El milagro de la lancha

Lo que ahora te voy a contar sucedió alrededor del año 1940, cuando los japoneses atacaron a la China. Gladys socorría a muchos huérfanos, ofreciéndoles un hogar, pero vivían en una zona muy peligrosa y era necesario poner en seguridad a los niños.

–Yo lo voy a hacer –dijo Gladys–. Voy a llevar a los niños a un lugar libre de la guerra.

–Es imposible –le dijeron sus amigos–. Tendrás que caminar miles de kilómetros y no tienes comida ni dinero. No olvides que son cien niños que tienes que rescatar.

–El Señor cuidará de nosotros y nos dará lo que necesitamos –respondió Gladys, segura de que Dios no la iba a abandonar.

UN LARGO Y HERMOSO PASEO

Gladys mandó alistar a los cien niños que en aquellos días tenía a su cargo.

–Vamos a hacer un largo y hermoso paseo –les dijo–. Los niños mayores deben ayudar a los menores. ¡Alístense todos!

Mientras los niños se alistaban para el viaje, Gladys fue adonde el alcalde a pedirle un poco de trigo para los niños.

–Usted está loca –le dijo el alcalde–. Es imposible que cruce las peligrosas montañas con tantos niños.

Pero Gladys no se desanimó y el alcalde no pudo negarle lo que pedía. Le prometió trigo suficiente para los días que iban a demorar hasta llegar a la próxima aldea. También le ofreció dos hombres para que la ayuden a llevar el trigo.

Cien niños, de 3 a 16 años de edad, caminaron con Gladys hacia la libertad. Tuvieron que cruzar montañas, dormir junto al camino, y pasar por muchas aventuras. Se alimentaron de lo que la gente de los pueblos por donde pasaban les ofrecían.

SUFRIMIENTOS POR EL CAMINO

El camino era largo y los niños se cansaban. Los pequeños comenzaron a llorar y quejarse.

“Gladys, me duelen los pies; mis zapatos ya no sirven”, decían unos. Otros decían: “Me duele el estómago. Estoy muy cansado y ya no puedo caminar.”

Los niños mayores tenían que cargar a los menores y eso los fatigaba. Cada día, el camino se les hacía más penoso; pero cantaban himnos y coros a Jesús para olvidar las penurias.

Como primera meta tenían el río Amarillo y pensaban cruzarlo en lanchas; pero cuando llegaron a la orilla se encontraron con la sorpresa de que ya no había lanchas.

“¿Qué podemos hacer?”, se preguntaba Gladys, llorando y clamando a Dios. Una de las niñas se le acercó y dijo:

–¿Se acuerda de Moisés y el pueblo de Israel cuando cruzaron el Mar Rojo? Todos ellos llegaron a salvo al otro lado. ¿Lo cree usted, Gladys?

–Por supuesto, hija. No les enseñaría algo que no creo.

–Entonces, ¿por qué no cruzamos el río? ¿No cree usted que podemos andar sobre el agua, como lo hizo Pedro?

–Pero yo no soy Moisés ni Pedro –dijo Gladys.

–Usted no lo es, pero Dios es el mismo –dijo la niña con confianza.

DIOS MANDA UNA LANCHA

Viendo la fe de la niña, Gladys tomó aliento y confió que Dios les ayudaría a cruzar el río. Reunió alrededor suyo a todos los niños y se pusieron a orar:

“Aquí estamos, Señor, esperando que nos ayudes a cruzar el río Amarillo.”

Ocurrió el milagro que los niños pidieron. Dios envió una lancha que los hizo cruzar a todos; unos cuantos a la vez.

Esta fue una de las muchas aventuras que vivieron Gladys y los niños, hasta llegar a Tufeng, donde fueron recibidos en un orfelinato.

Una pequeña mujer y cien niños confiaron en Dios, y Él los llevó sanos y salvos a un nuevo hogar.

Padre de huérfanos… es Dios en su santa morada.
Salmo 68:5

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