Comida para un profeta desanimado

Cuando Elías recibió su respuesta del cielo con fuego que consumió el holocausto, las piedras, y hasta el agua, el pueblo de Israel reconoció que Jehová es Dios. Elías les ordenó que prendieran a los 450 falsos profetas del ídolo Baal. Los llevaron al arroyo y los degollaron.

La reina Jezabel se puso furiosa. Ella era la que había incitado al pueblo a que adorara a Baal. Se enojó tanto que mandó amenazar a Elías, diciendo: «Te voy a matar como tú hiciste con los profetas de Baal. Si mañana a esta hora no estás muerto, que los dioses me maten a mí».

ELÍAS HUYE DE LA REINA

Cuando Elías recibió la amenza se asustó tanto que huyó. Se fue hacia el sur, a Beerseba, y allí anduvo un día en el desierto. Después se sentó debajo de un arbusto. Elías estaba tan triste que se quería morir.

«¡Dios, ya no aguanto más! –lloró Elías, que estaba muy desanimado–. Quiero morir. ¡Quítame la vida!»
Se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido. Al rato alguien lo tocó y le dijo: «Levántate y come».

Elías se sorprendió. ¡Un ángel lo había tocado! Cerca de su cabeza había un pan recién horneado y una jarra de agua. Elías comió el pan, bebió el agua, y se acostó de nuevo.

Otra vez el ángel tocó a Elías y le dijo: «Levántate y come. Tienes un viaje largo por delante».

UN VIAJE DE CUARENTA DÍAS

¿Qué? ¿Adónde iba a viajar? Dios quería que Elías fuera a Horeb, el monte de Dios. ¿Por qué se llama así? Porque allí es donde Dios dio los Diez Mandamientos a los israelitas. ¿Sabías que Dios mismo los escribió en tablas de piedra?

Elías se levantó y comió de nuevo. El ángel dijo que sería un viaje largo. ¡Fue largo! Cuarenta días y cuarenta noches caminó Elías. ¡La comida del ángel le dio la fuerza necesaria!

–Niños, ¿qué creen que pensaba Elías en su larga caminata? –preguntó doña Beatriz a los niños del club Tesoros.

–Tenía miedo de que los soldados de la reina lo alcanzaran para matarlo –sugerió Pepita.

–Creo que recordaba el día en que corrió delante del carro del rey, cuando le ganó en llegar a la ciudad –dijo Pimienta.

–Tal vez pensaba en el fuego que Dios mandó del cielo, ese fuego que lamió hasta el agua de la zanja –dijo Sal.

–Creía que era el único profeta de Dios que estaba vivo –dijo doña Beatriz–. Tenía miedo porque la reina quería matarlo.

DIOS ANIMA A ELÍAS

Cuando Elías llegó al monte Horeb encontró una cueva, donde pasó la noche. Dios le habló y le preguntó:

–¿Qué haces aquí, Elías?

–Yo he tratado de obedecerte en todo –contestó Elías–.

El pueblo de Israel te ha abandonado y ha destruido tus altares. Estoy desanimado; soy el único profeta que ha quedado vivo, y ahora la reina me busca para matarme.

–Sal de la cueva y párate delante de mí, en el monte.

En ese momento, Dios pasó por allí. Sopló un viento fuerte que estremeció el monte, y las piedras se hicieron pedazos; pero Dios no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto; pero Dios no estaba en el terremoto. Después del terremoto hubo un fuego; pero Dios no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó un ruido delicado.

Cuando Elías oyó el ruido delicado se tapó la cara con su manto, y salió a la entrada de la cueva. Otra vez Dios le preguntó qué hacía allí.

Elías contestó lo mismo que antes, de que estaba desanimado porque era el único profeta de Dios que estaba vivo, y que ahora lo buscaban para matarlo.

—Elías, aún tengo trabajo para ti –le dijo Dios–. No eres el único profeta fiel. ¿Sabes qué? Hay siete mil personas que no se han arrodillado delante de Baal ni lo han besado.

Todos alguna vez nos desanimamos. Aunque Elías tenía gran fe en Dios, también se desanimó. Pero Dios lo animó. Así hace con nosotros también. Elías pensaba que ya no tenía motivo para vivir. Dios le mostró que tenía más trabajo para él. ¿Cuál será? ¡Ya verás!

La próima semana verás el nuevo trabajo
que Dios tenía para Elías.

En MIS PERLITAS hay lindo material para acompañar a esta historia.

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El profeta que oró por lluvia

Pepita llegó temprano al club del sábado. Traía en las manos el tesoro que había ganado por adivinar la palabra secreta; aquello que vale más que el oro. ¿Recuerdas la palabra? SA-BI-DU-RÍA.

El papá de Pepita se interesó mucho en la historia de Elías y el fuego. Le pareció tan impresionante que el fuego que cayó del cielo consumió al buey, la leña, las piedras, el polvo, y aun el agua que estaba en la zanja.

Pepita quería saber dónde en la Biblia estaba la historia para que su papá la leyera. Don Pepe había cambiado. Primero no quiso que Pepita vaya al club; ahora estaba contento y quería que su hija le contara lo que aprendía.

–Dios está contestando mis oraciones por tu papá –dijo doña Beatriz a Pepita–. Espero que un día toda tu familia siga los caminos de Dios.

La buena vecina Beatriz estaba feliz al ver el interés de Pepita en lo que ella enseñaba a los niños del club. Le marcó un lugar en la Biblia que Pepita debía leer durante la clase. Y le puso un señalador en 1 Reyes 18, para que Pepita le mostrara a su papá dónde leer acerca de Elías y el fuego del cielo.

ELÍAS ORA PARA QUE NO LLUEVA

El rey Acab y la reina Jezabel eran malvados. En vez de servir a Dios adoraban al ídolo Baal, y toda la gente seguía su mal ejemplo. Elías fue al palacio y dijo al rey: «Tan cierto como que Dios vive, a quien yo sirvo, no habrá rocío ni lluvia en los próximos años, hasta que yo lo ordene.»

El agua es muy importante. Si no llueve por un buen tiempo se secan los ríos, no hay cosechas, y la gente empieza a pasar hambre. ¡En Israel no llovió por tres años y medio!

Elías no pasó hambre. Dios lo mandó a que se escondiera en el arroyo de Querit. Los cuervos le llevaban comida: pan y carne en la mañana y en la tarde. ¿Por qué tuvo que esconderse? ¡Porque el rey Acab estaba furioso y lo buscaba!

Después Dios mandó a Elías que fuera a Sarepta. Allí lo alimentó una viuda. Ella y su hijo tenían sólo un poco de harina y un poco de aceite para hacer un pan. Dios hizo que no se acabara la harina y el aceite durante todo el tiempo que no llovió. ¡Cada día ellos comieron pan del cielo!

ELÍAS ORA PARA QUE LLUEVA

El rey buscaba a Elías por todas partes; pero no lo encontraba. Le echaba la culpa a Elías de que no llovía; pero era culpa del rey, porque adoraba al ídolo Baal. Un día, Dios le dijo a Elías que iba a mandar lluvia; pero Elías tenía que orar.

Dios es nuestro Padre y quiere que le pidamos las cosas que necesitamos, por eso Elías tenía que pedirle lluvia.

Después de la gran maravilla del fuego que cayó del cielo, Elías fue con su siervo a la cima del monte Carmelo orar. Se arrodilló, puso su cabeza entre las rodillas, y oró.

Doña Beatriz pidió a Pepita que leyera los versículos que le había marcado en su Biblia. Pepita leyó:

«El profeta Elías era un hombre como nosotros, y cuando oró con fervor pidiendo que no lloviera, dejó de llover sobre la tierra durante tres años y medio. Después, cuando oró otra vez, volvió a llover, y la tierra dio su cosecha.»
Santiago 5:17,18 DHH

DIOS MANDA LLUVIA

Elías oró y dijo a su siervo que vaya a mirar si venía la lluvia. Seis veces fue a mirar hacia el mar; pero no vio nada. La séptima vez dijo:

–Veo una nube pequeña. Parece la mano de un hombre.

–¡Es la lluvia que viene! –dijo Elías.

Elías se levantó contento. Ya no necesitaba orar más. ¡Dios le había contestado! Mandó a decir al rey Acab que prepare su carro y se vaya antes que lo detenga la lluvia.

¿Qué hizo Elías? Dios le dio fuerza extraordinaria. Se sujetó el manto con su cinturón y corrió delante del carro de Acab todo el camino desde el monte Carmelo hasta Jezreel.

–¿Cuánto corrió Elías? –preguntó Sal.

A Sal le interesan mucho los números. Siempre anda calculando cosas.

–¡Elías corrió unos 40 kilómetros! –dijo doña Beatriz.

Elías no era un súper hombre. Era como nosotros; pero confiaba en el Dios que hace maravillas. Oró con fervor que no lloviera, y no llovió. Luego oró que lloviera, ¡y llovió!

¡Ora con fervor y Dios te contestará!

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El fuego que lamió el agua

Pimienta no dejaba de hablar del fuego que no quemó a los amigos de Daniel. «No lo puedo creer –repetía una y otra vez–. Parece imposible.»

En la próxima reunión del club Pimienta siguió con sus dudas. Doña Beatriz le explicó que Dios, que ha hecho todas las maravillas de nuestro mundo, puede hacer cualquier cosa. Él controla la naturaleza.

–La semana pasada les conté del horno de fuego que no quemó a los valientes amigos de Daniel –dijo la buena vecina–. Sadrac, Mesac y Abed-nego honraron el mandamiento de no adorar imágenes sino honrar solo a Dios. ¡Jesús mismo estuvo con ellos en el horno!

La historia que doña Beatriz pasó a contarles tuvo la cabecita de Pimienta dando vueltas. El fuego que no quemó a los amigos era una cosa; pero que el fuego lamiera el agua… ¡totalmente imposible! Sigue leyendo y verás.

ELÍAS Y LOS PROFETAS DE BAAL

Elías fue un gran profeta de Dios. Un profeta es alguien que habla en nombre de Dios. Uno de los mandamientos es que no tengamos dioses ajenos, que no nos hagamos imágenes. El rey Acab y su malvada esposa Jezabel adoraban al dios falso Baal y llevaron al pueblo a pecar contra Dios.

Elías estaba muy triste porque el pueblo se había alejado de Dios. Quiso mostrar al pueblo que Jehová es Dios y dijo al rey que reuniera al pueblo de Israel en el monte Carmelo; también a los casi mil falsos profetas de Baal y de Asera.

–¿Por cuánto tiempo van a estar cambiando de dios? –dijo Elías–. Tienen que decidirse por el Dios de Israel o por Baal. Si Baal es el verdadero dios, síganlo a él. Yo les voy a mostrar que ese dios Baal es falso.

Luego Elías dijo que harían dos altares para quemar bueyes como sacrificio. Pero no prenderían fuego a los bueyes.

–Ustedes pidan fuego a su dios –dijo Elías a los profetas de Baal–. Yo pediré a Jehová Dios que mande fuego. Si Baal manda fuego, él es dios. Si mi Dios manda fuego del cielo, sabremos que él es el Dios verdadero y a Él serviremos.

Todo el día los profetas de Baal gritaron a su dios: «¡Fuego, fuego! ¡Mándanos fuego, por favor!»

¡Pero no pasó nada!

Elías se burlaba de ellos, y les decía: «¡Griten más fuerte! A lo mejor su dios está meditando, o salió de viaje. ¡Tal vez está dormido y tienen que despertarlo!»

Los profetas de Baal gritaban fuerte. Se cortaban con cuchillos hasta que les salía sangre; pero no pasó nada.

EL DIOS QUE MANDÓ FUEGO

A la tarde, Elías preparó un altar con piedras y leña. Puso encima el buey y echó agua sobre todo, tres veces. No se puede prender fuego a leña mojada, ¡pero Dios sí puede hacerlo! Elías quería mostrar lo poderoso que es nuestro Dios. Se arrodilló tranquilamente, y oró:

–¡Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob! Te pido que muestres a todos que tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu siervo. Contéstame, Señor; contéstame para que este pueblo sepa que tú eres Dios.

¿Qué pasó? De repente, cayó fuego del cielo. El altar de piedras, la leña, el buey y el agua se quemaron. No quedó nada. Solo un inmenso hueco. ¡Ni siquiera quedó agua!

Cuando la gente vio esto, todos gritaron: «¡Jehová es Dios!»

DIOS HACE LO IMPOSIBLE

–¡iMPOSIBLE! No puede ser –gritó Pimienta–. ¿Cómo el fuego puede lamer el agua? ¡Con agua se apaga el fuego!

–Jehová es el Dios de lo imposible –respondió doña Beatriz con mucha paciencia–. Aquí en el club aprenderás todas las cosas admirables que Dios hace.

Tres años antes de este encuentro en el monte Carmelo Elías había dicho que no llovería, sino por su palabra. Era un castigo porque el rey Acab y la reina Jezabel en vez de servir a Dios adoraban a Baal, y toda la gente seguía su mal ejemplo. Acab hizo más maldad que todos los otros reyes.

¿Crees que volvió a llover? Los animales y la gente, todos tenían sed. ¡Lluvia, lluvia! Necesitaban lluvia…

Elías había orado que no lloviera. ¡Ahora oraría por lluvia!

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Tres amigos en un horno de fuego

Sal y Pimienta y sus amigos del club seguían impresionados por el incendio en la ferretería. Doña Beatriz decidió contarles la emocionante historia bíblica de tres amigos que fueron arrojados a un horno de fuego, ¡calentado siete veces más de lo normal!

–El fuego del horno no los quemó –dijo doña Beatriz–.

Lo asombroso es que alguien los acompañó en el fuego.

–¿Cómo es posible? –dijo Pimienta–. No lo creo. ¡No hay fuego que no queme!

Pimienta era un muchachito que dudaba de todo.

–Miren la pantalla en la pared y escuchen esta emocionante historia –dijo doña Beatriz.

La buena vecina les contó acerca del poderoso rey Nabucodonosor. Primero todos aprendieron a pronunciar ese nombre largo: NA-BU-CO-DO-NO-SOR.

EL DECRETO DEL REY

Nabucodonosor, el gran rey de Babilonia, mandó hacer una inmensa estatua de oro. La puso en un sitio abierto donde podía reunirse mucha gente. Mandó a llamar a todos los funcionarios y gobernadores de su reino para que asistieran a la dedicación de la estatua.

Cuando oyeran tocar la música, todos debían inclinarse para adorar la estatua. El que no lo hiciera, inmediatamente sería arrojado a un horno de fuego.

LOS AMIGOS DE DANIEL

Entre los funcionarios del rey estaban Daniel y sus amigos Sadrac, Mesac y Abed-nego. Ellos eran cautivos de la tierra de Israel, preparados por el rey para que sirvieran en el gobierno.

Cuando el rey dio el decreto de adorar la estatua, Daniel no estaba presente; pero sus amigos estaban allí. Ellos sabían los mandamientos, que Dios ha dicho que no hagamos ídolos y que no los adoremos. Debemos adorar solamente a Dios.

El día de la gran dedicación, cuando había miles de jefes y gobernadores reunidos, se oyó la música de toda clase de instrumentos. Inmediatamente todos se postraron y adoraron la estatua. ¿Dije todos? No todos lo hicieron. Los tres valientes amigos de Daniel quedaron de pie.

¡Sadrac, Mesac y Abed-nego no adoraron la estatua!

SIETE VECES MÁS CALIENTE

El rey Nabucodonosor estaba furioso. ¡Cómo se atrevían a desobedecer sus órdenes! Aunque él era el rey más poderoso de la tierra, los tres amigos de Daniel no podían adorar su estatua, porque ellos servían a Dios. Debían cumplir los mandamientos, de no adorar ídolos o imágenes.

El rey se enfureció tanto que mandó calentar el horno siete veces más.

–Su Majestad, Dios puede librarnos de su mano –dijeron–. Si no lo hace, no importa; pero no adoraremos la estatua.

Sadrac, Mesac y Abed-nego estaban dispuestos a morir antes que deshonrar el nombre de Dios.

Nabucodonosor ordenó que los hombres más fuertes y vigorosos de su reino ataran a los tres amigos y los arrojaran al horno. ¿Qué pasó? Esos hombres cayeron muertos al pie del horno, porque el calor del fuego era tan intenso.

JESÚS ESTABA CON ELLOS

¿Qué pasó con Sadrac, Mesac y Abed-nego? El rey casi se muere de espanto, porque en medio del horno se paseaban estos amigos, ¡y con ellos estaba alguien que parecía ser hijo de los dioses!

¡Jesús estaba con ellos en el horno!

–Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, ¡salgan y vengan! –gritó el rey.

Los tres amigos salieron del horno. El rey y los gobernadores investigaron el sorprendente milagro. No se había quemado la ropa de estos valientes amigos y ni un cabello se había chamuscado.

¡Ni siquiera olían a humo!

El rey Nabucodonosor dio gloria a Dios y decretó que en todo su reino la gente ahora debía adorar a Dios.

Sal, Pimienta y Pepita, y los demás amigos del club, nunca habían oído algo tan emocionante, aunque para Pimienta era difícil creerlo. Él siempre tenía dudas en su corazón.

–Tal vez en algún momento ustedes tengan que ser valientes y defender su fe, como estos amigos –dijo doña Beatriz–. Jesús estará con ustedes. Nunca desobedezcan a Dios ni adoren ídolos e imágenes. ¡Adoren solo a Dios!

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Un fuego que no se apaga

¡Fuego! Desde el chico hasta el más grande, todos hablaban del incendio, ese fuego que no se apagaba. Cuando los niños llegaron al club de doña Beatriz, hablaban todos a la vez. Cada uno tenía algo que decir sobre el incendio.

Sal y Pimienta se sentían muy impresionados. Ellos habían jugado con fuego, sin permiso. Sal le había dicho a su amigo que hicieran la prueba para ver si podían sacar chispas con dos piedras. Les dio resultado y prendieron una fogata. Felizmente no les pasó nada, y apagaron el fuego al dejar de jugar.

LAS CHISPAS QUE LLEVÓ EL VIENTO

El incendio que estaba en boca de todos había comenzado con unos muchachos que jugaron con fuego en el patio de su casa. No se percataron que había gasolina cerca de allí. Volaron chispas, hubo una explosión, y el fuego se esparció. Los muchachos escaparon; pero el viento llevó las chispas a la ferretería del vecino.

Los bomberos trabajaron día y noche tratando de apagar el incendio; pero cada vez que pensaban que lo habían apagado, volaron más chispas y hubo más explosiones, por todo el material inflamable que había en la ferretería. Nadie hablaba de otra cosa, sino del fuego que no se apagaba.

–Doña Beatriz –dijo Sal, con voz temblorosa–. ¡Eso pudiera habernos pasado a mí y a Pimienta!

–Felizmente no fueron ustedes los que causaron tanto estrago. ¿Qué saben de los muchachos culpables?

–Uno de ellos se ha escapado –dijo Pimienta–. No lo encuentran. El otro está castigado. Su papá no sabe cómo va a pagar los daños que ha causado su hijo.

EL PEOR DE LOS INCENDIOS

Como el fuego era el tema en labios de todos, la buena vecina decidió usar la oportunidad para hablar del fuego que es peor que el incendio en la ferretería.

–Niños, ¡saquen la lengua! –dijo doña Beatriz.

Todos la miraron sorprendidos; pero obedecieron. Sacaron la lengua; y la buena vecina también sacó la lengua.

–Este pequeño músculo que tenemos en la boca puede causar peor daño que el fuego en la ferretería. Un pequeño fuego puede encender un gran bosque, dice la Biblia.

Doña Beatriz les habló de la lengua y de las palabras que decimos. Un chisme puede volar de boca en boca y causar mucho daño. Una mentira puede propagarse como un fuego que no se apaga.

–Quiero que hablen siempre la verdad. Nunca digan una mentira acerca de alguien. La chispa de esa mentira puede encender un fuego muy dañino. Ese es el peor de los incendios.

Sal seguía pensando en el fuego que prendió con su amigo Pimienta. ¿Qué habría pasado si se hubiera incendiado el bosque? Temblaba al pensar en eso.

EL FUEGO DE LA MENTIRA

–Digamos que Pepita le cuenta algo a María acerca de Rosa –dijo doña Beatriz–. Le dice una mentira. María se lo cuenta a Ana y le agrega unos detalles. Ana se lo cuenta a Ester, agregando una opinión propia. Así empieza a propagarse el fuego de la mentira.

–Yo nunca diría algo malo acerca de Rosa –dijo Pepita.

–Estoy segura de que no lo harías. Esto es sólo un ejemplo –respondió la buena vecina–. Digamos que Pepita se arrepiente de lo que ha dicho; pero ya no se puede borrar. Una mentira que sale de nuestra boca es una chispa de maldad que puede encender un fuego que no se apaga.

CHISPAS DE BONDAD

Luego doña Beatriz les dijo que en lugar de iniciar un fuego de mentiras, hicieran volar chispas de bondad.

–Les voy a enseñar un dicho que nos ayudará a iniciar un fuego de bondad que nunca se apague: «Si no tienes nada bueno que decir, no digas nada.»

–Uno de los tesoros de nuestro club será la bondad. Aquí seremos bondadosos y hablaremos la verdad. Si no tenemos algo bueno que decir de alguien, no diremos nada.

Los niños prometieron iniciar un fuego de bondad mucho más poderoso que el incendio de la ferretería.

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El Club Tesoros del Rey

Pepita estaba triste y desilusionada. En la fiesta del perrito Dino había ganado una Biblia como premio. Pero su papá le había hecho devolver ese tesoro. Y no quería darle permiso para que vaya al club de la vecina.

El día del club, doña Beatriz fue a casa de Pepita para suplicar al papá que la dejara ir al club.

–Mi hija tiene que ayudar a su mamá –dijo don Pepe, el papá de Pepita, con voz dura y mirada seria–. Los sábados son para los quehaceres, no para divertirse.

–Por favor, papito, quiero ir al club –le suplicó Pepita, a la vez que prometió que sería obediente y que antes de ir al club haría los mandados.

–Pepe, no seas tan duro con Pepita –intervino la ma-má–. Cuando yo era niña escuché muchas enseñanzas de la Biblia. Me gustaban las historias de Jesús. Lamento que no he seguido los caminos de Dios.

DON PEPE SE RINDE

La abuela, que hasta ese momento no había dicho nada, también dio su opinión.

–Hijo, no seas tan duro con mi nieta. ¿Qué daño le puede hacer a tu hija ir a casa de la vecina? He visto que ella es una buena mujer.

–¡Mujeres! –gritó don Pepe–. ¡Cuatro mujeres en mi contra! ¿Qué puede hacer un hombre contra tantas mujeres? Está bien, la amabilidad de doña Beatriz me ha convencido.

Con una risa como de hombre vencido miró a Pepita y dijo:

–Hija, ve al club y aprende a ser tan respetuosa y amable como nuestra vecina.

–Gracias, papá –gritó Pepita y le dio un fuerte abrazo–. ¿Me das permiso de tener también la Biblia?

–¡Mujeres! –gritó don Pepe levantando los brazos, en señal de haberse rendido–. ¡Me convencieron! Sí, hija, puedes tener la Biblia, si es que la vecina no se la ha dado a otra niña.

Ese fue el comienzo de muchas cosas buenas que pasaron en la casa de Pepita. Don Pepe dijo a doña Beatriz que era bienvenida a visitarlos cuando ella quisiera.

UN NOMBRE PARA EL CLUB

Esa tarde, la buena vecina Beatriz recibió a los niños en su casa. Los invitó a pasar a la sala, donde había despejado un espacio para que todos se sentaran en círculo en el piso.

–En este club aprenderemos los tesoros de la sabiduría –dijo doña Beatriz–. ¿Han pensado en un nombre para el club?

Los niños se sintieron un poco tímidos y no dieron muchas sugerencias.

–Ya que es un club para descubrir tesoros, ¿por qué no le damos ese nombre? –dijo doña Beatriz–. Club Tesoros.

–¡Sí! –gritaron todos–. ¡Tesoros! ¡Tesoros! ¡Tesoros!

–Tesoros será –afirmó doña Beatriz–. Pero no cualquier clase de tesoros. Vamos a descubrir tesoros del Rey Jesús.

Doña Beatriz tenía Biblias que dio a los niños para que empezaran la búsqueda de tesoros. Les explicó cómo encontrar libros, capítulos y versículos. Luego todos buscaron Colosenses capítulo 2, versículo 3, y leyeron juntos:

En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento.

–Esto habla de Jesús –explicó doña Beatriz–. Jesús es el Rey de reyes y Señor de señores. Él es el Creador del universo que vino al mundo para ser nuestro Salvador. En Jesús está todo lo que necesitamos. Descubriremos juntos todos los maravillosos tesoros de la sabiduría y el conocimiento.

EL LEMA DEL CLUB

–Tendremos un lema para el club. Busquen Deuteronomio capítulo 10, y los versículos 12 y 13.

¿Qué espera Dios de ustedes? Que lo respeten y obedezcan, que lo amen y adoren con todo su ser, y que obedezcan todos sus mandamientos.

–Aprenderemos el lema usando los dedos de la mano, con cinco palabras: honrar, seguir, amar, servir, cumplir.

Aquí en el club, y en todo momento, vamos a respetar y honrar a Dios, seguir sus caminos, amarlo con todo nuestro ser, servirle con corazón dispuesto, y cumplir sus mandamientos. ¿Todos de acuerdo?

Los niños repitieron el lema y prometieron cumplirlo. «¡Que viva el Club Tesoros del Rey!» gritaron alegres.

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El tesoro de Pepita

La fiesta del perrito Dino fue todo un éxito. Los niños se divirtieron tanto que no querían irse; pero, como doña Beatriz sabía que los padres esperaban a sus hijos en casa, despidió a sus nuevos amigos.

«¡Gua, gua! –ladraba Dino–. ¡Gua, gua! No quiero que se vayan.» No obstante, como era un perrito obediente, se despidió de los niños. «¡Gua, gua, gua! Vuelvan pronto.»

Todos recibieron una bolsita con las golosinas que habían sobrado y doña Beatriz los invitó a venir todos los sábados a su casa para descubrir las maravillas de la sabiduría.

–¿Qué les parece si formamos un club? –dijo al despedirse–. Quisiera que piensen en un nombre para el club.

LA GRAN DESILUSIÓN

Pepita salió de la fiesta abrazando su premio, la Santa Biblia. Era la primera vez que tenía una Biblia, porque en su casa no había Biblia.

¿Por qué la Biblia será tan importante? se preguntaba.

–¡Vuelvan pronto! –dijo doña Beatriz–. Pepita, no te olvides de traer la Biblia. «¡Gua, gua!», ladró Dino.

Pepita corrió a su casa, muy emocionada por el premio que había ganado. Quería mostrarlo a sus padres.

–¿Qué libro es el que traes? –le preguntó su papá con voz dura–. ¿Quién te lo ha dado y por qué?

–Me gané el premio por adivinar la palabra secreta –dijo Pepita–. La vecina Beatriz me lo ha dado. La palabra secreta es algo que vale más que todas las riquezas.

–No entiendo los motivos de la vecina; pero lo voy a averiguar. Sospecho que alguna ventaja quiere sacar –dijo don Pepe, el papá de Pepita.

–Es una Biblia. La vecina nos va a ayudar a descubrir los tesoros que hay en este libro.

–Ya ves, hija. ¡Qué engaño! ¿Cómo va a haber tesoros en un libro? Inmediatamente iremos a devolverlo.

Pepita se puso a llorar, muy triste, y suplicó a su papá que la dejara quedarse con el libro; pero el papá estaba decidido.

Pepita tendría que devolver el premio que había ganado.

PEPITA DEVUELVE LA BIBLIA

La vecina se sorprendió al ver a Pepita con su papá. Los recibió con un saludo amable.

–¿Por qué le dado usted la Biblia a mi hija? –preguntó don Pepe, indignado–. ¿Qué ventaja quiere sacar? No tengo dinero para pagarle por la Biblia.

–Don Pepe, su hija es muy inteligente. Ella ganó el concurso y yo le di la Biblia como premio.

–¿Qué espera usted de Pepita? –exigió don Pepe.

–Esta Biblia es un regalo. Quisiera que usted dé permiso a su hija para que venga los sábados a mi casa. He invitado a los niños vecinos a formar un club. Vamos a aprender los secretos de la sabiduría.

Don Pepe siguió duro. No quiso dar permiso a su hija. Además, obligó a que Pepita devolviera la Biblia.

Pepita pasó una semana triste. Ya no tenía el premio y su papá le había prohibido ir al club. Cuando se encontraba con Sal y Pimienta los miraba con ojos tristes. Ellos iban a ir al club; ¡pero ella no! ¿Cómo podría convencer a su papá?

Doña Beatriz había visto los ojos tristes de Pepita y decidió interceder por ella. Lo primero que hizo fue pedir a Dios que tocara el corazón de don Pepe para que diera permiso a su hija de asistir al club. Y también que le permitiera recibir la Biblia. Cada mañana, cuando oraba por sus vecinos, hacía una oración especial por Pepita y su papá.

El sábado en la mañana, antes de preparar el jardín para la hora del club, fue a casa de Pepita.

–Don Pepe, vengo a suplicarle que deje ir a Pepita al club. Le aseguro que no se va a arrepentir. Voy a enseñar cosas buenas a los niños. Quiero que conozcan a Jesús.

–Mi hija tiene que ayudar a su mamá. Los sábados son para los deberes del hogar, no para divertirse.

–Papito –interrumpió Pepita–. Te prometo que voy a ser muy obediente. Antes de ir a la casa de doña Beatriz voy a hacer los mandados. Por favor, déjame ir al club.

¿Qué crees que pasará con Pepita?

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