunque no le faltaban ganas de hacerlo.

LA TIMIDEZ DE ROSA

Rosa era una niña abierta y habladora en su casa, pero cuando salía a algún lugar, no podía comunicarse con otras personas. En la escuela, cuando su profesora le hacía una pregunta, se ponía roja, y enseguida sentía que se le pegaba la lengua al paladar.
A veces la profesora se enojaba cuando Rosa no contestaba a las preguntas que le hacía. ¿Será que Rosa tiene dificultades para aprender? pensaba la profesora.

Rosa sufría calladamente, porque no podía vencer la timidez que siempre la hacía vivir con temor. Por más que trataba de saludar amablemente a otras personas, no podía hacerlo. Sus amigos pensaban que era una niña mal educada.

PREOCUPACIÓN DE SU MADRE

La mamá de Rosa se sentía preocupada y decidió hablar con su hija. Un día fueron al parque más cercano y comenzaron a platicar.

–Hijita, ¿por qué tienes tanto miedo a otras personas? –preguntó la mamá a Rosa.

Rosa no supo qué contestar; sólo se echó a llorar en los brazos de su madre.

–Mamá, he tratado de vencer mi timidez, pero parece imposible.

La mamá, calladamente, pidió al Señor que le ayudara para que diera a su hijita el consuelo y la ayuda adecuada.

UNA FÓRMULA ESPECIAL

–Mira, hijita –le dijo–, tenemos un Dios de amor que nos cuida constantemente. Él ha hecho cada parte de nuestro ser y nos conoce exactamente cómo somos. Vamos a pedirle que puedas vencer tu timidez.

Luego le dio una fórmula especial. Cada vez que Rosa tuviera miedo de hablar con alguien o cuando la profesora le hiciera una pregunta, debía decir:

«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»

 

LIBRE DEL TEMOR

Así fue. Rosa comenzó a poner en práctica lo acordado con su mamá, y cada vez que empezaba a sentir ese miedo de hablar con los demás, repetía: «Todo lo puedo en Cristo que me da las fuerzas y me hace vencer el temor.» Y se sentía libre del miedo.

Rosa empezó a contestar a las preguntas en la escuela. Un día su profesora le preguntó acerca de su cambio. Sin temor, Rosa le contó todo lo ocurrido y le dio la fórmula para vencer el miedo y la timidez.

La profesora quedó muy impresionada y Rosa agradeció a Jesucristo. Juana no comprendía todo esto; pero se dio cuenta de que su hermana mayor era mucho más feliz. Y eso llenó de alegría a Juana.

En realidad, toda la familia se sintió más feliz cuando Rosa venció la timidez.

¿ERES TÍMIDO?

Tal vez tú también, amigo o amiga, tengas este mismo problema. No es fácil ser tímido; pero Dios puede ayudarte a vencer la timidez. Pon en práctica la fórmula que Rosa y su madre descubrieron.

Cristo te puede dar las fuerzas que necesitas y puede ayudarte a vencer el temor. Para ti también es la fórmula que ayudó a Rosa.

En MIS PERLITAS hay ayudas y actividades para esta historia.

Los tesoros de la reina

Había una vez un hermoso palacio, rodeado de bellos jardines. Venía gente de todas partes para conocer al rey y observar la belleza de los jardines.

Cierto día, un grupo de personas fueron invitadas al palacio. Allí se encontraron con la reina. La reina era una persona muy amable. Uno de los visitantes dijo:

–¿Podría usted mostrarnos los tesoros reales?

–Por supuesto –respondió la reina.

La reina se dirigió a la puerta que daba a uno de los jardines, y de allí llamó a alguien.

Al poco rato entró una mujer con dos lindos niños.

–Estos son mis tesoros –dijo la reina.

Los visitantes se sorprendieron mucho. Ellos pensaban que los tesoros reales eran perlas y diamantes, oro y plata. Pero los tesoros de la reina eran sus dos lindos hijos.

TÚ ERES UN GRAN TESORO

Si al Señor Jesús le preguntaras cuáles son sus tesoros, Él diría que tú eres su tesoro. Tú eres una gran riqueza, una joya. Vales tanto a los ojos de Dios que Jesús vino al mundo y dio su vida por ti en la cruz para salvarte del pecado y darte vida eterna en el cielo.

LA REINA BETSABÉ

Hace miles de años, una madre amaba mucho a su hijo.

Él era su gran tesoro. Esta madre era Betsabé, y padre del niño era el rey David.

¿Recuerdas a David, el pastorcito valiente? David venció al gigante Goliat con su honda y una piedrita, y con su confianza en el gran Dios de los ejércitos de Israel.

David llegó a ser rey. Él le prometió a Betsabé que su hijo Salomón sería rey después de él. Pero cuando David ya era anciano, su hijo Adonías se sublevó y se proclamó rey.

Betsabé amaba mucho a su hijo Salomón. Ella fue adonde el rey para reclamarle que cumpla su promesa. Entonces David proclamó a Salomón como el rey después de él.

EL REY MÁS RICO Y SABIO

Una noche Dios le habló a Salomón, el nuevo rey, y le dijo: «Pídeme lo que quieras.»

¡Imagínate! Si Dios te dijera que puedes pedirle cualquier cosa, ¿qué pedirías? ¿Le pedirías riquezas? ¿Qué crees que pidió el hijo amado de Betsabé?

Salomón pidió sabiduría para ser un buen rey. Como no pidió riquezas y larga vida, ni la muerte de sus enemigos, Dios le dio sabiduría y muchas riquezas. Salomón llegó a ser el rey más rico y sabio. Su fama se extendió por todas partes.

LA REINA DE SABÁ

Salomón construyó un gran templo para Dios y un hermoso palacio para él y su familia. Una vez vino a visitarlo una reina de lejanas tierras, la reina de Sabá. Ella se quedó atónita al ver toda la riqueza de Salomón y al escuchar su gran sabiduría. «¡Ni siquiera me han contado la mitad de todo lo que he visto con mis propios ojos!» dijo la reina.

Aunque Salomón tenía muchas riquezas, la reina le regaló aún más: 3.960 kilos de oro. También le regaló piedras preciosas y perfumes. En 1 Reyes 10 lee acerca de la visita de la reina de Sabá y sobre las riquezas de Salomón.

¿CUÁL ES TU TESORO?

Los tesoros más preciosos no son las riquezas de oro y plata, sino las joyas como tú.

Para ti como niño, ¿cuál es tu tesoro? Aparte del Señor Jesús, ¿a quién amas más? Betsabé deseaba lo mejor para su hijo y fue a ver al rey para que cumpliera su promesa. Una madre puede hacer cualquier cosa por su hijo.

Si tienes una madre, ¡apréciala! Muéstrale cuánto la amas. Si otra persona te cría, muéstrale tu aprecio. Sé un buen hijo; una buena hija.

Dios promete que si honras a tu padre y a tu madre te dará una larga vida sobre la tierra.

Recuerda que tienes un Padre en el cielo que te ama más que cualquiera. Aunque tus padres te abandonen, Dios no lo hará. Dios es el defensor y la ayuda de los huérfanos.

Nunca olvides que tú eres un gran tesoro.

Todos los materiales que acompañan a esta historia están en MIS PERLITAS.

 

El desayuno del cielo

Era una mañana como cualquier otra. Los niños estaban sentados a la mesa esperando su desayuno. Allí estaban los platos, allí estaban las tazas; pero vacíos…

–Demos gracias a Dios por el desayuno –dijo Jorge Müller, el «papá» de los niños.

Los niños eran huérfanos y habían encontrado refugio en el hogar de este hombre bondadoso, que confiaba en Dios por todo lo que él y los niños necesitaban.

MÁS DE 10.000 NIÑOS

Jorge Müller comenzó con una casa y 30 niños. Al poco tiempo tenía cuatro casas y 150 niños que cuidar. Durante sesenta largos años, él cuidó de miles de niños huérfanos. Cuando murió, a los 93 años de edad, tenía cinco casas con más de 2.000 niños. En total, Jorge Müller refugió a más de 10.000 niños, que recibieron un hogar en el orfanato.

PEDÍA TODO DE DIOS

Los niños miraron a «papá Jorge». Ellos estaban acostumbrados a orar, a pedir a Dios lo que necesitaban.

Jorge Müller nunca pedía nada de nadie, sino solamente a Dios. Cada día se levantaba muy de mañana para orar. Todo lo que los niños necesitaban, él se lo pedía a Dios en oración. A veces Dios mandaba gran cantidad de dinero, otras veces llegaba poco; pero nunca les faltaba lo necesario.

EL LECHERO Y LA LECHE

Esa mañana, cuando los platos y las tazas en las mesas estaban vacíos, «papá Jorge» nuevamente confió en el Padre celestial y oró a Dios que les mandara desayuno.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Alguien tocaba la puerta.

Allí estaba el lechero. El carro con el que repartía la leche se había malogrado afuera de la puerta del orfanato.

–No puedo seguir repartiendo leche –dijo el lechero–. Tomen ustedes la leche.

El lechero dio toda la leche para los niños del orfanato.

EL PANADERO Y EL PAN

Al poco rato, nuevamente alguien tocó la puerta.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Era el panadero, que traía canastas y bandejas llenas de pan.

–Me levanté temprano –dijo el panadero–. Dios me dijo que tenía que traerles pan.

¡Qué rico era el aroma del pan recién horneado!

Leche y pan fue lo que Dios mandó al orfanato esa mañana. Los niños tomaron felices su desayuno del cielo. Después, Dios proveyó comida para el almuerzo y la cena.

UN PREDICADOR DE ALEMANIA

Así era la vida de Jorge Müller. Él había llegado de Alemania a Inglaterra para predicar el evangelio. Mientras iba de lugar en lugar, predicando la palabra de Dios, vio a muchos niños harapientos y sucios que jugaban en las calles. Muchos de ellos no tenían padres que los cuidaran.

Dios le habló y le dijo que quería que comenzara un orfanato para tantos niños huérfanos que había en la ciudad.

Jorge Müller vivía en Bristol. Él habló con los hermanos de la iglesia donde trabajaba, pero ellos no estaban de acuerdo con la idea. Sin embargo, Dios le había hablado y el buen hombre no pudo quedarse tranquilo.

Jorge Müller empezó a orar a Dios para que le diera lo necesario. Como respuesta a sus oraciones recibió una casa, dinero, gente que le ayudara, y niños que vivieran en el orfanato. Fue así que llegó a ser el «papá» de miles de niños.

PADRE DE LOS HUÉRFANOS

En el Salmo 68:5 dice que Dios es «Padre de los huérfanos». Dios también es la «ayuda de los huérfanos». Dios pone en el corazón de hombres y mujeres, tales como Jorge Müller, que se preocupen de los huérfanos, porque a al Señor le importa mucho el bienestar de estos niños.

¿Quisieras orar por los huérfanos allí donde tú vives?

Busca en MIS PERLITAS mucho lindo material para esta historia.

Daniel, el niño predicador

Una incubadora, ¿sabes lo que es? La incubadora es una urna de cristal, una cunita muy especial, para los niños nacidos antes de tiempo o los que tienen algún problema físico. La incubadora facilita el desarrollo de sus funciones orgánicas.

Daniel nació con un desperfecto en el corazón, tan grave que el médico que lo atendió pensaba que moriría. Inmediatamente fue puesto en una incubadora. El médico también dijo que Daniel pudiera haber sufrido daño al cerebro y que quizá quedaría paralítico.

Los padres de Daniel creían en Dios y en el poder de la oración. ¿Qué piensas que hicieron? Ellos oraron fervientemente al Señor y entregaron la vida de su pequeño bebé en manos de Dios.

DIOS SANA A DANIEL

A los ocho días de nacido y de haber estado en la incubadora, los padres de Daniel lo sacaron del hospital y lo llevaron al templo para dedicarlo al Señor. El papá de Daniel no sólo entregó a su pequeño hijo a Dios para que le salvara la vida, sino que lo dedicó al servicio de Dios.

Dios oyó la oración de los padres de Daniel y sanó al bebé, que se suponía que iba a morir. Daniel empezó a crecer normalmente y llegó a ser un niño muy simpático.

TENÍA DESEOS DE CONOCER A DIOS

Desde pequeño Daniel tuvo un gran deseo de conocer a Dios. Empezó a memorizar pasajes de la Biblia y asistió a la escuela dominical. Sus padres le contaban historias bíblicas y Daniel pasaba largos ratos pensando en lo que había escuchado. Él sabía que su vida era un milagro.

A Daniel le encantaba estudiar la Biblia. A veces estaba tan interesado en leer las historias bíblicas que no tenía tiempo para otras cosas.

NO ERA COMO OTROS NIÑOS

Daniel no era como otros niños; no tenía los mismos pasatiempos. Pero sus compañeros en la escuela lo respetaban. No se burlaban de él cuando les hablaba de Dios, porque veían que Daniel que era sincero en su fe.

Daniel cumplía con sus estudios. Sus maestras se fijaban en su buen comportamiento y escuchaban con atención cuando él les hablaba de Cristo.

NO JUGABA FÚTBOL

A Daniel le gustaban los deportes, pero no jugaba fútbol con sus amigos, porque usaban malas palabras. Daniel no aguantaba eso; prefería no jugar.

Cuando sus amigos jugaban a la pelota sin decir malas palabras, Daniel participaba.

Para Daniel, Jesús era su mejor amigo. Muchas veces se sentía preocupado por su amigos y compañeros de la escuela a quienes no les importaba estudiar la Biblia.

NIÑO PREDICADOR

A los once años de edad, Daniel ya era predicador. Con su papá salía a predicar en distintos lugares. Realizaba campañas de evangelismo y predicaba la Palabra de Dios bajo el poder del Espíritu Santo.

Daniel era como un árbol que crece junto a un río. Desde temprana edad su vida dio abundante fruto.

TÚ PUEDES SERVIR A DIOS

Para servir a Dios no tienes que ser predicador como Daniel. Pero sí puedes «predicar» el evangelio con tu vida. ¿Qué significa eso?

Predicar con nuestra vida significa ser fiel a Dios cada día. Si amamos al Señor Jesús lo mostramos con nuestro buen comportamiento en el hogar, en la escuela, en el vecindario, entre los amigos.

Lo más importante es que entregues tu vida a Jesús y lo aceptes como tu Salvador. ¡Sólo Jesucristo salva!

Jesús nos manda en su Palabra que anunciemos las buenas nuevas de su amor a toda criatura. Si has entregado su vida al Señor Jesús, pídele que te muestre lo que puedes hacer para cumplir la misión de predicar.

¿Qué harás esta semana para ser un «predicador del evangelio»?

¡Sé un buen siervo de Dios!

En MIS PERLITAS hay material para esta historia.

Para un estudio de cinco lecciones: Corazón misionero

Flores para Bety

Bety amaba a doña Clara. Era su vecina favorita. Doña Clara siempre estaba alegre, y cuando iba a hacer compras, casi siempre traía algo para los niños del barrio.

Un día Bety recibió un hermoso paquete de doña Clara. Se lo trajo Tito, su hijo mayor. ¡Qué emoción! Bety corrió al dormitorio y cerró la puerta con llave. Quería estar sola para ver que lo que doña Clara le había mandado.

UNA GRAN DESILUSIÓN

Con mucho cuidado, para no malograr el papel, Bety abrió el paquete… pero, ¡qué desilusión! En el paquete había un macetero con flores marchitas.

Bety se echó sobre la cama a llorar. ¿Qué le habré hecho a doña Clara para que me haga esto? ¡Ni más le voy a hablar! ¡No voy a ir a las clases bíblicas en su casa! ¡No, no voy a ir!

Pasaron dos días. En la tarde Bety se encontró con doña Clara en la tienda de la esquina. Volteó la cara para no tener que saludarla, aunque ella sabía que era feo hacer eso. Bety estaba muy enojada. Pero doña Clara la vio y, con una sonrisa, le preguntó:

–Dime, Bety, ¿recibiste mi regalo? ¿Te gustó?

–Sí lo recibí y ni más pienso ir a esas clases de Biblia que usted da en su casa. ¡No me gustan flores marchitas!

LA LUCHA EN EL CORAZÓN

–Bety –dijo cariñosamente la amable señora–, sólo quería darte una lección. Muchas veces te he preguntado si no quisieras entregar tu vida al Señor Jesús, y siempre dices que lo vas a hacer cuando seas viejita. ¿No te das cuenta de que el Señor te quiere ahora cuando eres niña? Tú quieres darle tu vida cuando Él ya no pueda usarla para mucho.

Bety estaba callada mirando al suelo. En su corazón había una lucha. Al escuchar a doña Clara comprendió muchas cosas. Cuántas veces Jesús le había dicho: «Dame tu corazón», y ella había contestado: «Cuando esté viejita.»

UNA FLOR FRAGANTE

–Tu vida es como una flor fragante y hermosa –siguió diciendo doña Clara–. Todavía tienes el perfume de una vida inocente y limpia. El Señor Jesús quiere conservarte siempre así. ¿No quisieras darle tu vida joven y hermosa, o quieres marchitarte en pecado y maldad?

–No me importa. Quiero hacer MI VIDA –dijo Bety.

EL LUGAR VACÍO

Llegó el día de la clase bíblica y el lugar de Bety estaba vacío. Pasaron varias semanas y Bety ya no iba a escuchar las clases. Doña Clara estaba muy triste; pero cada día oraba por Bety.

Los compañeros de Bety también oraban por ella, para que volviera a las clases. Pero más que nada para que Bety comprendiera la importancia de seguir a Cristo.

BETY SE ARREPIENTE

Una tarde, cuando doña Clara estaba limpiando su pequeño jardín, llegó Bety. Llorando, se echó al cuello de su querida vecina y, entre sollozos, dijo:

–Lo siento mucho, doña Clara. Me he portado muy mal. ¿Puede usted perdonarme?

–Sí, Bety. Por supuesto que te perdono.

–No quiero esperar más para entregar mi corazón a Cristo. ¿Quisiera ayudarme a hacerlo?

¡Qué alegría para doña Clara! Con mucho amor le explicó a la niña cómo entregar su vida al Señor Jesús.

–Jesús, perdóname por haberte rechazado –oró Bety–. Gracias porque diste tu vida en la Cruz para darme la salvación. Te doy mi vida. Quiero ser una flor fragante en tus manos. ¡Quiero servirte toda mi vida!

EL MEJOR DÍA

Para Bety fue un día inolvidable; el mejor de todos.

No hay nada mejor que entregar nuestra vida a Cristo. La Biblia dice que Dios y los ángeles en el cielo se alegran cuando un pecador se arrepiente.

¿Te has arrepentido? ¿Has entregado tu corazón a Cristo? Si no, hazlo ahora mismo. Dale la fragancia de tu vida cuando eres niño. No esperes hasta que seas grande.

En MIS PERLITAS está la historia para imprimir; hay una hoja para colorear, un póster, láminas, y actividad.

Jaime y el huevito de Pascua

Jaime era un muchachito alegre de doce años de edad; pero tenía un problema. Su cuerpo  había desarrollado casi normalmente pero su mente era como la de un niño de siete años.

A veces Jaime actuaba como los muchachos de su edad pero otras veces se portaba como un niño de segundo grado. Su profesora tenía poca paciencia con él.

JAIME Y SU MAESTRA

Un día la maestra habló con los padres de Jaime. Les dijo que debían poner a su hijo en una escuela para niños con necesidades especiales. Eso los sorprendió, porque Jaime estaba contento en su escuela y amaba mucho a su maestra. No había cerca de allí una de esas escuelas.

La maestra pidió a Dios que la ayudara a tener paciencia con Jaime. A veces él entraba al salón gritando con fuerza: «La quiero mucho, maestra.» Entonces la señorita Doris se ponía roja como un tomate.

UN HUEVO DE LA NUEVA VIDA

Se acercaba la Semana Santa. La maestra contó a sus alumnos la historia de la muerte y resurrección de Jesús. Les dijo que Jesús vino para darnos vida nueva. Después dio a cada uno de los niños un huevo de plástico vacío.

–Quiero que cada uno ponga en su huevo algo que represente la nueva vida que Jesús vino a darnos –dijo la señorita Doris–. Traigan mañana sus huevos.

Todos respondieron con entusiasmo; todos menos Jaime. Él sólo miraba atentamente el rostro de la maestra. No quería perderse ni una palabra de lo que ella decía. La maestra, a su vez, se preguntaba si Jaime había comprendido la tarea que les había asignado.

LA CANASTA CON HUEVOS

Al día siguiente todos los niños llegaron entusiasmados, cada uno con su huevo de plástico. Pusieran los huevos en una canasta que la maestra tenía en su pupitre. Después de la clase de matemáticas ella los abriría.

Cuando abrió los huevos, ¿qué crees que encontró?

En el primer huevo había una flor.

–La flor es una buena representación de vida nueva –dijo la maestra.

Luego abrió otro huevo. En ese huevo había una oruga. Era el huevo de Rosita. Ella sonrió alegre cuando la maestra dijo:

–La oruga crece y se transforma en mariposa. ¡Qué buena representación de vida nueva!

La señorita Doris siguió abriendo huevos. Algunos tenían una cruz o un clavo.

Cada huevo tenía algo que representaba que Jesús murió por nosotros.

EL HUEVO VACÍO

Después llegó a un huevo que estaba vacío. La maestra se quedó callada y pensativa.

–Maestra, ¿no va a decir nada acerca de mi huevo? –preguntó Jaime, entusiasmado.

Un poco nerviosa, la maestra respondió que el huevo estaba vacío.

LA TUMBA VACÍA DE JESÚS

–Sí, profesora –dijo Jaime–. Mi huevo está vacío porque la tumba de Jesús estaba vacía.

–¿Sabes por qué la tumba estaba vacía? –le preguntó la maestra.

–Oh, sí –respondió Jaime–. Cuando Jesús murió en la cruz lo pusieron en una tumba. Pero Dios abrió la tumba y Jesús salió. Él no está muerto. ¡Jesús vive!

La señorita Doris se sintió avergonzada. Ella había dudado de Jaime. Pero ese muchacho, de mente poco desarrollada, era el que mejor había comprendido la vida nueva que Jesús nos da.

LA MARAVILLA DE LA SEMANA SANTA

La gran maravilla de la Semana Santa es que Jesús murió en la cruz, y que resucitó. ¡Él vive! Tenemos un Dios vivo, que está a nuestro lado en todo momento.

Jesús murió y resucitó para ser nuestro Salvador. ¿Has recibido a Jesús en tu corazón? Para ser salvo, cree en Jesucristo y recíbelo como tu Salvador. Esa es la decisión más importante de tu vida.

Mira la historia en YouTube:  El huevito de Pascua

En MIS PERLITAS encontrarás las ayudas para esta historia.