La doble salvación de Leonardo

En un hermoso día de verano, Adolfo y Leonardo se paseaban alegremente en sus bicicletas. Eran viejos amigos. Estudiaban en la misma escuela y asistían a la misma iglesia. Pero había una gran diferencia. Andaban juntos como amigos pero iban en direcciones opuestas. Adolfo tenía marcado su rumbo al cielo; pero Leonardo, no.

ADOLFO SEGUÍA A CRISTO

Adolfo había recibido a Cristo en su vida y se sentía feliz. Su destino final era el cielo. Esa tarde, mientras disfrutaban del paseo, Adolfo le dijo a su amigo:

–Leonardo, desde que acepté a Jesucristo como mi Salvador, Él me ha hecho muy feliz. ¿Por qué no lo aceptas tú también?

— Adolfo, quizás eso esté bien para ti; pero yo no veo la necesidad de hacerlo. Tú sabes que yo no hago mal a nadie y ayudo a mi prójimo en lo que pueda.

–Sí, es cierto –le contestó su amigo–. Pero las buenas obras no nos salvan. Solo Jesucristo salva.

Adolfo sabía que Leonardo era un buen muchacho. Todos en el vecindario lo apreciaban; pero no había aceptado a Cristo y ¡Jesús es el único camino al cielo! Adolfo se propuso orar por su amigo.

UN DÍA DE PESCA

Al día siguiente el papá de Adolfo los llevó a pescar en su lancha. Era un día hermoso para ir de pesca. Salieron temprano para aprovechar el día.

–Ojalá tengamos una buena pesca hoy –dijo Adolfo, esperanzado.

Las cosas les fueron muy bien esa mañana y a pesar que había correntada tuvieron una buena pesca.

Cerca del mediodía comieron los sándwiches que la mamá de Adolfo les había preparado. Como el día estaba hermoso, siguieron con la pesca.

LEONARDO CAYÓ AL AGUA

En un momento de descuido, Leonardo, que estaba muy cerca del borde, perdió el equilibrio y cayó al agua, dando un grito.

Debido a la correntada, las aguas lo arrastraron inmediatamente lejos de la lancha.

Esto tomó de sorpresa a Adolfo y a su papá, que no supieron qué hacer. Pero reaccionando de inmediato y el papá de Adolfo hizo girar en redondo la lancha, dirigiéndola hacia el lugar donde el agua arrastraba a Leonardo.

Mientras tanto, Leonardo hacía despedrados esfuerzos para mantenerse a flote y acercarse a la lancha. Aunque sabía nadar, todos los esfuerzos que hacía eran inútiles, pues la correntada era demasiado fuerte.

Si la lancha no llegaba pronto, Leonardo estaría perdido. En aquellos momentos de desesperación, él se dio cuenta de que por sí solo no podía hacer nada y que a menos que alguien lo ayudara estaba destinado a perecer.

UNA LUCHA EN EL CORAZÓN

En esos momentos de angustia, Leonardo recordó unos versículos que había aprendido en la escuela dominical. Uno era Juan 1:12, donde dice que todos

Los que reciben a Jesús y creen en su nombre, tienen el derecho de ser hijos de Dios.

Recordó también Juan 3:36, que dice: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios.»

En esos momentos comprendió que todo lo que había hecho de bueno no era suficiente para presentarse ante Dios.

Allí en el río, luchando contra la corriente, Leonardo exclamó: «Oh, Dios, ayúdame a no perecer. ¡Sálvame!»

Aunque Leonardo sabía lo que necesitaba hacer para ser salvo, algo le impedía aceptar a Jesús como su Salvador. Leonardo luchaba contra la corriente, nadando lo mejor que podía. Pero también había una lucha en su corazón. Aunque Leonardo sabía que solo Jesús podía salvarlo, no le salían las palabras para entregar su vida a Cristo. No era difícil decir «Dios, ¡sálvame!». La lucha era decir «Jesús, ¡sálvame!»

A SALVO EN LA LANCHA

Cuando todo parecía perdido, en un último esfuerzo, el papá de Adolfo acercó la lancha lo sufriente como para alcanzarle una soga a Leonardo, aunque corría el peligro de que fueran arrastrados hacia una cascada.

Leonardo se aferró a la soga y luego de unos minutos se encontraba a salvo en la lancha. ¡Qué alivio! La faltaron palabras para agradecer a Adolfo y a su papá.

LA PESCA

DOBLE SALVACIÓN

Cuando pudo reponerse un poco y estuvo a solas, Leonardo abrió su corazón a Jesús. Comprendió que ninguna buena obra que él hiciera podía salvar su corazón del pecado. Era como cuando luchaba en el agua para salvarse. Solo la soga que le extendió el papá de Adolfo lo salvó de morir ahogado. Y solo clamar a Jesús podía salvarlo del pecado y cambiar el rumbo de su vida.

–Adolfo, tú tenías razón –le dijo Leonardo a su amigo–. Cuando me estaba ahogando en el agua solo la soga que me extendió tu papá me salvó la vida. Me he dado cuenta de que todos mis esfuerzos han sido vanos y que solo Jesús me puede salvar.

–Sí, Leonardo –dijo Adolfo–.  Mi papá y yo nos asustamos al ver que la corriente de agua te arrastraba. ¡Qué bueno que logramos salvarte!

–Fue una doble salvación –dijo Leonardo, muy contento–. Ustedes me salvaron del agua corrientosa pero Jesús me ha salvado para ir al cielo.

–Ahora somos dos amigos que vamos rumbo al mismo destino eterno –dijo Adolfo.

Si por casualidad llegaras al barrio donde viven Adolfo y Leonardo los verías montando sus bicicletas o en la lancha, en un día de pesca. Lo mejor para estos dos amigos es que saben que un día van a pasearse juntos en las calles de oro del cielo.

TÚ PUEDES SER SALVO

Amiguito o amiguita: ¿Has aceptado a Cristo como tu Salvador?  Si no lo has hecho, hazlo ahora mismo para que estés listo para ir al cielo con Jesús.

Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre,
les dio el derecho de ser hijos de Dios.
Juan 1:12

Para imprimir: La doble salvación de Leonardo

Hoja para imprimir: Leonardo y Adolfo

Actividad: Solo Jesucristo salva

Póster: La doble slavación de Leonardo

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