El criadero de gérmenes

Felipe no le gustaba lavarse las manos. A veces decía que eso era cosa de mujeres. Él se consideraba más hombre cuanto más negras tenía las uñas y cuanto más sucias estaban sus manos.

Su mamá lo amonestaba constantemente acerca de la importancia de lavarse las manos. Durante la semana su padre no le daba mucha importancia a la limpieza. Él era mecánico y era lógico que cuando trabajaba con los motores de autos se le ensuciaban las manos.

UNA REGLA FIJA

Pero había una regla en casa de Felipe, una regla que él, aunque a regañadientes, tenía que cumplir. ¡Los domingos las manos tenían que brillar! Nadie en la familia iba a la Casa de Dios con manos sucias.

«Lávense las manos, pecadores» leía el papá en la Biblia. Aunque esas palabras se refieren al corazón, se las leía a Felipe para mostrarle que la Biblia habla de manos limpias.

La mamá de Felipe le hablaba del peligro de los gérmenes o microbios, que pueden causar muchas enfermedades; pero él no prestaba atención. Hasta que un día, en la iglesia, dieron una lección acerca de la higiene personal.

Felipe respetaba mucho a su maestro. Cuando éste les habló de la importancia de tener manos limpias, Felipe era todo oídos. Al llegar a casa, repitió casi palabra por palabra toda la lección. Y les obligó a escuchar a sus hermanitos.

Germenes

LOS GÉRMENES O MICROBIOS

–Les voy a hablar de los gérmenes –dijo Felipe–. ¿Quién sabe lo que son los gérmenes?

A Fabio le dio gracia la palabra. Le pareció como germanos, que es otra palabra por alemanes, y decidió hacerle un chiste a su hermano.

–Los gérmenes son soldados alemanes –dijo entre risas–. Son los que atacan a los francés.

–A ti te van a atacar por creerte listo –le respondió Felipe.

–Son enanos gemelos –dijo Rocío, también bromeando.

Por fin, Felipe logró calmar los ánimos bromistas y se hizo de maestro. Aun su madre lo escuchó con atención.

–Los gérmenes son microbios tan pequeños que no podemos verlos a simple vista. Son tan pequeños que millo-nes de ellos caben en la cabeza de un alfiler.

–No te creo –dijo Rocío, y corrió en busca de un alfiler para mostrar que eso sería imposible.

–Es verdad –dijo Felipe–. Lo dijo mi maestro y él no miente. Los gérmenes están en todas partes. En el piso, sobre la mesa, en el baño… en todas las cosas.

–¿Para qué son esos soldados alemanes? –preguntó Fabio, que seguía con ganas de bromear.

–Hay gérmenes buenos que se utilizan en la medicina y hay gérmenes malos que nos hacen enfermar. Ustedes saben que a mí no me gusta lavarme las manos.

–Sí, sí –gritaron todos a una voz.

Muchas veces habían oído las quejas de Felipe que no quería lavarse.

–Mi maestro nos explicó que los gérmenes nos hacen enfermar. Están en las heces, en los desperdicios de comida en mal estado, en los fluidos del cuerpo. Nos dan resfríos y se esparcen del cuerpo cuando tosemos o estornudamos.

–Los gérmenes se adhieren fácilmente en las manos sucias –dijo la mamá, muy feliz de que Felipe empezara a interesarse en los gérmenes.

–De las manos, los malos gérmenes entran en el cuerpo cuando nos tocamos la boca, los ojos o la nariz –agregó Felipe–. Cuando tenemos gérmenes en el cuerpo nos pode-mos enfermar, especialmente con resfrío, gripe o diarrea. Y los gérmenes pasan de las manos a las cosas que tocamos y podemos contagiar a otras personas.

El papá había estado ocupado en otras cosas y cuando vio a todos reunidos con Felipe preguntó de qué se trataba.

–Felipe está dando una charla sobe soldados alemanes –dijo Fabio–. ¡El encantado de las manos sucias se ha convertido!

–¿Soldados alemanes? ¿Manos sucias? No entiendo…

–Felipe está hablando de gérmenes –dijo Rocío–. Quiere hacernos creer que en la punta de un alfiler puede haber un millón de esos soldados alemanes.

MANOS Y CORAZÓN LIMPIOS

–¡No bromeen! Es cosa seria –dijo Felipe–. Hoy he aprendido por qué debo lavarme las manos. No quiero tener criadero de gérmenes debajo de mis uñas negras.

–¡Chispitas! –dijo el papá –. Yo soy el que tengo criadero de gérmenes. ¿Cuántos millones habrá debajo de mis uñas?

Así siguieron con la conversación el día que en casa de Felipe todos comprendieron por qué era tan importante lavarse las manos. ¡Es para estar saludables!

Es importante que nos lavemos las manos para cuidar del hermoso cuerpo que Dios nos ha dado pero es mucho más importante que nuestro corazón esté limpio delante de Dios.

Lávense las manos, pecadores; purifiquen
su corazón. 
Santiago 4:8, NTV

193 Adios germenes5

Para imprimir la historia y otros materiales: La Perlita 193

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