El gran coro junto al mar

Eleazar y Raquel estaban cansados, ¡muy cansados! Había sido una larga caminata llegar a la otra orilla. Eleazar puso al corderito en la arena y luego él y Raquel se acostaron a dormir. Una amable señora los tapó con una frazada. ¡Nada en el mundo podría impedirles el descanso!

Había gran alboroto alrededor de los dos amiguitos, pero ellos dormían tranquilos. Al día siguiente les contaron lo que pasó esa noche.

Al amanecer hubo un gran desorden entre el ejército del faraón. Las ruedas de los carros se caían y les era imposible seguir hacia adelante.

De repente se escuchó un grito: «¡Escapemos de Israel! ¡El Señor pelea por ellos!»

Nuevamente Dios dio una orden a Moisés. Debía levantar su vara sobre el mar. Cuando lo hizo, las grandes olas del mar se volvieron a su lugar. Cayeron los muros y todo era como antes.

El gran ejército enemigo se ahogó. Así salvó Dios a su pueblo del ejército del faraón.

Un día inolvidable

Era un día inolvidable. Los Israelitas nunca más tendrían que servir a los egipcios. ¡Para siempre habían dejado atrás la esclavitud! Rompieron en gritos de júbilo. Con todas las fuerzas de sus pulmones alabaron a Dios.

Los israelitas estaban tan contentos que se abrazaban unos a otros. Algunos lloraban de alegría. Otros se reían…

Uno de los hombres escribió un canto acerca de lo que había pasado la última noche. Otro inventó una melodía para el canto.

Pronto se podía escuchar cantar a la gente. Más de dos millones de voces se mezclaban en la hermosa armonía. Moisés era el dirigente.

Cantaré en honor al Señor,
que tuvo un triunfo maravilloso
al hundir en el mar caballos y jinetes.
Mi canto es del Señor,
quien es mi fuerza y mi salvación.
Él es mi Dios, y he de alabarlo.
Es el Dios de mis padres, y he de enaltecerlo.
¡El Señor reina por toda la eternidad!

María, la hermana de Moisés y Aarón, tomó una pandereta, un instrumento parecido a un pequeño tambor. Muchas de las mujeres siguieron su ejemplo. Todas cantaban y danzaban. ¡Qué felicidad había en el campamento!

Pero, no todos estaban felices. Por ejemplo, Simón y Elizabet, los padres de Eleazar. Ellos estaban muy preocupados por su hijo. Entre todo el alboroto de cruzar el mar, Eleazar se les había perdido. ¡Cómo habían buscado a su hijo! No había caso de encontrarlo.

¿Dónde está Raquel?

Joel, el papá de Raquel, también estaba muy preocupado. Él había ido en busca de su asno. Cuando no lo encontró, volvió al lugar donde había dejado a Raquel. Allí se encontró con toda la gente que escapaba del ejército del faraón.

Fue imposible para Joel abrirse paso para volver al lugar donde había dejado a su hija. Perdió toda esperanza. ¿Qué pasaría con su amada Raquel?

Al fin Joel tuvo que darse por vencido y acompañar a la multitud que escapaba por en medio del mar. No había encontrado a su asno; pero eso no le importaba. Lo peor era que había perdido a su hija.

¿Dónde estará Raquel? –se preguntaba–. ¿Habrá muerto, pisada por toda esta gente? ¿Se habrá ahogado en el mar?

La gente alrededor de Joel estaba muy alegre. Todos cantaban y alababan a Dios. Pero Joel no podía cantar; estaba muy preocupado. ¿Dónde está Raquel? –repetía una y otra vez–. ¿Estará viva o muerta?

Nuevamente Joel trató de abrirse paso entre la gente. Con pasos tristes iba rumbo a la orilla del mar, cuando vio algo…

¿Qué vio Joel? ¡Era su asno! Algo interesaba mucho al asno. ¿Podría ser? Sí, era cierto… ¡El asno estaba mirando a Raquel!

El próximo capítulo: JUNTOS DE NUEVO

MIS PERLITAS

Actividades, dibujo para colorear, láminas, multimedia, y más.

Encuéntralo en MIS PERLITAS.

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