Josué lee la Ley en el monte Ebal

Por medio de Moisés Dios dio la ley al pueblo. Pero no había libros como los nuestros. Para que el pueblo de Dios no olvide las ordenanzas del Señor, Moisés mandó que al entrar en la Tierra Prometida se escribiera la Ley sobre piedras. Josué debía escribir claramante todas las palabras de la Ley.

Después de lo que pasó con Acán, que fue castigado con toda su familia, los israelitas comprendieron que era muy importante obedecer todo lo que Dios les mandaba.

Moisés escribió en rollos de cuero los mandatos de Dios. Para Josué y los israelitas era importante que hicieran estas tres cosas:

Hablar siempre del Libro de la Ley.
Pensar siempre en el Libro de la Ley.
Cumplir lo escrito en el Libro de la Ley.

 

Un altar en el monte Ebal

En la familia de Eliab y Elizabet hablaban de lo que Moisés había mandado al pueblo antes de morir. Al entrar en la Tierra Prometida debían edificar un altar a Dios.

–Tiene que ser un altar muy especial –dijo el abuelo Eleazar, que recordaba lo que Dios había hablado por medio de Moisés–. Es importante que sean piedras grandes y lisas para que se pueda escribir claramente en las piedras.

–Abuelo, ¿cómo va a encontrar nuestro líder Josué esas piedras? –preguntó Eliab.

–¿Por qué no le ayudamos a buscarlas? –dijo Elizabet.

Y eso es lo que hicieron, ellos y sus amigos. Salieron a buscar piedras y avisaron a Josué y sus guerreros cuando encontraban alguna buena piedra. Las piedras eran tan grandes que los niños no podían levantarlas. Josué mandaba a hombres fuertes que las llevaban para armar el altar.

Josué debía levantar el altar en el monte Ebal. Ese era el lugar donde Abraham, 600 años antes, había edificado un altar a Dios. Esto era emocionante para Eliab y Elizabet, especialmente porque el papá había dicho que ellos podían ir al monte Ebal. Toda la familia iría.

Josué había mandado mensajeros a decir que todo el pueblo se reuniera en el monte Ebal. Él hizo traer las piedras más grandes y bonitas para edificar el altar a Dios. Sobre las piedras Josué mandó escribir la Ley. El papá de nuestros amiguitos ayudó a escribir en las piedras. Lo hacían con sumo cuidado para que todas las palabras estuvieran bien escritas. Era importante que no hubiera errores ortográficos.

Josué no omitió ninguna palabra de toda la ley que Moisés había recibido de Dios. Luego, en el altar, los sacerdotes ofrecieron sacrificio a Dios. Después Josué mandó decir que se reunieran todos para escuchar la lectura de la Ley.

La lectura de la Ley

–¿Crees que nos vamos a aburrir? –le preguntó Elizabet a Eliab–. Era bonito ir a buscar piedras. Pero no sé si podré estar hora tras hora escuchando la lectura de la Ley.

–Tenemos que hacerlo –respondió Eliab–. Para no aburrirnos podemos escribir en la arena.

Pero Elizabet no sabía escribir. Sólo los varones iban a la escuela. Las niñas se quedaban en casa con la mamá.

–Eliab, tú sabes que no sé escribir –se quejó Elizabet–. ¿Por qué siempre lo mejor es para los varones? Yo también quiero aprender a escribir.

Aunque eran mellizos, Eliab siempre tenía más privilegios.

Pero algo que Elizabet sabía hacer, y mucho mejor que Eliab, era dibujar. Así que mientras Josué y los jefes de las tribus leían la Ley, Elizabet dibujaba en la arena.

Todo… todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, Josué hizo leer delante del pueblo. Allí estaban los ancianos, los oficiales, los jueces, los sacerdotes, los hombres, las mujeres, los niños, y los extranjeros que vivían con ellos.

Horas y horas estuvieron de pie en el sol, escuchando la lectura de la Ley de Dios. Entre toda la multitud había una niña sentada en la arena, dibujando. Esa era la forma en que Elizabet escuchaba mejor y aprendía. Así, cuando su papá le hiciera preguntas, ella las podría contestar.

¿Crees que se cansaron? Tal vez, sí. Pero para Josué era muy importante repasar con el pueblo todo lo que Dios había ordenado. No dejó de leer ni una sola palabra de la Ley.

¡Qué felices somos! ¡Tenemos la Biblia para leerla todos los días! Eliab, Elizabet y los israelitas tenían que subir al monte Ebal para leer la Ley de Dios en las piedras del altar.

MIS PERLITAS

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Acán y el castigo por la codicia

Eliab y Elizabet no dejaban de hablar de la gran victoria que Israel había ganado en Jericó.

Eliab se sentía orgulloso de haber marchado alrededor de la ciudad los siete días. Elizabet hubiera querido marchar pero su papá le había dicho que no era algo para niñas.

Es injusto, pensaba nuestra amiguita. Yo soy tan fuerte como Eliab. ¡La abuela y yo hubiéramos podido marchar!

Una gran derrota

Pronto hubo otro tema de conversación. El líder Josué estaba triste y preocupado. En Hai, la próxima ciudad que les tocaba tomar, sus soldados fueron derrotados. Murieron treinta y seis de sus guerreros.

Josué se arrodilló para orar. Preguntó a Dios por qué habían sido derrotados.

–¡Levántate! –le dijo Dios–. El pueblo ha pecado. No puedo darles victoria cuando no me obedecen. ¡Levántate y purifica al pueblo!

Acán desobedece la orden de Dios

Cuando fueron a conquistar la ciudad de Jericó, Dios dio una orden específica a los soldados. Debían destruir todo lo que había allí. Sólo guardarían el oro, la plata y los utensilios de bronce y de hierro para el servicio del Señor.

Uno de los soldados se llamaba Acán. Como todos los demás, nunca había tenido ropa nueva. Nació y creció en el desierto. Tenía que usar ropa que había quedado chica para sus hermanos; luego alguna ropa de un tío o un abuelo.

Mientras avanzaba por la ciudad de Jericó destruida, Acán vio algo que le gustó mucho. ¡Un lindo manto de colores! Cuando vio ese manto, lo codició. ¡Qué lindo sería tener esa ropa nueva! Nunca había tenido algo tan hermoso.

Miró a la derecha y miró a la izquierda; no había nadie que lo viera. Rápidamente escondió el manto entre su ropa.

Más adelante encontró doscientas monedas de plata y una barra de oro; también las codició y guardó para sí. Acán se olvidó de todas las advertencias de Josué.

Se olvidó de los mandamientos de Dios: «No robarás… no codiciarás…»

«Tesoros» escondidos

Acán corrió para esconder sus «tesoros». Se apuró a cavar un hoyo en medio de su carpa. Allí, en la tierra, escondió el manto, la barra de oro y las monedas de plata.

¿Cómo crees que estaba su corazón? Tranquilo, como un día de sol, sin viento. ¡No! Debe haberle palpitado. ¡Pum, pum!

Alguien susurraba una mentira en el oído de Acán. «No tengas miedo; nadie te ha visto. ¡Ahora eres rico! Tienes oro y plata, y un lindo manto.»

¿Quién le diría esa mentira? Sí, el diablo. La Biblia dice que él es padre de mentiras

Acán estaba seguro de que nadie lo había visto; se había cuidado de que nadie lo viera. Quizá sus compañeros no lo habían visto, pero sí el Padre celestial. Él todo lo ve… ¡siempre!

Castigo por la codicia

–Hay pecado en el campamento –le dijo Dios a Josué–. Ustedes me han desobedecido. Han robado y han mentido.

¿Qué haría Josué? Tenía que descubrir al culpable.

Al día siguiente, Dios le mostró en qué tribu se había cometido el pecado; en la de Judá. Luego le mostró la familia de Zera. De la familia de Zera, Dios le mostró a Acán.

¿Cómo crees que Acán se sintió en ese momento? ¿Cómo te sientes cuando te descubren algo malo que has hecho?

Dios quería enseñar a sus hijos una lección muy importan-te. Ellos tenían que ser obedientes en todo para ganar victorias. El Señor no podía permitir la desobediencia. Por eso Acán fue castigado severamente; él, su familia y su ganado.

Lee acerca del castigo en Josué 7:24-26.

Eliab y Elizabet miraron con asombro lo que pasó con Acán y su familia. Los hijos de Acán eran sus amigos. Por culpa del papá, por su codicia, todos sufrieron el castigo.

–Ojalá papá no haga algo malo como Acán –le dijo Eliab a su hermana–. Entonces nosotros también seríamos castigados.

Hoy no tenemos que morir por nuestra desobediencia. Cristo pagó el castigo por nuestros pecados. Jesús murió en tu lugar. Murió, ¡pero resucitó! Jesús es tu Salvador. Te perdona, si se lo pides. Jesús te ayuda a ser obediente, y a no codiciar.

MIS PERLITAS

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La conquista de Jericó

El pueblo de Dios había cruzado el río Jordán. ¡Los israelitas estaban en la Tierra Prometida! Ahora tenían el gran trabajo de conquistar esa tierra. Como agradecimiento a Dios, celebraron la Pascua.

La primera Pascua en Egipto

–Nunca olvidaré la primera Pascua, cuando salimos apurados de Egipto –dijo el abuelo Eleazar–. Papá pintó con la sangre de un cordero los postes y el dintel de la puerta. Esa noche, en las casas donde no habían pintado con sangre la puerta, murió el hijo mayor.

Dios dijo que los israelitas cada año celebren la Pascua. El 14 del primer mes celebraron la Pascua al salir de Egipto. Al llegar a la Tierra Prometida celebraron la Pascua el día 14 del primer mes. ¿Verdad que es maravilloso?

Ya no hubo más maná

–No lo puedo creer –dijo Elizabet–. Mamá dice que hoy hemos recogido maná por última vez. Josué ha dicho que ya no habrá maná.

Así fue. Desde ese día ya no hubo semillitas blancas para recoger. El pueblo comió del fruto de la tierra. Al día siguiente comieron panes sin levadura y trigo tostado.

–Ahora nuestro trabajo es conquistar la tierra –dijo el abuelo–. Dios ha dicho a Josué que nos dará la ciudad de Jericó.

–Eso es imposible –dijo Eliab–. La ciudad está rodeada de muros. Dicen que los muros son anchos como casas, y tan altos como varias casas una sobre otra.

–Encima de los muros caminan guardias, con lanzas y flechas –observó Elizabet–. Papá, ¿qué pueden hacer nuestros soldados? ¿Cómo nos vamos a defender?

–No podemos defendernos; pero sí podemos confiar en Dios –respondió el papá–. Vamos a marchar alrededor de la ciudad. Josué ha dicho que nos alistemos para marchar.

–¡Marchar! ¡Yo quiero marchar! –gritó Eliab.

–¡Yo también quiero marchar! –gritó Elizabet, y dio saltos de emoción. Pero su papá no le dio permiso para que marchara.

La marcha alrededor de Jericó

Eliab y el abuelo marcharon juntos en el desfile alrededor del muro. El papá marchó con los soldados. Aunque Elizabet quería marchar tuvo que quedarse con su mamá a cuidar a sus hermanitos. Sólo pudo mirar desde lejos.

Los hombres de guerra, siete sacerdotes con trompetas, los sacerdotes que llevaban el arca (el cofre con las tablas de la ley), y mucha gente marcharon en silencio; solamente se escuchaba el sonido de las trompetas.

Seis días Eliab fue a marchar con su abuelo y los israelitas alrededor de la ciudad.

  • marcharon una vez…
  • marcharon dos veces…
  • marcharon tres veces
  • marcharon cuatro veces…
  • marcharon cinco veces…
  • marcharon seis veces…
  • ¡marcharon siete veces
    alrededor de la ciudad!

Caen las murallas

La gente de Jericó veía a los soldados, a los sacerdotes con trompetas, a los sacerdotes con el cofre de oro, y al pueblo. Seguramente la gente se ponía más nerviosa cada día. ¿Por qué los israelitas marchaban alrededor de la ciudad?

Al séptimo día, cuando empezaron a marchar varias veces alrededor de la ciudad, tal vez la gente de Jericó pensaba que los israelitas estaban locos.

A la séptima vez sucedió el milagro. Josué dio orden a la gente: «¡Griten! ¡El Señor les ha dado la ciudad!»

Sonaron las trompetas y la gente gritó. ¡Qué ruido se oía! Todos gritaban a voz en cuello. ¡Y cayeron las murallas!

Entonces los israelitas tomaron la ciudad.

La cuerda roja en la ventana salvó a Rahab y su familia

Salvación de una familia

Pero una casa en la muralla no cayó. De la ventana colgaba un cordón rojo. Era la casa de Rahab, la mujer que había escondido a los espías. Ellos le habían dicho que si ella y su familia se quedaban en la casa y ponían el cordón en la ventana, se salvarían. Por obedecerles, ¡se salvaron!

¿Qué nos enseña esta victoria que ganó Israel? Que Dios puede ayudarnos en las cosas que parecen imposibles. Aprende a confiar solamente en el Señor. Cuando obedeces su palabra, Dios te da la victoria.

LA PERLITA 419

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El cruce del río Jordán

Al fin el pueblo de Israel estaba cerca de la meta. Eliab y Elizabet, con sus padres y hermanos, y sus amados abuelos Eleazar y Raquel, habían llegado a orillas del río Jordán y estaban listos para cruzar al otro lado.

Eleazar y Raquel recordaban el milagro que Dios había hecho para que crucen el mar Rojo. Ahora se necesitaba otro milagro.

Era el tiempo de la cosecha y el río venía muy cargado de agua. ¿Cómo cruzarían los millones de israelitas el río Jordán?

El abuelo Eleazar recuerda cuando rescató a un corderito.

Una tarde, Eleazar reunió a su nietos para contarles cómo fue cuando él y la abuela cruzaron el mar Rojo.

Primero el abuelo encontró a Raquel llorando porque se había perdido. No encontraba a su padre entre la multitud de gente. Eleazar se puso valiente, aunque él mismo estaba perdido. Tampoco encontraba a sus padres. Los dos niños caminaron tomados de la mano entre la multitud de gente que empujaba para avanzar.

–Estábamos perdidos –dijo Eleazar–. Entonces encontramos un corderito que también estaba perdido. Lo rescatamos, y fue mi mascota por muchos años.

–¿No les dio miedo andar entre tanta gente? –preguntó Eliab.

–Yo temblaba –respondió el abuelo–. Pero tenía que ser valiente para consolar a la niña perdida que confiaba en mí.

–Dios cuidó de nosotros –dijo la abuela Raquel–. Al fin, después que cruzamos el mar, nuestros padres nos encontraron. Pero cruzamos solos. El agua se había separado como dos muros y caminamos en el fondo del mar por tierra seca. Lo más divertido era ver los peces dentro del muro.

–Ahora tenemos que cruzar el río para llegar a la tierra que Dios nos ha prometido –dijo el abuelo–. Seguro que Dios va a abrir camino. Me emociona pensar que cuando yo era niño cruzamos el mar y ahora voy a cruzar el río con mis hijos y nietos

El pueblo se purifica

–Abuelo, los espías que Josué mandó para reconocer la tierra dicen que la gente nos tiene miedo –dijo Eliab.

–Cuando yo era niño y Moisés mandó espías, ellos volvieron llenos de miedo –respondió el abuelo–. Por ellos, porque confiaron en Dios, hemos vagado cuarenta años en el desierto. ¡Ahora sí tenemos que confiar en el poder de Dios!

–Niños –dijo la abuela–, Josué ha mandado que nos purifiquemos, porque Dios va a hacer maravillas.

–¿Cómo vamos a purificarnos? –preguntó Elizabet.

–Necesitamos pedir perdón al Señor por nuestros pecados y así alistarnos para ver un milagro. También debemos bañarnos y lavar nuestra ropa.

–¡Ah! Es como estar limpios por dentro y por fuera –dijo Eliab.

Moisés y el pueblo que se purifica junto al monte Sinaí.

–Recuerdo cuando era niño y nos purificamos –dijo el abuelo–. Antes que Dios bajara al monte de Sinaí para dar la ley a Moisés, pedimos perdón al Señor y lavamos nuestra ropa.

–Ahora, ¡todos a purificarnos! –dijo la abuela Raquel.

Un cruce emocionante

Todo Israel estaba ocupado en purificarse. Los israelitas lavaron su ropa, se bañaron, y prepararon su corazón pidiendo perdón a Dios. Todos querían estar listos para cruzar el río. ¿Crees que también hicieron lanchas y botes para cruzar? No, nada de eso. Pero ¿cómo iban a cruzar el río?

Imagina que amaneció una linda mañana. Los pájaros cantaban como nunca; el sol brillaba con más esplendor. Los ángeles miraban con expectativa a la tierra. ¡Qué día emocionante sería!

Los sacerdotes se prepararon para la acción. Tomaron el arca del pacto, el cofre del tabernáculo donde guardaban las de la ley, y empezaron a caminar hacia el río. El pueblo los seguía a la distancia. El río corría con fuerza, cargado de agua.

Eliab y Elizabet miraban desde lejos para ver lo que iba a pasar. Al instante en que los sacerdotes pisaron el agua, el rió Jordán dejó de correr. Ellos nunca habían visto algo semejante. El agua se juntó en un gran montón, ¡como un inmenso muro!

–¡El río sigue corriendo hacia abajo! –gritó Elizabet.

Sí, el río siguió corriendo hasta que se terminó el agua. Así se dividió el río Jordán. Eliab y Elizabet, sus padres y sus hermanitos, sus abuelos Eleazar y Raquel, y todos los israelitas cruzaron en seco, frente a la ciudad de Jericó.

¡Qué alegría sentían los niños! Era muy emocionante caminar en el fondo del río. ¿Crees que recogieron piedritas para tener de recuerdo? Saltaban y brincaban junto a sus padres y sus abuelos. Para Eleazar y Raquel era doble la emoción. De niños habían cruzado el mar Rojo; ¡ahora cruzaban el río Jordán!

Cuando todos habían cruzado el río, Josué mandó que un hombre de cada una de las doce tribus de Israel sacara una piedra grande del fondo del río. Con las piedras edificaron un altar. El altar de piedras les recordaría el gran milagro de cruzar el río.

¡Qué rico durmieron todos esa noche! ¡Al fin habían llegado a la Tierra Prometida! Les esperaban nuevas y grandes aventuras.

LA PERLITA 418

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Josué, un guerrero valiente

Eliab y Elizabet eran los nietos mellizos de Eleazar y Raquel. Ellos habían nacido en el desierto, lo mismo que sus padres.

Cuarenta años el pueblo de Dios había vagado en el desierto. Era el castigo porque el pueblo no creyó que Dios podía ayudarles a conquistar la Tierra Prometida.

Ahora estaban nuevamente listos para conquistar la tierra. Tenían un nuevo líder. Dios lo había escogido. Era Josué, el siervo que había acompañado a Moisés todos los años en el desierto.

–Abuelito –dijo Eliab–, yo sé lo que Dios le ha dicho a Josué.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Elizabet–. ¿Por qué siempre tú te enteras de todas las cosas y yo no?

–Mis amigos lo oyeron cuando Josué se lo dijo a su amigo Caleb. Ellos me pasan las noticias.

–¿Qué le dijo Dios?

–Le dijo que sea valiente y obediente, que Dios estaría con él como había estado con Moisés.

Victoria sobre Amalec

–¡Cuéntanos, abuelo! ¡Cuéntanos cómo fue! –le pidió Elizabet.

A los niños les encantaba oír las historias que el abuelo les contaba. Y les contó…

Cuando los amalecitas vinieron a atacarnos, Moisés le ordenó a Josué que escogiera algunos de los hombres como soldados y saliera a combatir al enemigo. Le dijo que él estaría en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano.

Josué se puso valiente y obedeció a Moisés. Fue a la batalla contra los amalecitas. Moisés, con Aarón y Hur, subieron a cima de la colina. Moisés levantó los brazos en oración a Dios. Mientras mantenía los brazos levantados, nosotros ganábamos; pero cuando los bajaba, los amalecitas ganaban

Pero Moisés se cansó de tener los brazos levantados. Entonces su hermano Aarón y Hur tomaron una piedra grande para que se sentara. Luego ellos le sostuvieron los brazos, a ambos lados.

Todo el día Moisés siguió sentado en la piedra con los brazos en alto. A la puesta del sol, ¡Josué derrotó al ejército amalecita!

–Me hubiera gustado estar allí –dijo Eliab.

–Yo estuve allí –dijo el abuelo–. Mis amigos y yo éramos muy curiosos. Nos subimos a la colina para mirar. Mi papá no fue escogido para esa batalla; pero sí uno de mis tíos. Yo hubiera ido; pero no aceptaban a niños como soldados. Tenía que esperar hasta cumplir veinte años para entrar al ejército.

–Entonces te casaste con la abuela –dijo Elizabet–.Yo sé lo que pasó. Moisés dijo que te quedaras en casa un año para hacerla feliz.

–¡Y sigo haciéndola feliz! –dijo el abuelo con una gran sonrisa–. ¿Verdad que sí, Raquel?

–El abuelo me ha hecho feliz desde que yo era niña –contestó Raquel–. Eleazar es un muy buen hombre.

Valiente y obediente

–Estábamos hablando de nuestro nuevo líder –les recordó el abuelo–. Tenemos que orar por Josué para que Dios lo ayude en la conquista.

–Dios le dijo que no tenga miedo, que no se desanime.

–¿Qué pasó después que Josué y los soldados vencieron a los amalecitas? –preguntó Elizabet.

–Moisés escribió en un rollo de cuero toda la historia de cómo vencimos a Amalec, para que nunca lo olvidemos –respondió el abuelo–. Además, Moisés ha escrito todo lo que pasó en el desierto, y también todas las leyes. Moisés ha sido un gran líder.

–Yo me acuerdo que Moisés edificó un altar y lo llamó “El Señor es mi estandarte”. Todos hicimos fiesta porque Josué ganó la batalla –dijo la abuela Raquel.

–Josué ganó porque Moisés levantó las manos –dijo Eliab–. Seguramente estuvo orando a Dios.

–¿Quién va a levantar las manos ahora, para que nuestro nuevo líder siga ganando batallas? –preguntó Elizabet.

–Nosotros vamos a apoyar a Josué –dijo el abuelo–. Todos los días oraremos para que nuestro nuevo líder siga siendo valiente y obediente. Tenemos una gran conquista por delante.

–Yo también quiero ser valiente –dijo Eliab–. Ya verán cuando sea soldado. Los voy a defender con todas mis fuerzas.

–Pero cuando te cases te quedarás en casa un año –dijo Elizabet–. ¡Ja, ja, ja! Tendrás que hacer feliz a tu esposa.

–No te rías, nieta preciosa –dijo el abuelo–. Ese año que pasé con Raquel fue el mejor de mi vida.

–Eliab, espero que seas un hombre tan bueno como tu abuelo –dijo Raquel–. ¡Mi amado Eleazar es campeón!

–Vamos a ir a la conquista con nuestro nuevo líder –dijo el abuelo–. Con la ayuda de Dios Josué va a ser nuestro campeón.

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La bendición de Moisés

Eleazar y Raquel pasaron cuarenta años en el desierto. Se habían sentido muy emocionados de ir a conquistar la Tierra Prometida. Pero porque el pueblo no creyó que Dios podía ayudarles en la conquista, tuvieron que vagar por el desierto hasta que murieran todos los incrédulos.

Había pasado el tiempo y ahora estaban cerca de la conquista. Nada les había faltado. La ropa no se gastó y las sandalias seguían como nuevas. Eleazar tenía las sandalias de su papá y estaban en perfecto estado. ¡A nadie se les había hinchado los pies en el camino!

No había mucho que hacer en el desierto; pero los niños eran expertos en inventar juegos. La diversión de Eleazar y Raquel era ver quién salía primero en la mañana a recoger maná, esas semillitas que cubrían el suelo como rocío. El sabor era como de hojuelas con miel. ¡Riquísimo!

Se casan Eleazar y Raquel

Simón y Elizabet, los padres de Eleazar, y Joel, el papá de Raquel, eran buenos amigos. Un día se reunieron para hablar de algo muy importante. Eleazar ya era grande y estaba en el ejército de los israelitas. Raquel era una joven muy hermosa, con un buen corazón. Como no tenía mamá, ella se encargaba de atender a su padre.

–Nuestros hijos han sido amigos desde que Eleazar rescató a Raquel –dijo Simón–. Ellos se quieren mucho.

–Sí –dijo Joel–. Eleazar es el mejor amigo de Raquel.

–Pienso que deben casarse y formar una familia –dijo Simón–. No puedo imaginar una mejor esposa para mi hijo que la bella Raquel.

Después de ponerse de acuerdo decidieron hablar con Moisés para pedir que les diera la bendición. También dieron la noticia a Eleazar y Raquel. Para ellos era natural que sus padres escogieran la persona con quien se casarían.

–Raquel, me siento feliz de que serás mi esposa –dijo Eleazar y le dio un fuerte abrazo.

–No puedo imaginar un mejor esposo para mí –dijo Raquel, con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro.

Felices hicieron los preparativos para la boda. Fue un gran honor que Moisés aceptara darles la bendición.

Invitaron a sus parientes y amigos para que los acompañaran.

Eleazar firmó un documento, llamado ketubbah, en que prometía ser fiel a su esposa. Él lo tenía en su mano durante la ceremonia.

Después de la bendición, Moisés dijo:

–Ahora, hijo, te toca hacer feliz a tu linda esposa. Tal como Dios ha ordenado, no irás


al ejército por un año. Te quedarás en casa para alegrar a Raquel. Trátala con mucho cariño.

Un año para hacer feliz a Raquel

¡Qué alegría! Eleazar tendría todo un año para disfrutar con su amada esposa, la amiga de su niñez. Lo primero que hizo fue preparar una linda carpa donde armarían su hogar.

La vida seguía su curso. Cada mañana se levantaban para recoger maná; pero ahora en vez de volver a las carpas de sus padres iban a su propia carpa y Raquel preparaba ricas tortillas de maná para el desayuno, el almuerzo y la cena.

Todos los días comían la misma cosa. Era una comida monótona pero llena de vitaminas y de todos los nutrientes que necesitaban para estar sanos. En el campamento de los israelitas nadie se enfermaba.

Un día salió una orden a los soldados de que se reunieran, porque los atacaba el rey de Arad. Eleazar se alistó para ir a defender a Israel. Entonces recordó lo que Moisés le había dicho, de que se quedara en casa para hacer feliz a Raquel.

–No te preocupes mi linda Raquel –dijo Eleazar–. Te voy a defender aquí en nuestra carpa. Nadie te hará daño.

En los brazos de Dios

Pasaron los años. Moisés bendijo al pueblo antes de su muerte. Tenía 120 años; pero no parecía viejo. Era tan fuerte como cuando salió con el pueblo de la esclavitud de Egipto.

Para Raquel fue especial la parte de la bendición, que decía que Dios siempre nos sostiene entre sus brazos.

Raquel se sentía segura en los brazos de su amado Eleazar. Sus hijos y sus nietos se sentían seguros porque el papá y abuelo Eleazar los defendía contra cualquier peligro. Pero nada era como sentirse protegida en los brazos de Dios.

Dios también es tu refugio. Confía siempre en Él.

Mis Perlitas

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