El burrito que no se perdió

La Perlita cumple 60 años

 

Mi primer viaje misionero

–¡No quiero montar el burrito!

–¡Tienes que subirte al burro!

–¡No! Tengo miedo…

Yo discutía con mi papá. Estábamos en una senda angosta que daba vueltas por las montañas en la selva de los Andes del Perú. Había profundos precipicios.

Tenía apenas cumplidos 13 años y estaba acompañando a mi papá en uno de sus viajes misioneros.

Nos encontrábamos lejos de la ciudad, lejos de la carretera. Habíamos pasado la noche en un pueblito donde dejamos el auto. La gente nos miraba, sorprendida de ver a una gringuita tan adentro en la selva montañosa.

UN PAPÁ MUY JOVEN

Una señora discutió con mi papá porque no creía que yo era su hija, sino su esposa. Yo le insistí que él era mi papá.

–No lo creo –me dijo–. Quizá es tu hermano; pero no es tu papá. Se ve muy joven.

La verdad es que mi papá se veía joven. Cuando acompañó a mi madre para que sacara su licencia de conducir, el instructor pensaba que ella era su mamá. ¡Eso que mi madre era menor que él! Sí, tenía un papá joven.

El lugar a donde íbamos se llamaba Cedruyo. Los hermanos de la iglesia mandaron a alguien a buscarnos, que trajo dos burritos. Eran mulas, una mezcla entre caballo y asno. Nos dijeron que esos burritos eran de mucha confianza; pero yo tenía miedo y no quise montar. Mi papá me obligó porque era un viaje largo, de más de un día.

COMO MONOS EN UN ZOOLÓGICO

Camino a Cedruyo pasamos la noche en un pueblito. Nos ofrecieron alojamiento en un cuarto que daba a la plaza y tenía solo tres paredes. Allí estábamos papá y yo, sentados en la cama para acostarnos, y toda la gente del pueblo reunida para mirarnos.

–Somos como monos en un zoológico –me dijo mi papá.

Tenía razón. Esperamos hasta que uno por uno los curiosos se cansaron y se fueron a dormir. Por fin pudimos acostarnos en ese cuartito de tres paredes que daba a la plaza y que no tenía puerta protectora.
Nunca olvidaré esa experiencia interesante que tuve en mi primer viaje misionero.

EL BURRITO VOLVIÓ A SU CASA

El burrito que me habían dado para montar se cansó de mí. Eso creo, porque al día siguiente había desaparecido.

–No te preocupes –le dijo mi papá al hermano que había ido para acompañarnos. La Biblia dice que el asno conoce el pesebre de su amo. Verás que el burrito se ha ido a su casa.

Verdad que era así. ¡No se había perdido!

Isaias 1_3

Con el burro que no se había ido nos turnamos en montar hasta llegar a Cedruyo. Allí la gente me miraba con más sorpresa que el en pueblo donde dejamos el auto. ¿Cómo era posible que hubiera llegado hasta allí una gringuita?

APRENDÍ A COMER YUCA

Pasamos unos días alegres con los hermanos que se habían reunido para escuchar la enseñanza de la Biblia que les trajo mi papá. Él solía viajar a muchos lugares apartados para enseñar la Palabra de Dios.

Lo que más me sorprendió es que no había pan. La panadería quedaba muy lejos de allí. La gente comía yuca. No me gustó, porque se me pegaba al paladar. Pero me he acostumbrado y ahora me encanta comer yuca. ¿Conoces la yuca? ¿Te gusta? ¡Qué rica es la yuca frita!

Así como el burrito conocía su casa, Dios quiere que nosotros aprendamos a conocer la casa de nuestro Padre celestial. En su casa, su amor nunca se acaba. Siempre eres bienvenido a la casa de Dios.

Te quiere, Tía Margarita

 

Para imprimir: El burrito que no se perdio color    El burrito que no se perdio

Para colorear: El burrito   Póster: Isaias 1_3   Actividad: El buey y el asno 

Fotos: Cedruyo 1959

Cedruyo 1959

 

  

 

 

 

 

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