La alegría de la salvación

Pimienta, el amiguito Felix, tenía muchas preguntas, tal como Nicodemo que vino a Jesús de noche. Él quería creer en Jesús; quería nacer de nuevo y ser hijo de Dios. Pero ¿cómo? Pimienta pidió a doña Beatriz que le explicara cómo hacerlo.

Los otros amigos del club también querían oír esto. La buena vecina les contó de un joven que fue a Jesús con la misma pregunta que Nicodemo. Este joven quería saber cómo ser salvo, cómo tener la vida eterna.

Un día ese joven se arrodilló ante Jesús con la pregunta importante: «¿Qué puedo hacer para tener vida eterna?»

Jesús le dijo que cumpliera los mandamientos: no matar; no robar; no mentir; no engañar; honrar a su padre y a su madre. Eso no era nada nuevo para el joven; lo había cumplido desde pequeño.

El joven había sido un buen muchacho. Jesús lo miró con mucho amor. Él ama a todos; por eso vino al mundo. Jesús dio su vida en la cruz para que podamos ser salvos.

EL JOVEN SE FUE TRISTE

Para recibir la vida eterna no es suficiente cumplir los mandamientos. Ser bueno y portarnos bien no nos da la salvación.

¿Que le dijo Jesús al joven que lo buscó con la gran pregunta de cómo tener la vida eterna? El joven era rico y amaba mucho sus riquezas. Jesús le dijo dos cosas:

  •  vende todo lo que tienes y dalo a los pobres
  • ven, y sígueme

Pimienta y sus amigos del club escuchaban atentos. ¿Qué haría el joven? El joven se fue triste. Tenía muchas riquezas y no quería perderlas para seguir a Jesús. Se fue triste, porque amaba más sus riquezas que a Jesús.

¿QUÉ ES LO MÁS IMPORTANTE?

No son las riquezas que nos impiden seguir a Jesús, sino el amor a las riquezas. Hay muchas personas ricas que siguen a Jesucristo; aun era así en los tiempos de la Biblia. La pregunta es: ¿qué es lo más importante en tu vida?

Hay muchas cosas que podemos amar más que a Jesús. Pueden ser: dinero, nuestros amigos, algún deporte, los estudios, la televisión o alguna otra diversión, nuestra familia.

Todo en la vida tiene un precio; hasta un simple caramelo cuesta algo. Para seguir a Jesús el precio es ponerlo a Él primero en todo. Eso fue muy difícil para el joven rico. Por eso, se fue triste.

Cuando Zaqueo recibió a Jesús, su vida cambió. La mujer samaritana tuvo una fuente de agua viva en su corazón cuando recibió a Jesús. Su alegría fue tan grande que corrió a Sicar a contar a todos la maravilla de lo que Jesús había hecho por ella.

Nicodemo aprendió que necesitaba nacer de nuevo. Sabemos que él recibió a Jesús en su vida porque en una conversación con los fariseos, Nicodemo defendió a Jesús.

La respuesta de Jesús a la pregunta: ¿qué haré para tener la vida eterna? es: «Ven y sígueme.» El joven rico se fue triste, porque amó más sus riquezas que a Jesús.

PASOS PARA SER SALVO

Pimienta no quería irse triste. Él quería sentir la alegría que tuvo la mujer samaritana cuando corrió a dar la noticia acerca de Jesús. Él quería experimentar lo mismo que Nicodemo.

–Quiero creer en Jesús; quiero nacer de nuevo –dijo Pimienta.

Los otros niños también querían recibir a Jesús y ser salvos.

–Vamos a usar los dedos de la mano para entender cómo ser salvo, cómo nacer de nuevo –dijo doña Beatriz–. Comencemos con el pulgar. Luego seguiremos con los otros dedos.

Todos somos pecadores. El castigo del pecado es la muerte; pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.

Dios nos ama tanto que nos dio a Jesús, para que al creer en Él tengamos vida eterna.

Dios nos mostró su amor en que Jesucristo murió por nosotros para perdonar nuestros pecados.

Para nacer de nuevo debemos creer en el nombre de Jesús y recibirlo como nuestro Salvador.

La salvación es un regalo de Dios. No podemos comprar la entrada al cielo. Por más bien que nos portemos, eso no nos salva; sólo Jesucristo salva.

PIMIENTA NACE DE NUEVO

Doña Beatriz y los niños levantaron la mano con los dedos abiertos y repasaron los pasos. Cuando llegaron al cuarto paso: RECIBO A JESÚS, Pimienta gritó: «Yo quiero hacerlo.»

Sal y Pepita, y los otros amiguitos del club, también querían recibir a Jesús. Se arrodillaron con doña Beatriz y ella les ayudó a decir una oración en que entregaron su vida a Jesucristo.

Pimienta sintió como que una carga pesada había caído de su corazón; se sintió liviano. Tuvo ganas de saltar de alegría. Fue corriendo a su casa, con doble gozo: la alegría de la salvación y el gran gozo de que doña Beatriz le había regalado una Biblia.

El muchachito que siempre dudaba había dicho que sí al Señor Jesús. ¡Pimienta había nacido de nuevo!

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El joven que se fue triste

Paco era un muchacho alegre, obediente y respetuoso, muy querido por las señoras de su barrio. Siempre les daba una mano de ayuda. Llevaba las canastas de las compras de sus vecinas, cuidaba a los niñitos, ayudaba a barrer los patios, en fin… ¡hacía casi de todo! Todas las señoras hablaban de la bondad de Paco.

–Doña Felipa, su hijo es un amor. ¡Es muy respetuoso!  –le decían las vecinas a la mamá de Paco.

–Ese hijo de los López es un encanto. Ayer estuvo toda la tarde sentado junto a la cama de un niño enfermo –le contaba doña María a doña Juana.

–¡Ah! No sabe usted…  Así hablaban las señoras.

ORGULLO EN EL CORAZÓN

Cuando Paco descubrió que las señoras lo admiraban se mostró aun más acomedido; pero los elogios le hicieron mal. Los elogios se le subieron a la cabeza.

Todas las señoras dicen que soy muy bueno, y mi mamá me asegura que ninguno de sus hijos ha sido tan obediente como yo –pensaba nuestro amiguito–. Dios debe estar muy contento conmigo.

Pero nuestro buen Señor le tenía preparada una buena lección. Un domingo, en el culto de la noche, el predicador anunció que hablaría a los orgullosos. Paco se volvió para ver si estaban allí Jaime y Manuel. Según su criterio, ellos eran muy orgullosos. No estaban allí.

Paco se distrajo durante la predicación, porque estaba seguro de que el mensaje no era para él. De pronto el predicador dijo algo que le llamó la atención.

«Hay quienes piensan que este mensaje no es para ellos. Se creen muy buenos y amables, y son admirados y queridos; pero se han olvidado que a los ojos de Dios todos somos pecadores; no hay ni uno que sea justo.»

SU CORAZÓN NECESITABA LIMPIEZA

Con cada palabra Paco agachaba más la cabeza. Comprendió que era un niño muy orgulloso y sintió vergüenza. Las palabras «todos somos pecadores» le quemaban como fuego. El hecho de ser bueno no lo justificaba ante Dios.

Su corazón orgulloso y presumido necesitaba una buena limpieza. Con lágrimas en los ojos pasó al frente cuando el predicador hizo la invitación.

¡Esa noche el muchacho bueno pidió perdón por sus pecados! Recibió la salvación que Jesús ofrece a todos los que creen en Él. Paco se fue feliz a su casa esa noche.

LA PREGUNTA MÁS IMPORTANTE

Cierto día un joven se arrodilló ante Jesús, y le hizo la pregunta más importante: «¿Qué puedo hacer para tener vida eterna?» Era un buen joven, tal y como Paco.

Cuando Jesús le dijo que guarde los mandamientos, eso no era nada nuevo para él; los había cumplido desde pequeño. Aunque había sido uno de esos muchachos buenos, como Paco, le hacía falta una cosa.

No es suficiente cumplir los mandamientos para recibir la vida eterna. Ser buenos y portarnos bien no nos da la salvación. Jesús le dijo al joven que vendiera todo lo que tenía y lo diera a los pobres, y que luego siguiera a Jesús.

SE FUE TRISTE

Paco se fue feliz la noche que entregó su vida a Cristo; pero el joven que habló con Jesús se fue triste. Tenía muchas riquezas y no quería deshacerse de ellas para seguir a Jesús. ¡Prefirió sus riquezas antes que a Jesús!

Todo en la vida tiene su precio; hasta un simple caramelo cuesta algo. Para el joven rico el precio de seguir a Jesús le pareció muy alto. No quería dejar sus riquezas.

La invitación de Jesús: «Ven y sígueme», es para todos. Hay muchas cosas que podemos amar más que a Jesús, pero nada es de tanto valor como seguirlo a Él.

No seas como el joven que se fue triste. Acepta la invitación de Jesús, síguelo, y recibe la vida eterna.

En MIS PERLITAS hay mucho bonito material que acompaña a esta historia.