La conquista de Jericó

El pueblo de Dios había cruzado el río Jordán. ¡Los israelitas estaban en la Tierra Prometida! Ahora tenían el gran trabajo de conquistar esa tierra. Como agradecimiento a Dios, celebraron la Pascua.

La primera Pascua en Egipto

–Nunca olvidaré la primera Pascua, cuando salimos apurados de Egipto –dijo el abuelo Eleazar–. Papá pintó con la sangre de un cordero los postes y el dintel de la puerta. Esa noche, en las casas donde no habían pintado con sangre la puerta, murió el hijo mayor.

Dios dijo que los israelitas cada año celebren la Pascua. El 14 del primer mes celebraron la Pascua al salir de Egipto. Al llegar a la Tierra Prometida celebraron la Pascua el día 14 del primer mes. ¿Verdad que es maravilloso?

Ya no hubo más maná

–No lo puedo creer –dijo Elizabet–. Mamá dice que hoy hemos recogido maná por última vez. Josué ha dicho que ya no habrá maná.

Así fue. Desde ese día ya no hubo semillitas blancas para recoger. El pueblo comió del fruto de la tierra. Al día siguiente comieron panes sin levadura y trigo tostado.

–Ahora nuestro trabajo es conquistar la tierra –dijo el abuelo–. Dios ha dicho a Josué que nos dará la ciudad de Jericó.

–Eso es imposible –dijo Eliab–. La ciudad está rodeada de muros. Dicen que los muros son anchos como casas, y tan altos como varias casas una sobre otra.

–Encima de los muros caminan guardias, con lanzas y flechas –observó Elizabet–. Papá, ¿qué pueden hacer nuestros soldados? ¿Cómo nos vamos a defender?

–No podemos defendernos; pero sí podemos confiar en Dios –respondió el papá–. Vamos a marchar alrededor de la ciudad. Josué ha dicho que nos alistemos para marchar.

–¡Marchar! ¡Yo quiero marchar! –gritó Eliab.

–¡Yo también quiero marchar! –gritó Elizabet, y dio saltos de emoción. Pero su papá no le dio permiso para que marchara.

La marcha alrededor de Jericó

Eliab y el abuelo marcharon juntos en el desfile alrededor del muro. El papá marchó con los soldados. Aunque Elizabet quería marchar tuvo que quedarse con su mamá a cuidar a sus hermanitos. Sólo pudo mirar desde lejos.

Los hombres de guerra, siete sacerdotes con trompetas, los sacerdotes que llevaban el arca (el cofre con las tablas de la ley), y mucha gente marcharon en silencio; solamente se escuchaba el sonido de las trompetas.

Seis días Eliab fue a marchar con su abuelo y los israelitas alrededor de la ciudad.

  • marcharon una vez…
  • marcharon dos veces…
  • marcharon tres veces
  • marcharon cuatro veces…
  • marcharon cinco veces…
  • marcharon seis veces…
  • ¡marcharon siete veces
    alrededor de la ciudad!

Caen las murallas

La gente de Jericó veía a los soldados, a los sacerdotes con trompetas, a los sacerdotes con el cofre de oro, y al pueblo. Seguramente la gente se ponía más nerviosa cada día. ¿Por qué los israelitas marchaban alrededor de la ciudad?

Al séptimo día, cuando empezaron a marchar varias veces alrededor de la ciudad, tal vez la gente de Jericó pensaba que los israelitas estaban locos.

A la séptima vez sucedió el milagro. Josué dio orden a la gente: «¡Griten! ¡El Señor les ha dado la ciudad!»

Sonaron las trompetas y la gente gritó. ¡Qué ruido se oía! Todos gritaban a voz en cuello. ¡Y cayeron las murallas!

Entonces los israelitas tomaron la ciudad.

La cuerda roja en la ventana salvó a Rahab y su familia

Salvación de una familia

Pero una casa en la muralla no cayó. De la ventana colgaba un cordón rojo. Era la casa de Rahab, la mujer que había escondido a los espías. Ellos le habían dicho que si ella y su familia se quedaban en la casa y ponían el cordón en la ventana, se salvarían. Por obedecerles, ¡se salvaron!

¿Qué nos enseña esta victoria que ganó Israel? Que Dios puede ayudarnos en las cosas que parecen imposibles. Aprende a confiar solamente en el Señor. Cuando obedeces su palabra, Dios te da la victoria.

LA PERLITA 419

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Comida del cielo

El pueblo de Israel había estado de viaje un mes en el desierto. La comida que habían traído de Egipto se les acababa y tenían hambre. Comenzaron a quejarse.

–¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto! –decían algunos–. Allí teníamos carne y pan.

–Moisés y Aarón nos han traído al desierto para que muramos de hambre –decían otros.

¡Había quienes amenazaban a Moisés! Estaban descontentos y querían volver a Egipto.

Eleazar escuchaba asombrado las quejas.

¿Se habrán olvidado de que en Egipto eran esclavos? pensaba nuestro amiguito.

Cena de codornices

Un día Moisés mandó mensajeros por todo el campamento. «Dice Dios que esta tarde habrá carne para comer –gritaban ellos para que todos oyeran–. ¡Y mañana va a llover pan del cielo!»

–¡Pan del cielo! Eleazar, ¿oíste la noticia?

Raquel fue corriendo adonde su amigo. ¿Pan del cielo? ¿Tenía Dios una panadería en el cielo? ¿Prepararían los ángeles pan para tres millones de personas?

Los israelitas eran por lo menos tres millones. Raquel no entendía esa cantidad; pero sabía que era mucha, mucha gente que estaba de viaje a la Tierra Prometida.

–¡Sí, va a llover pan! –dijo Eleazar–. ¿Oíste que también habrá carne? El mensajero dijo que esta tarde Dios nos dará carne. ¿De dónde sacará nuestro Dios carne para todos?

Los niños corrieron a dar aviso entre las carpas.

–¡Va a llover pan! ¡Va a llover pan!

Mientras ellos corrían y saltaban, vieron que el cielo se iba llenando de manchas negras. Cuando las «manchas» se acercaron, se dieron cuenta de que eran pájaros.

De pronto el cielo se cubrió de pájaros.

–¡Son codornices! –gritó alguien–. ¡Vienen hacia aquí!

Antes de que se dieran cuenta había codornices por todas partes. El campamento se llenó de codornices. Esa noche, todas las familias comieron codorniz asada.

Pan del cielo

Para Raquel fue difícil dormir. No porque tenía su estómago lleno de codorniz sino porque pensaba en el pan que vendría. Se daba vueltas de un lado a otro sobre su camilla.

Raquel no podía dejar de pensar en el pan que iba a llover del cielo. ¡Tenía que levantarse temprano para no perderse eso!

A la mañana siguiente, cuando Raquel y su amigo Eleazar salieron de sus carpas, vieron todo el suelo cubierto con algo que parecía rocío. Pero no era rocío. La cosa rara que había en el suelo era como escarcha o semillas.

–¿Qué es esto? –se preguntaban los israelitas.

Moisés nuevamente dio instrucciones a sus mensajeros. «Esto es el pan que Dios les manda del cielo –les ordenó que dijeran–. Recojan lo que necesitan para hacer pan; pero solamente lo necesario para hoy. No dejen nada para mañana. Los viernes deben recoger el doble. El sábado es nuestro día de descanso y nadie debe cocinar ese día.»

–¡Qué lindo! –gritaban los niños mientras ayudaban a sus padres a recoger las semillas.

Eleazar ayudó a su mamá a preparar un rico pan. Esa noche comieron tortillas con sabor a miel.

Los israelitas llamaron «maná» al pan que Dios hizo llover como rocío. Todos recogían con alegría las semillas.

Moisés había dicho que recogieran solo lo que iban a necesitar para cada día; pero muchos fueron desobedientes.

–Recojamos para muchos días –dijo una mamá.

–Niños, ayuden a recoger más semillas –dijo un papá.

Al día siguiente, los que habían recogido más maná que para un día, lo encontraron lleno de gusanos.

Dios quería enseñar a sus hijos que Él les podía dar cada día el pan que necesitaban.

Durante todos los años que anduvieron en el desierto, cada mañana el maná cubría el suelo. Era importante que se levantaran temprano para recogerlo, porque cuando calentaba el sol se derretía.

Si Eleazar y Raquel vivieran hoy, orarían a Dios lo mismo que tú puedes pedir: «Danos hoy nuestro pan cotidiano».

 

MIS PERLITAS

En MIS PERLITAS hay lindo material que acompaña a esta historia. ¡No te lo pierdas!