La alegría de la salvación

Pimienta, el amiguito Felix, tenía muchas preguntas, tal como Nicodemo que vino a Jesús de noche. Él quería creer en Jesús; quería nacer de nuevo y ser hijo de Dios. Pero ¿cómo? Pimienta pidió a doña Beatriz que le explicara cómo hacerlo.

Los otros amigos del club también querían oír esto. La buena vecina les contó de un joven que fue a Jesús con la misma pregunta que Nicodemo. Este joven quería saber cómo ser salvo, cómo tener la vida eterna.

Un día ese joven se arrodilló ante Jesús con la pregunta importante: «¿Qué puedo hacer para tener vida eterna?»

Jesús le dijo que cumpliera los mandamientos: no matar; no robar; no mentir; no engañar; honrar a su padre y a su madre. Eso no era nada nuevo para el joven; lo había cumplido desde pequeño.

El joven había sido un buen muchacho. Jesús lo miró con mucho amor. Él ama a todos; por eso vino al mundo. Jesús dio su vida en la cruz para que podamos ser salvos.

EL JOVEN SE FUE TRISTE

Para recibir la vida eterna no es suficiente cumplir los mandamientos. Ser bueno y portarnos bien no nos da la salvación.

¿Que le dijo Jesús al joven que lo buscó con la gran pregunta de cómo tener la vida eterna? El joven era rico y amaba mucho sus riquezas. Jesús le dijo dos cosas:

  •  vende todo lo que tienes y dalo a los pobres
  • ven, y sígueme

Pimienta y sus amigos del club escuchaban atentos. ¿Qué haría el joven? El joven se fue triste. Tenía muchas riquezas y no quería perderlas para seguir a Jesús. Se fue triste, porque amaba más sus riquezas que a Jesús.

¿QUÉ ES LO MÁS IMPORTANTE?

No son las riquezas que nos impiden seguir a Jesús, sino el amor a las riquezas. Hay muchas personas ricas que siguen a Jesucristo; aun era así en los tiempos de la Biblia. La pregunta es: ¿qué es lo más importante en tu vida?

Hay muchas cosas que podemos amar más que a Jesús. Pueden ser: dinero, nuestros amigos, algún deporte, los estudios, la televisión o alguna otra diversión, nuestra familia.

Todo en la vida tiene un precio; hasta un simple caramelo cuesta algo. Para seguir a Jesús el precio es ponerlo a Él primero en todo. Eso fue muy difícil para el joven rico. Por eso, se fue triste.

Cuando Zaqueo recibió a Jesús, su vida cambió. La mujer samaritana tuvo una fuente de agua viva en su corazón cuando recibió a Jesús. Su alegría fue tan grande que corrió a Sicar a contar a todos la maravilla de lo que Jesús había hecho por ella.

Nicodemo aprendió que necesitaba nacer de nuevo. Sabemos que él recibió a Jesús en su vida porque en una conversación con los fariseos, Nicodemo defendió a Jesús.

La respuesta de Jesús a la pregunta: ¿qué haré para tener la vida eterna? es: «Ven y sígueme.» El joven rico se fue triste, porque amó más sus riquezas que a Jesús.

PASOS PARA SER SALVO

Pimienta no quería irse triste. Él quería sentir la alegría que tuvo la mujer samaritana cuando corrió a dar la noticia acerca de Jesús. Él quería experimentar lo mismo que Nicodemo.

–Quiero creer en Jesús; quiero nacer de nuevo –dijo Pimienta.

Los otros niños también querían recibir a Jesús y ser salvos.

–Vamos a usar los dedos de la mano para entender cómo ser salvo, cómo nacer de nuevo –dijo doña Beatriz–. Comencemos con el pulgar. Luego seguiremos con los otros dedos.

Todos somos pecadores. El castigo del pecado es la muerte; pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.

Dios nos ama tanto que nos dio a Jesús, para que al creer en Él tengamos vida eterna.

Dios nos mostró su amor en que Jesucristo murió por nosotros para perdonar nuestros pecados.

Para nacer de nuevo debemos creer en el nombre de Jesús y recibirlo como nuestro Salvador.

La salvación es un regalo de Dios. No podemos comprar la entrada al cielo. Por más bien que nos portemos, eso no nos salva; sólo Jesucristo salva.

PIMIENTA NACE DE NUEVO

Doña Beatriz y los niños levantaron la mano con los dedos abiertos y repasaron los pasos. Cuando llegaron al cuarto paso: RECIBO A JESÚS, Pimienta gritó: «Yo quiero hacerlo.»

Sal y Pepita, y los otros amiguitos del club, también querían recibir a Jesús. Se arrodillaron con doña Beatriz y ella les ayudó a decir una oración en que entregaron su vida a Jesucristo.

Pimienta sintió como que una carga pesada había caído de su corazón; se sintió liviano. Tuvo ganas de saltar de alegría. Fue corriendo a su casa, con doble gozo: la alegría de la salvación y el gran gozo de que doña Beatriz le había regalado una Biblia.

El muchachito que siempre dudaba había dicho que sí al Señor Jesús. ¡Pimienta había nacido de nuevo!

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Nicodemo nace de nuevo

Hoy les voy a contar acerca del nuevo nacimiento de Nicodemo –dijo doña Beatriz cuando los niños se reunieron para el Club.

–Nuevo nacimiento, ¿qué es eso? –preguntó Pimienta–. No creo que alguien pueda nacer dos veces.

–Lo mismo pensaba Nicodemo –respondió la buena vecina–. Ahora verán que hay dos nacimientos.

–No lo creo –dijo Pimienta.

–No seas tan terco –le dijo Sal a su amigo–. ¿Por qué siempre dudas de las cosas que dice doña Beatriz?

–Es que ella habla de cosas imposibles.

–Doña Beatriz nos habla de Dios –dijo Pepita–. Dios hace cosas imposibles. Cada vez que vengo al club me siento emocionada por aprender algo nuevo.

Los niños siguieron discutiendo un rato, hasta que doña Beatriz les contó la historia. Todos escucharon atentos, especialmente Pimienta, porque él quería saber qué cosa rara era eso de nacer de nuevo.

UNA VISITA NOCTURNA

Nicodemo era fariseo y miembro de la corte suprema de los judíos. Para él era muy importante observar la ley. Muchas veces había escuchado hablar acerca de Jesús. Tal vez lo había visto hacer milagros y había escuchado alguna de sus enseñanzas. Ahora quería hablar con Jesús y hacerle preguntas.

Una noche Nicodemo fue a ver a Jesús. No sabemos por qué fue de noche. Quizá no quería que sus compañeros fariseos lo vieran. Los fariseos despreciaban a Jesús.

Jesús seguramente estaba cansado después de un día de mucho trabajo; pero recibió a Nicodemo, porque Jesús nunca rechazaba a nadie.

LA PREGUNTA DE NICODEMO

¿Qué quería Nicodemo preguntarle a Jesús? Él quería averiguar quién era Jesucristo realmente. Quería estar seguro de que Él era el Hijo de Dios.

Entre la gente de aquellos días habían muchas diferentes opiniones acerca de Jesús. Unos decían que Él era un profeta, otros decían que era un simple maestro que reunía alumnos alrededor suyo; pero nadie sabía exactamente quién era Jesús.

–Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro –le dijo Nicodemo–. Sin la ayuda de Dios nadie podría hacer los milagros que tú haces.

La respuesta de Jesús sorprendió Nicodemo.

–Te aseguro que si no naces de nuevo no puedes ver el reino de Dios.

¿Qué? ¿Hacerme pequeño y entrar otra vez en el vientre de mi madre y volver a nacer? pensó Nicodemo.

–¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? –preguntó.

Jesús hablaba de otra clase de nacimiento. Él quería enseñarle a Nicodemo cómo llegar a ser miembro de la familia de Dios.

–Nacer de nuevo significa llegar a ser hijo de Dios –dijo Jesús–. Cuando creas que yo soy el Hijo de Dios, el Salvador, puedes pertenecer a la familia de Dios.

LA SERPIENTE EN EL DESIERTO

Luego Jesús le puso un ejemplo de algo que pasó cuando Moisés guió al pueblo de Dios a la Tierra Prometida.

Cuando el pueblo murmuró contra Dios y Moisés, Dios mandó serpientes venenosas. Para que se salvaran de las mordeduras, Dios dijo a Moisés que hiciera una serpiente de metal y la pusiera en un palo. Cualquiera que miraba a la serpiente se sanaba de las mordeduras.

–La serpiente que Moisés levantó en el desierto era un ejemplo. Un día yo tengo que ser levantado –dijo Jesús–. Así como ellos miraron a la serpiente y se sanaron, todo el que cree en mí será salvo. Yo les doy vida eterna. Ese es el nuevo nacimiento.

Jesús hablaba del día en que Él iba a morir en la cruz.

JUAN 3:16

Para explicarle a Nicodemo sobre la salvación, Jesús dijo las palabras que son las más conocidas en todo el mundo.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»

–¡Yo lo sé! –dijo Pepita–. Es Juan 3:16. Lo he marcado en mi Biblia y lo he aprendiendo de memoria.

–Todos aprenderemos este versículo –dijo doña Beatriz.

A una voz, todos repitieron juntamente con Pepita Juan 3:16.

Pimienta estaba pensativo. Quería saber más sobre lo que Jesús dijo a Nicodemo. ¡Era cierto que hay dos nacimientos!

¿Por qué siempre tengo dudas? –se dijo nuestro amiguito–. Quiero creer en Jesús; quiero ser hijo de Dios; quiero nacer de nuevo. Es importante que nacer de nuevo. Pero, ¿cómo?

Pimienta decidió pedir a doña Beatriz que le explicara más…

¡No te pierdas el próximo número!

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Un manantial de agua viva

Ondas. Doña Beatriz preguntó a los niños si alguna vez habían formado ondas en el agua lanzando piedritas.

–A mí me encanta formar esas ondas –dijo Sal.

–Sal es experto –informó Pimienta–. Me está enseñando cómo lanzar las piedras para formar ondas. ¡No es fácil!

–Hay que lanzar las piedras de costado –dijo Sal.

–¿Sabían que dar una noticia es como formar ondas en el agua? –dijo doña Beatriz–. Así como se forman más y más ondas, una noticia se esparce. Pasa de nuestra familia a nuestros amigos, y de allí a nuestros vecinos y a otros conocidos. Al fin, ¡todos han oído la noticia!

JESÚS PASA POR SAMARIA

Hoy veremos a una mujer que dio una gran noticia.

Jesús y sus discípulos iban de Judea a Galilea. Jesús dijo que tenía que pasar por Samaria. Jesús era judío. Los judíos solían dar una gran vuelta para no pasar por Samaria, porque había enemistad entre judíos y samaritanos.

A los judíos no se les permitía hacer favores a los samaritanos y usaban la palabra «samaritano» para mostrar desprecio. Jesús no era como otros judíos. Él no hace distinción de raza ni color. Para Él todos tienen el mismo valor.

Jesús estaba cansado del viaje; tenía hambre y sed. Se sentó junto al pozo de Jacob a las afueras de la ciudad de Sicar. Los discípulos fueron a la ciudad en busca de algo para comer.

UNA MUJER DESPRECIADA

Era mediodía y el sol quemaba con fuerza. Llegó una mujer a sacar agua del pozo. Era costumbre que las mujeres iban al pozo; pero no al mediodía, cuando hacía mucho calor.

La mujer que llegó al pozo era despreciada por su mala vida. Para librarse de las burlas y las miradas de desprecio de las mujeres de su pueblo, iba a buscar agua a esas horas.

–Tengo sed –dijo Jesús–. ¿Puedes darme un poco de agua?

–¿Qué? –repondió la mujer, sorprendida–. Tú eres judío y me pides a mí, una samaritana, que te dé agua. No lo entiendo.

–¡Ah! Tú no sabes quién soy yo –dijo Jesús–. Si me conocieras, me pedirías que te dé agua viva.

–¿De dónde vas a sacar esa agua? Este pozo es hondo y no tienes con qué sacar agua.

UN MANANTIAL DE AGUA VIVA

–Yo soy el agua de vida –dijo Jesús, y le explicó a la mujer sobre sí mismo–. El agua que yo doy fluye como un manantial en tu corazón. Si crees en mí recibes la vida eterna.

Al hablar con Jesús la mujer sintió que Él sabía todo acerca de su mala vida, y que sin embargo la amaba. ¡Así es Jesús!

Tal como Jesús hace con cualquiera que cree en Él, perdonó los pecados de la mujer. En su corazón corría el manantial.

Tan feliz estaba la mujer que se olvidó de que había ido al pozo a sacar agua. Dejó su cántaro y volvió corriendo a Sicar. Calle arriba y calle abajo iba gritando:

–¡Vengan! Vean a un hombre que me ha dicho todo lo malo que he hecho. ¿No será el Hijo de Dios?

Ella corría y gritaba, y la gente la seguía. ¡Qué sensación!

Los samaritanos de Sicar conocían a esta mujer y querían ver al hombre que le había revelado todas sus maldades.

MUCHOS SAMARITANOS CREEN

Al ver a la gente Jesús se olvidó de que estaba cansado, y de que tenía hambre y sed. Para Él lo más importante era hablar a los samaritanos del camino de la salvación. Jesús no había venido a salvar sólo a los judíos, sino también a los samaritanos.

Cuando la mujer corrió con la noticia acerca de Jesús, se hicieron ondas cada vez más grandes, como cuando se lanza una piedra al agua. Muchos creyeron en Jesús por lo que ella anunciaba.

Los samaritanos estaban tan contentos que pidieron a Jesús que se quedara con ellos un tiempo. Él y sus discípulos se quedaron dos días en Sicar. ¡Y se formaron ondas! Muchos más supieron del camino al cielo. Llenos de gozo le decían a la mujer:

«Ya no creemos sólo por lo que tú has dicho, porque nosotros mismos hemos oído a Jesús, y sabemos que verdaderamente Él es el Salvador del mundo.»

–Jesús amaba a los samaritanos; por eso tenía que pasar por Samaria –dijo doña Beatriz–. ¿Creen que Jesús diría lo mismo si pasara por aquí?

–Yo quisiera que Jesús vaya a mi casa –dijo Pepita.

Jesús no viene hoy en persona a tu casa; pero puedes recibirlo en tu corazón por el Espíritu Santo. El gozo que Él te da es como si tuvieras en tu interior un manantial de agua viva.

–Sal, así como lanzas las piedritas al agua y se forman ondas, puedes anunciar la noticia de la salvación en Jesús –dijo doña Beatriz–. No sólo nuestro amigo Sal, sino todos. Podemos decir:

“¡Ven a conocer a alguien que te ama más que nadie! ¡Conoce a Jesús que pone en tu corazón un manantial de agua viva!”

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Jesús visita a Zaqueo

Imaginemos que hemos regresado en el tiempo dos mil años –dijo doña Beatriz una tarde en el Club Tesoros–. Estamos con Jesús entrando a Jericó.

Jericó era una ciudad hermosa en el valle del Jordán, cerca de Jerusalén, en el país de Israel. Cuando Jesús visitó Jericó, era una ciudad reconstruida. Miles de años antes, cuando el pueblo de Dios llegó de Egipto para conquistar la Tierra Prometida, cayeron los muros y toda la ciudad.

Lee la historia en Josué, capítulo 6.

Los israelitas, al mando de Josué, marcharon siete días alrededor de Jericó. El séptimo día rodearon la ciudad siete veces. Entonces cayeron los muros y los israelitas conquistaron la ciudad. En sus excavaciones, los arqueólogos han descubierto restos de esos muros.

JESÚS PASA POR JERICÓ

Era una tarde hermosa. De boca en boca corría la noticia de que Jesús pasaba por la ciudad. Las nuevas llegaron también a oídos de Zaqueo.

¿Quién era Zaqueo? Él era un hombre odiado por la gente. ¿Por qué lo odiaban? Zaqueo era cobrador de impuestos, un hombre muy rico. Él trabajaba para los romanos, que gobernaban sobre los judíos, el pueblo al que pertenecía Jesús.

Zaqueo había escuchado hablar mucho acerca de Jesús, y ahora que Él pasaba por su ciudad, no quería perder la oportunidad de verlo. Pero era imposible para Zaqueo acercarse a Jesús, porque lo rodeaba mucha gente.

–Ábranme paso, ábranme paso –pedía Zaqueo; pero nadie le hacía caso.

ZAQUEO SE SUBE A UN ÁRBOL

No había manera de que Zaqueo llegara cerca del Señor. Él era pequeño de estatura, y no podía mirar sobre las cabezas de los demás. Zaqueo era rico; pero para ver a Jesús de nada le valía su dinero.

¡Ah! Pero Zaqueo conocía su ciudad. Sabía que más adelante en el camino había un sicómoro. Un sicómoro es un tipo de higuera. Corrió para adelantarse a la gente y se subió al árbol.

¡Qué buena vista tenía desde allí! Podía ver y escuchar a Jesús. Lo mejor de todo era que nadie lo veía. Como la gente no quería a Zaqueo, él se sentía feliz de estar escondido en el árbol.

JESÚS LLAMA A ZAQUEO

De repente sucedió algo inesperado. Jesús y la multitud que lo acompañaba iban avanzando por el camino. Entonces Él hizo un alto. Justamente debajo del lugar donde estaba Zaqueo, Jesús se detuvo. Miró hacia arriba y dijo:

–Zaqueo, apúrate, ¡bájate del árbol! Quiero ir a tu casa.

¿Qué? ¡Jesús ir a la casa de Zaqueo! La gente se miraba una a otra, asombrada. ¿Sería posible? ¡Jesús ir a la casa del odiado cobrador de impuestos! ¡No podía ser! ¿Cómo Jesús podía rebajarse tanto? ¡Imposible!

Pero era posible. La gente odiaba a Zaqueo, pero el Señor Jesús lo amaba, así como Él ama a todas las personas. Jesús quería visitar a Zaqueo en su casa.

ALEGRÍA PARA ZAQUEO

Zaqueo no lo pensó dos veces. Inmediatamente, bajó del árbol y corrió a su casa. Sin duda mandó preparar una deliciosa cena para recibir a Jesús. ¡Qué gran alegría!

En la Biblia leemos que Zaqueo recibió a Jesús muy contento. La gente murmuraba porque Jesús había entrado a la casa de un pecador. Jesús no le dio importancia, porque Él había venido para buscar y salvar a pecadores.

Cuando Jesús entró a la casa de Zaqueo, pasó algo maravilloso. ¡Zaqueo fue cambiado! Los cobradores de impuestos engañaban a la gente; cobraban más de lo debido y se hacían ricos. Es posible que Zaqueo había engañado y que por eso era un hombre rico.

Zaqueo ya no pensaba en sus riquezas. Quería, más bien, arreglar todas sus cuentas.

–Si en algo he defraudado a alguien, le voy a devolver cuatro veces la cantidad –dijo Zaqueo–. ¡Y voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres!

–Hoy ha venido la salvación a esta casa –dijo Jesús.

JESÚS TE INVITA

A Jesús no le importa si somos chicos o grandes, ricos o pobres. Todos somos pecadores y necesitamos de su perdón.

Los niños del Club Tesoros se imaginaron que estaban con Jesús y Zaqueo. Pero para recibir a Jesús no hay nada que imaginar. Jesús te invita a que lo recibas como tu Salvador. Él quiere perdonar tus pecados y darte un corazón limpio.

Zaqueo recibió al Señor Jesús con alegría. ¿Recibirás tú con corazón alegre la invitación de Jesús?

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Flores para Bety

Bety amaba a doña Clara. Era su vecina favorita. Doña Clara siempre estaba alegre, y cuando iba a hacer compras, casi siempre traía algo para los niños del barrio.

Un día Bety recibió un hermoso paquete de doña Clara. Se lo trajo Tito, su hijo mayor. ¡Qué emoción! Bety corrió al dormitorio y cerró la puerta con llave. Quería estar sola para ver que lo que doña Clara le había mandado.

UNA GRAN DESILUSIÓN

Con mucho cuidado, para no malograr el papel, Bety abrió el paquete… pero, ¡qué desilusión! En el paquete había un macetero con flores marchitas.

Bety se echó sobre la cama a llorar. ¿Qué le habré hecho a doña Clara para que me haga esto? ¡Ni más le voy a hablar! ¡No voy a ir a las clases bíblicas en su casa! ¡No, no voy a ir!

Pasaron dos días. En la tarde Bety se encontró con doña Clara en la tienda de la esquina. Volteó la cara para no tener que saludarla, aunque ella sabía que era feo hacer eso. Bety estaba muy enojada. Pero doña Clara la vio y, con una sonrisa, le preguntó:

–Dime, Bety, ¿recibiste mi regalo? ¿Te gustó?

–Sí lo recibí y ni más pienso ir a esas clases de Biblia que usted da en su casa. ¡No me gustan flores marchitas!

LA LUCHA EN EL CORAZÓN

–Bety –dijo cariñosamente la amable señora–, sólo quería darte una lección. Muchas veces te he preguntado si no quisieras entregar tu vida al Señor Jesús, y siempre dices que lo vas a hacer cuando seas viejita. ¿No te das cuenta de que el Señor te quiere ahora cuando eres niña? Tú quieres darle tu vida cuando Él ya no pueda usarla para mucho.

Bety estaba callada mirando al suelo. En su corazón había una lucha. Al escuchar a doña Clara comprendió muchas cosas. Cuántas veces Jesús le había dicho: «Dame tu corazón», y ella había contestado: «Cuando esté viejita.»

UNA FLOR FRAGANTE

–Tu vida es como una flor fragante y hermosa –siguió diciendo doña Clara–. Todavía tienes el perfume de una vida inocente y limpia. El Señor Jesús quiere conservarte siempre así. ¿No quisieras darle tu vida joven y hermosa, o quieres marchitarte en pecado y maldad?

–No me importa. Quiero hacer MI VIDA –dijo Bety.

EL LUGAR VACÍO

Llegó el día de la clase bíblica y el lugar de Bety estaba vacío. Pasaron varias semanas y Bety ya no iba a escuchar las clases. Doña Clara estaba muy triste; pero cada día oraba por Bety.

Los compañeros de Bety también oraban por ella, para que volviera a las clases. Pero más que nada para que Bety comprendiera la importancia de seguir a Cristo.

BETY SE ARREPIENTE

Una tarde, cuando doña Clara estaba limpiando su pequeño jardín, llegó Bety. Llorando, se echó al cuello de su querida vecina y, entre sollozos, dijo:

–Lo siento mucho, doña Clara. Me he portado muy mal. ¿Puede usted perdonarme?

–Sí, Bety. Por supuesto que te perdono.

–No quiero esperar más para entregar mi corazón a Cristo. ¿Quisiera ayudarme a hacerlo?

¡Qué alegría para doña Clara! Con mucho amor le explicó a la niña cómo entregar su vida al Señor Jesús.

–Jesús, perdóname por haberte rechazado –oró Bety–. Gracias porque diste tu vida en la Cruz para darme la salvación. Te doy mi vida. Quiero ser una flor fragante en tus manos. ¡Quiero servirte toda mi vida!

EL MEJOR DÍA

Para Bety fue un día inolvidable; el mejor de todos.

No hay nada mejor que entregar nuestra vida a Cristo. La Biblia dice que Dios y los ángeles en el cielo se alegran cuando un pecador se arrepiente.

¿Te has arrepentido? ¿Has entregado tu corazón a Cristo? Si no, hazlo ahora mismo. Dale la fragancia de tu vida cuando eres niño. No esperes hasta que seas grande.

En MIS PERLITAS está la historia para imprimir; hay una hoja para colorear, un póster, láminas, y actividad.

El muchacho que ya no tuvo miedo

Teodoro vivía en la selva del África, donde había leones, elefantes, tigres, leopardos… Había muchos otros animales salvajes, que si tú los vieras seguramente tendrías miedo.

Teodoro era valiente y sabía defenderse de los peligros de la selva. Pero había algo que le daba mucho miedo.

Todos lo sabían. A veces los muchachos del pueblo donde vivía Teodoro se burlaban de él. ¿Qué le daba mucho miedo? ¡La oscuridad!

MIEDO A LA OSCURIDAD

En la selva del África la oscuridad puede ser tan negra como el carbón. Teodoro nunca quería andar solo de noche. Los leones y los tigres no le daban tanto miedo como la oscuridad.

Una noche, Teodoro y algunos de sus amigos estaban conversando con el misionero que había llegado al pueblo. ¿Sabes lo que es un misionero? Es alguien que lleva el mensaje del amor de Dios a otras tierras.

Los muchachos hablaban del temor. Aunque a veces se burlaban de Teodoro porque él no quería andar solo en la oscuridad, ellos también tenían temores. Los muchachos temían a los brujos y los espíritus malos.

El misionero les había enseñado acerca del Señor Jesús, que puede quitarnos el temor y darnos su paz.

–¿Sabían ustedes que Teodoro ya no tiene miedo? –dijo el misionero–. Él ha entregado su corazón a Cristo.

EL TÍMIDO TEODORO TOCA LA CAMPANA

Los muchachos no podían creer que el tímido Teodoro no tuviera miedo.

–Pidan a Teodoro que vaya a la iglesia a tocar la campana –les sugirió el misionero.

Todos se rieron. Eso les parecía imposible. Era de noche y no había luna. La oscuridad, de veras, era negra como el carbón. ¿Quién se atrevería a salir solo?

Entonces Teodoro salió a la oscuridad. Los muchachos se miraron asombrados. Al rato se escuchó el repicar de la campana de la iglesia. Cuando Teodoro regresó, los maravillados muchachos le preguntaron si no tuvo miedo.

Con una sonrisa, que mostraba sus hermosos dientes blancos, Teodoro les contestó que ahora amaba a Jesús y que ya no tenía tanto miedo.

GANÓ RESPETO

Desde ese día los muchachos ya no se burlaron de Teodoro. Cuando salió solo en la oscuridad y fue a tocar la campana de la iglesia, se ganó el respeto y la admiración de los que antes se habían burlado de él.

¿Crees que Teodoro ya no sentía miedo? Siempre temblaba un poco cuando salía a la oscuridad; pero el saber que Jesús estaba con él le daba ánimo. Cuando sus amigos le preguntaban cómo era que ya no tenía miedo, Teodoro respondía: «Amo a Jesús. Por eso no tengo miedo.»

DOS MISIONEROS VALIENTES

Muchísimos años antes de que Teodoro corrió a tocar la campana esa noche negra como el carbón, en una fría y oscura celda estaban sentados dos hombres, con las espaldas completamente heridas por azotes. Tenían los pies aprisionados en unas maderas llamadas cepos.

Esos dos hombres eran Pablo y Silas, dos misioneros que habían viajado a Europa para predicar el evangelio.

¿Por qué estaban en la cárcel? ¿Habían robado? ¿Habían matado a alguien? ¡No! ¿Qué habían hecho? Una muchacha adivina había sido sanada en el nombre de Jesús. Sus amos se enojaron porque ella ya no podía adivinar y traerles ganancias. Acusaron a Pablo y Silas ante las autoridades; por eso estaban en la cárcel.

Lee en Hechos 16:11-34 el emocionante milagro que Dios hizo para ponerlos en libertad.

NO TEMAS

En el frío de la noche Pablo y Silas cantaron alabanzas a Dios. No tenían miedo porque Jesús estaba con ellos.

Con la ayuda de Dios Teodoro venció sus temores. Así también tú puedes vencer el miedo.

Si contaras todas las veces que en la Biblia dice «no temas», encontrarías una para cada día. Dios quiere que sepas con toda seguridad que Él está contigo. ¡No temas!

En MIS PERLITAS están las ayudas para esta historia.

El joven que se fue triste

Paco era un muchacho alegre, obediente y respetuoso, muy querido por las señoras de su barrio. Siempre les daba una mano de ayuda. Llevaba las canastas de las compras de sus vecinas, cuidaba a los niñitos, ayudaba a barrer los patios, en fin… ¡hacía casi de todo! Todas las señoras hablaban de la bondad de Paco.

–Doña Felipa, su hijo es un amor. ¡Es muy respetuoso!  –le decían las vecinas a la mamá de Paco.

–Ese hijo de los López es un encanto. Ayer estuvo toda la tarde sentado junto a la cama de un niño enfermo –le contaba doña María a doña Juana.

–¡Ah! No sabe usted…  Así hablaban las señoras.

ORGULLO EN EL CORAZÓN

Cuando Paco descubrió que las señoras lo admiraban se mostró aun más acomedido; pero los elogios le hicieron mal. Los elogios se le subieron a la cabeza.

Todas las señoras dicen que soy muy bueno, y mi mamá me asegura que ninguno de sus hijos ha sido tan obediente como yo –pensaba nuestro amiguito–. Dios debe estar muy contento conmigo.

Pero nuestro buen Señor le tenía preparada una buena lección. Un domingo, en el culto de la noche, el predicador anunció que hablaría a los orgullosos. Paco se volvió para ver si estaban allí Jaime y Manuel. Según su criterio, ellos eran muy orgullosos. No estaban allí.

Paco se distrajo durante la predicación, porque estaba seguro de que el mensaje no era para él. De pronto el predicador dijo algo que le llamó la atención.

«Hay quienes piensan que este mensaje no es para ellos. Se creen muy buenos y amables, y son admirados y queridos; pero se han olvidado que a los ojos de Dios todos somos pecadores; no hay ni uno que sea justo.»

SU CORAZÓN NECESITABA LIMPIEZA

Con cada palabra Paco agachaba más la cabeza. Comprendió que era un niño muy orgulloso y sintió vergüenza. Las palabras «todos somos pecadores» le quemaban como fuego. El hecho de ser bueno no lo justificaba ante Dios.

Su corazón orgulloso y presumido necesitaba una buena limpieza. Con lágrimas en los ojos pasó al frente cuando el predicador hizo la invitación.

¡Esa noche el muchacho bueno pidió perdón por sus pecados! Recibió la salvación que Jesús ofrece a todos los que creen en Él. Paco se fue feliz a su casa esa noche.

LA PREGUNTA MÁS IMPORTANTE

Cierto día un joven se arrodilló ante Jesús, y le hizo la pregunta más importante: «¿Qué puedo hacer para tener vida eterna?» Era un buen joven, tal y como Paco.

Cuando Jesús le dijo que guarde los mandamientos, eso no era nada nuevo para él; los había cumplido desde pequeño. Aunque había sido uno de esos muchachos buenos, como Paco, le hacía falta una cosa.

No es suficiente cumplir los mandamientos para recibir la vida eterna. Ser buenos y portarnos bien no nos da la salvación. Jesús le dijo al joven que vendiera todo lo que tenía y lo diera a los pobres, y que luego siguiera a Jesús.

SE FUE TRISTE

Paco se fue feliz la noche que entregó su vida a Cristo; pero el joven que habló con Jesús se fue triste. Tenía muchas riquezas y no quería deshacerse de ellas para seguir a Jesús. ¡Prefirió sus riquezas antes que a Jesús!

Todo en la vida tiene su precio; hasta un simple caramelo cuesta algo. Para el joven rico el precio de seguir a Jesús le pareció muy alto. No quería dejar sus riquezas.

La invitación de Jesús: «Ven y sígueme», es para todos. Hay muchas cosas que podemos amar más que a Jesús, pero nada es de tanto valor como seguirlo a Él.

No seas como el joven que se fue triste. Acepta la invitación de Jesús, síguelo, y recibe la vida eterna.

En MIS PERLITAS hay mucho bonito material que acompaña a esta historia.