El rescate de un corderito

Raquel y Eleazar avanzaban por el mar tomados de la mano. Era de noche, pero parecía como de día. El fuego les alumbraba el camino.

De repente Raquel se quedó parada.

–¡Mira Eleazar! ¡Qué hermoso caracolito!

Los niños se arrodillaron en la arena para admirar el hallazgo de Raquel.

–¡Mira aquí, hay uno más lindo!

No era un caracolito nada más, sino muchos. Había también lindas conchas; de muchos colores. Esto les emocionó tanto que se olvidaron de la gente que avanzaba. No se preocuparon del muro de agua, ni del ejército del faraón.

El ejército de los egipcios ya casi les pisaba los talones a los israelitas. ¡Se habían aventurado a seguirlos a través del mar! Sólo la nube separaba a los dos grupos.

¿Cómo escaparían?

Sin darse cuenta del peligro, los niños corrían de aquí para allá recogiendo conchitas. La voz de un pastor de ovejas los despertó a la realidad.

–Niños, ¿qué están haciendo? –dijo el pastor–. No pueden seguir jugando más. Tienen que escapar para salvar su vida. ¿Ven esa nube? ¡El ejército del faraón está detrás de ella!

¡Era cierto! Se podía oír el ruido de los guerreros, de las carretas, y del galopar de los caballos. Raquel y Eleazar se quedaron tiesos de miedo. ¿Cómo podrían escapar?

La voz del pastor se oyó con más fuerza.

–Niños, ¿no me oyen? –les gritó–. ¡Tienen que correr! Vengan conmigo y van a estar a salvo.

Eleazar tiró sus conchitas y echó a correr. Raquel tiró todas, menos una; la más bonita. Apretó la conchita contra su pecho. Luego corrió junto a Eleazar. Ambos se apuraron para llegar a la otra orilla.

A sus espaldas el ruido de los guerreros aumentaba en volumen. La nube que los separaba se acercaba más y más. ¿Lograrían salvar la vida?

¿Llegarían a la meta?

Comenzó la emocionante carrera de Raquel y Eleazar. Avanzaban hacia adelante tan rápido como podían. Sin embargo, el ruido que hacía el ejército del faraón aumentaba más y más. Trataron de apurar los pasos, pero dentro de un rato Raquel se quejó de que ya no podía más.

–Se me doblan las piernas al correr. Estoy muy cansada.

–¡Tenemos que seguir adelante! –la animó Eleazar.

Eleazar echó una mirada hacia atrás. La nube los estaba alcanzando, y los gritos del ejército enemigo se oían con más y más fuerza. El general gritaba a su gente.

Con el miedo que tenían, las fuerzas de los niños aumentaban. Siguieron corriendo hacia la otra orilla del mar. En ese momento escucharon un gemido que inmediatamente reconocieron: «Maa, maa, baa, baa…»

Eleazar dejó de correr. Era un corderito que lloraba. Estaba atrapado entre algunas piedras. Nadie se había dado tiempo para ayudarle. Los niños se olvidaron del peligro que los amenazaba. Se arrodillaron junto al corderito y Eleazar retiró las piedras que lo tenían atrapado.

Apenas recibió la libertad, el corderito se echó a dormir. Estaba totalmente agotado.

–¿Qué vamos a hacer con el pobrecito? –sollozó Raquel.

Como no podían dejarlo solo en medio del mar, los niños decidieron llevarlo con ellos. Eleazar lo tomó en sus brazos.

Como tenían al cordero, ya no podían avanzar tan rápidamente. Más y más se les acercaba el peligro. ¿Escaparían del faraón? Eleazar volvió a mirar hacia atrás.

¡Qué raro! Parecía que la nube no se había movido. El ejército del faraón no podía avanzar. ¡Qué alivio! Sin temor los niños podían seguir su camino. ¡Al fin llegaron a la otra orilla!

Había cualquier cantidad de gente, pero los niños apenas los vieron. Estaban muy cansados. Con cuidado Eleazar bajó al corderito y lo puso en la arena. Luego él y Raquel se tomaron de las manos y se acostaron a dormir.

A la orilla del mar los niños y el cordero soñaban juntos.

El próximo capítulo: Un gran coro junto al mar

MIS PERLITAS

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