La negligencia de Jobita

Jobita tenía una expresión de fastidio mientras deslizaba la plancha por entre los botones de la blusa de Ana, su hermanita.

–¿Por qué no la rocías? –le dijo Flora, mientras la esperaba sentada en un banco junto a la ventana–. Te resultaría mucho más fácil y quedaría mejor.

–No importa –le contestó Jobita–. Ana no tiene que salir.

UN HOMBRE EN LA PUERTA

Espiando por la ventana Flora exclamó:

–Jobita, hay un hombre parado en la puerta de la calle.

–Tal vez es un vendedor –dijo mientras seguía planchando.

–Será mejor que vayas a ver quién es.

Sé que es un vendedor, pensó Jobita al ir a la puerta.

–¿Está en casa tu papá? –le preguntó el hombre con una sonrisa cuando la niña abrió la puerta.

Jobita sacudió la cabeza.

–Nunca viene antes de la noche –dijo, y cerró la puerta.

–¿De modo que no sabes dónde está tu papá? –le dijo Flora en un tono acusador.

–Sí, sé dónde está –admitió Jobita–, pero a él no le gusta que lo molesten cuando está en la oficina. Si le decía dónde está hubiera tenido que buscar en la guía telefónica para darle el número de su oficina. No te preocupes, Flora.

EVITABA LAS MOLESTIAS

Volvió al cuarto de planchar para terminar con la blusa de su hermanita. La plancha que había caído sobre la tabla tostó la frazada de planchar. Jobita se acordó que cuando fue a atender el llamado no la había apoyado con cuidado.

Trató de que su amiguita no viera lo que había pasado, pero Flora ya lo había visto.

–Lo que pasa contigo –señaló Flora–, es que haces lo posible para que nadie te moleste.

Jobita no le prestó atención. Flora no tenía nada que ver con eso. Si Jobita no quería molestarse, era cosa de ella.

¡Por fin terminó con la blusa! A pesar de que tenía muchas arrugas se la puso a su hermanita.

JOBITA LLEGÓ TARDE

Jobita y Flora fueron a la casa de Flora a jugar. Se divirtieron bastante y, como de costumbre, Jobita llegó tarde a su casa. Sus padres y hermanos ya estaban comiendo.

Mientras comían, el papá preguntó a su esposa:

–Zulema, ¿me llamó el señor Ortiz?

Su esposa dijo que no y, mirando a Jobita, agregó:

–Esta tarde cuando estaba en el gallinero sentí sonar el timbre. ¿Quién era, Jobita?

–Un vendedor. ¿Por qué?

–Estaba esperando una visita importante –dijo el papá–, pero no se preocupen.

NO QUERÍA HACER FAVORES

Jobita se puso seria, pero pensó que el hombre que había venido en la tarde tal vez no era el señor Ortiz. Pero no pudo dejar de pensar en lo ocurrido. Se sentía avergonzada, porque nunca quería hacer favores. ¡Qué niña mala era!

Seguramente el Señor Jesús estaba descontento con ella. No pudo menos que ponerse a llorar. Su papá la vio y vino hacia ella. Entonces Jobita le dijo:

–Papito, yo no estoy segura de que el hombre que vino esta tarde fuera un vendedor. Me pareció que era un vendedor. Papito, ¡perdóname! ¡Ojalá le hubiera dado el número del teléfono de tu oficina!

–Bueno, ya está hecho –le contestó su papá–, pero me alegra que comprendes que la negligencia puede ocasionar bastantes malos ratos.

–Sí, papito, nunca lo olvidaré –contestó Jobita, secándose las lágrimas, agradecida de que su papá no la castigó.

LA NEGLIGENCIA EMPOBRECE

La negligencia es ociosidad. La Biblia enseña que el trabajo es importante, y que la negligencia empobrece. En una de sus cartas el apóstol Pablo escribió que los que no quieren trabajar no deben tener derecho a comer.

Aprende desde niño a cumplir con tus deberes; ese es tu trabajo. Si eres esforzado y diligente atraerás riquezas; pero si eres ocioso no puedes esperar nada bueno.

LAS MEJORES RIQUEZAS

Sé atento en el trato con los demás, cumple tus deberes, esfuérzate en tus estudios, y busca agradar a Dios todo lo que hagas. Esas son las mejores riquezas para tu vida.

Las manos ociosas conducen a la pobreza;
las manos hábiles atraen riquezas.

Proverbios 10:4, NVI

Para imprimir la historia: La negligencia de Jobita

Hoja para colorear: Jobita

Actividad: Trabajadores fieles

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