Tres amigos leales

Doña Beatriz preguntó a los niños del Club Tesoros si habían pensado en la pregunta de la semana pasada:

¿Cómo sería si fueras tan fiel a Dios, que nuestro Presidente hiciera un decreto
de que todos debían adorar a tu Dios?

Solamente Alberto, el niño conocido como Sal, había pensado en la pregunta. Toda la semana había pensado en Daniel y el rey Darío, y la carta que el rey había mandado a todas las naciones del mundo para que honren al Dios de Daniel.

Aunque Daniel sabía que su castigo sería la muerte en el foso de los leones, no tuvo miedo ni dejó su costumbre de orar a Dios tres veces al día.

–Yo quisiera ser tan valiente y leal a Dios como Daniel –dijo Sal–. Quisiera ser un buen ejemplo para mis amigos y también para mis compañeros en la escuela.

–Tú eres un buen ejemplo para mí –dijo su amigo Pimienta.

–Para mí también –dijo Samuel–. Si no fuera por ti yo no vendría al Club. Desde que te conozco he querido ser como tú.

–Eres un buen muchacho –dijo doña Beatriz–. Es verdad lo que dicen Pimienta y Samuel. Eres el «Daniel» de nuestro Club. Ahora veremos cómo eran los amigos de Daniel.

Los amigos de Daniel y la estatua de oro

Daniel y sus amigos Sadrac, Mesac y Abed-nego eran funcionarios del rey de Babilonia. Ellos habían llegado cautivos de la tierra de Israel, y el rey Nabucodonosor los había preparado para que sirvan en el gobierno.

Después de un tiempo Nabucodonosor mandó hacer una inmensa estatua de oro. La puso en un sitio abierto donde podía reunirse mucha gente. Mandó a llamar a todos los funcionarios y gobernadores de su reino para que asistan a la dedicación de la estatua.

Había un gran orquesta. Al sonido de la música, todos debían inclinarse para adorar la estatua. Si alguien no la adoraba, inmediatamente sería arrojado a un horno de fuego.

Cuando el rey dio el decreto, Daniel no estaba presente; pero sus amigos estaban allí. Ellos conocían los mandamientos de Dios, de que no hagamos ídolos y que no los adoremos.

El día de la gran dedicación, cuando había miles de jefes y gobernadores reunidos, se oyó la música de toda clase de instrumentos. Inmediatamente todos se postraron y adoraron la estatua.

¿Dije todos? No todos lo hicieron. Los tres valientes amigos de Daniel quedaron de pie. ¡Sadrac, Mesac y Abed-nego no adoraron la estatua!

El rey Nabucodonosor estaba furioso. ¡Cómo se atrevían a desobedecer sus órdenes! Aunque él era el rey más poderoso de la tierra, los tres amigos de Daniel no podían adorar su estatua, porque ellos servían a Dios. Debían cumplir los mandamientos, de no hacer imágenes ni adorar ídolos.

Siete veces más caliente

El rey se enfureció tanto que mandó calentar el horno siete veces más de lo acostumbrado.

–Su Majestad, Dios puede librarnos de su mano –dijeron Sadrac, Mesac y Abed-nego–. Si no lo hace, no importa; pero no adoraremos la estatua.

Los tres amigos estaban dispuestos a morir antes que des-honrar el nombre de Dios. Nabucodonosor ordenó que los hombres más fuertes y vigorosos de su reino los ataran y los arrojaran al horno. Esos hombres cayeron muertos al pie del horno, porque el calor del fuego era tan intenso.

Jesús estaba con ellos

¿Qué pasó con Sadrac, Mesac y Abed-nego? El rey casi se muere de espanto, porque en medio del horno se paseaban estos amigos, ¡y con ellos estaba alguien que parecía ser hijo de los dioses! ¡Jesús estaba con ellos en el horno!

–Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, ¡salgan y vengan! –gritó el rey.

Los tres amigos salieron del horno. El rey y los gobernadores investigaron el sorprendente milagro. No se había quemado la ropa de estos valientes amigos y ni un cabello se había chamuscado. ¡Ni siquiera olían a humo!

El rey Nabucodonosor dio gloria a Dios y decretó que en todo su reino la gente ahora debía adorar a Dios.

Sal, Pimienta y Pepita, y los demás amigos del Club, nunca habían oído algo tan emocionante, aunque para Pimienta era difícil creerlo. Él siempre tenía dudas en su corazón.

–Tal vez en algún momento ustedes tengan que ser valientes y defender su fe, como estos amigos –dijo doña Beatriz–. Jesús estará con ustedes. Nunca desobedezcan a Dios ni adoren ídolos e imágenes. ¡Sean leales!

 

En MIS PERLITAS encuentra todas las ayudas para esta historia.

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