El cruce del río Jordán

Al fin el pueblo de Israel estaba cerca de la meta. Eliab y Elizabet, con sus padres y hermanos, y sus amados abuelos Eleazar y Raquel, habían llegado a orillas del río Jordán y estaban listos para cruzar al otro lado.

Eleazar y Raquel recordaban el milagro que Dios había hecho para que crucen el mar Rojo. Ahora se necesitaba otro milagro.

Era el tiempo de la cosecha y el río venía muy cargado de agua. ¿Cómo cruzarían los millones de israelitas el río Jordán?

El abuelo Eleazar recuerda cuando rescató a un corderito.

Una tarde, Eleazar reunió a su nietos para contarles cómo fue cuando él y la abuela cruzaron el mar Rojo.

Primero el abuelo encontró a Raquel llorando porque se había perdido. No encontraba a su padre entre la multitud de gente. Eleazar se puso valiente, aunque él mismo estaba perdido. Tampoco encontraba a sus padres. Los dos niños caminaron tomados de la mano entre la multitud de gente que empujaba para avanzar.

–Estábamos perdidos –dijo Eleazar–. Entonces encontramos un corderito que también estaba perdido. Lo rescatamos, y fue mi mascota por muchos años.

–¿No les dio miedo andar entre tanta gente? –preguntó Eliab.

–Yo temblaba –respondió el abuelo–. Pero tenía que ser valiente para consolar a la niña perdida que confiaba en mí.

–Dios cuidó de nosotros –dijo la abuela Raquel–. Al fin, después que cruzamos el mar, nuestros padres nos encontraron. Pero cruzamos solos. El agua se había separado como dos muros y caminamos en el fondo del mar por tierra seca. Lo más divertido era ver los peces dentro del muro.

–Ahora tenemos que cruzar el río para llegar a la tierra que Dios nos ha prometido –dijo el abuelo–. Seguro que Dios va a abrir camino. Me emociona pensar que cuando yo era niño cruzamos el mar y ahora voy a cruzar el río con mis hijos y nietos

El pueblo se purifica

–Abuelo, los espías que Josué mandó para reconocer la tierra dicen que la gente nos tiene miedo –dijo Eliab.

–Cuando yo era niño y Moisés mandó espías, ellos volvieron llenos de miedo –respondió el abuelo–. Por ellos, porque confiaron en Dios, hemos vagado cuarenta años en el desierto. ¡Ahora sí tenemos que confiar en el poder de Dios!

–Niños –dijo la abuela–, Josué ha mandado que nos purifiquemos, porque Dios va a hacer maravillas.

–¿Cómo vamos a purificarnos? –preguntó Elizabet.

–Necesitamos pedir perdón al Señor por nuestros pecados y así alistarnos para ver un milagro. También debemos bañarnos y lavar nuestra ropa.

–¡Ah! Es como estar limpios por dentro y por fuera –dijo Eliab.

Moisés y el pueblo que se purifica junto al monte Sinaí.

–Recuerdo cuando era niño y nos purificamos –dijo el abuelo–. Antes que Dios bajara al monte de Sinaí para dar la ley a Moisés, pedimos perdón al Señor y lavamos nuestra ropa.

–Ahora, ¡todos a purificarnos! –dijo la abuela Raquel.

Un cruce emocionante

Todo Israel estaba ocupado en purificarse. Los israelitas lavaron su ropa, se bañaron, y prepararon su corazón pidiendo perdón a Dios. Todos querían estar listos para cruzar el río. ¿Crees que también hicieron lanchas y botes para cruzar? No, nada de eso. Pero ¿cómo iban a cruzar el río?

Imagina que amaneció una linda mañana. Los pájaros cantaban como nunca; el sol brillaba con más esplendor. Los ángeles miraban con expectativa a la tierra. ¡Qué día emocionante sería!

Los sacerdotes se prepararon para la acción. Tomaron el arca del pacto, el cofre del tabernáculo donde guardaban las de la ley, y empezaron a caminar hacia el río. El pueblo los seguía a la distancia. El río corría con fuerza, cargado de agua.

Eliab y Elizabet miraban desde lejos para ver lo que iba a pasar. Al instante en que los sacerdotes pisaron el agua, el rió Jordán dejó de correr. Ellos nunca habían visto algo semejante. El agua se juntó en un gran montón, ¡como un inmenso muro!

–¡El río sigue corriendo hacia abajo! –gritó Elizabet.

Sí, el río siguió corriendo hasta que se terminó el agua. Así se dividió el río Jordán. Eliab y Elizabet, sus padres y sus hermanitos, sus abuelos Eleazar y Raquel, y todos los israelitas cruzaron en seco, frente a la ciudad de Jericó.

¡Qué alegría sentían los niños! Era muy emocionante caminar en el fondo del río. ¿Crees que recogieron piedritas para tener de recuerdo? Saltaban y brincaban junto a sus padres y sus abuelos. Para Eleazar y Raquel era doble la emoción. De niños habían cruzado el mar Rojo; ¡ahora cruzaban el río Jordán!

Cuando todos habían cruzado el río, Josué mandó que un hombre de cada una de las doce tribus de Israel sacara una piedra grande del fondo del río. Con las piedras edificaron un altar. El altar de piedras les recordaría el gran milagro de cruzar el río.

¡Qué rico durmieron todos esa noche! ¡Al fin habían llegado a la Tierra Prometida! Les esperaban nuevas y grandes aventuras.

LA PERLITA 418

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Un santuario para Dios

En el campamento de los israelitas había gran movimiento. Chicos y grandes corrían de aquí para allá, todos felices entregando sus ofrendas. Eleazar y Raquel saltaban alegres mientras llevaban su ofrenda. Raquel llevaba sus aretes de oro, que le había dado una vecina en Egipto. También regalaría un pomo de perfume.

Eleazar está contento de ofrendar

Ofrendas, ¿para qué? Las ofrendas eran para edificar un santuario para que Dios viva en medio de su pueblo. ¡Un santuario!

¿Qué es un santuario? Es un templo, un lugar para adorar a Dios. El santuario que iban a construir los israelitas era diferente; se llamaba tabernáculo. Tenía que ser portátil, para que pudieran armarlo y desarmarlo en sus viajes.

¿Qué ofrendas traía la gente? Para la construcción del tabernáculo se necesitaba:

  • oro, plata y cobre
  • tintes azul, púrpura y rojo
  • lino fino
  • pelos de cabra
  • pieles de carnero
  • madera de acacia
  • aceite para lámparas
  • perfumes
  • piedras preciosas

¡Y mucho más!

Dios dio las instrucciones

¡Qué alegría sentían los israelitas! Iban a tener un lugar propio para adorar a Dios; un lugar que ellos mismos habían ayudado a preparar. Nunca habían tenido un santuario.

Eleazar recordaba el día cuando Moisés bajó del monte y su cara brillaba. Moisés tuvo que ponerse un velo porque el brillo les empañaba la vista. Dos veces Moisés pasó cuarenta días en el monte con Dios. Allí Dios le dio todas las leyes, y las instrucciones para hacer el santuario.

Moisés necesitaba gente que le ayudara a construir el santuario. Para dirigir el trabajo, Dios nombró a Bezaleel y Aholiab. A ellos les dio sabiduría por medio del Espíritu Santo, para que hicieran toda clase de diseños y trabajo artístico. El Señor también les dio sabiduría extraordinaria para que puedan enseñar a otros. Ellos dirigieron el trabajo.

Para Eleazar era muy emocionante porque Aholiab era su tío. Entre sus compañeros él se mostró un poco orgulloso; pero cuando su tío se dio cuenta de esto lo reprendió. No era cosa de jactarse sino de ser humilde y agradecer a Dios.

Bezaleel y Aholiab

Más de lo necesario

Eleazar ayudaba a su tío. Le alcanzaba las herramientas o hacía mandados. Él escuchaba las conversaciones de los trabajadores. Un día oyó que tenían una gran preocupación.

¿Qué será que los preocupa? pensaba Eleazar.

Bezaleel y Aholiab estaban preocupados porque el pueblo de Dios traía muchas ofrendas.

–No sé qué hacer con todo lo que trae la gente –dijo Aholiab–. Tengo que hablar con Moisés.

Moisés inmediatamente dio una orden para que ya no se dé más ofrendas. Por todo el campamento los mensajeros gritaban: «¡No más ofrendas! Hay suficiente material.»

¡Imagínate! Ya no tenían permiso de dar más ofrendas. Había todo lo necesario para hacer la obra, ¡y sobraba!

La gloria de Dios

Todos trabajaron felices en la construcción del tabernáculo. A los hombres les tocó hacer los muebles y los utensilios.

Las mujeres tejían e hilaban. Tenían que hacer muchas cortinas. También hicieron vestidos para los sacerdotes.

La mamá de Eleazar y sus amigas

Raquel acompañaba a la mamá de Eleazar. ¿Recuerdas que su mamá había muerto? Ahora la mamá de Eleazar era como su mamá y Eleazar era como su hermano.

Un día Aliohab llegó con una noticia emocionante a la carpa de la familia de Eleazar. El trabajo del santuario estaba listo.

–Mañana vamos a armar el tabernáculo –dijo–. Pienso que Eleazar y sus amigos querrán ir a mirar.

¡Cómo miraban! Una por una, con sumo cuidado, armaron cada parte de ese hermoso santuario en el desierto. Dios había dado instrucciones específicas de cómo armarlo y desarmarlo. Era importante que se cumpliera cada detalle.

Cuando todo estuvo armado, Dios mostró su gloria. ¡Una gran nube se posó sobre el santuario! Y allí quedó la nube hasta que era hora de seguir el viaje.

Durante cuarenta años Eleazar y Raquel vieron la gloria de Dios sobre el santuario, ese tabernáculo que todos habían ayudado a construir. Muchas fueron sus aventuras. En todas ellas, Dios nunca los abandonó. ¡Con sus hijos y sus nietos llegaron a la Tierra Prometida!

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Aquí terminan las Aventuras en el Desierto. Pero habrá una segunda parte.

Vendrá pronto:

LA CONQUISTA DE LA TIERRA PROMETIDA