Acán y el castigo por la codicia

Eliab y Elizabet no dejaban de hablar de la gran victoria que Israel había ganado en Jericó.

Eliab se sentía orgulloso de haber marchado alrededor de la ciudad los siete días. Elizabet hubiera querido marchar pero su papá le había dicho que no era algo para niñas.

Es injusto, pensaba nuestra amiguita. Yo soy tan fuerte como Eliab. ¡La abuela y yo hubiéramos podido marchar!

Una gran derrota

Pronto hubo otro tema de conversación. El líder Josué estaba triste y preocupado. En Hai, la próxima ciudad que les tocaba tomar, sus soldados fueron derrotados. Murieron treinta y seis de sus guerreros.

Josué se arrodilló para orar. Preguntó a Dios por qué habían sido derrotados.

–¡Levántate! –le dijo Dios–. El pueblo ha pecado. No puedo darles victoria cuando no me obedecen. ¡Levántate y purifica al pueblo!

Acán desobedece la orden de Dios

Cuando fueron a conquistar la ciudad de Jericó, Dios dio una orden específica a los soldados. Debían destruir todo lo que había allí. Sólo guardarían el oro, la plata y los utensilios de bronce y de hierro para el servicio del Señor.

Uno de los soldados se llamaba Acán. Como todos los demás, nunca había tenido ropa nueva. Nació y creció en el desierto. Tenía que usar ropa que había quedado chica para sus hermanos; luego alguna ropa de un tío o un abuelo.

Mientras avanzaba por la ciudad de Jericó destruida, Acán vio algo que le gustó mucho. ¡Un lindo manto de colores! Cuando vio ese manto, lo codició. ¡Qué lindo sería tener esa ropa nueva! Nunca había tenido algo tan hermoso.

Miró a la derecha y miró a la izquierda; no había nadie que lo viera. Rápidamente escondió el manto entre su ropa.

Más adelante encontró doscientas monedas de plata y una barra de oro; también las codició y guardó para sí. Acán se olvidó de todas las advertencias de Josué.

Se olvidó de los mandamientos de Dios: «No robarás… no codiciarás…»

«Tesoros» escondidos

Acán corrió para esconder sus «tesoros». Se apuró a cavar un hoyo en medio de su carpa. Allí, en la tierra, escondió el manto, la barra de oro y las monedas de plata.

¿Cómo crees que estaba su corazón? Tranquilo, como un día de sol, sin viento. ¡No! Debe haberle palpitado. ¡Pum, pum!

Alguien susurraba una mentira en el oído de Acán. «No tengas miedo; nadie te ha visto. ¡Ahora eres rico! Tienes oro y plata, y un lindo manto.»

¿Quién le diría esa mentira? Sí, el diablo. La Biblia dice que él es padre de mentiras

Acán estaba seguro de que nadie lo había visto; se había cuidado de que nadie lo viera. Quizá sus compañeros no lo habían visto, pero sí el Padre celestial. Él todo lo ve… ¡siempre!

Castigo por la codicia

–Hay pecado en el campamento –le dijo Dios a Josué–. Ustedes me han desobedecido. Han robado y han mentido.

¿Qué haría Josué? Tenía que descubrir al culpable.

Al día siguiente, Dios le mostró en qué tribu se había cometido el pecado; en la de Judá. Luego le mostró la familia de Zera. De la familia de Zera, Dios le mostró a Acán.

¿Cómo crees que Acán se sintió en ese momento? ¿Cómo te sientes cuando te descubren algo malo que has hecho?

Dios quería enseñar a sus hijos una lección muy importan-te. Ellos tenían que ser obedientes en todo para ganar victorias. El Señor no podía permitir la desobediencia. Por eso Acán fue castigado severamente; él, su familia y su ganado.

Lee acerca del castigo en Josué 7:24-26.

Eliab y Elizabet miraron con asombro lo que pasó con Acán y su familia. Los hijos de Acán eran sus amigos. Por culpa del papá, por su codicia, todos sufrieron el castigo.

–Ojalá papá no haga algo malo como Acán –le dijo Eliab a su hermana–. Entonces nosotros también seríamos castigados.

Hoy no tenemos que morir por nuestra desobediencia. Cristo pagó el castigo por nuestros pecados. Jesús murió en tu lugar. Murió, ¡pero resucitó! Jesús es tu Salvador. Te perdona, si se lo pides. Jesús te ayuda a ser obediente, y a no codiciar.

MIS PERLITAS

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