El bribón de la playa

niño playa sucio 3Federico era un muchacho de doce años, alto y robusto, con ojos tan grandes y oscuros como la malicia y el engaño que llevaba en su corazón.

Su mamá había muerto y su padre lo había abandonado. Dormía en los parques, comía lo que robaba, y vestía harapos sucios y gastados.

DAÑO COMO UN HURACÁN

Nadie le había enseñado cómo debía portarse. Por donde pasaba, hacía más daño que un huracán. Tiraba cáscaras de plátanos en las veredas, y se reía cuando la gente se resbalaba y caía.

Para divertirse, entraba en alguna tienda para comprar garbanzos. Cuando le entregaban el paquete, lo sacudía y derramaba los garbanzos sobre el mostrador. Después se escapaba con la velocidad de una flecha.

Federico insultaba a los ancianos. Como vivía solo y abandonado, nadie le había enseñado que debía respetar a las personas, a chicos y a grandes.

Cuando estaba aburrido, rompía los vidrios de las ventanas y tocaba los timbres de las casas; después se escondía.

Así pasaba su vida. Federico vivía en un pueblo junto al mar. Como siempre hacía estragos, y era un haragán malcriado, la gente le decía «el bribón de la playa».

EL TERROR DE TODOS

Federico era el terror de todos. Los niños le tenían miedo y la gente grande lo odiaba; aún sus mismos compañeros de maldades no lo querían. Él no pensaba en nada bueno ni amaba a nadie.

De no haber sido por nuestro Padre celestial, Federico hubiera tenido un fin muy malo. Pero Dios tenía guardado un paquete de perdón y felicidad para ese niño que pensaba que nadie en el mundo lo quería.

Cierto día, en que Federico estaba con otros bribones en la plaza del pueblo, un hombre se le acercó y dijo: «Te doy esta moneda si vas a la escuela de los evangélicos para armar desorden.»

Cinco minutos más tarde, Federico entró en una escuela dominical, cojeando del pie izquierdo y arrastrando la sandalia del derecho. Sus compañeros bribones se miraban maliciosamente y sonreían, como diciendo: «¡Vaya trueno que vamos a dar!»

NO HUBO DESORDEN

El director de la reunión comprendió la intención de los muchachos y los separó en diferentes grupos.

A Federico le tocó sentarse junto con unos jovencitos que escuchaban a un hombre que hablaba con mucha amabilidad. Contó una historia parecida a la vida de Federico. Dios había hecho de un niño malo un buen ciudadano.

Cuando el profesor terminó de hablar, Federico tiró su sombrero al piso, puso las manos en los bolsillos, y dijo:

–Si usted me convence de que es verdad lo que ha dicho, le doy esta moneda. Me la dio un señor para que armara desorden en esta escuela.

–¿Por qué quieres saber si es verdad? –le preguntó el profesor.

–Para buscar a Jesucristo, aunque sea debajo del mar.

–¿Por qué quieres buscarlo?

–Quiero decirle que yo… que yo… que soy malo y que no tengo la culpa. Es decir… ¡sí la tengo! Pero… no quiero ser malo.

–¿Qué más le dirías?

–Que yo… que yo… ¡Ah, señor, me da vergüenza decirlo! Me he portado muy mal. Quiero pedirle que me perdone.

niño playa coUN HOGAR PARA FEDERICO

Del desorden que iban a armar los bribones no hubo nada; en cambio, Federico recibió un hogar. El profesor lo llevó a su casa y le habló del amor de nuestro Señor Jesucristo.

En ese hogar, Federico recibió lo que durante años le hizo falta: una mamá y un papá. En vez de hacer estragos y comer de lo robado, empezó a trabajar como ayudante de los pescadores, llevando algo muy precioso en el corazón: amor a Jesucristo por haberle perdonado su mala vida.

Poco a poco fue ganando el amor y el cariño de la gente del pueblo, ya que a todos demostró que Jesús había hecho un muchacho bueno del «bribón de la playa».

JESÚS HACE TODO NUEVO

Así como nuestro buen Salvador cambió la vida de Federico, puede hacer con cualquiera que le pide perdón. Jesucristo recibe con brazos abiertos a todo el que viene a Él.

¿Has recibido a Jesús como tu Salvador?

306 Poster 2 Cor 5_17

Para imprimir: El bribon de la playa    El bribon de la playa color

Para colorear: Un nuevo Federico   Póster: 2 Cor 5_17   Actividad: Todo nuevo

 

 

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