Elías y la brisa suave y delicada

Los niños se sorprendieron al llegar al Club. Doña Beatriz les dijo que hagan ruido, ¡mucho ruido! A Sal y Pimienta les encantó la idea y comenzaron a zapatear y golpear la mesa como si tocaran un tambor.

Samuel y un amigo que fue con él a la reunión pusieron las manos en la boca para tocar trompeta. Pepita y las otras niñas aplaudieron; pero no Estrella. Ella no soportaba los ruidos y se tapó las orejas.

Mientras hacían los ruidos doña Beatriz trató de decirles algo; pero nadie la oyó, por todo el ruido que hacían. Al fin, tocó un silbato para llamar la atención.

Después que los niños se callaron la buena vecina les pidió que hagan sonidos dulces y suaves. Pimienta, que había tocado como tambor en la mesa, no entendió el pedido.

–Doña Beatriz, no entiendo cómo se puede hacer un sonido suave –dijo nuestro amiguito.

–Haz la prueba –dijo doña Beatriz–. ¿Sabes silbar?

Pimienta no sabe silbar; pero su amigo Sal, sí. Sal empezó a silbar. ¡Verdad que era un sonido suave!

Pepita silbó; Samuel silbó; Pimienta trató de silbar; otros niños silbaron. Estrella ya no se tapó los oídos; era un sonido suave.

¿Por qué doña Beatriz les había pedido que hagan esos ruidos? Ella quería que ellos comprendieran lo que le pasó al profeta de Dios Elías, una de las veces que Dios quiso hablarle.

Jezabel y el ídolo Baal

La reina Jezabel, la más malvada que jamás hubo en Israel, estaba furiosa. Ella amenazó con matar a Elías.

Jezabel había hecho que el pueblo se alejara de Dios y adorara al ídolo Baal. Elías estaba triste porque el pueblo ya no adoraba a Dios. En Israel habían 450 profetas de Baal.

Con la aprobación del rey, Elías reunió al pueblo y a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Quería mostrarles que servían a un dios falso. Harían dos altares para quemar bueyes como sacrificio. Pero no prenderían fuego a los bueyes.

«Si mi Dios manda fuego del cielo, sabremos que Él es el Dios verdadero y a Él serviremos», dijo Elías.

Fuego del cielo

Todo el día los profetas de Baal gritaron a su dios: «¡Fuego, fuego! ¡Mándanos fuego, por favor!» ¡Pero no pasó nada!

A la tarde, Elías preparó un altar con piedras y leña. Puso encima el buey y echó agua sobre todo, tres veces. No se puede prender fuego a leña mojada, ¡pero Dios sí puede hacerlo! Elías quería mostrar lo poderoso que es nuestro Dios.

Tranquilamente, Elías oró pidiendo a Dios que mande fuego.

¿Qué pasó? De repente, cayó fuego del cielo. El altar de piedras, la leña, el buey y el agua se quemaron. No quedó nada. Solo un inmenso hueco. ¡Ni siquiera quedó agua!

–¡IMPOSIBLE! No puede ser –gritó Pimienta–. ¿Cómo el fuego puede lamer el agua? ¡Con agua se apaga el fuego!

–Jehová es el Dios de lo imposible –respondió doña Beatriz.

La amenaza de la reina

La reina estaba furiosa porque Elías después que Dios mandó fuego había degollado a los 450 profetas de Baal. Estaba tan furiosa que amenazó con matar a Elías. Elías se asustó tanto que huyó. Estaba tan triste y desanimado que se quería morir.

Huyó lejos. Se acostó debajo de un árbol y se quedó dormido. Dios amaba a su siervo Elías. Lo vio cansado y triste. Le mandó un ángel con pan y agua. Y lo hizo dos veces. Elías iba a hacer un viaje largo. ¿Qué? ¿A dónde iba a viajar?

Dios quería que Elías fuera a Horeb, el monte de Dios. Fue un viaje que duró más de un mes. ¡Cuarenta días caminó Elías! La comida del ángel le dio la fuerza necesaria.

Una brisa suave y delicada

Cada día Elías se fue alejando más de la reina y sus amenazas de matarlo. Cuando llegó al monte Horeb, después de la larga caminata, pasó la noche en una cueva.

Elías seguía desanimado. «Soy el único profeta que ha quedado vivo –dijo–, y ahora la reina me busca para matarme.»

Dios lo mandó que salga de la cueva. En ese momento, Dios pasó por allí. Sopló un viento fuerte, vino un terremoto, y hubo un fuego; pero Dios no estaba en ninguno de ellos. Después del fuego sopló una brisa y suave y delicada.

En esa brisa suave y delicada estaba Dios. Él no estaba enojado con Elías porque se había desanimado. Más bien, entendió su preocupación y lo alentó, vio su cansancio y lo hizo descansar; también lo alimentó para que tuviera nuevas fuerzas.

«Elías, aún tengo trabajo para ti –le dijo Dios–. No eres el único profeta fiel. ¿Sabes qué? Hay siete mil personas que no se han arrodillado delante de Baal ni lo han besado.»

En la quietud –esa brisa suave y delicada– Elías escuchó a Dios. Dios lo animó. El Señor Todopoderoso estaba con él. La amenaza de la reina no se cumplió; más bien, Dios mandó un carro de fuego con caballos de fuego para llevar a Elías al cielo.

A ti también Dios quiere hablarte. Por medio de la Biblia y la oración, escucha la dulce voz de Dios.

MIS PERLITAS

En MIS PERLITAS está todo lo que pertenece a esta lección.

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