Los mandamientos de Dios

Era emocionante. Eleazar y Raquel, juntamente con los millones de israelitas, habían llegado a Horeb, el monte de Dios.

–¿Sabías que Dios le dijo a Moisés que todos vendríamos a este monte? –le preguntó Eleazar a Raquel.

–¿Cómo lo sabes? –le respondió Raquel.

–Escuché a papá cuando hablaba con sus amigos. ¿Verdad que es emocionante? ¡Se ha cumplido la promesa de Dios!

Una zarza envuelta en llamas

Moisés era pastor de ovejas. Cuidaba el rebaño de su suegro Jetro. Un día llevó a las ovejas por el desierto hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. De pronto pasó algo impresionante. Moisés observó una zarza envuelta en llamas. ¡La zarza ardía, pero no se consumía!

¡Qué cosa rara! –pensó Moisés–. Tengo que ir a investigar por qué la zarza sigue ardiendo.

–¡No te acerques! –llamó el ángel de Dios desde la zarza–. Este lugar es santo. ¡Quítate las sandalias!

Allí, Dios habló a Moisés y le dio la misión de libertar al pueblo de Israel de la esclavitud.

–Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, en este monte me rendirán culto –dijo Dios.

Dios le dio a Moisés los detalles.

En el monte de Dios

Ahora el pueblo había llegado al monte de Dios. Después de tres meses de viaje armaron allí su campamento. Se quedarían un tiempo, para descansar después del largo viaje.

Los niños corrían y saltaban alegres. Al fin tendrían tiempo para sus juegos. ¿Cómo habrá sido ser uno de ellos?

El monte era grande. Eleazar y Raquel y los demás niños estaban impresionados; algunos tenían miedo. Dios les había hablado. Chicos y grandes respondieron a una voz: «Cumpliremos con todo lo que el Señor nos ha ordenado.»

Los israelitas no tenían permiso de acercarse al monte. Era un lugar santo, como cuando la zarza ardía allí sin consumirse. Sólo

Moisés subía al monte para hablar con Dios. Dios aparecía en una nube densa y su voz era como truenos.

–¿Has visto el cerco que Moisés ha hecho poner alrededor del monte? –le preguntó Eleazar a su amiga Raquel–. Nadie tiene permiso de acercarse. Ni siquiera los animales.

–Tienes que cuidar a tu cordero travieso–le dijo Raquel.

–Sí, porque si alguien se acerca al monte va a morir. No quiero que mi Campeón se muera.

Campeón era el cordero que Eleazar había encontrado en el fondo del mar. ¿Lo recuerdas? Ahora era su fiel mascota.

Los Diez Mandamientos

Nuestro Dios santo quería enseñar respeto y reverencia a su pueblo. Todos se prepararon para una visita especial de Dios. Lavaron su ropa y se bañaron para estar limpios por fuera. Moisés les ayudó a pedir que Dios limpiara su corazón.

«Santifíquense para entrar en la presencia de Dios.»

Al tercer día hubo truenos y relámpagos. El monte parecía un horno en llamas; salía humo. Un toque fuerte de trompeta puso a temblar a todos. ¡El monte Horeb se sacudía!

Nuevamente Moisés subió al monte. Dios tenía muchas cosas que hablar con él. Pero le advirtió que el pueblo no subiera. Moisés estuvo en el monte cuarenta días.

Dios dio a Moisés leyes para el pueblo de Israel. Ellos no tenían leyes propias, porque habían obedecido al faraón en Egipto.

Ahora que eran un pueblo libre necesitaban leyes. Dios hizo un resumen de todas las leyes y las escribió en tablas de piedra. Con su dedo escribió los Diez Mandamientos.

Eleazar aprendió esos mandamientos. Él se los enseñó a su amiga Raquel. ¿Sabes tú los Diez Mandamientos?

           1. No tengas otros dioses.
           2. No te hagas ningún ídolo.
           3. Respeta el nombre de Dios.
           4. Guarda el día de reposo.
           5. Honra a tu padre y a tu madre.
           6. No mates.
           7. No cometas adulterio.
           8. No robes.
           9. No mientas.
           10. No codicies.

Dios nos ha dado leyes porque nos ama. Los mandamientos nos protegen. ¿Sabes cuál mandamiento tiene promesa? Dios ha prometido que si honras a tus padres te irá bien y tendrás una larga vida sobre la tierra. Ser obedientes y respetuoso es una forma de honrar a Dios y a tus padres.

Eleazar y Raquel verán muchas maravillas en su viaje
por el desierto. La próxima semana viene: Los doce espías.

 

MIS PERLITAS

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En el fondo del mar

Eleazar se quedó tieso. Tenía ganas de gritar todo lo que daban sus pulmones. Por un momento pensó así, pero luego se calmó. Se acordó de Raquel. No podía hacerla asustar.

Por ella tenía que mantenerse sereno.

Eleazar y Raquel, ambos habían «perdido» a sus padres. Ahora les tocaba cruzar solos el mar. No tenían a nadie a su lado para alentarlos.

Tengo que actuar rápidamente –se dijo Eleazar–. No hay tiempo que perder. Se nos viene encima la caravana.

Eleazar tomó a Raquel fuertemente de la mano. No debían perderse el uno del otro.

–Ya verás que encontraremos a tu papá –dijo Eleazar tratando de consolar a la niña perdida–. Mis padres también han avanzado. No los veo.

–¿Cómo los vamos a encontrar entre tanta gente? –dijo Raquel–. ¡Tengo miedo!

–No te preocupes. Dios nos va a ayudar.

–No me sueltes, Eleazar. No sé cómo me voy a animar a cruzar el mar. ¿Qué pasará si las olas se nos vienen encima?

Raquel se acercó más a Eleazar. No quería estar sola.

La única salvación

En ese momento Eleazar creció. Se puso grande. Había alguien que lo necesitaba, que se sentía segura a su lado.

No tengo que decepcionar a Raquel, pensó Eleazar.

–Todos tenemos que cruzar el mar. Es nuestra única salvación –dijo Eleazar–. Escuché a mi papá decir que Dios ha separado el mar. Él nos va a ayudar a cruzarlo.

Tanta emoción había en el aire que Raquel se olvidó de llorar. Unas horas antes las olas habían golpeado la playa. Ahora, era tierra seca. ¡Qué emocionante aventura meterse allí!

Al principio los niños iban bien apretados en medio de la caravana de gente. Los empujaban de aquí para allá; no solo la gente, sino también las vacas y los toros. Eso no le gustó a Raquel.

–¿Por qué no vamos por un costado? –le dijo Eleazar–. Allí hay menos gente.

–Sí, ¡vamos! –respondió Eleazar.

Se acercaron hacia uno de los altos muros de agua. Éstos se levantaban hacia el cielo como inmensas torres.

Los niños podían escuchar el rugido de la tormenta por encima de sus cabezas. Pero junto a los muros de agua había calma.

Ya que se habían separado de la gente que empujaba, caminaron con más calma. Había muchas cosas interesantes que mirar y descubrir. El muro de agua los había cautivado.

El muro de agua

Los niños miraban asombrados el muro de agua. ¿Cómo podía estar parada el agua? ¿Por qué no se juntaban las olas? ¡Tenían que investigarlo!

Se acercaron todo lo posible al muro de agua. Eleazar alargó el dedo y pegó un grito de asombro. ¡El muro era duro!

Eleazar miró hacia adentro y dijo:

–¡Mira, Raquel! Se pueden ver los peces. Allá va un pez redondo. No he visto antes peces redondos. Por allá va uno con cola punteada. ¡Qué divertido!

Eleazar y Raquel apretaron sus narices hacia el agua. Era como estar mirando los peces en un gran acuario.

Mientras miraban vino hacia ellos un pez grandote. Parecía que nadaba directamente hacia el lugar donde estaban.

–¡Nos va a comer! –gritó Raquel.

«Pof, pam, bum, puf», fue la respuesta. El pez se había chocado contra el muro.

–¡Estaba por comerme! –se quejó Raquel.

–Imposible –respondió su valiente defensor–. El pez no puede salir. Está dentro del muro.

–MFelizmente; no hubiera querido ser el almuerzo del pez.

–¡Ven! –le apuró Eleazar–. Nos estamos quedando atrás.

Casi toda la caravana de israelitas había llegado a la otra orilla. Pronto los niños olvidaron la aventura con el pez que se había quedado sin almuerzo.

Raquel y Eleazar avanzaron por en medio del mar tomados de la mano.

MIS PERLITAS

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El cruce del mar

Era hora de cruzar el mar. Delante de los millones de israelitas iba Moisés, con la vara en alto. La gente lo seguía. Al principio, con pasos dudosos; pero a medida que iban avanzando todos se sentían más seguros.

De pronto se escuchó un ruido ensordecedor. Eran los soldados del ejército del faraón que gritaban. Se habían dado cuenta de lo que estaba por suceder. ¡Se les escapaban los israelitas por en medio del mar!

«¡Vamos al ataque! –era el grito de guerra–. ¡No los dejaremos escapar!»

Los israelitas se asustaron. Pensaron que ya no había salvación. ¿Cómo escaparían de ese gran ejército?
Los egipcios se preparaban para el ataque. Todos se ponían en orden. La gente de pie y la gente de a caballo. Cada uno listo para la lucha.

El pueblo de Israel que estaba más cerca de ellos podía escuchar con claridad lo que estaba pasando. ¿Cómo salvarían sus vidas?

Los muros de agua

En su afán de escapar, la gente atropellaba a los que iban delante. Unos a otros se presionaban para avanzar. Aunque no querían hacerlo, todos tuvieron que cruzar el mar. La gran multitud avanzaba entre los muros de agua.

Las vacas mugían, las ovejas balaban. Algunos niños lloraban, otros gritaban de alegría y emoción. Los vaqueros y los pastores daban sus órdenes a voz en cuello.

¡Qué caravana original! Nunca se había visto algo semejante. Eleazar contemplaba todo con mucho interés. Pronto le llegaría a él su turno. Sus padres juntaban las cosas. No tenían mucho equipaje, así que lo hicieron rápidamente. Unas cuantas ovejitas también les pertenecían.

De repente Eleazar se dio vuelta. Había escuchado algo… ¿Qué oyó? Parecía como si alguien estuviera llorando. Sí, ¡eso era! Eleazar escuchó otra vez el gemido.

Una niña perdida

Los quejidos venían desde unos arbustos al otro lado de la colina. Eleazar corrió hacia allí. Encontró una niña que lloraba desconsoladamente.

Parecía ser un poco menor que Eleazar. Tanto lloraba que todo el cuerpo le temblaba. Las lágrimas corrían por sus mejillas y formaban surcos en la arena. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

–¿Por qué lloras? –preguntó Eleazar a la niña, y se arrodilló a su lado.

Pasó un buen rato antes de que recibiera respuesta. La niña no podía dejar de llorar.

–Yo… yo… yo… estoy sola. ¡Tengo miedo!

–¿Dónde están tus padres?

–No tengo mamá. Y papá se perdió.

Volvieron a caerle las lágrimas. Unos minutos más y dijo:

–Nuestro asno se escapó y papá fue a buscarlo. Hace mucho que no vuelve.

–¿Por dónde se fue? –preguntó Eleazar.

–Creo que fue hacia el mar. Tengo miedo que no vuelva. ¿Qué tal si no me encuentra?

Otra vez empezó a llorar.

Eleazar miró hacia la playa. La gente se apuraba a cruzar hacia la otra orilla. Sería imposible para el papá de la niña volver hacia el lugar donde se había quedado su hija.

Eleazar no se lo dijo. Mas bien le preguntó:

–¿Cómo te llamas?

–Me llamo Raquel. ¿Y tú?

–Eleazar.

–Ven, te ayudaré a encontrar a tu papá.

Raquel secó sus lágrimas y acompañó al amable muchacho. Salieron por el lado de la colina.
Eleazar se quedó como paralizado. Vio a la multitud que avanzaba rápidamente.

Una ola de miedo lo invadió. ¡Sus padres también habían desaparecido!

No pierdas el próximo capítulo: EN EL FONDO DEL MAR.

 

MIS PERLITAS

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Rescate en el fondo del mar

¡Sucedió lo que nadie había esperado! El rey de Egipto se arrepintió de haber dejado ir al pueblo de Israel.

«No puedo perder tantos buenos trabajadores –dijo el faraón–. ¿Cómo he sido tan loco? Tengo que hacerlos volver.»

¡Movilizó su ejército! Se fue con todos sus carros, caballos y jinetes para perseguir al pueblo de Dios.

ESCLAVOS EN EGIPTO

Los israelitas, el pueblo de Dios, habían pasado una vida muy penosa en Egipto. Eran esclavos del poderoso faraón, que los obligaba a hacer ladrillos para la construcción de sus ciudades. Ellos clamaron a Dios por ayuda y Él les mandó a Moisés como libertador.

El faraón no quiso soltar al pueblo. Dios había endurecido su corazón. El Señor hizo poderosas señales, llamadas plagas. Cada vez el faraón prometía que iba a dejar ir al pueblo; pero luego se arrepentía.

El río se convirtió en sangre, aparecieron ranas por todas partes, hubo invasión de moscas, aparecieron saltamontes, hubo oscuridad de día y de noche… la peor plaga fue la noche en que murieron todos los hijos mayores. Cuando el faraón perdió a su hijo mayor, recién dejó ir al pueblo.

UN PUEBLO NUMEROSO

¿Cuántas personas crees que salieron de Egipto con el gran libertador Moisés? ¿Mil? ¿Diez mil? ¿Cien mil? No,
era un pueblo de por lo menos tres millones de personas.
Y ahora el faraón se había arrepentido y los perseguía.

Dios lo hizo saber a Moisés para que estuviese preparado. «No tengas miedo de los egipcios –le dijo–. Yo les voy a mostrar mi gran poder. Solamente tienen que confiar en mí.»

LOS ISRAELITAS TENÍAN MIEDO

¿Has tenido miedo alguna vez? Ahora los israelitas tenían mucho miedo. Habían descubierto que el ejército del faraón los perseguía. «Mejor nos hubiéramos muerto en Egipto. ¿Por qué Moisés nos ha sacado al desierto?», se quejaban.

Delante estaba el mar Rojo y detrás tenían a los egipcios.

«No tengan miedo –les dijo Moisés–. Sean valientes y verán lo que Dios va a hacer para salvarnos. Nunca más volveremos a ver a los egipcios.»

«SIGAN ADELANTE»

Dios dijo a Moisés que sigan adelante. ¿Seguir adelante? ¿Cómo harían eso? Estaban a la orilla de un inmenso mar y no había ni un solo barco a la vista.

«Levanta tu vara –dijo Dios a Moisés–. Extiende tu brazo y parte el mar en dos, para que mi pueblo cruce en seco.»

¿Qué? ¿Se abriría el mar? ¿Cómo sería posible? Sí, eso es lo que sucedió.

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SE ABRIÓ EL MAR

Dios mandó un fuerte viento que sopló toda la noche. Cuando los israelitas despertaron a la mañana siguiente había un camino en medio del mar. Las aguas estaban a los costados como dos grandes muros.

¿Y los egipcios? ¿Dónde estaba el ejército de los egipcios? Dios había puesto una columna que los separaba. De día la columna era de nube y de noche la columna era de fuego.

¿Puedes imaginar a los millones de israelitas que cruzaban el mar? Imagina a los niños que correteaban felices al lado de sus padres, y a los ancianos que avanzaban a paso lento. ¿Crees que los músicos tocaban sus melodías de victoria? ¡Era una marcha alegre en el fondo del mar!

Cuando el ejército egipcio vio a los israelitas que cruzaban el mar ellos intentaron hacer lo mismo. Entonces Dios dijo a Moisés que extendiera su vara otra vez sobre el mar. Moisés obedeció, y el mar volvió a su lugar. El ejército egipcio se ahogó. ¡Así salvó Dios a su pueblo de la esclavitud!

CONFÍA EN EL SEÑOR

¿Qué haces cuando tienes miedo? Moisés guió a los israelitas para que confiaran en el poder del Señor.

Todos pasamos por días difíciles. Muchas veces tenemos miedo. No sabemos quién nos va a defender del peligro. Confiemos en el Señor. No hay nada imposible para Él.

¿Qué dijo Moisés al pueblo? Les dijo que se queden quietos, que no se preocupen, porque el Señor iba a pelear por ellos. ¡Y Dios hizo un gran milagro para salvarlos!

Sean cosas pequeñas o algo grande que te llenan de miedo, siempre confía en la ayuda del Señor.

Nuestro amoroso Dios tiene todo poder para ayudarte.

Exodo 14_14Para imprimir la historia: 279 Rescate en el fondo del mar color