El joven que se fue triste

Paco era un muchacho alegre, obediente y respetuoso, muy querido por las señoras de su barrio. Siempre les daba una mano de ayuda. Llevaba las canastas de las compras de sus vecinas, cuidaba a los niñitos, ayudaba a barrer los patios, en fin… ¡hacía casi de todo! Todas las señoras hablaban de la bondad de Paco.

–Doña Felipa, su hijo es un amor. ¡Es muy respetuoso!  –le decían las vecinas a la mamá de Paco.

–Ese hijo de los López es un encanto. Ayer estuvo toda la tarde sentado junto a la cama de un niño enfermo –le contaba doña María a doña Juana.

–¡Ah! No sabe usted…  Así hablaban las señoras.

ORGULLO EN EL CORAZÓN

Cuando Paco descubrió que las señoras lo admiraban se mostró aun más acomedido; pero los elogios le hicieron mal. Los elogios se le subieron a la cabeza.

Todas las señoras dicen que soy muy bueno, y mi mamá me asegura que ninguno de sus hijos ha sido tan obediente como yo –pensaba nuestro amiguito–. Dios debe estar muy contento conmigo.

Pero nuestro buen Señor le tenía preparada una buena lección. Un domingo, en el culto de la noche, el predicador anunció que hablaría a los orgullosos. Paco se volvió para ver si estaban allí Jaime y Manuel. Según su criterio, ellos eran muy orgullosos. No estaban allí.

Paco se distrajo durante la predicación, porque estaba seguro de que el mensaje no era para él. De pronto el predicador dijo algo que le llamó la atención.

«Hay quienes piensan que este mensaje no es para ellos. Se creen muy buenos y amables, y son admirados y queridos; pero se han olvidado que a los ojos de Dios todos somos pecadores; no hay ni uno que sea justo.»

SU CORAZÓN NECESITABA LIMPIEZA

Con cada palabra Paco agachaba más la cabeza. Comprendió que era un niño muy orgulloso y sintió vergüenza. Las palabras «todos somos pecadores» le quemaban como fuego. El hecho de ser bueno no lo justificaba ante Dios.

Su corazón orgulloso y presumido necesitaba una buena limpieza. Con lágrimas en los ojos pasó al frente cuando el predicador hizo la invitación.

¡Esa noche el muchacho bueno pidió perdón por sus pecados! Recibió la salvación que Jesús ofrece a todos los que creen en Él. Paco se fue feliz a su casa esa noche.

LA PREGUNTA MÁS IMPORTANTE

Cierto día un joven se arrodilló ante Jesús, y le hizo la pregunta más importante: «¿Qué puedo hacer para tener vida eterna?» Era un buen joven, tal y como Paco.

Cuando Jesús le dijo que guarde los mandamientos, eso no era nada nuevo para él; los había cumplido desde pequeño. Aunque había sido uno de esos muchachos buenos, como Paco, le hacía falta una cosa.

No es suficiente cumplir los mandamientos para recibir la vida eterna. Ser buenos y portarnos bien no nos da la salvación. Jesús le dijo al joven que vendiera todo lo que tenía y lo diera a los pobres, y que luego siguiera a Jesús.

SE FUE TRISTE

Paco se fue feliz la noche que entregó su vida a Cristo; pero el joven que habló con Jesús se fue triste. Tenía muchas riquezas y no quería deshacerse de ellas para seguir a Jesús. ¡Prefirió sus riquezas antes que a Jesús!

Todo en la vida tiene su precio; hasta un simple caramelo cuesta algo. Para el joven rico el precio de seguir a Jesús le pareció muy alto. No quería dejar sus riquezas.

La invitación de Jesús: «Ven y sígueme», es para todos. Hay muchas cosas que podemos amar más que a Jesús, pero nada es de tanto valor como seguirlo a Él.

No seas como el joven que se fue triste. Acepta la invitación de Jesús, síguelo, y recibe la vida eterna.

En MIS PERLITAS hay mucho bonito material que acompaña a esta historia.

Los zancos de Edgar

zancos coEdgar es un muchacho travieso y juguetón. Le encanta caminar con zancos. Todos los días anda haciéndoles bromas a las niñas. Sus vecinitas dicen que él es un niño malo; pero en el fondo, muy dentro de la camisa, Edgar es bueno.

Cuando Edgar camina con los zancos, él se cree el niño más importante del barrio. Mira desde arriba a las niñas y se ríe.

–¡Qué pequeñas son ustedes! –les dice–. Parecen tortugas cuando caminan. Yo soy como la liebre. Doy pasos grandes.

–Tú eres un gigante orgulloso –le dicen las niñas.

De pronto, una de ellas le da un empujón. ¡Pobre muchacho! Se va de cabeza al suelo.

Un día su tío le contó la historia de la liebre y la tortuga. Entonces Edgar se curó un poco de su orgullo.

–Mi querido sobrino –dijo el tío de Edgar–, como le pasó a la libre te va a pasar a ti. Ten mucho cuidado de no ponerte orgulloso.

–Gracias, tío –contestó Edgar–. No me daba cuenta de lo que estaba haciendo. Ya no voy a molestar a las niñas.

Y no lo hizo. Dentro de la camisa había un buen muchacho. En vez de bromear con sus vecinitas les enseñó a hacer zancos. Ahora sus amigas también caminan como «gigantes».

La liebre y la tortuga

conejo coHabía una vez, una liebre de patas largas y orgullosas. Siempre se reía de la pequeña y lenta tortuga.

–Yo te gano una carrera –le decía–. Tú eres muy lenta.

–No te lo creas –respondía la tortuga–. Yo también puedo caminar.

–Pero caminas tan lento que nunca llegas a ningún lado. Te apuesto que no puedes ganarme en una carrera.

–Te apuesto que sí.

Decidieron concursar. Fijaron cierta meta y la tortuguita se puso a caminar. ¿Correr? ¡Ni pensarlo!

La liebre decidió dormir un rato, ya que en unos dos o tres saltos ella llegaría a la meta.

Se sentó contra una piedra y se puso a roncar.

La tortuguita la miró sorprendida; pero decidió seguir caminando.

El sol brillaba en pleno cielo, el viento tomaba su siesta, y los pajaritos volaban de aquí para allá buscando comida.

Pasaron las horas. Poco a poco, el sol se fue ocultando tras las montañas, mientras la tortuga seguía su camino hacia la meta. Ya no le faltaba mucho para llegar.

–Voy a ganar, voy a ganar –repetía por cada paso que daba.

La liebre seguía durmiendo. Ella pensaba que podía darse ese lujo, pero… ¡esa siesta le hizo perder la apuesta y la carrera!

tortuga coCuando el sol se iba ocultando y el viento se había despertado, el frío de la tarde empezó a envolver a la liebre en sus brazos.

La liebre se despertó de mala gana. Estiró los brazos y se limpió los ojos.

–Ay, tanto que he dormido. Ya va ser de noche.

Entonces recordó la carrera y la apuesta que le había hecho a la tortuga. En un dos por tres se levantó y corrió hacia la meta. Pero llegó tarde.

Para gran sorpresa de la liebre, la tortuga ya estaba allí. ¡Le había ganado la apuesta y la carrera!

Avergonzada, la liebre bajó la cabeza. No lo podía creer. ¡Se había dejado ganar por una lenta tortuga!

¡Cuidado con el orgullo!

Ojos altivos

Para imprimir: 297 Los zancos de Edgar color

b/n 297 Los zancos de Edgar

Hoja para colorear: 297 Los zancos

Póster:  297 Poster Orgullo

Actividad:  297 Humildad

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