La mejor comida
–¡Ah, qué rico! Mamá, eres la mejor cocinera del mundo.
Luis, Marta y Felipe estaban satisfechos. Como siempre habían tomado una sopa deliciosa, pues su mamá cocinaba platos muy ricos.
–Gracias, queridos hijos –dijo la mamá con una sonrisa–. No es difícil ser buena cocinera cuando hoy cosas ricas en el mercado, y con la bendición de Dios todo es delicioso.
–Tienen razón, niños –dijo el papá–. Mamá cocina tan rico que siempre me da ganas de comer más. Esta noche quiero contarles de otra buena cocinera.
–¡Qué lindo! –gritaron los niños a una voz.
Cada noche, después de la cena, el papá les contaba una historia de la Biblia.
SE ACABÓ LA COMIDA
Vivían en Sarepta, un lugar muy lejano, una viuda y su hijo. En todo el país la gente pasaba hambre. Hacía mucho tiempo que había dejado de llover. Los ríos se estaban secando y no valía la pena sembrar en los campos.
Una mañana, la pobre viuda dijo a su hijo:
–Mi amor, ya no nos queda más que un puñado de harina y un poco de aceite. Voy a buscar leños para la cocina y luego prepararé nuestra última tortilla. Después moriremos.
Cuando la viuda salió a buscar leña se encontró con un hombre que se acercó a pedirle comida.
–Buen hombre –dijo ella–. Sólo tengo un poco de harina y algo de aceite. He salido a buscar leña para preparar mi última tortilla. Después mi hijo y yo moriremos.
–Prepara primero una torta cocida para mí –dijo el hombre–. Después comerás tú, y tu hijo. No les va a faltar alimento hasta que vuelva a llover.
¡Qué cosa increíble le pedía el hombre a la viuda! Pero ese hombre no era un viajero cualquiera. Era el profeta de Dios que había llegado a Sarepta. Se llamaba Elías.
UN MILAGRO INCREÍBLE
Cuando la viuda hizo lo que le dijo Elías, comenzaron a suceder cosas maravillosas. Ella no podía ir al mercado porque allí no había nada para comprar; pero cada vez que entraba en la cocina encontraba un poco de harina y otro poco de aceite. Y cada día podía preparar tortillas.
–Me imagino que esas tortillas eran mucho más ricas que las mías –dijo la mamá.
–No lo creo –dijo Felipe–. Tú haces las tortillas más ricas del mundo.
–Lo de las tortillas no importa –dijo el papá–. Sigamos con la historia. Todas las noches un ángel venía a llenar la tinaja con harina y la vasija con aceite. ¿Se dan cuenta, niños? Elías, la viuda y su hijo se alimentaban todos los días con “comida de ángel”.
–¿Durante toda la vida? –preguntó Marta.
–No, sólo hasta que volvió a llover –respondió el papá.
DIOS PUEDE HACERLO OTRA VEZ
Esa no fue la única vez que Dios hizo un milagro con alimentos.
Hay varias historias en la Biblia acerca de esa clase de milagros. Dios puede hacer lo mismo hoy.
–Papá, ¿por qué dijiste que nos ibas a contar acerca de una buena cocinera? –preguntó Marta–. Yo me hubiera cansado de comer tortillas todos los días.
–Hija, como no había nada para comprar en los mercados la gente sufría de hambre. Tampoco había agua y muchos morían de sed. Creo que la viuda y sus hijos se sentían felices con las tortillas. Como ella compartió lo poco que tenía en su hogar, no pasaron hambre. Con mucha paciencia cocinaba todos los días la misma cosa.
–¡Qué bueno es confiar en un Dios grande que hace milagros! –dijo la mamá–. Creo que si algún día nos faltara pan para comer, Dios puede hacer en nuestro hogar el milagro que hizo para la viuda.
–Ahora leamos un versículo bíblico acerca de la mejor comida –dijo el papá–. Jesús lo dijo.
Leyeron juntos Juan 4:34. «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.»
–Esa es la mejor comida –dijo el papá para finalizar la historia–. El profeta Elías hizo la voluntad de Dios. Nosotros también trataremos de hacerlo.
Luego todos oraron juntos y dieron gracias al Señor porque Él es el gran Dios que hace milagros.
«Mi comida es que haga la voluntad del que me envió,
y que acabe su obra.» –Juan 4:34
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Hoja de actividad: Comida milagrosa
La sopa milagrosa
Margarita revolvía con el cucharón la sopa. Habas, arvejas, zanahorias, papas, tomate, cebolla, y apio cocinaban en el delicioso caldo de res. Tomó una cuchara y probó la sopa.
–¡Ah, está deliciosa! Esta sopa va a gustar a mi “familia”.
La mamá de Margarita estaba de viaje y había dejado a la niña a cargo del papá y los hermanos. Cada día le tocaba preparar algo rico para comer.
EL ALMUERZO DIARIO
–¡Vengan a almorzar! –gritó Margarita–. Ya está lista la sopa. Yo sé que les va a gustar.
Sus hermanitos entraron corriendo a la cocina. Solamente el pequeñín estaba un poco descontento.
–Yo quiero la sopa de mamá –se quejó–. No me gusta lo que cocina Margarita.
–¡Silencio! –ordenó el papá al entrar–. Debemos estar contentos de que Margarita quiere atendernos. No hay nada de malo en su comida. Ella cocina muy bien.
DIOS BENDIJO LA SOPA
Cuando el pequeñín se había calmado un poco todos se sentaron a la mesa. Como de costumbre se tomaron de las manos y pidieron juntos la bendición por los alimentos:
Padre celestial, te agradecemos por el pan de cada día.
Pedimos tu bendición y comeremos con alegría. Amén.
Margarita sirvió la sopa y todos la comieron con gusto; hasta el chiquitín que se había quejado de la comida de su hermana.
La niña sirvió a todos una doble porción, pero vio que estaba sucediendo algo muy raro. La sopa no se terminaba.
–¡Qué extraño! –exclamó–. Es como si no hubiéramos comido. La olla está casi llena.
–¡Formidable! –dijo el papá–. Ya no tienes que cocinar para la tarde. Comeremos nuevamente de la sopa.
LA VOZ DE DIOS
Pero eso no es lo que sintió hacer Margarita. Mientras miraba la sopa una voz interior le empezó a hablar: “Margarita, lleva la sopa a la familia Martínez.”
¿Qué van a hacer ellos con la sopa? se preguntaba Margarita. Sentía vergüenza de ofrecerles la sopa.
Nuevamente la voz le habló al corazón: “Margarita, la familia Martínez necesita la sopa.”
Para Margarita no era difícil saber quién le hablaba. Ella comprendió que era la voz de Dios. Sabía que tenía que obedecer y por eso decidió llevar la sopa a la casa de la familia Martínez. Y les llevó algo más que la sopa. En una canasta puso arroz, harina, azúcar, atún, leche, té, papas, y frutas.
SOPA PARA LOS MARTÍNEZ
–¿Quién quiere ir de visitas conmigo? –preguntó a sus hermanitos luego de recibir permiso de su papá.
–¡Yo voy! ¡Yo voy! –gritaron todos a una voz.
Y salieron tomados de la mano, cantando un coro de alabanza al Señor Jesús. Margarita llevaba la canasta y la olla de sopa.
Qué alegría causó en casa de los Martínez la visita de Margarita y sus hermanitos. Tímidamente la niña entregó la canasta y la olla de sopa. Pidió muchas disculpas.
–Pasen, pasen –dijo la señora Martínez–. Estábamos pidiendo al Señor algo para comer. Mi esposo no tiene trabajo y estamos pasando hambre.
UNA FAMILIA CONTENTA
Margarita miró con alegría cuando la señora Martínez sirvió la sopa a sus hijos. Ellos comieron con gusto.
–¡Qué rica la sopa! –decían, mirando con admiración a Margarita.
–¡Estaba buena tu sopa! –dijo el chiquitín cuando volvían a casa–. Ya no me voy a quejar de tu comida. Mamá no sabe hacer una sopa que alcance para tantos.
–Yo no hice alcanzar la sopa –dijo Margarita–. Es el Señor Jesús que hizo el milagro. ¿Recuerdas lo que te conté de las bodas de Caná?
SUFICIENTE PARA TODOS
–Ah, sí. Esa vez que Jesús transformó el agua en vino y hubo suficiente para todos.
–Justamente. Aquella vez Jesús transformó el agua en vino. Hoy día Jesús multiplicó la sopa.
–Entonces se puede decir que es una sopa milagrosa –dijo Perica–. Se lo voy a contar a mamá cuando vuelva de su viaje.
–Sí –respondió Margarita–, le contaremos del milagro. Pero primeramente vamos a dar gracias a Dios por habernos usado para dar de comer a la familia Martínez.
Y así lo hicieron los felices niños.
UN MILAGRO PARA TI
¿Necesitas un milagro? ¿Tienes un problema que no sabes cómo resolver? Jesús puede hacer un milagro en tu vida. Él sabe lo que necesitas y quiere ayudarte. La promesa que dio a sus discípulos es para ti también:
“Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.”
Juan 16:24, NVI
El milagro de la lancha
Lo que ahora te voy a contar sucedió alrededor del año 1940, cuando los japoneses atacaron a la China. Gladys socorría a muchos huérfanos, ofreciéndoles un hogar, pero vivían en una zona muy peligrosa y era necesario poner en seguridad a los niños.
–Yo lo voy a hacer –dijo Gladys–. Voy a llevar a los niños a un lugar libre de la guerra.
–Es imposible –le dijeron sus amigos–. Tendrás que caminar miles de kilómetros y no tienes comida ni dinero. No olvides que son cien niños que tienes que rescatar.
–El Señor cuidará de nosotros y nos dará lo que necesitamos –respondió Gladys, segura de que Dios no la iba a abandonar.
UN LARGO Y HERMOSO PASEO
Gladys mandó alistar a los cien niños que en aquellos días tenía a su cargo.
–Vamos a hacer un largo y hermoso paseo –les dijo–. Los niños mayores deben ayudar a los menores. ¡Alístense todos!
Mientras los niños se alistaban para el viaje, Gladys fue adonde el alcalde a pedirle un poco de trigo para los niños.
–Usted está loca –le dijo el alcalde–. Es imposible que cruce las peligrosas montañas con tantos niños.
Pero Gladys no se desanimó y el alcalde no pudo negarle lo que pedía. Le prometió trigo suficiente para los días que iban a demorar hasta llegar a la próxima aldea. También le ofreció dos hombres para que la ayuden a llevar el trigo.
Cien niños, de 3 a 16 años de edad, caminaron con Gladys hacia la libertad. Tuvieron que cruzar montañas, dormir junto al camino, y pasar por muchas aventuras. Se alimentaron de lo que la gente de los pueblos por donde pasaban les ofrecían.
SUFRIMIENTOS POR EL CAMINO
El camino era largo y los niños se cansaban. Los pequeños comenzaron a llorar y quejarse.
“Gladys, me duelen los pies; mis zapatos ya no sirven”, decían unos. Otros decían: “Me duele el estómago. Estoy muy cansado y ya no puedo caminar.”
Los niños mayores tenían que cargar a los menores y eso los fatigaba. Cada día, el camino se les hacía más penoso; pero cantaban himnos y coros a Jesús para olvidar las penurias.
Como primera meta tenían el río Amarillo y pensaban cruzarlo en lanchas; pero cuando llegaron a la orilla se encontraron con la sorpresa de que ya no había lanchas.
“¿Qué podemos hacer?”, se preguntaba Gladys, llorando y clamando a Dios. Una de las niñas se le acercó y dijo:
–¿Se acuerda de Moisés y el pueblo de Israel cuando cruzaron el Mar Rojo? Todos ellos llegaron a salvo al otro lado. ¿Lo cree usted, Gladys?
–Por supuesto, hija. No les enseñaría algo que no creo.
–Entonces, ¿por qué no cruzamos el río? ¿No cree usted que podemos andar sobre el agua, como lo hizo Pedro?
–Pero yo no soy Moisés ni Pedro –dijo Gladys.
–Usted no lo es, pero Dios es el mismo –dijo la niña con confianza.
DIOS MANDA UNA LANCHA
Viendo la fe de la niña, Gladys tomó aliento y confió que Dios les ayudaría a cruzar el río. Reunió alrededor suyo a todos los niños y se pusieron a orar:
“Aquí estamos, Señor, esperando que nos ayudes a cruzar el río Amarillo.”
Ocurrió el milagro que los niños pidieron. Dios envió una lancha que los hizo cruzar a todos; unos cuantos a la vez.
Esta fue una de las muchas aventuras que vivieron Gladys y los niños, hasta llegar a Tufeng, donde fueron recibidos en un orfelinato.
Una pequeña mujer y cien niños confiaron en Dios, y Él los llevó sanos y salvos a un nuevo hogar.
Padre de huérfanos… es Dios en su santa morada.
Salmo 68:5
La silla de cumpleaños
En casa de Katia tenían una costumbre muy hermosa. Cada cumpleaños la mamá vestía una de las sillas con flores y la adornaba con cintas.
El que tenía cumpleaños se sentaba en la silla adornada y toda la familia le cantaba: «¡Feliz cumpleaños!» Todo el día era de fiesta y alegría. No porque se daban grandes y costosos regalos. Al contrario, a veces no había dinero para comprar regalos. Pero cada uno demostraba su amor con algo pequeño. Tal vez un abrazo especial, una sonrisa amorosa, o un regalo hecho con las propias manos.
¡Ya le tocaba cumplir años a Katia! Faltaba poco más de una semana. ¡Qué emocionada estaba!
Katia pensaba en algún regalo que le daría su mamá. Tal vez recibiría un vestido nuevo confeccionado por ella. Su mamá era buena costurera.
¿Cómo mamá adornará mi silla este año? se preguntaba Katia. Ella quería que la adornara con flores rosadas.
SE ENFERMÓ LA MAMÁ
Pero nada fue como Katia lo había deseado. Unos días antes del cumpleaños, la mamá de Katia enfermó gravemente. Tuvieron que llevarla con urgencia al hospital.
–Mamita, vuelve pronto –le pidió Katia–. Quiero que adornes la silla para mi cumpleaños.
–Sí, hijita –contestó su mamá con voz débil–. Trataré de volver pronto.
La hermana mayor de Katia tuvo que atender a la familia.
A pesar de que hacía lo mejor, nada era como tener a la mamá.
–¡Qué triste va a ser mi cumpleaños! –se quejaba Katia.
–Trataremos de hacerlo bonito –le decía su papá.
–Quiero que vuelva mamá –pedía Katia.
UNA SILLA ADORNADA
Amaneció con lluvia el día del cumpleaños de Katia. Ella pensaba que iba a ser un día muy triste; pero se llevó una gran sorpresa. Cuando fue a tomar el desayuno… en el comedor estaba la silla de cumpleaños, adornada tal como ella se lo había imaginado: ¡con flores rosadas!
El papá y la hermana de Katia habían tratado de arreglar todo tan lindo como lo hubiera hecho la mamá; pero aun así ella les hacía mucha falta.
Como hacían todos los días, oraron que la mamá sanara pronto.
–Cuando vuelvan de la escuela esta tarde iremos al hospital –dijo el papá–. He pedido permiso de mi trabajo.
–¡Qué lindo! Vamos a ver a mamá –gritó Katia.
LA GRAN SORPRESA
Esa tarde cuando las niñas volvieron de la escuela tuvieron una gran sorpresa. Dios había escuchado sus oraciones. La mamá había mejorado y el médico la había dado de alta. Ahora estaba en casa.
–¡Mamá! –exclamó Katia, entusiasmada–. ¡Qué lindo que estás aquí para mi cumpleaños!
–Hijita, Dios ha hecho un milagro. El médico dijo que nunca ha visto a alguien sanarse tan rápidamente.
–Hemos orado por ti todos los días –dijo Katia–. Dios ha contestado nuestras oraciones.
EL MEJOR CUMPLEAÑOS
A la hora de la cena a Katia le tocaba sentarse en la silla de cumpleaños, que estaba adornada con hermosas flores.
–Mamita, siéntate en la silla –dijo Katia–. Eres mi gran regalo de cumpleaños. Nada es igual cuando tú no estás.
Todos conversaron alegremente. La mamá contó sus experiencias de los días en el hospital y los niños le dijeron cuánto la habían echado de menos. Nunca habían estado sin la mamá.
–Este ha sido mi mejor cumpleaños –dijo Katia–. Tener aquí a mamá es mejor que todos los regalos del mundo.
–Gracias, hijita –dijo la mamá–. Pero nos toca festejarte a ti.
Y todo juntos le cantaron: «¡Feliz cumpleaños!»
DIOS, NUESTRO SANADOR
Así como Dios contestó las oraciones por la sanidad de la mamá de Katia, Él escucha tus oraciones. En cualquier necesidad que tengas, ora a Dios. Lo que parece imposible, Dios lo puede hacer. Para Él todo es posible.
«Yo soy el Señor, que les devuelve la salud.» –Éxodo 26:15, NVI
El árbol y el pesebre
Había una vez un arbolito que crecía en el bosque junto con muchos árboles. De vez en cuando los árboles conversaban acerca del futuro y lo que querían ser.
EL DESEO DEL ÁRBOL
El arbolito tenía un gran deseo, que todos los árboles del bosque conocían, porque siempre que conversaban decía lo mismo:
«Me gustaría ser la cuna de un bebé. Los bebés son lo más precioso que jamás he visto.»
Los otros árboles soñaban con ser algo más grande e importante. Algunos querían ser la madera para construir una casa o un barco. Otros querían ser mesas o sillas.
Algunos árboles querían quedarse por siempre en el bosque.
LOS LEÑADORES
De vez en cuando llegaban los leñadores para cortar árboles. Y cada vez el arbolito se preguntaba si a él le tocaría la suerte de ser escogido. Pero una vez tras otra los leñadores escogían a otros árboles. El arbolito gritaba: «¡Yo! ¡Escójanme a mí!»
Pasaron los años y el arbolito fue creciendo alto y majestuoso. Nuevamente llegaron al bosque los leñadores. ¡Sorpresa y alegría! Escogieron al árbol que quería ser la cuna de un bebé.
LA DECEPCIÓN
«¿Llegaré a ser una cunita de bebé?», se preguntaba el árbol.
Pero el árbol que tanto había soñado con ser una cuna de bebé quedó muy decepcionado. Un carpintero lo cortó en pedazos desiguales y ásperos. El árbol que por tantos años había soñado con ser una cuna se convirtió en un pesebre para un establo en el pueblito de Belén.
Muy triste, el árbol dijo: «Esto no es lo que soñé. ¡Qué desgracia! Nunca quise ser un cajón de donde comieran los animales.»
SE CUMPLIERON SUS SUEÑOS
Dios, que ama a los árboles, le susurró: «Ten paciencia, te mostraré algo hermoso.»
Una noche fría y de luna, llegaron al establo dos viajeros muy cansados. Eran María y José que habían viajado desde muy lejos. Allí nació Jesús, el Hijo de Dios, y María lo acostó en el pesebre.
«¡Qué maravilloso! –susurró el árbol–. ¡Se cumplieron mis sueños! Soy la cuna del bebé más importante. ¡Esto es mejor que todo lo que he imaginado!»
UNA MISIÓN PARA TODOS
Esta es una historia imaginaria; pero nos dice una gran verdad. Para toda su creación Dios tiene trabajos importantes. Algo que no te parezca de mucho valor, quizá sea algo que Dios considera muy importante.
Para ti también Dios tiene una misión especial. Poco a poco irás descubriendo su plan para ti. Por ahora, lo más importante es que anuncies las buenas nuevas del nacimiento de Jesús, como hicieron los pastores de Belén después de haber adorado a Jesús.
Porque un niño nos es nacido…
se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte,
Padre Eterno, Príncipe de Paz.
Isaías 9:6
La estrella de Belén
En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, puso todas las estrellas en el firmamento. Todas, menos una. A la estrella le dolió mucho esta acción de Dios, y comenzó a llorar. ¿Por qué Dios no le había dado la oportunidad de brillar como las otras?
Entonces la estrella de quejó con su Creador. «Todavía no estás lista –le dijo Dios–. Debes crecer más antes que yo pueda usarte.»
TRES MILLONES DE ESTRELLAS
Pasaron muchos años. Un día, abajo en la tierra, se veía una caravana de gente. Era el pueblo escogido de Dios que huía de la esclavitud de Egipto.
Su jefe era un hombre llamado Moisés, que iba guiando al pueblo hacia la tierra de Canaán.
Dios estaba muy contento y dijo: «Necesito tres millones de estrellas para formar una columna de fuego que guíe a mis hijos a la Tierra Prometida. ¿Quiénes quieren formar parte de la columna de fuego?»
La estrella pensó: Esta es mi oportunidad. Y se presentó como voluntaria. Pero Dios no aceptó la oferta de la estrella, y dijo: «Todavía no, estrella. Tienes que brillar aún más fuerte antes que yo pueda usarte.»
LA ESTRELLA QUERÍA BRILLAR
Pasaron otra vez muchos años. Mientras tanto la estrella crecía y brillaba cada vez con más fuerza.
Una y otra vez se preguntaba: ¿Cuándo llegará mi oportunidad?
Durante las noches, cuando las nubes ocultaban las estrellas, la estrella trataba de salir para iluminar el sendero de los viajeros que no encontraban el camino a su hogar.
Dios siempre la detenía, diciéndole: «Todavía no puedo usarte, estrella. Ten paciencia, que un día llegará tu oportunidad.»
¡Todo lo que me estoy perdiendo! se quejaba la estrella. Ella veía a las estrellas mayores que vigilaban a David cuando dormía en el campo con sus ovejas.
Cómo me gustaría inspirar a los poetas para que escriban hermosos salmos, decía. Mientras tanto, los siglos seguían su curso y la estrella iba acumulando luz y fuerza.
EL DÍA QUE DIOS LA LLAMÓ
Al fin llegó el día tan deseado por la estrella. Dios la llamó a grandes voces: «¡Estrella, ha llegado tu hora! Ya puedo usarte.»
La estrella empezó a titilar de gozo. Dios la tomó en su mano, la colocó en los cielos, y le dijo: «Ahora, ¡brilla!»
Y la estrella brilló con su mejor luz, muy contenta de ser útil.
Mientras la estrella brillaba, observó que abajo, sobre la superficie de la tierra, se movían tres hombres. Eran tres magos que miraban hacia ella y se mostraban muy alegres, como si en su luz estuviese la respuesta a un grave problema.
La estrella sintió como si la mano de Dios la moviera hacia un lugar determinado. Y los tres hombres la seguían dondequiera que ella iba.
LA ESTRELLA MÁS BRILLANTE
Después de mucho vagar por los cielos, la estrella notó que su impulso la llevaba hacia un pueblito en la lejanía. Mientras más se acercaba, más fuerte era su brillo. Y tan pronto llegó a las afueras del poblado, una explosión de luz cubrió los cielos, y la estrella brilló como ninguna estrella ha brillado jamás en el mundo.
De pronto se detuvo sobre una casa. Los tres hombres, bajándose de sus camellos, entraron apresuradamente. ¿Qué buscan estos hombres? se preguntaba la estrella.
En ese instante oyó la voz de Dios que decía: «Este es mi Hijo amado en el cual tengo alegría.»
LA TAREA MÁS IMPORTANTE
Y entonces vino sobre ella un sentimiento de inexplicable paz. Dios la había reservado para la más importante tarea que estrella alguna jamás realizó: la de señalar con su luz a la Luz que es la vida de los hombres. ¡Señalar a Jesús!
–Adaptado
«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras,
y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» –Mateo 5:16
Eva y el ratoncito Pipo
Pipo estaba sentado detrás de la cocina limpiándose la boca. Se sentía tranquilo porque cerca de allí había un huequito por donde podía meterse rápidamente y llegar adonde estaba su mamá. ¡Cuántos peligros había para un ratoncito!
GATOS Y QUESO
Pipo temblaba al pensar en todas las historias que le habían contado acerca de gatos grandes y chicos, a quienes les gusta comer ratones.
Debajo de la mesa había un pedacito de queso y Pipo lo vió. Primero miró por todos lados, pero como no había ningún “gigante” por allí corrió hacia el queso y comenzó a comerlo. ¡Qué rico estaba!
UNA NIÑA Y MUÑECOS
Sin pensarlo, después de un rato Pipo se metió en la sala; pero se asustó cuando vio allí a una niña. Como la niña no se movía, Pipo decidió quedarse.
La niña era Eva, que estaba de rodillas junto a una mesa con muchos muñequitos. A Pipo le parecieron muy raros. Como él era curioso, se acercó a la mesa para escuchar lo que decía la niña.
–Pobre niñito Jesús –decía Eva–. Todo el año te tienen metido en una caja y sólo te sacan para la Navidad. Le diré a mamá que te deje estar con nosotros siempre.
Pipo se olvidó de la niña y empezó a corretear por la sala. De pronto, Eva gritó: “¡Un ratón! Mamá, ¡ayúdame!”
PIPO SE SALVÓ
El pobre Pipo echó a correr todo lo que podía. Antes de que la mamá de Eva llegara con la escoba, Pipo ya se había metido en el hueco. ¡Qué aventura! Felizmente se salvó; pero su mamá le dio una paliza por ser tan descuidado.
–¡Qué bueno que el ratoncito se escapó! –dijo Eva. Después le dijo a su mamá que quería que el niño Jesús estuviera con ellos todos lo días.
JESÚS TODO EL AÑO
–¿Por qué sólo tenemos al niño Jesús en Navidad?
–Hijita linda –contestó su mamá–. El nacimiento que armamos cada año es sólo un adorno. El muñequito no es el niño Jesús. Jesús ya no es niño. Sabes eso, ¿verdad?
–Sí, pero quiero tener a Jesús todos los días.
–Evita, el Señor Jesús quiere estar contigo todos los días. Puede invitarlo a vivir en tu corazón. Así estará contigo todos los días.
LA ORACIÓN DE EVA
El mismo día que Pipo se salvó de caer puerto bajo el palo de la escoba, Eva invitó a Jesús a entrar en su vida y estar siempre con ella. No fue difícil. Se lo pidió en oración, hablándole como a un amigo:
“Señor Jesús, yo no quiero tenerte como un muñeco en nuestros adornos de Navidad. Quiero que vivas en mi corazón todos los días.”
No sé qué pasó con Pipo. Como era travieso, seguramente tuvo otras aventuras. Lo que sí sé es que Eva está muy contenta. Aunque después de la Navidad guardan al muñequito Jesús en una caja, el verdadero Jesús siempre está con ella, porque vive en su corazón.
¿Quieres tú tener a Jesús siempre contigo? Invítalo a entrar en tu vida, tal como hizo Eva.
«Hoy les ha nacido en la ciudad de David
un Salvador, que es Cristo el Señor.» (Lucas 2:11)
Un ratón y «Noche de paz»
El profesor Franz Gruber, de Obendorf, en un país de Europa llamado Austria, estaba muy confundido. Era la víspera de la Navidad en 1818, y él había ido a la iglesia para tocar el órgano. Necesitaba practicar las canciones que tocaría en el culto de medianoche.
¿Por qué estaba confundido? Por más que movía los pedales y apretaba las teclas del órgano, ¡no salía ningún sonido!
Llegó el pastor, José Mohr, y Franz le preguntó:
–José, ¿qué ha pasado con el órgano?
–Nada –dijo José–. ¿Qué tiene el órgano?
–No sale sonido –dijo Franz.
LA TRAVESURA DE UN RATÓN
Si los ratones hablaran, un ratón travieso les hubiera dicho: «Yo sé lo que ha pasado. Es mi culpa.»
El ratón se limpió los bigotes, muy satisfecho. ¡Había pasado unos días increíbles! En sus travesuras se había comido la parte del órgano que producía el sonido. ¡Y en la víspera de la Navidad!
El ratón no les dijo eso, por supuesto, pero Franz y José lo descubrieron al revisar el órgano.
–¿Qué podemos hacer para arreglar el órgano? –preguntó Franz.
–Nada hasta la primavera –dijo José.
En esa zona del mundo hace mucho frío en tiempo de Navidad, porque es la época de invierno. Tenían que esperar hasta que pasara el frío para repararlo.
LA POESÍA DE JOSÉ
–Qué triste que no tendremos música para el culto de Navidad –dijo José.
Después de pensar un momento recordó que tenía una poesía.
–¿De qué vale una poesía? –le preguntó Franz.
–Tú podrías ponerle una tonada y tocarla con tu guitarra.
Franz se emocionó. Nunca había tocado su guitarra en la iglesia. La gente estaba acostumbrada a escuchar el órgano
–El coro de niños podría cantar la canción –sugirió José, el pastor.
DE POESÍA A CANCIÓN
José le dio la poesía a Franz y él fue de prisa a su casa para componer una melodía. Hizo la prueba con una tonada, luego con otra, después con otra, hasta que al fin se sintió conforme. Rápidamente volvió a la iglesia. Allí lo esperaban doce niños para aprender la nueva canción.
Llegó la hora del servicio. En ese tiempo no había luz eléctrica, así que el templo estaba iluminado con velas. Se veía hermoso. Pero algo faltaba.
Así como Franz estuvo confundido porque el órgano no producía sonido, la gente estaba confundida porque Franz no tocaba el órgano. Se preguntaban porqué.
POR PRIMERA VEZ
–Ha pasado algo con nuestro órgano –dijo el pastor–. Pero no se preocupen. Franz ha traído su guitarra.
¡Una guitarra! Nunca nadie había tocado guitarra en la iglesia.
–Y tenemos una nueva canción.
El pastor leyó la historia del nacimiento de Jesús. Luego pasaron al frente doce niños y el profesor Franz.
Por primera vez, con el acompañamiento de guitarra, un coro de niños cantó el himno de Navidad que ahora es el más amado y conocido: «¡Noche de paz, noche de amor!»
¿Qué te parece? Porque un ratón travieso averió el órgano de una iglesia en Austria tenemos un hermoso himno de Navidad. Por casi doscientos años se ha cantado este himno, que ha sido traducido a más de trescientos idiomas.
Y tú, ¿lo has cantado alguna vez?
NOCHE DE PAZ
¡Noche de paz, noche de amor!
Todo duerme en derredor.
Entre los astros que esparcen su luz,
Bella anunciando al niñito Jesús,
Brilla la estrella de paz,
Brilla la estrella de paz.
¡Noche de paz, noche de amor!
oye humilde el fiel pastor
Coros celestes que anuncian salud,
Gracias y glorias en gran plenitud
Por nuestro buen Redentor,
Por nuestro buen Redentor.
¡Noche de paz, noche de amor!
Ved qué bello resplandor
Luce en el rostro del niño Jesús,
En el pesebre, del mundo la luz,
Astro de eterno fulgor,
Astro de eterno fulgor.
LETRA: Joseph Mohr, 1818 • Trad. Federico Fliedner
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz,
buena voluntad para con los hombres!» –Lucas 2:14
El canto de los ángeles
Daniel era un muchacho simpático y conversador. Cuando alguien le preguntaba qué iba a ser cuando sea grande, siempre contestaba: «Voy a ser pastor de ovejas.»
No era raro que él quisiera ser pastor de ovejas, pues su papá lo era, y su tío Asaf, y también sus abuelos. Era natural que Daniel llegara a ser pastor.
UN CORDERO PROPIO
En su cumpleaños le regalaron un cordero. ¡Qué feliz se sentía de tener su propio cordero!
–Cuida tu cordero –le había dicho su papá–. Así aprenderás a ser un buen pastor de ovejas.
A Daniel le gustaba acompañar a su papá a cuidar las ovejas. Él saltaba y brincaba con las ovejas. Entre todas ellas estaba su propio cordero, haciendo travesuras. A veces Daniel escuchaba lo que su papá y los otros pastores conversaban. Él se dio cuenta de que hablaban de algo muy importante.
ESPERABAN AL MESÍAS
–¡Cuánto deseo que llegue pronto nuestro Mesías! –decía su papá–. Él va a venir. Yo estoy seguro de eso. Dios lo ha prometido por medio del rey David, del profeta Isaías, y de los otros grandes profetas.
Los demás pastores pensaban lo mismo.
–No sabemos cuándo será su llegada; puede ser cualquier día. Yo lo espero siempre.
–Yo también lo espero –decía Daniel.
Él sabía que Dios iba a mandar al Salvador, el Mesías.
NACIMIENTO DEL SALVADOR
Una mañana, cuando el papá de Daniel volvió a casa después de haber cuidado las ovejas toda la noche, Daniel comprendió que algo muy especial había sucedido. Su rostro brillaba de alegría. Una y otra vez exclamaba: «¡Bendito sea el Señor que ha visitado a su pueblo!»
–¿Qué pasa, papá? –preguntó Daniel–. Estás cambiado.
–¡Cómo no voy a estar cambiado! Esta noche se cumplió lo que he esperado toda mi vida. Hijo, ¡ha nacido el Mesías!
–Cuéntame todo, papito –pidió Daniel, muy emocionado.
Y su papá le contó sus experiencias.
UN CORO DE ÁNGELES
–Estaba oscuro y las ovejas dormían. Los pastores estábamos conversando, sentados alrededor del fuego de una fogata para calentarnos. De pronto todo se iluminó alrededor nuestro y en medio de la luz vimos un ángel.
–¡Un ángel! –exclamó Daniel–. ¡Qué emocionante!
–No tengan miedo, nos dijo el ángel. Tengo buenas noticias para ustedes. Hoy ha nacido en la ciudad de David un Salvador. Es el Mesías. Vayan de prisa a Belén. Allí encontrarán al niño recién nacido acostado en un pesebre.
–¡El Mesías! –dijo Daniel–. Tú y los pastores siempre han hablado de que esperaban al Mesías.
–Sí, hijo. Los ángeles cantaron un hermoso himno que nunca voy a olvidar.
«¡Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra paz, buena voluntad
para con los hombres!»
EL NIÑO EN EL PESEBRE
–Luego los ángeles regresaron al cielo y todo quedó como antes. Primero sólo nos miramos el uno al otro, pero al fin dijimos: tenemos que ir a Belén a ver lo que ha sucedido. Nos levantamos y entramos en la ciudad. Todo estaba tranquilo; pero en un establo había luz.
–¿Qué hicieron entonces?
–Entramos, y en el pesebre había un bebé. Allí estaban sus padres: María y José. Nos arrodillamos junto al niño y dimos gracias a Dios porque había nacido el Mesías.
–¡Papá, tú has visto al Mesías! –exclamó Daniel.
–Sí, hijo, esta es la felicidad más grande de mi vida.
JESÚS, NUESTRO MESÍAS
Los pastores de Belén se alegraron tanto por el nacimiento del Salvador que salieron a dar las nuevas del niño que habían visto en el pesebre. Y todos los que oían lo que contaban los pastores se maravillaban.
Hoy también nos maravillamos de que Jesús nació en Belén. Celebramos la Navidad porque nació nuestro Mesías. Y gracias a Jesús tenemos la esperanza de ir al cielo.
¿Es Jesús la felicidad más grande de tu vida?
«Ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador,
que es CRISTO el Señor.» (Lucas 2:11)
¡Hola niños!
Soy «Tía Margarita». Aquí vamos a publicar historias, actividades, y curiosidades.
Pronto saldrá la primera…
¡Nos vemos!









