Caleb conquista su monte

A los niños les encantaba escuchar al abuelo contar acerca de su vida en el desierto. Ellos sabían que había pasado cuarenta años criando ovejas. Los israelitas eran pastores de ovejas. Cuando salió de Egipto encontró a un corderito que fue su mascota, su Campeón. Ahora el abuelo tenía todo un rebaño de ovejas.

Una tarde el abuelo decidió contarles acerca de uno de sus grande héroes. Cuando Moisés mandó espías para explorar a Canaán, la Tierra Prometida, este héroe volvió con un informe positivo. Lo que más llamó la atención de Eleazar fue el racimo de uvas que trajeron entre dos, colgado de una vara. Nunca había visto uvas, ni mucho menos uvas tan grandes.

El héroe de Eleazar

–¿Quién es tu héroe, abuelo? –preguntó Eliab.

–Mi héroe es Caleb –dijo el abuelo–. Él y su amigo Josué animaron al pueblo a ser valientes para ir a conquistar la . Pero la gente no quiso escucharles. Toda la noche gritaron y lloraron.

–Algunos querían escoger un nuevo líder y volver a Egipto –dijo la abuela.

–¿Dónde está Caleb ahora? –preguntó Elizabet.

–¿Qué monte? –preguntó Eliab, muy interesado.

–Caleb se enamoró de un monte cuando fue a explorar la tierra. Al volver, le pidió a Moisés que cuando llegáramos a Canaán le diera ese monte para conquistar.

–¿No estará muy viejo para que vaya a conquistar un monte? –dijo la abuela, pensativa.

–Mi héroe dice que está tan joven hoy como cuando fue a explorar la tierra de Canaán hace cuarenta años. He escuchado que le va a pedir a Josué que lo deje ir a conquistar Hebrón. Así se llama el monte.

–Pero allí hay gigantes –dijo la abuela.

–¡Por algo es mi héroe! –exclamó el abuelo–. Caleb sabe que Dios le va a dar la victoria, aunque haya gigantes. ¡Cómo quisiera ir con Caleb a la conquista!

Así conversaban los niños y sus abuelos…

Caleb soñaba despierto

¿Has soñado alguna vez? Sí, sí, claro. Ya sé que cuando duermes tienes sueños. También yo. Pero ahora me refiero a otra clase de sueños. Cuando uno está despierto y sueña.

Tal vez has soñado viajar a la luna cuando seas grande. Algunas niñas sueñan con tener una muñeca de rizos dorados, que camina y habla. Muchos varoncitos sueñan con ser pilotos y volar por las nubes. Casi todos sueñan con algún día casarse y formar una familia.

¿Sabes qué? Caleb soñaba despierto. Como les contó el abuelo a sus nietos, cuando Caleb fue a reconocer la Tierra Prometida se «enamoró» de un monte, un monte donde vivían gigantes, que sería muy difícil conquistar.

Caleb era valiente. Le gustaba hacer las cosas difíciles. Año tras año… más de cuarenta años, soñaba con el monte que iba a conquistar. ¿Crees que cada mañana se despertaba temprano para hacer ejercicios? Tenía que fortalecer sus músculos para poder conquistar el monte.

La frente de Caleb se fue arrugando; sus cabellos se volvieron blancos. Ya no era joven. Pronto cumpliría 85 años. Te imaginas a Caleb como un anciano, medio doblado, con barba blanca y un bastón. No, no fue así.

Lee Josué 14:11,12 y verás.

Los ejercicios le habían hecho bien. El viejito Caleb estaba tan fuerte como cuando era joven. ¿Qué te parece? ¡Fantástico! ¡Estupendo!

Caleb le pidió a Josué permiso para conquistar el monte. Ese monte que había sido su «sueño» por largos años.

Josué le dio el monte, y Caleb se fue a conquistarlo. ¡Caleb arrojó del monte a los gigantes!

Dios le había dado el deseo de conquistar el monte de Hebrón. Todos los días soñó con hacerlo. ¡Y su sueño se cumplió!

¿Con qué sueñas tú? No hay cosa mejor que «soñar» con llegar a ser lo que Dios quiere que seas. Sé fiel al Señor en todo lo que hagas y, así como Caleb, ¡serás un conquistador!

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Los doce espías

Espías. Era el juego popular entre Eleazar y sus amigos. Durante más de un mes habían jugado a los espías. Era emocionante porque el pueblo de Dios tenía espías de verdad.

Después de pasar un año en el campamento junto al monte de Sinaí, habían seguido el viaje hacia la Tierra Prometida. Dios había dado a Moisés todas las leyes para el pueblo. Ahora iban a conquistar la tierra. Ya no vivirían en carpas. ¡Tendrían casas y jardines propios!

Moisés había enviado a doce hombres para explorar la tierra, un líder de cada una de las tribus de Israel. Todos esperaban con ansias las noticias que iban a traer.

Cuando Eleazar no jugaba a los espías, él y Raquel contaban historias de su imaginación acerca de la tierra que Dios les iba a dar. Esperaban que allí sus padres decidieran ser vecinos. No querían separarse.

Regreso de los espías

–¡Eleazar! ¡Eleazar!

Raquel fue corriendo a la carpa de su amigo para contarle la noticia. ¡Los espías estaban de regreso!

–¡Eleazar, ven a ver lo que traen los espías!

¡Era increíble! Caleb, el amigo de Josué, y otro espía cargaban en un palo un inmenso racimo de uvas.

Además de las uvas los espías traían higos y granadas. A Raquel se le hacía agua la boca. ¡Cómo quisiera probarlos! En el desierto no había frutas.

Todo el pueblo se reunió para escuchar los informes.

–La tierra que fuimos a ver es muy hermosa –dijo uno de los espías–. Miren y vean los frutos que hemos traído. En Canaán la leche y la miel son tan comunes como agua.

–Pero la gente que vive allí es muy fuerte –dijo otro espía–, y las ciudades están bien protegidas.

–¡También hay gigantes! –gritó un tercer espía.

–No vamos a poder conquistar la tierra –dijeron varios de ellos a la vez.

El informe de Caleb y Josué

Entonces Caleb, uno de los espías, él que había traído el gran racimo de uvas, levantó las manos y gritó:

–¡Sí podemos conquistar la tierra!

–¡No! –dijeron los demás espías–. (Todos menos Josué.) ¡Es imposible! Los hombres que vimos allí son enormes.

–¡Pero Dios está con nosotros! –dijo Caleb.

–¡Sí! Dios está con nosotros –dijo Josué.

Caos en el campamento

Hubo caos en el campamento. La gente gritaba. Casi todos pasaron la noche llorando. Pensaban en volver a Egipto.

–¿Por qué seguimos a Moisés? ¡Vamos a elegir otro jefe!

Eleazar y Raquel escuchaban asombrados lo que estaba pasando. Había sido emocionante para los muchachos jugar a los espías. Ahora, todo era caos. Nadie jugaba.

–¡No desesperen! –dijeron Caleb y Josué, tratando de calmar al pueblo–. Dios nos va a ayudar a conquistar la tierra.

–Vamos a comer a esos gigantes como si fueran pan –dijo Caleb–. ¡El Señor está con nosotros!

Pero la gente no les hizo caso. Más bien, ¡querían apedrear a Josué y Caleb! Todos se habían desanimado.

Pero no todos. El papá de Eleazar y algunos otros hombres creyeron a Josué y Caleb. ¡Eso animó a Eleazar!

El castigo de Dios

Dios castigó al pueblo por haber dudado. Tendrían que vagar por el desierto durante cuarenta años, hasta que murieran. Sólo los niños y los jóvenes verían la Tierra Prometida. También Josué y Caleb, porque ellos confiaron en Dios.

–No es justo –dijo Eleazar–. Por culpa de los que no creen todos vamos a sufrir. Quiero ir a la Tierra Prometida.

–Yo también quiero ir –dijo Raquel–. ¡Nos vamos a volver viejos vagando en el desierto!

¡Así fue! Eleazar y Raquel crecieron, se casaron, tuvieron hijos, y también nietos. ¡Y seguían vagando en el desierto!

Ya no era divertido jugar a los espías.

Viene pronto el siguiente capítulo: Agua de la roca

 

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