El cordero de la Pascua

Todo comenzó el día en que Aarón fue al desierto. Allí se encontró con su hermano Moisés. Juntos regresaron a Egipto.

Desde ese momento comenzaron a suceder cosas interesantes. ¡Moisés era muy valiente!

Lo que nadie se había atrevido hacer, lo hizo él. Fue al palacio del rey y le ordenó que dejara ir al desierto a los israelitas.

–Es el Señor que da la orden –dijo Moisés.

–¡Ja, ja, ja, ja! – se rió el faraón–. ¿Quién es el Señor para que yo deje salir a mis trabajadores? ¡Imposible! ¡Retírense y vuelvan al trabajo!

Moisés no se dio por vencido. No, ¡nunca!

Todos los muchachos admiraban a Moisés y querían ser como él. Eleazar se estiró debajo de la frazada. Él sabía que Moisés tenía más poder que todos los magos de Egipto.

¡Había logrado poner al rey de rodillas! No con su propia fuerza, sino con el poder de Dios. El Señor le había ayudado.

La promesa de Dios

Elisabet, la mamá de Eleazar, le había contado todo esto.

También le había contado otras cosas. Por ejemplo, acerca de Abraham, que vivió hace mucho tiempo.

Dios y Abraham eran buenos amigos. Una vez Dios le dijo a Abraham que sus descendientes iban a vivir como esclavos en Egipto. Luego Dios los iba a sacar de allí.

Ahora se estaba cumpliendo lo que Dios le había prometido a Abraham. Los israelitas habían vivido muchos años en Egipto, sufriendo mucho como esclavos del faraón.

Los egipcios los habían tratado muy mal. Tenían que realizar los trabajos más pesados, solo para recibir latigazos. Las espaldas de los israelitas estaban cansadas y heridas.

Al papá de Eleazar también le habían dado golpes. Una vez había vuelto a casa con la espalda herida y sangrante.

Si Eleazar hubiera sido un poco más grande habría defendido a su papá contra todos los que lo trataban mal. Felizmente habían escapado de las manos del faraón.

Eleazar bostezó. Le vencía el sueño, pero no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado en los últimos días.

En la cabeza de Eleazar daban vueltas el faraón, Moisés, sapos, langostas y moscas. ¡Las cosas que Dios había hecho para convencer al faraón! Le había castigado con muchas plagas. Ni así, el rey quiso dejarlos ir.

Eleazar siguió pensando. Recordó el cordero de la Pascua y la última noche que habían pasado en Egipto.

La última noche en Egipto

El papá de Eleazar había pintado con sangre la puerta. Dijo que era para salvar la vida de Eleazar.

Esa noche todos los hijos primogénitos tenían que morir. Solo se salvarían los que habían pintado con sangre la puerta.

Allí se quedó en sus pensamientos. A pesar del duro suelo Eleazar se había quedado dormido. Alrededor de él la gente tenía miedo. Nada sabían del futuro. ¿Qué pasaría mañana?

¿Cómo cruzarían el mar?

El pueblo de Israel había llegado a orillas del mar Rojo y los persiguía el ejército del faraón. ¿Qué podían hacer?

Mientras Eleazar y sus amigos dormían bajo el cielo estrellado, sus padres conversaban con voces muy preocupadas.

–¡El faraón nos está persiguiendo!
–¡Hemos caído en una trampa!
–¡Todos vamos a morir!
–¡No tenemos por dónde escapar!
–¿Cómo vamos a cruzar el mar? ¡Es imposible!
–Mejor nos hubiéramos quedado en Egipto. Ahora vamos a morir todos. ¡Moisés nos ha engañado!
–Tenemos que entregarnos vivos al ejército del faraón.

El papá de Eleazar no había dicho nada, pero en ese momento no se pudo callar más.

–¡Yo no me entrego! –dijo–. ¡Voy a luchar hasta la última gota de sangre! No quiero que mi hijo sea esclavo. ¡Voy a hacer todo lo posible para que él sea un hombre libre!

La próxima semana: Una nube protectora

En MIS PERLITAS está todo el material relacionado con esta historia.

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